José Antonio Meade: el mismo puto candidato de hace cien putos candidatos

2017 ha sido un año tenebrosamente retro para México. La mejor frase para describirlo fue de Edwin Gost, el amigo de Kevin Miranda, aquel adolescente que grabó el sismo en la Secundaria Técnica 113 con riqueza de léxico y emoción:

“El mismo puto año de hace cien putos años”, El dislate de Edwin cifra el fatídico eterno retorno del país. No sólo se repite el sismo, también las formas arcaicas en que el partido en el poder unge al candidato que cada seis años aspira a la presidencia del país:

El eterno retorno no funciona en círculos cerrados sino en espirales que actualizan el mismo puto ritual de hace cien putos rituales. Según José Elías Romero Apís, el ritual del Tapado inicia, parafernalia completa, con la designación de Adolfo López Mateos por su tocayo Ruiz Cortines.  El dedazo estaba denenantes, cuando Venustiano Carranza eligió para sucesor al insípido ingeniero Ignacio Bonillas, pero Ruiz Cortines inventó el ajedrez de la especulación, cuando a todos les dijo que sí pero no les dijo cuándo, y echó a andar una mitología que se repitió cada sexenio, hasta que llegó al poder el panismo, y que vuelve este año, con el poder de nuevo priista y el presidente en turno con todos los peones, alfiles, caballos y reinas para jugar.

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El Tapado priista sobrepasa la adivinanza: mientras se reconocen y decodifican las señales, los contendientes escenifican la templanza, la disciplina, la moderación del entusiasmo o del rencor, según les va en la feria. El libro La herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México de Jorge Castañeda es ilustrativo y chismoso del tema. Entrevista a los presidentes mexicanos desde Echeverría hasta Salinas de Gortari, para saber cómo eligieron y cómo fueron elegidos, y avienta alguna hipótesis sobre el proceso de sucesión. Habla de destapes anticipados (el Presidente tiene un delfín, lo arropa, lo mima, cuida que no se tateme y lo encauza) y destapes por descarte, en el que el Presidente va desechando aspirantes hasta quedarse con The Ni Modo Pero The One.

El primer caso es el que ejecutó Enrique Peña Nieto con José Antonio Meade. Por algo el ungido hizo fama de chapulín cuando saltó de Relaciones Exteriores a Desarrollo Social a Hacienda.

Los retablos del 27 de marzo parecieron calcar los otoños de 1975, 1981, 1987 0 1993: la renuncia del delfín a su cargo como seña inequívoca de su postulación, la cargada emotiva e irracional, la litúrgica visita de las siete casas —los sindicatos charros de CTM, CNC y CNOP— para recibir avales. “Quiero que me hagan suyo” casi gimió en ansiedad pornopolítica, antes de dejarse mimar por la perrada.

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¿Hay diferencias con destapes anteriores? Al menos una de asombrosa estrategia: el ungido no es militante, sino “simpatizante” del PRI, y la independencia es novedad: el PRI postula a un indie y así se adelanta a las fatigas para conseguir firmas de Margarita Zavala de Calderón, El Bronco, Pedro Ferriz (mi vido) y la zapatista Marichuy. La no militancia de Meade casi lo haría tan millennial y alternativo como Pedro Kumamoto: nomás le falta andar en bici, usar converse y tener un ejército de youtubers listos para hacerlo cagadito en las redes sociales (los están buscando, CalloDeHacha y Chumibebé).

La no militancia de Meade también le da la vuelta al triste Frente Ciudadano de Anaya y las sobras del PRD. Y es que la candidatura de Meade, antes funcionario del panismo, sugiere un nuevo Frente Prianista, al que ya se suman las derechas a las que no les da asquito las concertacesiones.

Pero fuera de ahí: la misma puta cargada de hace cien putas cargadas. Y los mismos putos elogios de hace cien putos elogios. Ricardo Alemán ya lo llamó “el verdadero candidato ciudadano”, Guadalupe Loaeza dijo que le gusta su sonrisa, “una sonrisa fresca, modesta y muy cálida”, León Krauze lo supuso “un adversario intelectualmente formidable” y Pascal Beltrán del Río hizo la onomástica de su apellido y lo encontró casi tataranieto del médico de Isaac Newton.

Casi se extrañaría el descaro oficialista de Jacobo Zabludowsky, tan disciplinada la lambisconería, tan elegante su ejecución.

Tan devastador como el sismo será la nueva y misma marrullería del PRI: cuando venda a Meade como un priista-no priista vegano, orgánico, libre de gluten, ciclista, pet friendly y kawai. Ya se verá cómo los marqueteros rediseñan este producto que las columnas ya lo venden como culto, preparado, fresco; el personaje que queremos ser cuando hacemos los tests de buzzfed.

Nomás no hay que engañarse, y ahí vale recuperar la iluminación del buen Edwin Gost: José Antonio Meade es el mismo puto candidato de hace cien putos candidatos.

Con su destape el año funesto de 2018 acaba de empezar.

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Dos amigas y la escritura que fracasó, según Elena Ferrante

1.jpgHay tanto chisme alrededor de la identidad de la escritora Elena Ferrante que se ha hecho de lado la lectura y el comentario de su novela en cuatro entregas Dos amigas. Se entienden las razones: los personajes de Lila y Lenú son tan contundentes que la curiosidad exige saber si están basadas en personas reales, si existen fotos de ellas y sus espacios (esa ciudad de Nápoles que la autora hace eléctrica, bullanguera y violenta), si alguna noticia de la realidad hace espejo con las anécdotas de la novela.

Que no debiera espantarnos: salvo por el prurito feminista que encuentra en el seudónimo de Ferrante —presumiblemente Anita Raja, traductora freelance— una defensa de la escritura hecha por mujeres y un intento de privilegiar al texto sobre el probable desdén a la autora —que ya se ha dado al sugerir que el esposo de Raja podría ser el verdadero autor de la saga—, el interés por Raja o Ferrante proviene de un reflejo semejante que se hace con autores como Proust, Bolaño o Roth, cuyas obras parecerían extensiones de sus biografías. Ahí está justo la primera caracterización de Ferrante: en su novela hay un pulso autobiográfico, lo mismo por la relación de las protagonistas, como —más importante— por la creación de un universo que da nuevas luces de la sociedad italiana y europea de la segunda mitad del siglo pasado.

image2.jpgLa mercadotecnia pornosoft de la novela engaña: en Dos amigas hay sexo, pero no un afán erótico extenso y es lo menos importante de la saga. Dos amigas [los títulos de cada entrega son: La amiga estupenda (2011) Un mal nombre (2012) Las deudas del cuerpo (2013) y La niña perdida (2014)] trata de la amistad de dos mujeres, pero también de cómo se incubó, se desarrolló y fracasó una idea del progresismo europeo; no sólo las actividades políticas en específico, también una sensibilidad (compromiso ideológico, militancias, debates, ejercicios críticos y autocríticos, exploración de nuevas formas de relaciones sentimentales, el pecado del aburguesamiento, radicalidades, disidencias) que a las izquierdas les gustó llamar el “Hombre Nuevo” y que se encarnan desde los distintos espectros de Lila y Lenú. Y hay más: Dos amigas también trata del oficio de la escritura. Y de una idea de lo literario que tuvo su mejor momento y su disolución durante las seis décadas que van desde la posguerra europea en los cincuenta hasta inicio del siglo XXI.

La anécdota que engancha va alrededor de la amistad de las dos mujeres, que de ninguna manera se trata de un vínculo perfecto o idílico. La relación que mantienen Rafaella (Lila) y Elena (Lenú) es tensa y va entre la competencia y la envidia; algunas traiciones, alejamientos impulsivos, rencores y desdenes por omisión, y desde ahí mantiene un suspenso que hace contrapunto con el tópico idealizado que tenemos de la amistad: Lila es bella y Lenú insegura; Lila tiene una astucia natural, instintiva, mientras Lenú debe forjar su inteligencia desde la duda y el esfuerzo del estudio y la lectura; pero mientras Lenú consigue la oportunidad de estudiar y desarrollar una carrera profesional, Lila queda marginada por su belleza, la fuerzan a casarse muy joven y debe formarse desde el chisme de barrio; Lenú viaja, escribe, da conferencias, amplía horizontes desde el contacto con las izquierdas y los progresismos, la opción de Llila es ir del matrimonio a la vida obrera al liderazgo informal que logra en las veinte calles de su barrio, lo que le permite crearse una idea nada complaciente de la naturaleza humana.

LEE1960013W00001-34A Lenú siempre le atormenta la idea de qué habría pasado si Lila hubiera tenido acceso a la educación; desdeña su propia trayectoria desde este espejeo en el que, sabe, su amiga se hubiera desempeñado mejor. Y desde esta angustia desarrolla su carrera literaria: una novela erótica de juventud, un ensayo feminista sobre la creación de la mujer desde el imaginario masculino, una novela política que linda con el periodismo literario sobre las condiciones laborales de unos trabajadores en una fábrica de embutidos (donde trabajó Lila), varias novelas más que no se describen a detalle pero permiten imaginar a una autora de esa época: informada, con conciencia política, y la ambición de que la literatura complemente un pensamiento crítico y comprometido. A la práctica literaria de Lenú la confronta el escepticismo de Lila, como si presintiera que el esfuerzo de su amiga habrá de derrumbarse entre el colapso de las ideologías, la relatividad posmoderna y el anquilosamiento de la cultura como formadora de un sentido crítico.

Porque además Dos amigas, sin hacer estas alusiones a los momentos históricos que la hubieran convertido en turismo literario, alude al espíritu de las décadas: la sombra del fascismo en las infancias de Lila y Lenú, que aún mantiene su presencia en algunas relaciones perversas del barrio; las ideas progresistas en las relaciones universitarias y después profesionales de Lenú y sus colegas intelectuales, y de refilón se asoma el hippismo y el feminismo de la segunda ola; el conflicto de la izquierda convertida en gobierno que deviene corrupción; el narcotráfico y la violencia en el fin de siglo; el recogimiento de los personajes cuando buscan —en realidad lo hace Lila, amargada, sin grandes recursos de investigadora pero con desesperada ambición— recuperar una ciudad de Nápoles anterior a ellas y a su siglo.

Capaz por esta construcción morosa de las épocas es que uno de mis momentos favoritos, que revela en algún sentido de la totalidad de la obra, es cuando en el cuarto tomo, las hijas ya mayores de Lenú, y sus parejas, leen en tono de parodia fragmentos de las novelas de la escritora:

Había hecho hincapié en algunos temas: el trabajo, los conflictos de clase, el feminismo, los marginados. Ahora oía frases mías elegidas al azar y me resultaban embarazosas. Elsa —Dede era más respetuosa, Imma, más cauta— leía con tono irónico pasajes de mi primera novela, de mi relato sobre la invención de las mujeres por parte de los hombres, de libros con múltiples premios. Su voz ponía hábilmente de relieve defectos, excesos, tonos demasiado exclamativos, la vejez de ideologías que yo había defendido como verdades indiscutibles. Sobre todo se detenía divertida en el léxico, repetía dos o tres veces palabras que desde hacía tiempo estaban pasadas de moda o sonaban insensatas. ¿A qué estaba asistiendo? ¿A una burla afectuosa como los que hacían en Nápoles —seguramente mi hija había aprendido allí el tono— que, sin embargo, de línea en línea, se estaba convirtiendo en una demostración del escaso valor de todos esos volúmenes alineados junto con sus traducciones?

Dos amigas cuentan el intento y el fracaso intelectual de la segunda mitad del siglo; entre esto, la insistencia en una amistad con fisuras y que, probablemente por eso, sobrevive a la utopía.

Por supuesto que además hay todo un dramón que impide soltar los libros: intrigas, romances, una cincuentena de personajes que se van haciendo complejos según crecen las protagonistas y cambia el barrio; aventuras de niñez y adolescencia, reflexiones de madurez, desencanto senil y esta sensación que dejan las grandes novelas: la vida transcurre, Lila y Lenú transcurren entre anécdotas y algo más secreto e inasible: la tristeza y la celebración del paso del tiempo.

Agrego por acá la playlist hecha a propósito para leer Dos amigas, que creó @JCarloBM:

 

Coco y las trampas para recordar a Pixar

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El rostro de Mamá Coco. La animación por computadora que siempre se le ha chuleado a Pixar, concentra en Coco (Unkrich, 17) su esfuerzo más delicado en la arrugadísima expresión de la bisabuela del protagonista Miguel. Claro que también está el alucinante Mundo de los Muertos, y la piel con texturas de Dante (pobres xoloitzcuincles que se van a poner de moda), y el apantalle tan Caballeros del Zodiaco de los muy forzados alebrijes. Pero Pixar sabe que menos es más (aun cuando se dediquen a la mercadería del más) y la verdad de su historia se destila en apenas un minuto —intercorte de manos artríticas que empiezan a reaccionar a una melodía— para que el monolito oaxaqueño de Mamá Coco —más rolling gag que personaje, apenas existente en su silla de ruedas, apenas chiste manchado cuando Miguel la disfraza de luchadora, presencia divagante en apariencia ajena al argumento— entreabre los ojos y en murmullo poniatowsko (lo siento, la vi doblada), recuerda y empieza a cantar. Y siguen pañuelos, suspiros entrecortados, moquera y demás emotividad.

El argumento de Coco —el niño que quiere ser cantante y viaja al Mundo de los Muertos para conocer a sus antepasados y enterarse de por qué está prohibida la música en su casa— se construye desde este rostro de Mamá Coco, que alude al olvido y la memoria, giro de tuerca recurrente en Pixar. Desde Toy Story (Lasseter, 96) el vaquero Woody y el astronauta Buzz Lightyear comparten su temor de ser olvidados por Andy cuando deje de ser niño. El tema se ahonda en Toy Story 2 (Lasseter, 09) en la magnífica secuencia donde la vaquerita Jessie explica su desencanto por el abandono en el que la dejó su dueña Emily. Toy Story 3 (Unkrich, 10) hace de estos dos minutos y medio un culebrón truculento, pero el olvido y la memoria también se encuentran en el exilio del auto Rayo McQuenn en Cars (Lasseter, 06), o en los esfuerzos del viejito Carl Fredricksen por mantener el recuerdo de su esposa en Up (Docter & Peterson, 09) o el olvido que desahucia a Bing Bong, el amigo imaginario de Riley en Intensamente (Docter, del Carmen, 15). El caso que más me gusta es Dory, la pez-cirujano que coprotagoniza Buscando a Nemo (Stanton y Unkrich, 03) y que tiene su estelar en Buscando a Dory (Stanton & McLean, 16). En este caso, ella padece de amnesia a corto plazo, por lo que recordar u olvidar trascienden lo emotivo: en su caso es total supervivencia, conseguir una identidad más urgente que las trampas melancólicas.

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Pixar conoce a su público, sobre todo al adulto. Con los niños utiliza la infalible tradición de acción de Disney, Hanna Barbera y las caricaturas gringas que se dejen: correteadas, slapstick, rasgos de carácter reiterativos que permiten el rolling gag, sátira social con microuniversos que semejan el “real” (personajes pueblerinos en Cars, compartimentos burocráticos en IntensaMente, comunidades de juguetes consentidos, marginados o glamorosos en la saga Toy Story, peces nihilistas o depredadores en la saga Nemo-Dory, sociedades porfirianas en Coco). Más interesante es el gancho para los adultos: la reiterada alusión a un paraíso perdido en formas de juguetes, modelos vetustos de autos, amores perfectos en su candidez (en Up), amigos imaginarios y ahora es el turno a familias y abuelitas. La compañía de animación más depurada y propositiva en avances tecnológicos, también es la que crea historias que remiten a la añoranza, el reencuentro con uno mismo y la elección de valores conservadores —familia, hogar, pertenencia, zonas de confort como premio a la aventura. Pixar es tan eficaz como tramposo: despliegues de tecnología para historias semejantes: el viaje para buscar lo que se encuentra donde uno siempre ha estado; la aventura fue necesaria para reafirmar a quien uno siempre ha sido.

Y si se vale estirar la liga, parece coincidencia sugestiva que la compañía de animación que trabaja desde estas fórmulas sea la misma que en sus tiempos impulsó el Gurú Jobs, cuya principal innovación no es tecnológica, sino cibercultural: transformar trebejos computacionales en artefactos emotivos, llámense Macbooks, Ipods, Iphones o aventuras de Woody. Películas como Her (Jonze, 13) o Blade Runner 2049 (Villeneuve, 17) ya lo han registrado: las utopías o distopías no tienen forma de fierros viejos o robots impersonales; los futuros son emocionales hasta la vacuidad; aerodinámicos, pesan menos de 200 gramos y hay que hacer fila y tener tarjeta de crédito solvente para conseguirlos. En ese mapa, Pixar opera como la disneyización de la jobización: software RenderMan para animar abuelitas y peces conmovedores, así como hay tecnologías para fotografiar desayunos, amaneceres, novixs auténticxs y monumentos apreciados por la Unesco.

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Con todo y las suspicacias, se cae en la trampa: salí de Coco hecho un océano de lágrimas y llegué a buscar en Facebook (en Facebook y no en una caja de zapatos vieja) las fotos de mi abuela, que han subido tíos, primos y sobrinos, con mensajes de unión familiar (¡No Hay Familia Más Chingona Que Los Serrano!) y demás gritos de guerra que obligan al like para que no te tilden de desalmado. La segunda vez que la vi, aun buscándole la insidia, el maldito sentimentalismo me volvió a embaucar.

Capaz sea más fácil suponer que Pixar está recogiendo cierto espíritu de los tiempos. Uno en el que nos parecemos al perro Dante, mordiéndonos la cola de nuestra memorabilia, sensibilizados por la niñez perdida y las cosas simples, desdeñadas hasta que las publicamos en Instagram.

(En realidad hubiera estado mejor una reseña más pegada a la peli, donde se alabe la exhaustiva investigación de lo mexicano, como de turista gringo que sí leyó sus folletos; que sin embargo la aduana entre el mundo de vivos y los muertos muestra el cobre de cómo nos siguen viendo los gringos: país de buenos salvajes en el que nuestro deseo máximo es cruzar la frontera hacia el american dream; con padres que abandonan y matronas castradoras como chiste chancletudo, y un cantante popular que en el fondo es delincuente, muy Valentín Elizalde; y un Mundo de los Muertos tan porfirista que nomás le faltó su propaganda del PAN. Habría que hacerse esa reseña, y sin embargo la cara, las arrugas, la lenta sonrisa que florece en el rostro de Mamá Coco…. Si mi guitarra oyes llorar / Ella con su triste canto te acompañará…

Lágrimas

 

Más lágrimas

Etc.)

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Spiderman Homecoming, el superhéroe estartupero

bg_spiderman.pngTodo bien con el Spiderman Homecoming de Jon Watts: el nuevo Peter Tom Parker Holland es un chamaco simpatiquísimo; el villano Buitre Michael Birdman Keaton sabe perfectamente quién es y cuál es su papel en el mundo; Marisa Tía Beibi May Tomei es sexy hasta cuando no tiene el propósito de serlo; los chistes de Robert Stark Tony Downey Jr siguen siendo los mismos de siempre, pero como le siguen saliendo bien, pues va y pasa.

También es emotivo el homenaje a John Hughes y la comedia de adolescentes ochenteras, aunque me faltó ver a Peter Parker en su fiesta ñoña de estudiantes bailando con Liz (bonita muchacha, Laura Harrier) mientras una banda de rock toca la pieza principal del soundtrack; una pena que los deberes del superheroísmo hayan conjurado la escena; a cambio hubo explosiones, destrucciones y corretizas que estuvieron divertidas, la vdd.

Pero no deja de incomodar que el traje de Spiderman, el icónico rojo-en-cuadritos con azul que todos hemos tenido de pijama en algún momento de nuestras vidas, ahora haya sido sponsored by Starks Industries, aunque con más juguetitos, montón de estilos de telarañas y hasta la voz de Jennifer Connelly como Waze y asesora sentimental.

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El traje de Spidey es el motivo y el principal problema de esta película. Peter Parker gestiona su traje desde Capitán América: Guerra Civil, cuando Tony Stark lo recluta para que se agarre a trancazos con el Capitán América y su equipo. Ahora, al principio de su propia historia, Parker brinca emocionado por el outfit high tech que hasta viene en maletita de acero, para darle más formalidad empresarial. Lo que sigue es cómo a cambio de tan sofisticado traje, el niño Parker vive las humillaciones obligadas de un trainee aspirante a Vengador.

Parker acepta con docilidad su calidad de becario. Manda mensajes de Whatsapp para recordar que sigue vivo y el Happy Hogan que hace la talacha de Stark apenas y lo pela; presume que se encuentra en el Internado Stark y casi podría ponerlo en su Lindekin porque así se mamonea mejor (Envía una felicitación). Claro que tiene deslices de rebeldía adolescente, le quita el rastreador a su traje y se va a hacer un desmadrito al Obelisco de Washington, intenta salvar un ferry y lo termina salvando Tony Stark, quien como mentor estricto le quita el traje (“sin él no soy nada” “justo por eso no lo mereces”, se interpelan en melodrama pimpinelesco) mientras no aprenda a hacer las cosas bien, que según la fórmula de la historia, sería tener paciencia, aprender de los grandes y obedecer.

¿Por qué no molesta este discurso? ¿Tan asimilada tenemos la cultura emprendedora? Peter Parker es un estartupero, locuaz pero obediente, con interés de ayudar a la gente (como buen emprendedor social) pero más de engrosar las filas de los Avengers (el Google o Telefónica de los superhéroes). Pero además se desenvuelve en un universo equivalente. En su preparatoria Midtown la Venganza de los Nerds se consumó, ya no hay porristas enamoradas de los fortachones del tochito; ahora los amiguitos de Parker se preparan para un decatlón de ciencias, y el buleador Flash es un gandallita hindú multicultural, como multiculturales son la novia afro y el amigo asiático. La transgresión adolescente la enuncia Liz, cuando prefiere la alberca en vez de repasar sus libros: “una actividad rebelde es buena para la moral”, y enseguida aclara que lo escuchó en un ted talk.

el-buitre-de-michael-keaton-aparecera-en-otras-peliculas-de-marvel-main-1498152173Ahí resalta (y capaz por eso es el mejor de la cinta) la perorata del Buitre Adrian Toomes, el pepenador que se convirtió en traficante de armas porque de algo se tiene que vivir. Spidey lo enfrenta con su outfit viejo, sudaderita y pasamontañas con goggles, y el viejo criminal discurre su amargura. “¿Cómo crees que Stark pagó esa torre y sus juguetitos?”, le dice. “Nosotros no les importamos: construimos sus caminos, recogemos su basura, comemos sus sobras, peleamos sus guerras”. El monólogo apenas sirve para darle tiempo al Buitre de que sus alas destruyan la bodega donde se encuentran. Este monólogo también queda flotando incómodo, cuando Tony Stark hace una conferencia de prensa para presentar al Reloaded Spidey, o en la acera de enfrente, cuando la princesa Diana recibe una foto vieja de la Fundación Wayne.

El superhéroe en tiempos del neoliberalismo aspira a ser parte del corporativo que los legitima, que los premia tras haber perseguido tenazmente su sueño (y haberse madreado a algunos villanos). Seguro ya hay varios ted talks que bordan alrededor de este insight. Es un excelente ejemplo para una nueva generación.

Peter Parker resuelve (y no) el dilema, aunque contarlo va contra la ley de los spoilers.

Insisto que me gustó la película. Divertida, punk de Los Ramones, Marisa Tomei.

Sólo me dejó incómodo la tecnología, tan comprometida, del outfit de Spiderman.

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AGREGO:

Luis Reséndiz me hace notar que el traje se lo regaló Stark a Parker desde el inicio de la película, en recompensa a sus servicios al enfrentar al Capitán América. De paso le suelta este consejo ambiguo, también tan cotorro que hasta sale en los trailers: “No hagas lo que yo haría y no hagas lo que yo no haría, en medio hay una pequeña franja gris y ahí es donde trabajas”. Una ambigüedad semejante le permite a Stark quitarle el traje cuando no lo cree digno de él, y devolvérselo hasta que considera que el imberbe aprendió la lección. El mentor poderoso ostenta un paternalismo que el otro acepta porque, estartupero como es, sabe que está en su momento del fucking up, “fracasar, levantarse y aprender”.

En contraste, El Buitre alecciona a Peter como un igual: no sólo se enfrentan superhéroe y villano, también se reconocen dos tipos de la clase trabajadora, uno joven, idealista, el otro corrupto y desencantado. Capaz y hacerle ver a Spidey la diferencia entre ellos, precarios y desechables, y aquellos, arrogantes, con el poder de decidir el destino y las guerras del mundo, hacen al chamaco decidirse a ser un luchador de a pie, el friendly Spiderman local que se menciona en los comics y las películas anteriores.

El Buitre es el verdadero mentor de Spidey. Y capaz por eso, reconociéndose en su calidad de maestro, es que no revela la identidad del Arácnido en la escena postcréditos que va anunciando la continuación de la saga.

La ingenuidad de la Mujer Maravilla

wonder-woman-movie-2017-gal-gadot-images.jpgSi algo me cautivó de La Mujer Maravilla (Jenkins, 17) fue su naive. La Princesa Diana vive en un estado de gracia hasta que ve caer un aeroplano en el mar increíble, esa escena poderosa por su absurdo y su presagio. Antes, el mayor conflicto de Diana era aprender los rigores de la formación atlética espartana de las amazonas. Frunce el ceño el feminismo si sugiero que aquél era un mundo de privilegios porque no hay hombres contra los cuales lidiar, ni pobreza a la que sobrevivir, ni ideas de opresión contra las cuales pronunciarse.

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La violencia, la destrucción, la noción de la injusticia, llegan justo con el aeroplano de Steve Trevor, y así de horrendos debemos ser los onvres: con él también le llega a Diana la curiosidad por el aviador-espía, la incertidumbre de quién es este otro, y si me excedo agrego: el enamoramiento, la atracción sexual. Pero la princesa Diana tiene clara su misión: vencer a Ares, dios de la guerra, para restaurar la armonía y la paz.

Lo que sigue es zozobra. Importa poco si Trevor desmantela el arma secreta de los alemanes, o si Diana da las muestras de superheroína que DC le pide. Lo que angustia, pero también da sustento al resto de la película, es qué pasará cuando Diana sepa que Ares, la guerra y el mal, son fuerzas superiores a su buena voluntad, que su entusiasmo para desfacer el entuerto (quijotada obvia) y recobrar el equilibro será vano, que una realidad más grande a su gallardía o su perseverancia podría doblegarla, porque el mundo real, y peor, el mundo real de la guerra, es inclemente, indiferente a la mejor voluntad.

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El idealismo de Diana hace agua por todos los costados, pero se mantiene por el naive de la protagonista. ¿Por qué funciona la Mujer Maravilla donde otros superhéroes no? Por este optimismo casi demencial: nada más conmovedor que verla liderear a la banda de amigos forajidos de Trevor, ellos sí arruinados por la guerra y el peso de los tiempos. Una mujer impetuosa guía al oscuro mundo de Johnny Got His Gun (Trumbo, 71).

Ahí es cuando el candor de vencer a Ares y restaurar el orden adquiere una fascinación que no había visto en los relatos de superhéroes de las últimas décadas: hijos de la reinterpretación darkie del Batman de Tim Burton, los superhéroes son escépticos, conscientes de que el Mal es infinito y hay que enfrentarlo porque no hay de otra. La Mujer Maravilla, en cambio, es hija del Superman de 1978 de Richard Donner: una divinidad superdotada que llega a la Tierra a asombrarnos, a ayudarnos a hacer del mundo un lugar mejor.

¿Y al final se destruye el idealismo de la empeñosa Diana? Ahí es donde el spoiler frena el tecleo. Pero la película resuelve su maravilla desde una moraleja que semejaría el final de The Dark Phoenix, el comic de los X Men y Chris Claremont: que ella, que pudo haber vivido como Diosa, prefirió salvar al mundo al entender lo humano. La humanidad imperfecta, la verdadera némesis de la princesa Diana, también la salva y le permite mantenerse poderosa, quien sabe si con menos candor, para la continuación de su saga.

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Almacenados y el estoicismo de José Carlos Ruiz

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Almacenados, pelìcula reciente de Jack Zagha (Adiós mundo cruel, Hasta el último trago) es un ejercicio minimalista que se podría parecerse a este cine contemplativo onda Reygadas o Escalante, pero con un sentido del humor más para la raza que no le sabe al cinediarte. Trata de dos chalanes: Lino (José Carlos Ruiz), sesentón casi a punto de jubilarse, y Nin (Hoze Meléndez), muchacho en pos de su primer empleo, que deben convivir en un oscuro almacén mientras llega el camión con el cargamento a guardar.

Ahora, la película me gusta por motivos distintos de lo que quiere mostrar Jack Zagha. Entiendo que él prefiere vendérsela a los ninis sin oportunidades y con necesidad de aliento, y tiene las razones del target (sales, mileniada, corran a ver Almacenados). Pero la fortaleza de la peli en realidad está en José Carlos Ruiz, el don callado, ya oxidadas sus formas de comunicarse, embotado en décadas de rutina.

Me explico: Almacenados, de origen, es una obra teatral de David Desola, quien hizo la adaptación para la pelìcula. Desola escribió en este ambiente laboral español caliente que con los años desembocaría en las protestas de los indignados. La obra tenía connotaciones laborales, iba sobre la calidad de los empleos y la falta de oportunidades de jóvenes y ancianos para intentar una vida digna. Desde ahí, podría coincidir con otra película, esta mexicana, de reciente manufactura, Los bañistas (Max Zunino, 2014). El mismo Zunino ha dicho que eligió a sus personajes -en ese caso, una muchacha y un viejo- porque eran los sectores de la población con más problemas para conseguir algún empleo.

Si alguien le rasca, puede encontrar en YouTube puestas en escena españolas y argentinas de Almacenados, y por ahí se cuela incluso algún momento de la versión teatral mexicana, que han hecho Héctor y Sergio Bonilla. Pero acá lo interesante: los personajes rucos de estas versiones semejan ese trabajador veterano con tradición sindicalista, que aún desde el absurdo del trabajo se piensa de alguna manera amparado. Los Linos de estas versiones podría imaginarse en marchas, huelgas, plantones, imbuidos en la tradición de trabajador capaz de defender sus derechos.

¿Y José Carlos Ruiz? De inicio, el genotipo. Sus rasgos indígenas meten en otra dimensión al personaje. El Lino de Ruiz de inmediato remite a estos miles de mestizos o indígenas mexicanos, apenas inexistentes, casi desechables, que asean los baños, descargan los camiones en los mercados, que chambean de granaderos o policías de bajo rango -el famoso poli- y que contemplan el mundo desde su gesto estoico, imperturbable. Lino usa la frase “Vamos a lo que vamos” cuando no sabe responder de otra manera. Y le ocurre repetidamente. Y es la forma de declararse incompetente para tener mayores ideas que las impuestas por los manuales o las manías del patrón.

Hombres incapaces de comunicarse, que por alguna razón (y a propósito del centenario) recuerdan los diálogos de Rulfo. Que por ahí algunos se quejan de que no representan fielmente el habla de los campesinos. Podría argüirse que, más que de campesinos u oriundos de los Altos de Jalisco, es el habla de quienes como Lino han renunciado a tratar de explicar(se) algo y deambulan parcos, económicos de palabras, en una especie de vida automática en la que ya no tiene caso seguir buscando los tres pies del gato.

Las otros primores de Almacenados tienen que ver con una dirección a rienda corta (José Carlos suele quejarse de que Zagha apenas y lo dejó actuar: justo parquedad de movimientos, expresiones contenidas, apenas inquietud de manos jugando con una tuerca y un tornillo), la buena réplica que le hace Meléndez al actor maduro, y un tempo cansino que se va volviendo agobiante con el sonido constante del reloj chechador.

Pero toda la efectividad posible de la película ocurre porque se pone al servicio del personaje desértico de José Carlos Ruiz, en un papel que no en balde llamó la atención de la Academia para nominarlo a Mejor Actor.

Almacenados estrena este fin de semana en salas, tristemente le faltan las muchachas, las explosiones o los señores de los anillos suficientes para mover a los comedores de palomitas. Pero vale la pena verla, aunque sea solamente para ver el gran Lino que construye Ruiz. Ya después pueden pasarse a mirar las payasadas del Eugenio Derbez.

 

#SiMeMatan

 

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Ilustración de Eréndira Derbez @

Justo hace un año y pocos días (24 de abril de 2016 para más precisión) el Tuiter mexicano tuvo un momento viral importante con el hashtag #MiPrimerAcoso, que acuñaron Estefanía Vela y Catalina Ruiz-Navarro, como preludio a una marcha contra la violencia a las mujeres. Según las cuentas de Distintas Latitudes, en tres días hubieron más de 19 mil tuits bajo la etiqueta, con testimonios que iban de lo incómodo a lo pavoroso, sobre casos de hostigamiento y violencia sexual. Hay datos más detallados y reveladores que pueden verse acá.

#MiPrimerAcoso fue confesionario de historias que corroían recámaras, memorias atormentadas o realidades entendidas a medias; también funcionó como catarsis y contraseña de identidad. Para muchas chicas significó un primer acercamiento con ideas feministas y de empoderamiento, en otras consolidó intuiciones o malestares que no terminaban de articular.

Un año después, mientras redacto, un nuevo hashtag, #SiMeMatan, hace variación de #MiPrimerAcoso. Que tiene una historia más larga y truculenta.

El 3 de mayo se encontró a una mujer asesinada, aparentemente ahorcada con el cable de un teléfono, en Ciudad Universitaria, territorio de la UNAM. El caso es grave por tratarse de un feminicidio, se magnifica porque ocurrió en el espacio de la máxima casa de estudios, que se quisiera pensar zona segura para toda persona que esté ahí. Ya se veía venir que la protesta iba a ser importante. Lo que está ocurriendo desde hace unas horas desborda el pronóstico.

La madeja inició desde los tuits de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México, donde hacen síntesis de las declaraciones de la pareja de la mujer asesinada. Los mensajes los retomaron los medios de comunicación sin reelaborar demasiado, por lo que fueron los primeros cuestionados (a mí me tocó leerlo desde @Radio_Formula pero reprodujo algo similar El Universal).

Los mensajes de la Procuraduría fueron:

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Y Radio Fórmula retrucó así:

La víctima de pronto se convirtió en una mujer drogadicta, alcohólica, mala estudiante y hasta violenta con su pareja. Sin decirlo, casi hasta parecería un alivio que alguien se deshiciera de ella. Este ejercicio de revictimización es cosa de todos los días, ya lo habíamos visto con las muertas de Juárez (quien las mandaba a salir a tan altas horas de la noche de sus maquilas, a ser de complexión delgada y pelo largo, como le gustaba a los verdugos satánicos de la frontera norte) y es caso fresco el de los homicidios de Narvarte, cuatro chicas y un muchacho muy probablemente asesinados por órdenes del entonces gobernador de Veracruz, Javier Duarte. En aquella investigación, para difuminar la probable responsabilidad del gobernante, se intentó descalificar a los asesinados por sus actividades como modelos, maquillistas o su nacionalidad colombiana, y se insinuó que su convivencia era como un Sodoma y Gomorra clasemediero que podía hacer hasta justa su ejecución. De alguna manera, estas prácticas de las autoridades y muchos medios nos han entrenado para reconocer la perversión y saber leer entre líneas.

Lo que sigue es más interesante. El enojo por los mensajes fue haciendo variaciones sobre el tema, y sin estar del todo seguro, quiero creer que desde acá @majos_eh disparó el hashtag:

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Que reformuló @soy_sputnik:

¿Hay algún protolocolo moral para ser asesinada y no ser culpable de tu propio homicidio? El tuit pronto se volvió hashtag, reclamo irónico ante la perversión de la autoridad. Pero justo alguna de las virtudes de Tuiter es su capacidad de recrear a partir de una tendencia. Porque entonces, los reclamos airados se fueron convirtiendo en una suerte de profesión de fe (o menos religioso: de identidad). Lo que sigue es al azar:

No me confundo: tengo claro que estas expresiones encaran a la frivolidad y misoginia de las declaraciones de la Procuraduría y su eco en los medios. Son réplicas enojadas a las ofensas que implicaron los comentarios hechos sin un sesgo de género, que dotara de cierta dignidad a la víctima.

Pero me arriesgo: una colección amplia de estos tuits podrían hacer una radiografía de las mujeres que confluyen en las redes sociales, semejante a lo que décadas atrás hizo Gabriel Careaga con su Biografía de un joven de la clase medida (de 1986 y que, por supuesto, habla de un hombre heterosexual y con los privilegios anteriores a una época en que se empezaran a cuestionar los privilegios). Pero ahora el turno es de las mujeres, airadas y enérgicas ante las anquilosadas expresiones machistas, pero también insolentes y orgullosas de su identidad, de sus transgresiones y su derecho a éstas. Desde #SiMeMatan se dicen queer, lesbianas o bisexuales, que les gusta tomar ginebra o caguamas, que tienen relaciones casuales, que han consumido o consumen drogas, que visten sexys y no les interesa el recato, que no siempre son las mejores estudiantes, que leen a Bolaño o a Simone de Beavouir, o que prefieren solamente literaturas escritas por mujeres, que les gusta salir solas en la noche, que andan en bicicleta, que se arrepienten de alguna historia amorosa, o que se sienten orgullosas de otra historia, aun cuando no fuera la más ejemplar.

Minibiografías de la imperfección, autorretratos de fragmentos, que también encaran a El Eterno Femenino e incluso a sus mutaciones modernas, o de ejecutiva voraz, o de amazonas urbana, o madre luchona con certificado de infalibilidad. ¿Qué hacemos los hombres ante este caudal de reivindicaciones, que no entran precisamente en el molde que se nos había enseñado?

No me gustaría creer que éste sea el mejor ejemplo de la réplica masculina, pero aquí está:

A unas horas de iniciado el hashtag, el procurador Rodolfo Ríos declaró como inapropiados los tuits que emitió la dependencia que dirige. Se agradece su aclaración, pero la rueda ya se puso a girar: como hace un año #MiPrimerAcoso, ahora cada #SiMeMatan revela nuevas personalidades de las mujeres. Personalidades fuertes pero también temerosas. Imaginativas y fastidiadas. Que consolidan su sitio en el mundo y lo hacen desde el lugar mas desagradable: defendiendo a sus muertas, temiendo sus muertes. Y como paradoja, celebrando sus vidas desde el enojo y el desafio.

13 razones para que Hannah Baker me haga un casete

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Esto va contra mí, Hannah Baker:

Este casete es para la corrección política. Lo que no me gustó de 13 Reasons Why antes de saber si me gustó 13 Reasons Why: su promoción desde la corrección política. Esta conscientización/sensibilización sobre el acoso escolar, la depresión, el género y el suicidio, hace de cualquier crítica de la serie un alegato insensible, misógino o cínico contra la suerte de Hannah Baker, nuevo emblema de montón de personas que han sufrido de violencia escolar, o que han intentado -o logrado- quitarse la vida, ante la imposibilidad de resolver sus conflictos. De ahí que la serie se haya vuelto en un producto que a los redsocialeros bien portados les gusta calificar como Necesaria y más que Necesaria, Impostergable, y más que Impostergable, Urgente, y más que Urgente, Necesaria. La perspectiva tiene su razón de ser: su formato consigue una interacción equiparable a ver documentales ecologistas, antropológicos, a favor o en contra de causas que entrañan dilemas morales.

Este casete es para el formato de la serie. 13 Reasons Why parte del chantaje emocional. La adolescente suicida Hannah Baker graba trece casetes donde responsabiliza a sus compañeros de prepa de su suicidio y cuela una pregunta intimidante: ¿Qué hicieron para que ella tomara su decisión? La pregunta traspasa el monitor de la computadora: ¿qué hicimos, qué dejamos de hacer los espectadores para que esto ocurriera? Y va cada quien con su examen de conciencia: los apodos que pusimos, nuestras indiferencias, patanerías, deshonestidades o alardes hirientes. Quien esté libre de pecado que cierre su cuenta de Netflix. 13 Reasons Why engancha desde esta culpa y este morbo. Es como hincarse ante el confesionario o ante el artículo feminista regañón. Según se asienta el duelo por el suicidio de Hannah y los personajes adquieren sus matices promedios, se logra descifrar el carácter verdadero de la serie:

Este casete habla del ritual del sacrificio como tema narrativo. Lo que cuenta 13 Reasons está en varios relatos gringos. Seguro también está en muchas literaturas del mundo (al vuelo pienso en la Biblia y Dostoievsky), pero por alguna razón en Estados Unidos se agrega un acento vernáculo que debe venir del protestantismo, los Padres Fundadores o los guajolotes perdonados el Día de Gracia: un personaje linchado/sacrificado que, desde la culpa colectiva, funda o da sentido a una comunidad. El ejemplo inmediato es el estigma, juicio y castigo de Hester Pryne en La letra escarlata de Hawthorne, y agrego una colección:

Este casete es para Stephen Crane. Su cuento “El hotel azul”, en el que un extranjero provoca las sospechas de un pueblo, que no recupera su armonía hasta culparlo de hacer trampa en el póquer y ejecutarlo;

Este casete es para Dean Moriarty. El “idiota sagrado” de Jack Kerouac en En el camino: cuando Dean Moriarty, borracho, drogado, derrotado, enfrenta el juicio informal de sus compañeros de ruta, quienes lo ven como el causante de los excesos del grupo (cita condensada por el espíritu beat): “todos seguían sentados en círculo mirando a Dean con cara de muy pocos amigos, y él seguía encima de la alfombra, en medio de todos ellos y se reía… sólo se reía. Bailó un poco. Su vendaje cada vez estaba más sucio y empezaba a deshacerse. De repente comprendí que Dean, en virtud de su enorme serie de pecados, se estaba convirtiendo en el Idiota, el Imbécil, el Santo del grupo. (…) Eso era Dean: el IDIOTA SAGRADO. (…)  Era BEAT: estaba vencido, era la raíz y el alma de lo beatífico también”;

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Este casete es para ti, Clint Eastwood.  Y el ejemplo perturbador de Río Místico (Eastwood, 2003): A Dave, escuincle de ocho o nueve años, lo secuestra un poli frente a sus amigos Jimmy y Sea; ellos son incapaces de defenderlo y sienten culpa. Cuando se rescata a Dave y saben que fue violado y humillado, la culpa crece y se mantiene hasta la vida adulta de los tres. Entonces, un crimen en el barrio permite responsabilizar a Dave: sus antiguos amigos Jimmy y Sea deben estigmatizarlo y sacrificarlo para aliviar el remordimiento que los agobia desde la infancia.

Éste es tu casete, David Lynch. La serie Twin Peaks (1990-1991) se construye desde la pregunta: ¿Quién mató a Laura Palmer?; esta chica guarda secretos que conciernen a muchos de los habitantes del pueblo maderero. Su asesinato obliga a alianzas, intrigas y medias verdades para simular una explicación atroz. El formato de Twin Peaks es detectivesco y su solución llega hasta el siniestro del Lynch ochentero (el de la perturbadora Blue Velvet): tras la armonía de una comunidad se esconden dedos u orejas cercenados, las muestras de gentileza contienen personajes perversos, retratos hiperrealistas de una sociedad que está viviendo la cruda de la francachela ochentera.

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Un casete para el mundo de Hannah Baker. ¿Cómo se mueve 13 Reasons Why en esta colección? Aunque pertrechado de sentido de comunidad (al lado de la corrección política —ofrendas, homenajes, charlas— que rodea al suicidio de Hannah, las suspicacias en Twin Peaks parecen de cavernícolas), el lugar donde vive Hannah Baker no difiere mucho del pueblo maderero de Lynch. Sus habitantes se vigilan prudentes. Los estudiantes monologan: el atleta concentrado en su buen rendimiento; la organizadora de actividades mesura opiniones porque ya proyecta su reputación política; el fotógrafo se engolosina en su vouyerismo; al intelectual no le interesa descender de su torre reflexiva. Y los adultos: padres, maestros o consejeros, recitan sin gran convicción discursos calcados de las frases asertivas de Steve Jobs. Los tratos son cínicos desde la irreverencia, las manifestaciones afectivas se contienen porque evidencian fragilidad, o porque no es obligado, ni aconsejable, exhibir calidez. Desde esta asepsia, la degradación de Hannah apenas puede reconocerse. ¿Hizo falta su suicidio para descolocar a la comunidad de Liberty High School y darles una oportunidad para la compasión?

Un casete por el trabajo argumental chafa. 13 Reasons Why es irregular y exhibe muy fácil su carpintería: primeros dos capítulos apantallantes, en tanto proponen la dinámica narrativa (los casetes incriminadores), el tono y los personajes; los siguientes episodios con momentos meritorios pero afectados: la necesidad de enfatizar la tragedia de Hannah hace exagerados muchos conflictos, y ahí viene la trampa moral: la serie guisa un potaje tan rico para discusiones de género y juventudes, que parecen perdonar sus torpezas. Y los últimos tres capítulos, cuando se condensan las causas que llevan a Hannah al suicidio, la serie vuelve a crecer y recupera el estatus que promete su publicidad. No evita giros efectistas, como el enfrentamiento final del protagonista Clay Jensen y el villano, o las  moralejas del mismo Jensen, cuando con el consejero escolar propone un mundo distinto a aquél que mató a Hannah Baker. Pero por estas escenas chocantes, me quedo con algunos buenos momentos: sin pecar de spoiler, marco la reunión de los estudiantes en el café Monet para discutir qué harán con las denuncias de Hannah, reelaboración gélida de las charlas happy teen de The Breakfast Club (Hughes, 85), o la tensa charla entre Hannah y el consejero, ella ya con el suicidio en mente, él incapaz de reconocer las urgencias de ella. La chica que no sabe cómo pedir que la ayuden, el psicólogo es incapaz de reconocer las señales de auxilio: los traspiés de gran parte de la serie se compensan con estas radiografías de la incomunicación, en las que vamos de víctimas o victimarios sin siquiera gran conciencia de nuestros roles.

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Este casete es para otras formas de pensar el suicidio. Alguien debe estar intentando un apunte más filosófico sobre 13 Reasons Why. De botepronto pensé en el ensayo de Luis Antonio de Villena, La felicidad y el suicidio, donde habla de este acto como un ritual que impide la mediocridad que sigue a la plenitud (que tu cadáver sea hermoso). También está en la novela de Vila-Matas, Breve historia de la literatura portátil, el repudio de los shandys al suicidio. O el suicidio desde Camus: el mito de Sísifo, la conciencia del absurdo. Ahí se recuperaría a una Hannah Baker más interesante: aquella que ha cargado con la mugre de todo un pueblo y que se impone su sacrificio como una suerte de exorcismo. La idea no es muy feliz desde cómo se promueve la serie (la comunicación con los adolescentes, el escrutinio a detalle de los sentimientos, la fiscalización de los acosos y otras formas de violencia), pero acaso sea la que permita hacerla más grande: perdedores, víctimas, suicidas, de lo que ellos tengan que contarnos está hecho un mundo proclive a ser redimido.

 

Lo que La la land ganó cuando perdió

c5ppwy2vaaigldtMe intriga el rostro de Damien Chazelle, al fondo del foro, mientras se arregla el desmadre del Oscar a Mejor Película que ganó y después no, su película La la land.

Pocos minutos después subirá al escenario la producción de Moonlight, entre ellos Barry Jenkins, director y escritor de la conmovedora historia de Chiron, el afroestadounidense gay que intenta crear su espacio en el mundo.

Moonlight proviene de una obra de teatro y tiene estos elementos autobiográficos que la hacen parecer un cuajo de la vida y la emotividad del autor, puede presentirse una reflexión concentrada, sensibilidad que se fermenta y destila las imágenes que necesitan los espectadores.

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Chazelle, en contra, hace piezas cinematográficas perfectas. Arrogancia de montajes, fotografía al detalle, composición exacta y sorpresas precipitadas.

Jenkins es la hermosa verdad; Chazelle es la primorosa trampa. Moonlight estremece a todo quien la ve ¿Por qué es más dividida la opinión en La la land?

Porque es película de blancos en un mundo de blancos. Porque hay quien odia a Sebastian (Ryan Gosling) whitesplaineando y mansplaineando el grasoso jazz. Porque hay verdaderos musicales que son (NOTA: linquear contenido chatarra: 46 películas musicales que seguramente deben ser mejores que La la land). Porque Emma Stone debería ser feminista y no es lo suficientemente feminista. Porque me gusta que los mensajes de los filmes me hagan reflexionar.

La la land es espectacular pero no contundente. Ahí está su mejor virtud: La la land ligera, aerodinámica, volátil, a los personajes se los lleva el viento y eso se agradece en una ciudad como Los Angeles, con un calor pesado y agobiante.

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Pero La la land parece no tener conflicto. Un par de tarugos sueñan con triunfar en el arte. Cuando hablan de jazz y cine y teatro, no lo hacen como eruditos; son novatos que suplen con trivia la sustancia que aún no tienen. ¿Por eso no triunfa la obra de teatro de Mia? ¿Por eso Sebastian cede al jazz moderno “sin alma”, a cambio de más dinero?

Mia y Sebastian se parecen al estudiante prodigio de batería Andrew Neiman, y también a su patético maestro hijodeputa, Terence Fletcher, los personajes de la película anterior de Chazelle, la vertiginosa Whiplash.

Lo que más me intrigó de ella, es que los músicos nunca disfrutan de tocar el jazz. La autoridad de Fletcher es tal, que la música surge temerosa, agobiada, neurótica. Si el jazz de Sebastian es bobalicón, el de Fletcher está encorsetado en su perfección, sin juego ni alma.

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Cuando ya destruyó la psique de Neiman, Fletcher lo encuentra en un bar, le explica por qué tanta tortura: no quiere que haga un buen trabajo, quiere que sea Louis Armstrong, Charlie Parker, los más exactos, los que desde el manejo inmaculado de sus técnicas logran llegar al alma. Pero Fletcher sabe que nunca conocerá a ese virtuoso. Él mismo es incapaz de reconocerlo. Le falta, justamente, alma.

El baterista Neiman será virtuoso pero nunca tendrá alma. La actriz y escritora Mia será expresiva, hermosa, cándida, emotiva, pero nunca logrará poner en vilo su alma. El jazzista Sebastian tendrá su altar de banquitos y pianos, tampoco alcanzará el alma.

El cine de Chazelle, preciso, efectista, ligero, embaucador, emocionante, virtuoso, nunca logrará tocar el alma.

El director Jenkins de Moonlight sabe qué le ocurre al alma de Chiron y sus demás personajes. Chazelle no. Porque justo ese es el tema de Chazelle: la conquista de la técnica artística, del virtuosismo, sin trascender al misterio del Arte.

Por eso, cuando La la land gana y después no gana, es mucho más fiel a su autor: la gloria no está de su lado, pero hay cierta belleza patética en intentarlo.

Eso dice la mirada de Damien Chazelle. Y como paradoja, es lo más poderoso de sus poética: la crónica de los artistas fervorosos, apasionados, dispuestos a dejar todo para conquistar su arte. Pero que el Arte -como sí pasa con Jenkins- nunca los tocará.

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Las mujeres que viajan en los vagones de los hombres

Metro CDMX

La decisión de separarnos a hombres y mujeres en los vagones del metro viene de tiempos inmemoriales, cuando la Ciudad de México se llamaba Distrito Federal y la administraba un oscuro regente al que siempre se le prometía la presidencia del país y nunca se le hacía, probablemente porque se movía demasiado en la foto. Nos apartaban por el mismo motivo que ahora, y era que los hombres se manejaban como machos indómitos cuando tenían a una mujer enfrente. Incontrolables, sudaban copiosamente, los ojos se les inyectaban de sangre y sólo pensaban en cómo manosear a la víctima. A la vejación seguían peleas épicas, bofetadas, enojos y humillaciones. La separación funcionaba como forma de controlar a esas bestias y dar seguridad a las mujeres. En fechas recientes, el separo se ha extendido al metrobús. El argumento es el mismo, si bien se le ha incorporado la cháchara antropológica —patriarcado, heteronormatividad, micromachismo, onvresfrájilesnochinguen— que reviste el asunto de cientificidad.

Que sea necesaria esta división no quiere decir que guste. Y pasa menos por el tema de compartir el vagón, que por la humillación decretada y oficial que supone el estigma, lo que hace de nuestras ciudadanías improvisados esbozos. Lo triste es que cualquier alegato tropieza con el imbécil que, ahora, en cualquier ruta del metro, intente alargar la mano hacia alguna muchacha. Y los reclamo de los hombres se topan de bruces con la realidad de la violencia sexual y los feminicidios. La idea de urgir leyes más precisas y efectivas no es suficiente para cancelar las recriminaciones. Ya ni siquiera se vale decir que no todos los hombres son barbajanes, de inmediato sigue la réplica: nitidislishimbrissinbirbijinis, como diría el meme.

Resignados, pues, ahí vamos los fulanos al apartado del corral que nos corresponde. De la lejanía nos llegan testimonios de las escenas espeluznantes que se viven en el otro separo. En esa celebración de la igualdad de derechos y las victimizaciones mujeriles, las doñas, doñitas y doncellas se dan con el chongo por conseguir lugares, marcar territorio o escanear el outfit ajeno.  Hay historias impresionantes de señoras con bolsas del mandado que jalonean inmisericordes a las secres flacuchas que intentaban enchinarse las pestañas con una cuchara; viejitas a las que les arrebata el asiento alguna embarazada de oficio; ñoras empoderadas con bolsas de Zara que se consideran dignas de la mejor atención; o guapas de corta duración, quienes no soportan que alguien les arruine la tersura de las medias. Testimonios de uñas filosas como garras, mordiscos, gritos y maldiciones de barrio bajo, que haría palidecer a la más prístina sororidad.

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Por eso, algunas han estado optando por otra ruta, que les han dicho que puede causar su perdición. Y van y se meten al vagón de los hombres. Que tampoco es el paraíso, falso que los hombres seamos un bloque monolítico que sólo pensamos en futbol y cervezas, aunque sólo pensemos en futbol y cervezas; también hay juegos de poder que se solucionan desde la posibilidad de los madrazos.

Ya güevuditos, cuarentones o veteranos de la andropausia, los hombres seguimos siendo el buleador que coleccionaba puerquitos en la secundaria, el fanfarrón que le subieron el sueldo y se siente el más ligador del vecindario Tinder, pícaros garañones, torvos de ideas macabras que se expresan en monosílabos. Todos estamos listos para rifarnos el tiro, mostrar quién es el más cabrón o el más hijo de puta. Justo la posibilidad de esa violencia nos hace firmar aburridos armisticios. Nos observamos con cansancio, podríamos desafiarnos pero no hay tiempo, hay que marcar tarjeta en la oficina, o volver a casa y dormir con el primer Xolos-Necaxa que aparezca en el televisor.

Entre esta pesadez, de pronto aparece una mujer en el vagón. Ni guapa o fea, ni joven o madura, o gorda o flaca, o sonriente o malencarada; entra y las miradas cambian, la indiferencia se alerta frente a la prueba. La educación machista deja una cosa clara: seguro que alguno de nosotros intentará pasarse de cabrón. Y ya se alistan las imprecaciones, los No Te Pases De Verga, las rompederas de hocico.

No sé si la chica se da cuenta de las miradas que se cruzan, tampoco sé si le son indiferentes o le hacen sentirse distinguida, a fin de cuentas no es una privilegiada, va en el mismo ritmo apretujado de enfrenes y aceleres que los demás. Pero los ojos alertas la cuidan para cuidarse a sí mismos. No queremos que un imbécil haga una pendejada y obligue a atrasar al metro media hora, no queremos poner a prueba la capacidad de explotar la violencia que sofocamos ante el jefe imbécil o el cliente obtuso. No queremos desperezar rencores, frustraciones, decadencia, el frágil equilibrio de ser nosotros. Pero además, estamos en el momento de mostrarle a la muchacha intrépida (y con ella, a toda la sororidad que lleva alrededor) que no somos los animales incontenibles que describen, que la gran mayoría preferiríamos llevar la fiesta en paz.

Las cuatro o cinco estaciones que dura la ruta de la chica se agudiza el pacto de vigilancia y protección. Cuando ella baja, deja la fragancia desvaída de su shampoo. Y así como la presencia disparó una comunicación oscura de alerta, su abandono deja un extraño ambiente de consuelo. Capaz y ella es el inicio de una nueva forma de comunicarnos con el vagón del que se nos ha separado.

Una chica en el vagón de los hombres es la oportunidad de demostrar que no somo un hiato de imbéciles; por eso la protección y la tensión, pero también el arrobamiento de tener entre nosotros a la intrépida invitada.

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