El efecto Guillermo Totoro

Guillermo-Toro-Premios-Oscar-mejor_LPRIMA20180305_0002_35Este post en realidad quiere desahogar el vértigo que me causan las clases magistrales que dará Guillermo del Toro en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara. Me explico:

Es el momento de Guillermo de Toro. Sus Oscares como Mejor Director, Mejor Guionista y Mejor Película por su película La forma del agua lo tienen en un estado de gracia pocas veces visto entre estos modelos nacionales que cada dos o tres años nos da por adorar. Y ahora, con el Festival, se pone a prueba su temple y generosidad para que dé una, dos, tres, cuatro clases magistrales. Y ya hasta lo quieren traer a la Cineteca y al Auditorio del Chilangotown. Y ya hasta quieren cambiar al Ángel de la Independencia por el Hombre Anfibio. Luegoentonces, las expectativas son muy altas. Luegoentonces, cuando Del Toro diga, o deje de decir, o diga mal, alguna de estas torpezas que luego nos da por decir a la gente, ya vengo viendo los enojos y las descalificaciones. Y cursi que soy, también pertenezco a ese grupo de personas que no quieren que Guillermo del Toro cometa un error reprochable y tampoco quiero que sea infeliz en la vida.

Es lo que platicaba con Julia mientras lo veíamos en la entrega de los Oscares, cargando muy contentote un virote para sorprender una sala de cine, según esa dinámica fallida que se inventó Jimmy Kimmel.

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—Quiero que Guillermo del Toro gane mejor director y que sea feliz por siempre —dijo Julia, casi con lágrimas en los ojos.

—Sí, de acuerdo —contesté, también casi a punto de llorar.

¿Por qué andamos tan enganchados con Del Toro? Algunas estadísticas frías mostrarían que, por ejemplo, Alejandro González Iñarritu, Emmanuel Lubezki o Alfonso Cuarón han obtenido más reconocimientos de la Academia Gabacha. Pero el año de Gravity, o Birdman, o El Renacido, a nadie se le ocurrió irse al Ángel o a la Minerva de Guadalajara a festejar. Con Guillermo del Toro, en cambio, la celebración parecería obligada, casi natural.

Un enorme cliché mexicano dicta que estamos tan áridos de ídolos con repercusión internacional, que cuando aparece uno queremos exprimirlo hasta sus últimas consecuencias.  Pero son inevitables los matices: al Chicharito sólo lo queremos cuando mete goles; a Salma le escaneamos con saña sus vestidos (y ni se diga el amarillo multimeme de Eiza González); a Maná le hacemos el fuchi aunque en España lo bailen y rebailen; y los mismos González Iñárritu y Cuarón provocan respeto pero no devoción.

Alguno de estos ídolos, Hugo Sánchez, alguna vez se lamentó esta “actitud de cangrejos” que tendríamos los mexicanos, con la que despreciamos a nuestros triunfadores en vez de mirarlos como modelos e inspiración. Después se vuelve muy largo escudriñar las coordenadas de privilegios, clasismos y resentimientos casi históricos que lo provocan; como contradicción, también está esa manía nacional de buscar ídolos para compensar el escepticismo patrio.

Guillermo del Toro en cambio es atractivo desde su diseño de imagen y su proyección. La panza, la barba, los lentes redondos, la aparente distracción porque sólo tiene tiempo para imaginar monstruos, mansiones o cataclismos, parecería convertirlo en uno más de sus personajes . Aquí por ejemplo, yo veo un muppet:

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También es famosa la historia de cómo al no poder decir su nombre, Mana Ashida, su pequeña actriz de Pacific Rim, lo rebautizó Totoro-san, como el personaje emblemático de los Estudios Ghibli.

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Desde ahí disparó una iconografía kawai que sólo deja indiferentes a los que no tienen corazón.

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Lo interesante es la narrativa alrededor de Guillermo del Toro como una combinación entre lo fantástico, lo patrio y lo aspiracional: no se puede ser como González Iñárritu (demasiado mamón), como Hugo Sánchez (demasiado bocafloja) o Javier Hernández (el Chicharito debe volver a ser importante cada que inicia cada partido) , sí se puede ser como Totoro-san porque con él compartimos las ensoñaciones secretas y absurdas que se transforman en películas dignas de premios y en referentes de nuevas formas de imaginar y transformar la realidad.

De sus muchos personajes (la sordomuda Eliza, la niña de la guerra Ofelia, el Hombre Anfibio, el viejo vampiresco Jesús Gris), el que Guillermo del Toro hace de sí mismo es el más interesante. Y el enganche de la gente va de la mano de la historia que nos contamos de él. No sólo es un “triunfador”, de los que se estilan en las revistas de negocios o en las demagogias políticas. Es un “triunfador” semejante a nuestros monstruos y a nuestras aspiraciones imposibles. La celebración a Guillermo del Toro es la celebración que hacemos de nuestros primeros libros de cuentos, nuestras tardes de imaginar esqueletos bajo la cama, la forma en que intentamos remontar los rechazos en las oficinas apáticas, en los trámites escolares, en los programas de gobierno que nunca nos benefician.

Voy subiendo el post y apenas en unas horas inicia la primera de estas clases magistrales de Guillermo del Toro, que en realidad son ejercicios de consagración y admiración.

Una mirada más crítica revisaría con sorna el evento. Convocaría a los críticos de cine y a los sociólogos, al chovinismo y a los contextos políticos, a la necesidad de sensacionalismo de las redes sociales y a la disección desolada de quiénes pueden y quiénes no pueden hacer cine (y muchos otros proyectos importantes) en este país. Pero como hoy queremos a Del Toro, venga la fiesta; después habrá tiempo para rizar el rizo y entrar en detalles sobre los vértigos y los monstruos.

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No persigan sus sueños en las fondas, plis

farolito.JPGTengo un semestre de ir a una misma fonda, ni destacable ni digna de olvido, que tiene la buena costumbre de servir el consomé caliente y los chilaquiles con tortillas puestas al sol y cortadas en tiras, y no esos tostitos de bolsa, como ya se estila en muchos sitios. Lo atendían dos ñoras jamonas de las que se pintan las uñas de rojo y siempre parecen estar de malas, hasta que te atienden con ese pulso seco y amable que tienen las tías y las mámás. Uno sabe que empiezan a quererte cuando te sirven el doble de arroz o cuando te preguntan si no quieres de la salsita que sí pica —y que en efecto tiene una beligerancia importante— y que sólo la comparten con los asiduos. Otro día olvidé la cartera y avergonzado les quise dejar el celular en prenda, mientras iba por el dinero.

—Tráigalo mañana. No nos va a dejar por un día que nos deba.

Entre el arroz, la salsa y la fiada podría parecer que habíamos rozado algo semejante al afecto.

En la caja, un cuarentón introvertido siempre hacía cuentas. Algún día que había mucha gente me pregunté por qué no se levantaba el muy güevón a ayudar a las ñoras. Después entendí esta injusticia como un elemento orgánico: alguien debía hacerse pendejo para que el mecanismo de la fonda funcionara. Como el cajero del Oxxo que te dice que te cobran en la otra caja; intentar cambiar esta costumbre implicaría un movimiento entrópico para el que muy probablemente no estamos preparados.

Y tal cual.

1492578423968k.jpgEn la fonda acaban de aparecer dos muchachas, de estas de pelo lacio y sonrisa agradable. Como no me gusta el chisme no escuché con detalle lo que comentaron las ñoras: que al parecer eran las hijas del güevón de la caja, que él estaba creando la anomalía en otro lugar del planeta pero dejaba a su descendencia para que renovaran la fonda.

La palabra peligrosa fue renovar.

—¿Cómo está? ¡Qué gusto que venga! ¿Con qué va a empezar? —dijo una.

Yo soy Tauro y se me complican los cambios. En realidad varios de estos posts deberían tratarse de eso. También las charlas con el psicoanalista al que no me atrevo a ir.

—Todo está delicioso. Lo supervisamos personalmente y lo hicimos con mucho amor —dijo la otra, igual de agradable; las dos son agradables, tienen el cabello lacio y sonríen como si la fonda fuera un McDonalds.

Al fondo, las ñoras me miraban con muina. Entendí que no debía festejarlas de más. Me porté como un profesional de la indiferencia: crema de calabacitas, arroz y pollo en pipián.

Las muchachas trajeron la crema tibia porque así las sirven los chefs, me explicaron, para preservar su sabor. Añadieron tostones de pan frito porque así se le hace para la consistencia.

El arroz estaba pegado pero era amarillo.

—¿Sintió el azafrán?

Más interesadas en la respuesta estaban las ñoras que las chavitas. Yo no supe… soy tosco para distinguir sabores, tema que también apunto para el psicoanalista. Respondí que sí, que claro, se sentía perfecto el azafrán. Las chicas casi bailan. Ya dije que son agradables: hubiera querido bailar con ellas. Al fondo, las cejas levantadas de las doñas me hizo entender que mejor no.

El pollo en pipián venía con granada.

—Ya sabemos que se ve raro pero queríamos crear un… —la muchacha movió las manos como si quisiera generar un… —muy especial.

La otra renovación fue que casi a cada bocado se acercaban para preguntar si todo estaba bien, si me gustaba, si faltaba algo. Siempre he detestado que te traten así los meseros de cantina, como apurándote a que bebas rápido y más. En una fonda de crema, arroz y pollo con pipián era extrañísimo.

De postre hubo jericallas, que sí fue un “agregado de valor” comparado con los bombones La Rosa de antes. También hubo agregado de valor en el precio: diez pesos más que antes.

—Ya sabe que puede regresar cuando quiera, nos encanta que venga con nosotros, usted no es un cliente, es alguien que nos obliga al esfuerzo de ser cada día mejores —dijo una.

—Estamos persiguiendo nuestro sueño. Empezamos aquí, ya nos verá después.

Ahí entendí que debía corregir la metáfora de sonrisa de McDonalds: las muchachas del pelo lacio en realidad sonreían como en las Ted Talks. De inmediato pude visualizarlas en el auditorio de cortinas negras y pantalla intimidante, los chistes agudos disfrazados de bobos y los micrófonos de diadema para que todos oigan cómo convirtieron la fondita de cremas y chilaquiles  en una nueva forma de conectar con la comida, de crear valor y llegar, en el reino de las fondas, a donde nadie más en el pasado había podido llegar.

Lo dicho: el papá güevón tenía su razón de ser. Empecé a extrañar su anomalía.

Justo después del cambio, al pasar cerca de las ñoras, vi cómo guardaban enormes bolsas de bombones La Rosa en una alacena

—Cuando se les acaben las jericallas las van a necesitar —me explicó una, con sorna, y me aturdió su amarga sabiduría.

No recuerdo en qué parte de este post debía confesar que llevo una quiniela sobre quién se cansará primero de perseguir su sueño, de una larga lista de conocidos que hablan, sonríen e innovan con la candidez del iTriunfo a la Jobs. Supongo que está bien no agregarlo, hay amarguras que no deben exhibirse, en todo caso charlarlas con el psicoanalista que aún no visito.

Lo que sí tengo de pendiente es revisar mi presupuesto, si sigo ayudando a las chavitas a seguir sus sueños o si debo cambiar de fondita. Una donde haya ñoras de mirada hosca y trato amable. De las que no sabes cuándo empezaron a quererte, pero de pronto te sirven mayor ración de arroz.

 

 

Cómo influirá el zodiaco en las elecciones de 2018

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No me preocuparía esto porque creo en las ciencias políticas, la sociología, las encuestas Gea-Isa (jo, el desastre de hace seis años con Ciro y sus encuestas Gea-Isa) y el fraude patriótico, esquemático e institucionalizado, que no nos dará al candidato electo, sino al que no nos quedará de otra. Pero en el periódico Reforma apareció la nota sobre el sorteo para saber quiénes serán los funcionarios de casilla en la jornada electoral del 1 de julio. Tendrán el honor quienes hayan nacido los meses de febrero y marzo.

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Y pues uno como mexicano ya ve moros con tranchetes por todos lados. Y forzando el músculo periodístico atisbé una indagación importante: nacidos en febrero y marzo, los funcionarios de casilla serán Acuario (del 20 de enero al 19 de febrero), Piscis (del 20 de febrero al 20 de marzo) y Aries (del 21 de marzo al 21 de abril).

Sería extenuante revisar las caracterizaciones de estos signos zodiacales para dar un comentario detallado sobre lo que nos espera. Dejo la tarea a algún analista comprometido, quien seguramente hará un mejor trabajo. Pero para efectos didácticos del post, me quedo con la descripción ya clásica de cómo se cambia un foco según cada signo zodiacal. Aunque esquemático, podría servir de orientación:

aries¿Cuántos Aries se necesitan para cambiar un foco?
Sólo uno, pero se necesitarán muchos focos.

1386957828_znak-zodiaka-vodoley.gif¿Cuántos Acuario se necesitan para cambiar un foco?
Van a aparecer cientos de Acuarios, todos compitiendo para ver quién va a ser el único en traer la luz al mundo.

1386957360_znak-zodiaka-ryby¿Cuántos Piscis se necesitan para cambiar un foco?
¿Qué? ¿A poco se fue la luz?

Desde aquí se puede temer el desgarriate que habrá en las casillas el primero de julio.

Ya veo a la presidente Aries revisando colérica cada credencial de elector y sospechando tranzas en la falta de bigote, exceso de barba, maquillaje excesivo o ojeras pronunciadas en los votantes, mientras el secretario Acuario intenta apaciguarla explicándole que uno somos todos y todos somos uno, y que lo más importante es reconocerse no en cada elector, sino en la identidad superior y diáfana del

ELECTORADO

ante el muy justificado recelo de los representantes de los partidos; la presidente Aries apurando a cada votante, truene de dedos porque cruzar el logo del partido es para ahorita, si ya tuvieron seis meses de publicidad por qué tardan tanto. Y entonces el secretario Acuario recordaría: que en su rol al Sayulita Fest se le aparecieron cual Caballeros Jedi: Heberto, el Doctor Nava y Maquío, y le explicaron que un voto es un voto, y que los votos por votos florecen casilla por casilla. El presidente Aries respondería que se dejara de mamadas porque él ya arruinó tres sábanas informativas en su apuro por tener el conteo completo de los votos; el secretario Acuario iluminaría: “respira, visualiza, contabiliza”.

Ahí el escrutador Piscis les preguntaría si no quieren chamoy.

Tal vez Acuario de presidenta y Aries de secretario funcionaría mejor: presidenta Acuario pediría que funcionarios y representantes se tomen de las manos, lancen su mirada al interior y sientan cómo va emergiendo, desde las brumas, en su forma primigenia, la palabra:

DEMOCRACIA

Mientras, el secretario Aries apuraría porque todavía hay que vaciar urnas, contar votos, firmar actas y llevarlas -qué enredado- al Consejo Electoral. Y mostraría cuchillos, macanas y chacos prestos a enfrentar a los agentes del fraude, dos meses de practicar autodefensa para dirimir irregularidades a magullones y puños, en nuestra casilla las chingaderas no se vuelven a hacer.

Entonces se asomaría Piscis: “¿qué están contando? ¿Neta no quieren chamoy?”

Puede haber un escenario más en el que Piscis sea presidente. Y pregunte:

—¿Dónde está la engrapadora?

—¿Cuáles son las actas?

—¿Si nos trajeron de los fólderes bonitos, los que se doblan así? (y le haría “así”).

—¿Quieren chamoy?

Los Aries desesperados, los Acuarios visionarios, los Piscis (¿también estamos los Piscis?) tendrán en sus manos, en cada una de las casillas, el destino de México.

No es para preocupar, sí para tenerlo en cuenta.

—o—

Por cierto, López Obrador es Escorpión (13 de noviembre) y Meade (27 de febrero) y Anaya (25 de febrero) son Piscis.

Piscis.

¿A poco se fue la luz?

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Pero este análisis lo dejo a opinólogos autorizados como Ricardo Alemán, Leo Zuckermann, Pablo Hiriart, Krauze papá y Krauze bebé, Mizada Mohamed y Carlos Marín.

Ellos tienen mejores herramientas.

Ellos sabrán.

 

Prefiero que le den licencia a los malos conductores

Digamos tres cosas sobre la mujer que fue a sacar una licencia sin saber manejar y la sacó en 15 minutos, sin pruebas psicométricas ni estilísticas ni nada.

Antes, el contexto: en los tamlains mexicanos apareció este tuit:

La gente de tuiters llenó de insultos a Ruth, básicamente porque:

a) se llama Ruth

b) tiene 40 años

c) a su edad no ha aprendido a conducir

d) venció la procrastinación y fue por la licencia de manejo mientras muchos lo tenemos como pendiente hasta la eternidad.

e) tenía ganas de hacer exámenes teóricos y prácticos y le dijeron que ño.

f) sacó la licencia en 15 minutos y hay quienes nos hemos pasado la mañana entera en el trámite.

g) Cree en las cosas increíbles que logran volverse legales. Algo así como Tolkien con Alli McBeall.

Los tuiteros somos gente que tomamos café tibio mientras esperamos que algo o alguien nos salve, mientras no ocurre nos entretenemos con todo aquello que nos haga olvidar que seguimos esperando ser salvados.

En esta ocasión nos pusimos a criticar o defender o cuestionar o relativizar el experimento social de Ruth.

Yo quise poner un par de chistes pero no funcionaron, ahí me di cuenta de la gravedad del asunto.

Según entiendo, el conflicto está alrededor de la facilidad con la que el gobierno de la Ciudad de México expide licencias de conducir, que se la acaban dando a gente irresponsable que conduce como el diablo. El tema es que los conductores argumentaron sobre lo lejos que les queda su trabajo, sobre la urgencia de llevar a sus hijos a la escuela, sobre Miguel Ángel Mancera que quiso ser candidato a presidente y no se le hizo, etc.

Ahora sí, tres opiniones:

  1. Los conductores que no saben conducir son adorables. Manejan con el freno y como pidiendo disculpas por tener un auto. El mayor riesgo es que dejen abolladas -besitos, se dice en el argot- a los autos de adelante y atrás cuando intentan estacionarse, o que se lleven algún cono de seguridad porque no se dieron cuenta que ahí estaba jijiji, o que tarden cuarenta minutos a meterse al flujo del Periférico porque todos van rerápido y ellos preferirían llevarse la vida tranquila. Esa torpeza candorosa los hace confiables a los peatones, porque con sus velocidades bajas y sus vacilaciones hacen fácil que uno salte sobre su auto y supere con relativa facilidad el desafío motorizado.
  2. Nadie maneja peor que los mejores conductores. Los que saben ir de primera a tercera en medio segundo. Los que le dan reversa como acrobacia circense y ostentan vueltas espectaculares en las que a veces -malditos peatones- suelen estorbarlos los malditos peatones. Los que aceleran todavía con luz roja porque les gusta soltar el arrancón en chinguiza, creyendo que quienes los ven dirán: Numa, Tás Bien Cabrón, Mereces Que Todos Los Caminos Sean Tuyos.
  3. Ahondemos en la psicología de los Mejores Conductores. Desde que suben a sus autos son Gladiadores De La Selva De Asfalto y todos los que no manejan tan bien cómo el son sus adversarios. Y los peatones se les figuran como incómodos obstáculos del primer nivel de un videojuego que traen en su cabeza, que no pueden matar porque luego salen caros en el Ministerio Público y además se pierde mucho tiempo. El conductor hábil es el rey de un pequeño imperio, el del interior de su auto, y lo que está fuera es un universo inhóspito al que hay que derrotar.
  4. Lo paradójico es que el Mejor Conductor es el que mejor pasaría las pruebas para sacar una licencia. Saben cuál es el carril de alta velocidad y no sé qué putas hace ese imbécil manejando lento y entorpeciendo todo. Conocen la ambigüedad para hacer legal la doble fila y crear una comunidad de doblefileros esperando a sus hijos salir de la escuela. Encuentran el espacio pequeñito para entrometerse con habilidad pasmosa, y cómo chingados no, los frenazos angustiados de los otros son homenajes ante su fantástica faena de esquives y rebases. El Mejor Conductor es cretino porque le gusta serlo: alguien debe ganar en la batalla vial, y si no lo es él, no tiene caso que existan las vías y las calles.

Mi conflicto con la experiencia antropológica de Ruth Tengo 40 Años es a qué horas fue a hacer el trámite de la licencia, porque la última vez que lo intenté había unas filas tremendas y mejor lo dejé para otra ocasión. Igual, no tengo auto, entonces no urge. Pero sí me dejó pensando que el encono contra ella no fue por la ética vial (“la ética es respetar a quien sabe qué hacer con el volante”, podría sugerir el conductor habilidoso), sino por la rapidez de un trámite que cuando lo he hecho me ha llevado mis tres que cuatro horitas.

Aunque es cierto: tampoco he hecho examen.

 

La forma del agua: espectadores desde el estanque

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Casi al final de La forma del agua, cuando se enfrentan el Hombre Anfibio con el coronel Richard Strickland, entendí dónde no había terminado de cuajarme la película, y dónde, también, está su enganche con el público. Y es que el Hombre Anfibio nunca me dio miedo, y de hecho nunca atemorizó a ninguno de los personajes.

Quizá ya tenemos muy arraigada la presencia de héroes y villanos de látex (la creación de Guillermo Del Toro  remite a la Mystique de Jennifer Lawrence en la saga de X Men), o quizá hubo demasiados cortos y spoilers que nos acostumbraron a la criatura, o capaz ya se ha leído y admirado la capacidad de Doug Jones para personificar al monstruo, el caso es que el Hombre Anfibio parece más un prodigio del maquillaje y los efectos especiales, del trabajo corporal, y también un fuerte candidato a las Nalgas Masculinas de la Década (en competencia cerrada con Jon No Sabes Nada Snow); el caso es que no hubo susto, repulsión o extrañeza, pero tampoco fascinación ni asombro, a lo que hubiera obligado el manualito de las pelis fantásticas o de espantos.

Llámenme ochentero: extrañé esa fórmula del Spielberg fantástico en la que menciona varias veces a su engendro -tiburón, extraterrestre, dinosaurio- antes de mostrarlo, o lo muestra por detalles y cultiva una emoción que, cuando explota, suele ser apoteósica.

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Aquí, el Hombre Anfibio aparece a los diez minutos dentro de una cápsula, después del discurso desangelado, como de Secretaría de la Reforma Agraria, de Fleming, burócrata promedio, y apenas espanta a Elisa (Sally Hawkins) al azotar sus manos contra el vidrio de la cápsula; alrededor hay científicos, afanadores, hombres de corbata y por supuesto que el villano Strickland, quien hace una aparición más sobresaliente (no mucho más) que el monstruo. La escena, vital en la historia, es desordenada y apenas hace trazos escénicos  para un número musical que ahí no se ejecuta.

Justo como comedia musical está tramada la película: el buen trabajo de Sally Hawkins se logra gracias a sus habilidades de clown, y el resto del elenco, Hombre Anfibio incluido, se subordinan a esta coreografía. De ahí que el inicio del romance entre muda y monstruo (la escena del huevo, que seguro se volverá icónica), la perorata interminable de Zelda (Octavia Spencer) sobre su marido mientras trapea, la torpeza social de Giles (Richard Jeninks) y, por supuesto, el secuestro del monstruo y su instalación precaria en la casa con Elisa y los arrumacos submarinos , son más escenas de Esther Williams que del ascendente al que aspira, el cine B de terror.

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Otro elemento colabora con esta ejecución musical: la cámara constantemente corrige, lo que da una sensación de flotación. En términos audiovisuales, corregir es cuando la cámara hace un ligerísimo ajuste, poco más arriba, poco más abajo, sutiles zoom, para hacer más perfecto el encuadre deseado.

En La forma del agua esta corrección es estilo. Y sus implicaciones rebasan la herramienta: desde la primerísima escena onírica, este vaivén sumerge a los espectadores al interior del estanque.

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Desde esta cámara flotante, Del Toro se deslinda del horror convencional pero también de la aventura. Aquí no hay un extraño ser venido de otro mundo que convoca a unos niños a la épica bicicletera, ni una sirena que enamore a Tom Hanks y lo lleva a rebasar sus límites. En treinta años el punto de vista cambió (Tim Burton ayuda desde su Edward Manos de Tijera) y ahora sitúa en el centro a los raros y su necesidad de inclusión: en vez de contar la historia del ciudadano promedio enfrentado a la maravilla, Del Toro propone el centro del estanque para situar ahí a los espectadores; ahora el acento está en afanadoras mudas o negras, en amigos de homosexualidad augusta, en monstruos de buena nalga que no horrorizan porque somos uno más de ellos. La diversidad es estándar y la anterior normalidad se vuelve antagonismo. El personaje excéntrico ha dejado de sorprender porque ahora es nuestro espejo. Acúñese el hashtag #TodosSomosMonstruos y se obtendrá el código de la película.

Ahí debe ser donde no me cuajó La forma del agua: más que aventura, transita como una suerte de viacrucis romántico (muda y monstruo se conocen, muda y monstruo bailan, muda y monstruo cogen, muda y monstruo se separan, muda y monstruo se salvan), en el ya no es necesario tomar la diferencia como un desafío, sino como una convención.

La forma del agua sumerge y pone en flotación a la normalización del freak, más que a su maravilla. Puede leerse como una fantasía de la imperfección y ahí está su complacencia. Por eso el enganche. Pero por eso, también, no cruza la zona de confort de la emotividad Benetton.

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Agrego porque también hay que decirlo: la línea argumental de los rusos parece una infiltración perniciosa que debería investigar a fondo León Krauze. De otro modo no entiendo para qué existe.

José Antonio Meade: el mismo puto candidato de hace cien putos candidatos

2017 ha sido un año tenebrosamente retro para México. La mejor frase para describirlo fue de Edwin Gost, el amigo de Kevin Miranda, aquel adolescente que grabó el sismo en la Secundaria Técnica 113 con riqueza de léxico y emoción:

“El mismo puto año de hace cien putos años”, El dislate de Edwin cifra el fatídico eterno retorno del país. No sólo se repite el sismo, también las formas arcaicas en que el partido en el poder unge al candidato que cada seis años aspira a la presidencia del país:

El eterno retorno no funciona en círculos cerrados sino en espirales que actualizan el mismo puto ritual de hace cien putos rituales. Según José Elías Romero Apís, el ritual del Tapado inicia, parafernalia completa, con la designación de Adolfo López Mateos por su tocayo Ruiz Cortines.  El dedazo estaba denenantes, cuando Venustiano Carranza eligió para sucesor al insípido ingeniero Ignacio Bonillas, pero Ruiz Cortines inventó el ajedrez de la especulación, cuando a todos les dijo que sí pero no les dijo cuándo, y echó a andar una mitología que se repitió cada sexenio, hasta que llegó al poder el panismo, y que vuelve este año, con el poder de nuevo priista y el presidente en turno con todos los peones, alfiles, caballos y reinas para jugar.

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El Tapado priista sobrepasa la adivinanza: mientras se reconocen y decodifican las señales, los contendientes escenifican la templanza, la disciplina, la moderación del entusiasmo o del rencor, según les va en la feria. El libro La herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México de Jorge Castañeda es ilustrativo y chismoso del tema. Entrevista a los presidentes mexicanos desde Echeverría hasta Salinas de Gortari, para saber cómo eligieron y cómo fueron elegidos, y avienta alguna hipótesis sobre el proceso de sucesión. Habla de destapes anticipados (el Presidente tiene un delfín, lo arropa, lo mima, cuida que no se tateme y lo encauza) y destapes por descarte, en el que el Presidente va desechando aspirantes hasta quedarse con The Ni Modo Pero The One.

El primer caso es el que ejecutó Enrique Peña Nieto con José Antonio Meade. Por algo el ungido hizo fama de chapulín cuando saltó de Relaciones Exteriores a Desarrollo Social a Hacienda.

Los retablos del 27 de marzo parecieron calcar los otoños de 1975, 1981, 1987 0 1993: la renuncia del delfín a su cargo como seña inequívoca de su postulación, la cargada emotiva e irracional, la litúrgica visita de las siete casas —los sindicatos charros de CTM, CNC y CNOP— para recibir avales. “Quiero que me hagan suyo” casi gimió en ansiedad pornopolítica, antes de dejarse mimar por la perrada.

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¿Hay diferencias con destapes anteriores? Al menos una de asombrosa estrategia: el ungido no es militante, sino “simpatizante” del PRI, y la independencia es novedad: el PRI postula a un indie y así se adelanta a las fatigas para conseguir firmas de Margarita Zavala de Calderón, El Bronco, Pedro Ferriz (mi vido) y la zapatista Marichuy. La no militancia de Meade casi lo haría tan millennial y alternativo como Pedro Kumamoto: nomás le falta andar en bici, usar converse y tener un ejército de youtubers listos para hacerlo cagadito en las redes sociales (los están buscando, CalloDeHacha y Chumibebé).

La no militancia de Meade también le da la vuelta al triste Frente Ciudadano de Anaya y las sobras del PRD. Y es que la candidatura de Meade, antes funcionario del panismo, sugiere un nuevo Frente Prianista, al que ya se suman las derechas a las que no les da asquito las concertacesiones.

Pero fuera de ahí: la misma puta cargada de hace cien putas cargadas. Y los mismos putos elogios de hace cien putos elogios. Ricardo Alemán ya lo llamó “el verdadero candidato ciudadano”, Guadalupe Loaeza dijo que le gusta su sonrisa, “una sonrisa fresca, modesta y muy cálida”, León Krauze lo supuso “un adversario intelectualmente formidable” y Pascal Beltrán del Río hizo la onomástica de su apellido y lo encontró casi tataranieto del médico de Isaac Newton.

Casi se extrañaría el descaro oficialista de Jacobo Zabludowsky, tan disciplinada la lambisconería, tan elegante su ejecución.

Tan devastador como el sismo será la nueva y misma marrullería del PRI: cuando venda a Meade como un priista-no priista vegano, orgánico, libre de gluten, ciclista, pet friendly y kawai. Ya se verá cómo los marqueteros rediseñan este producto que las columnas ya lo venden como culto, preparado, fresco; el personaje que queremos ser cuando hacemos los tests de buzzfed.

Nomás no hay que engañarse, y ahí vale recuperar la iluminación del buen Edwin Gost: José Antonio Meade es el mismo puto candidato de hace cien putos candidatos.

Con su destape el año funesto de 2018 acaba de empezar.

Dos amigas y la escritura que fracasó, según Elena Ferrante

1.jpgHay tanto chisme alrededor de la identidad de la escritora Elena Ferrante que se ha hecho de lado la lectura y el comentario de su novela en cuatro entregas Dos amigas. Se entienden las razones: los personajes de Lila y Lenú son tan contundentes que la curiosidad exige saber si están basadas en personas reales, si existen fotos de ellas y sus espacios (esa ciudad de Nápoles que la autora hace eléctrica, bullanguera y violenta), si alguna noticia de la realidad hace espejo con las anécdotas de la novela.

Que no debiera espantarnos: salvo por el prurito feminista que encuentra en el seudónimo de Ferrante —presumiblemente Anita Raja, traductora freelance— una defensa de la escritura hecha por mujeres y un intento de privilegiar al texto sobre el probable desdén a la autora —que ya se ha dado al sugerir que el esposo de Raja podría ser el verdadero autor de la saga—, el interés por Raja o Ferrante proviene de un reflejo semejante que se hace con autores como Proust, Bolaño o Roth, cuyas obras parecerían extensiones de sus biografías. Ahí está justo la primera caracterización de Ferrante: en su novela hay un pulso autobiográfico, lo mismo por la relación de las protagonistas, como —más importante— por la creación de un universo que da nuevas luces de la sociedad italiana y europea de la segunda mitad del siglo pasado.

image2.jpgLa mercadotecnia pornosoft de la novela engaña: en Dos amigas hay sexo, pero no un afán erótico extenso y es lo menos importante de la saga. Dos amigas [los títulos de cada entrega son: La amiga estupenda (2011) Un mal nombre (2012) Las deudas del cuerpo (2013) y La niña perdida (2014)] trata de la amistad de dos mujeres, pero también de cómo se incubó, se desarrolló y fracasó una idea del progresismo europeo; no sólo las actividades políticas en específico, también una sensibilidad (compromiso ideológico, militancias, debates, ejercicios críticos y autocríticos, exploración de nuevas formas de relaciones sentimentales, el pecado del aburguesamiento, radicalidades, disidencias) que a las izquierdas les gustó llamar el “Hombre Nuevo” y que se encarnan desde los distintos espectros de Lila y Lenú. Y hay más: Dos amigas también trata del oficio de la escritura. Y de una idea de lo literario que tuvo su mejor momento y su disolución durante las seis décadas que van desde la posguerra europea en los cincuenta hasta inicio del siglo XXI.

La anécdota que engancha va alrededor de la amistad de las dos mujeres, que de ninguna manera se trata de un vínculo perfecto o idílico. La relación que mantienen Rafaella (Lila) y Elena (Lenú) es tensa y va entre la competencia y la envidia; algunas traiciones, alejamientos impulsivos, rencores y desdenes por omisión, y desde ahí mantiene un suspenso que hace contrapunto con el tópico idealizado que tenemos de la amistad: Lila es bella y Lenú insegura; Lila tiene una astucia natural, instintiva, mientras Lenú debe forjar su inteligencia desde la duda y el esfuerzo del estudio y la lectura; pero mientras Lenú consigue la oportunidad de estudiar y desarrollar una carrera profesional, Lila queda marginada por su belleza, la fuerzan a casarse muy joven y debe formarse desde el chisme de barrio; Lenú viaja, escribe, da conferencias, amplía horizontes desde el contacto con las izquierdas y los progresismos, la opción de Llila es ir del matrimonio a la vida obrera al liderazgo informal que logra en las veinte calles de su barrio, lo que le permite crearse una idea nada complaciente de la naturaleza humana.

LEE1960013W00001-34A Lenú siempre le atormenta la idea de qué habría pasado si Lila hubiera tenido acceso a la educación; desdeña su propia trayectoria desde este espejeo en el que, sabe, su amiga se hubiera desempeñado mejor. Y desde esta angustia desarrolla su carrera literaria: una novela erótica de juventud, un ensayo feminista sobre la creación de la mujer desde el imaginario masculino, una novela política que linda con el periodismo literario sobre las condiciones laborales de unos trabajadores en una fábrica de embutidos (donde trabajó Lila), varias novelas más que no se describen a detalle pero permiten imaginar a una autora de esa época: informada, con conciencia política, y la ambición de que la literatura complemente un pensamiento crítico y comprometido. A la práctica literaria de Lenú la confronta el escepticismo de Lila, como si presintiera que el esfuerzo de su amiga habrá de derrumbarse entre el colapso de las ideologías, la relatividad posmoderna y el anquilosamiento de la cultura como formadora de un sentido crítico.

Porque además Dos amigas, sin hacer estas alusiones a los momentos históricos que la hubieran convertido en turismo literario, alude al espíritu de las décadas: la sombra del fascismo en las infancias de Lila y Lenú, que aún mantiene su presencia en algunas relaciones perversas del barrio; las ideas progresistas en las relaciones universitarias y después profesionales de Lenú y sus colegas intelectuales, y de refilón se asoma el hippismo y el feminismo de la segunda ola; el conflicto de la izquierda convertida en gobierno que deviene corrupción; el narcotráfico y la violencia en el fin de siglo; el recogimiento de los personajes cuando buscan —en realidad lo hace Lila, amargada, sin grandes recursos de investigadora pero con desesperada ambición— recuperar una ciudad de Nápoles anterior a ellas y a su siglo.

Capaz por esta construcción morosa de las épocas es que uno de mis momentos favoritos, que revela en algún sentido de la totalidad de la obra, es cuando en el cuarto tomo, las hijas ya mayores de Lenú, y sus parejas, leen en tono de parodia fragmentos de las novelas de la escritora:

Había hecho hincapié en algunos temas: el trabajo, los conflictos de clase, el feminismo, los marginados. Ahora oía frases mías elegidas al azar y me resultaban embarazosas. Elsa —Dede era más respetuosa, Imma, más cauta— leía con tono irónico pasajes de mi primera novela, de mi relato sobre la invención de las mujeres por parte de los hombres, de libros con múltiples premios. Su voz ponía hábilmente de relieve defectos, excesos, tonos demasiado exclamativos, la vejez de ideologías que yo había defendido como verdades indiscutibles. Sobre todo se detenía divertida en el léxico, repetía dos o tres veces palabras que desde hacía tiempo estaban pasadas de moda o sonaban insensatas. ¿A qué estaba asistiendo? ¿A una burla afectuosa como los que hacían en Nápoles —seguramente mi hija había aprendido allí el tono— que, sin embargo, de línea en línea, se estaba convirtiendo en una demostración del escaso valor de todos esos volúmenes alineados junto con sus traducciones?

Dos amigas cuentan el intento y el fracaso intelectual de la segunda mitad del siglo; entre esto, la insistencia en una amistad con fisuras y que, probablemente por eso, sobrevive a la utopía.

Por supuesto que además hay todo un dramón que impide soltar los libros: intrigas, romances, una cincuentena de personajes que se van haciendo complejos según crecen las protagonistas y cambia el barrio; aventuras de niñez y adolescencia, reflexiones de madurez, desencanto senil y esta sensación que dejan las grandes novelas: la vida transcurre, Lila y Lenú transcurren entre anécdotas y algo más secreto e inasible: la tristeza y la celebración del paso del tiempo.

Agrego por acá la playlist hecha a propósito para leer Dos amigas, que creó @JCarloBM:

 

Coco y las trampas para recordar a Pixar

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El rostro de Mamá Coco. La animación por computadora que siempre se le ha chuleado a Pixar, concentra en Coco (Unkrich, 17) su esfuerzo más delicado en la arrugadísima expresión de la bisabuela del protagonista Miguel. Claro que también está el alucinante Mundo de los Muertos, y la piel con texturas de Dante (pobres xoloitzcuincles que se van a poner de moda), y el apantalle tan Caballeros del Zodiaco de los muy forzados alebrijes. Pero Pixar sabe que menos es más (aun cuando se dediquen a la mercadería del más) y la verdad de su historia se destila en apenas un minuto —intercorte de manos artríticas que empiezan a reaccionar a una melodía— para que el monolito oaxaqueño de Mamá Coco —más rolling gag que personaje, apenas existente en su silla de ruedas, apenas chiste manchado cuando Miguel la disfraza de luchadora, presencia divagante en apariencia ajena al argumento— entreabre los ojos y en murmullo poniatowsko (lo siento, la vi doblada), recuerda y empieza a cantar. Y siguen pañuelos, suspiros entrecortados, moquera y demás emotividad.

El argumento de Coco —el niño que quiere ser cantante y viaja al Mundo de los Muertos para conocer a sus antepasados y enterarse de por qué está prohibida la música en su casa— se construye desde este rostro de Mamá Coco, que alude al olvido y la memoria, giro de tuerca recurrente en Pixar. Desde Toy Story (Lasseter, 96) el vaquero Woody y el astronauta Buzz Lightyear comparten su temor de ser olvidados por Andy cuando deje de ser niño. El tema se ahonda en Toy Story 2 (Lasseter, 09) en la magnífica secuencia donde la vaquerita Jessie explica su desencanto por el abandono en el que la dejó su dueña Emily. Toy Story 3 (Unkrich, 10) hace de estos dos minutos y medio un culebrón truculento, pero el olvido y la memoria también se encuentran en el exilio del auto Rayo McQuenn en Cars (Lasseter, 06), o en los esfuerzos del viejito Carl Fredricksen por mantener el recuerdo de su esposa en Up (Docter & Peterson, 09) o el olvido que desahucia a Bing Bong, el amigo imaginario de Riley en Intensamente (Docter, del Carmen, 15). El caso que más me gusta es Dory, la pez-cirujano que coprotagoniza Buscando a Nemo (Stanton y Unkrich, 03) y que tiene su estelar en Buscando a Dory (Stanton & McLean, 16). En este caso, ella padece de amnesia a corto plazo, por lo que recordar u olvidar trascienden lo emotivo: en su caso es total supervivencia, conseguir una identidad más urgente que las trampas melancólicas.

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Pixar conoce a su público, sobre todo al adulto. Con los niños utiliza la infalible tradición de acción de Disney, Hanna Barbera y las caricaturas gringas que se dejen: correteadas, slapstick, rasgos de carácter reiterativos que permiten el rolling gag, sátira social con microuniversos que semejan el “real” (personajes pueblerinos en Cars, compartimentos burocráticos en IntensaMente, comunidades de juguetes consentidos, marginados o glamorosos en la saga Toy Story, peces nihilistas o depredadores en la saga Nemo-Dory, sociedades porfirianas en Coco). Más interesante es el gancho para los adultos: la reiterada alusión a un paraíso perdido en formas de juguetes, modelos vetustos de autos, amores perfectos en su candidez (en Up), amigos imaginarios y ahora es el turno a familias y abuelitas. La compañía de animación más depurada y propositiva en avances tecnológicos, también es la que crea historias que remiten a la añoranza, el reencuentro con uno mismo y la elección de valores conservadores —familia, hogar, pertenencia, zonas de confort como premio a la aventura. Pixar es tan eficaz como tramposo: despliegues de tecnología para historias semejantes: el viaje para buscar lo que se encuentra donde uno siempre ha estado; la aventura fue necesaria para reafirmar a quien uno siempre ha sido.

Y si se vale estirar la liga, parece coincidencia sugestiva que la compañía de animación que trabaja desde estas fórmulas sea la misma que en sus tiempos impulsó el Gurú Jobs, cuya principal innovación no es tecnológica, sino cibercultural: transformar trebejos computacionales en artefactos emotivos, llámense Macbooks, Ipods, Iphones o aventuras de Woody. Películas como Her (Jonze, 13) o Blade Runner 2049 (Villeneuve, 17) ya lo han registrado: las utopías o distopías no tienen forma de fierros viejos o robots impersonales; los futuros son emocionales hasta la vacuidad; aerodinámicos, pesan menos de 200 gramos y hay que hacer fila y tener tarjeta de crédito solvente para conseguirlos. En ese mapa, Pixar opera como la disneyización de la jobización: software RenderMan para animar abuelitas y peces conmovedores, así como hay tecnologías para fotografiar desayunos, amaneceres, novixs auténticxs y monumentos apreciados por la Unesco.

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Con todo y las suspicacias, se cae en la trampa: salí de Coco hecho un océano de lágrimas y llegué a buscar en Facebook (en Facebook y no en una caja de zapatos vieja) las fotos de mi abuela, que han subido tíos, primos y sobrinos, con mensajes de unión familiar (¡No Hay Familia Más Chingona Que Los Serrano!) y demás gritos de guerra que obligan al like para que no te tilden de desalmado. La segunda vez que la vi, aun buscándole la insidia, el maldito sentimentalismo me volvió a embaucar.

Capaz sea más fácil suponer que Pixar está recogiendo cierto espíritu de los tiempos. Uno en el que nos parecemos al perro Dante, mordiéndonos la cola de nuestra memorabilia, sensibilizados por la niñez perdida y las cosas simples, desdeñadas hasta que las publicamos en Instagram.

(En realidad hubiera estado mejor una reseña más pegada a la peli, donde se alabe la exhaustiva investigación de lo mexicano, como de turista gringo que sí leyó sus folletos; que sin embargo la aduana entre el mundo de vivos y los muertos muestra el cobre de cómo nos siguen viendo los gringos: país de buenos salvajes en el que nuestro deseo máximo es cruzar la frontera hacia el american dream; con padres que abandonan y matronas castradoras como chiste chancletudo, y un cantante popular que en el fondo es delincuente, muy Valentín Elizalde; y un Mundo de los Muertos tan porfirista que nomás le faltó su propaganda del PAN. Habría que hacerse esa reseña, y sin embargo la cara, las arrugas, la lenta sonrisa que florece en el rostro de Mamá Coco…. Si mi guitarra oyes llorar / Ella con su triste canto te acompañará…

Lágrimas

 

Más lágrimas

Etc.)

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Spiderman Homecoming, el superhéroe estartupero

bg_spiderman.pngTodo bien con el Spiderman Homecoming de Jon Watts: el nuevo Peter Tom Parker Holland es un chamaco simpatiquísimo; el villano Buitre Michael Birdman Keaton sabe perfectamente quién es y cuál es su papel en el mundo; Marisa Tía Beibi May Tomei es sexy hasta cuando no tiene el propósito de serlo; los chistes de Robert Stark Tony Downey Jr siguen siendo los mismos de siempre, pero como le siguen saliendo bien, pues va y pasa.

También es emotivo el homenaje a John Hughes y la comedia de adolescentes ochenteras, aunque me faltó ver a Peter Parker en su fiesta ñoña de estudiantes bailando con Liz (bonita muchacha, Laura Harrier) mientras una banda de rock toca la pieza principal del soundtrack; una pena que los deberes del superheroísmo hayan conjurado la escena; a cambio hubo explosiones, destrucciones y corretizas que estuvieron divertidas, la vdd.

Pero no deja de incomodar que el traje de Spiderman, el icónico rojo-en-cuadritos con azul que todos hemos tenido de pijama en algún momento de nuestras vidas, ahora haya sido sponsored by Starks Industries, aunque con más juguetitos, montón de estilos de telarañas y hasta la voz de Jennifer Connelly como Waze y asesora sentimental.

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El traje de Spidey es el motivo y el principal problema de esta película. Peter Parker gestiona su traje desde Capitán América: Guerra Civil, cuando Tony Stark lo recluta para que se agarre a trancazos con el Capitán América y su equipo. Ahora, al principio de su propia historia, Parker brinca emocionado por el outfit high tech que hasta viene en maletita de acero, para darle más formalidad empresarial. Lo que sigue es cómo a cambio de tan sofisticado traje, el niño Parker vive las humillaciones obligadas de un trainee aspirante a Vengador.

Parker acepta con docilidad su calidad de becario. Manda mensajes de Whatsapp para recordar que sigue vivo y el Happy Hogan que hace la talacha de Stark apenas y lo pela; presume que se encuentra en el Internado Stark y casi podría ponerlo en su Lindekin porque así se mamonea mejor (Envía una felicitación). Claro que tiene deslices de rebeldía adolescente, le quita el rastreador a su traje y se va a hacer un desmadrito al Obelisco de Washington, intenta salvar un ferry y lo termina salvando Tony Stark, quien como mentor estricto le quita el traje (“sin él no soy nada” “justo por eso no lo mereces”, se interpelan en melodrama pimpinelesco) mientras no aprenda a hacer las cosas bien, que según la fórmula de la historia, sería tener paciencia, aprender de los grandes y obedecer.

¿Por qué no molesta este discurso? ¿Tan asimilada tenemos la cultura emprendedora? Peter Parker es un estartupero, locuaz pero obediente, con interés de ayudar a la gente (como buen emprendedor social) pero más de engrosar las filas de los Avengers (el Google o Telefónica de los superhéroes). Pero además se desenvuelve en un universo equivalente. En su preparatoria Midtown la Venganza de los Nerds se consumó, ya no hay porristas enamoradas de los fortachones del tochito; ahora los amiguitos de Parker se preparan para un decatlón de ciencias, y el buleador Flash es un gandallita hindú multicultural, como multiculturales son la novia afro y el amigo asiático. La transgresión adolescente la enuncia Liz, cuando prefiere la alberca en vez de repasar sus libros: “una actividad rebelde es buena para la moral”, y enseguida aclara que lo escuchó en un ted talk.

el-buitre-de-michael-keaton-aparecera-en-otras-peliculas-de-marvel-main-1498152173Ahí resalta (y capaz por eso es el mejor de la cinta) la perorata del Buitre Adrian Toomes, el pepenador que se convirtió en traficante de armas porque de algo se tiene que vivir. Spidey lo enfrenta con su outfit viejo, sudaderita y pasamontañas con goggles, y el viejo criminal discurre su amargura. “¿Cómo crees que Stark pagó esa torre y sus juguetitos?”, le dice. “Nosotros no les importamos: construimos sus caminos, recogemos su basura, comemos sus sobras, peleamos sus guerras”. El monólogo apenas sirve para darle tiempo al Buitre de que sus alas destruyan la bodega donde se encuentran. Este monólogo también queda flotando incómodo, cuando Tony Stark hace una conferencia de prensa para presentar al Reloaded Spidey, o en la acera de enfrente, cuando la princesa Diana recibe una foto vieja de la Fundación Wayne.

El superhéroe en tiempos del neoliberalismo aspira a ser parte del corporativo que los legitima, que los premia tras haber perseguido tenazmente su sueño (y haberse madreado a algunos villanos). Seguro ya hay varios ted talks que bordan alrededor de este insight. Es un excelente ejemplo para una nueva generación.

Peter Parker resuelve (y no) el dilema, aunque contarlo va contra la ley de los spoilers.

Insisto que me gustó la película. Divertida, punk de Los Ramones, Marisa Tomei.

Sólo me dejó incómodo la tecnología, tan comprometida, del outfit de Spiderman.

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AGREGO:

Luis Reséndiz me hace notar que el traje se lo regaló Stark a Parker desde el inicio de la película, en recompensa a sus servicios al enfrentar al Capitán América. De paso le suelta este consejo ambiguo, también tan cotorro que hasta sale en los trailers: “No hagas lo que yo haría y no hagas lo que yo no haría, en medio hay una pequeña franja gris y ahí es donde trabajas”. Una ambigüedad semejante le permite a Stark quitarle el traje cuando no lo cree digno de él, y devolvérselo hasta que considera que el imberbe aprendió la lección. El mentor poderoso ostenta un paternalismo que el otro acepta porque, estartupero como es, sabe que está en su momento del fucking up, “fracasar, levantarse y aprender”.

En contraste, El Buitre alecciona a Peter como un igual: no sólo se enfrentan superhéroe y villano, también se reconocen dos tipos de la clase trabajadora, uno joven, idealista, el otro corrupto y desencantado. Capaz y hacerle ver a Spidey la diferencia entre ellos, precarios y desechables, y aquellos, arrogantes, con el poder de decidir el destino y las guerras del mundo, hacen al chamaco decidirse a ser un luchador de a pie, el friendly Spiderman local que se menciona en los comics y las películas anteriores.

El Buitre es el verdadero mentor de Spidey. Y capaz por eso, reconociéndose en su calidad de maestro, es que no revela la identidad del Arácnido en la escena postcréditos que va anunciando la continuación de la saga.

La ingenuidad de la Mujer Maravilla

wonder-woman-movie-2017-gal-gadot-images.jpgSi algo me cautivó de La Mujer Maravilla (Jenkins, 17) fue su naive. La Princesa Diana vive en un estado de gracia hasta que ve caer un aeroplano en el mar increíble, esa escena poderosa por su absurdo y su presagio. Antes, el mayor conflicto de Diana era aprender los rigores de la formación atlética espartana de las amazonas. Frunce el ceño el feminismo si sugiero que aquél era un mundo de privilegios porque no hay hombres contra los cuales lidiar, ni pobreza a la que sobrevivir, ni ideas de opresión contra las cuales pronunciarse.

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La violencia, la destrucción, la noción de la injusticia, llegan justo con el aeroplano de Steve Trevor, y así de horrendos debemos ser los onvres: con él también le llega a Diana la curiosidad por el aviador-espía, la incertidumbre de quién es este otro, y si me excedo agrego: el enamoramiento, la atracción sexual. Pero la princesa Diana tiene clara su misión: vencer a Ares, dios de la guerra, para restaurar la armonía y la paz.

Lo que sigue es zozobra. Importa poco si Trevor desmantela el arma secreta de los alemanes, o si Diana da las muestras de superheroína que DC le pide. Lo que angustia, pero también da sustento al resto de la película, es qué pasará cuando Diana sepa que Ares, la guerra y el mal, son fuerzas superiores a su buena voluntad, que su entusiasmo para desfacer el entuerto (quijotada obvia) y recobrar el equilibro será vano, que una realidad más grande a su gallardía o su perseverancia podría doblegarla, porque el mundo real, y peor, el mundo real de la guerra, es inclemente, indiferente a la mejor voluntad.

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El idealismo de Diana hace agua por todos los costados, pero se mantiene por el naive de la protagonista. ¿Por qué funciona la Mujer Maravilla donde otros superhéroes no? Por este optimismo casi demencial: nada más conmovedor que verla liderear a la banda de amigos forajidos de Trevor, ellos sí arruinados por la guerra y el peso de los tiempos. Una mujer impetuosa guía al oscuro mundo de Johnny Got His Gun (Trumbo, 71).

Ahí es cuando el candor de vencer a Ares y restaurar el orden adquiere una fascinación que no había visto en los relatos de superhéroes de las últimas décadas: hijos de la reinterpretación darkie del Batman de Tim Burton, los superhéroes son escépticos, conscientes de que el Mal es infinito y hay que enfrentarlo porque no hay de otra. La Mujer Maravilla, en cambio, es hija del Superman de 1978 de Richard Donner: una divinidad superdotada que llega a la Tierra a asombrarnos, a ayudarnos a hacer del mundo un lugar mejor.

¿Y al final se destruye el idealismo de la empeñosa Diana? Ahí es donde el spoiler frena el tecleo. Pero la película resuelve su maravilla desde una moraleja que semejaría el final de The Dark Phoenix, el comic de los X Men y Chris Claremont: que ella, que pudo haber vivido como Diosa, prefirió salvar al mundo al entender lo humano. La humanidad imperfecta, la verdadera némesis de la princesa Diana, también la salva y le permite mantenerse poderosa, quien sabe si con menos candor, para la continuación de su saga.

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