Exhalación de Ted Chiang

El año pasado se estuvo moviendo mucho Exhalación, segundo libro de cuentos de Ted Chiang editado por Sexto Piso, que fue todo un éxito. Cuatro o cinco conocidos de distintos ambientes me lo elogiaron desmesuradamente. “Es como ciencia ficción o como filosofía pero también es como otra cosa”, me explicó alguien con mucha precisión.

Ted Chiang es neoyorquino de ascendencia china, ha ganado premios Hugo y Nébula pero eso importa poco; más interesante es saber que su cuento “Story of Your Life” es el germen de la película Arrival de Denis Villeneuve (2016), esa en la que Amy Adams se comunica con extraterrestres que trazan círculos que parecen manchas de taza de café, y que de refilón lanza un par de ideas valiosas sobre la comunicación y el lenguaje.

Las ideas que tenemos de la ciencia ficción —literatura especulativa, le gusta ahora que la llamen— son extremas: o la utopía de una tecnologización asombrosa a la Verne o Asimov, o el desastre apocalíptico de Philip K. Dick, Ballard y demás compas. La segunda idea es más recurrente, en tanto las sociedades y el planeta se van volviendo un desastre y la idea del progreso parece más amenaza que oportunidad. Chiang propone una tercera veta, más cercana de nuestra realidad: la relación de lo tecnológico con lo cotidiano, al estilo de la serie de televisión Black Mirror. Pero mientras la serie se engolosina en apantallar con la distopía oculta tras un control remoto de televisión [La futurofobia, describe Héctor García Barnés: «los episodios parten de la idea de que hay algo oscuro en el ser humano, que va a hacer el peor uso de las tecnologías”], las propuestas tecnológicas de Chang no implican de manera necesaria la destrucción de lo que conocemos como humano. Sí piden, en cambio, una transformación de nuestros paradigmas mentales y emocionales, ahora que computadoras, gadgets y virtualidad se agregan a tecnologías previas, como la lectura y la escritura, los motores de vapor o el cinematógrafo.

El tema recurrente de los cuentos de Chiang es cómo se actualiza una tecnología, y cómo este proceso modifica —y en paradoja, consolida— nuestras conciencias. El cuento más largo, “El ciclo de vida de los elementos de software” presenta a los digientes, mascotas virtuales programadas por la compañía Blue Gamma, que hacen pensar en los viejos tamagochis. Inicia el relato con el momento de esplendor de estos bichos y después se precipitan a la decadencia, pues la competencia crea otras mascotas virtuales más sofisticadas. Los dueños de los digientes Blue Gamma deben educarlos y defenderlos cuando se hacen obsoletos, buscan alternativas para mantenerlos vigentes y desde ahí descubren que en realidad están haciendo labores de crianza.

En “La ansiedad es el vértigo de la libertad” los prismas de la Pasarela Intermundos Maximizada permiten reconocer vidas alternas a la propia (cómo habría sido mi vida de haber estudiado otra carrera, si me hubiera casado con otra persona, si hubiera aprovechado aquella oportunidad de trabajo), pero esta tecnología es un prototipo beta que pide demasiados recursos (más o menos lo que pasa cuando tenemos el celular con datos prepagados); de ahí la prudencia en elegir qué vida alternativa queremos revisar en los prismas, y la obsesión por lo limitada de la elección se vuelve en sí misma un proceso de ansiedad y adicción (¿cuál de mis vidas alternas vale la pena revisar? ¿qué vida alterna hubiera preferido tener?), que frustra a los personajes y los obliga a adaptarse (sucumbir, sobrevivir) al ritmo del aparato todavía perfectible.

Pero capaz el cuento más importante sea «La verdad del hecho, la verdad del sentimiento», que contrapone una historia contemporánea con otra que habría ocurrido hacia los años cuarenta del siglo XX.

En la primera historia, un periodista indaga los dilemas éticos que provoca la tecnología Remem, que registra en video todo lo que se ha vivido, de tal modo que uno puede revisar y entretenerse, embelesarse, recobrar la presencia de muertos queridos, pero también analizar, confirmar, validar acuerdos, revisar discusiones o desbrozar malos entendidos: tener certidumbre de lo que ocurrió. El Remen lo pueden usar los novios para atestiguar los momentos en que empezaron a enamorarse, pero también los abogados para temas legales. El periodista revisa este Remen para resolver un altercado que tuvo con su hija, y que ha enrarecido su relación con ella desde hace muchos años.

Mientras que en el pasado, en el territorio de los tiv, el joven Jijingi conoce a un misionero que le presenta un objeto alucinante: «le pareció un trozo de madera pero luego se abrió en dos y Jijingi se dio cuenta que era un fajo de papeles fuertemente ceñidos». Este objeto, el libro, lleno de marcas que se copiaron de un manuscrito más antiguo, y de otro aún más antiguo que viene de otro de mayor antigüedad, ha fijado la ascendencia de todos los seres humanos hasta llegar a Adán, el primero de ellos.

En ambos casos, el conflicto está en la ética de preservar la memoria, sea en los sistemas digitales de Remen o en el fajo de papeles, el libro y la escritura, que Jijingi aprende a manipular. Y acá vendrá la distinción de las comunidades tiv que Jinjigi explica al misionero:

Nuestro idioma tiene dos palabras para lo que ustedes llaman «verdad». Existe lo que está bien, mimi, y lo que es exacto, vough. En una disputa los interesados cuentan lo que consideran justo; dicen mimi. Los testigos, sin embargo, prestan juramento para contar exactamente lo que sucedió; dicen vough. Cuando Sabe [el patriarca] ha escuchado lo sucedido puede decir qué acción es mimi para todas las partes. Pero si los interesados no mientes por no decir vough, siempre dicen mimi. (p. 213)

Las repercusiones entre una verdad mimi o vough podrían equipararse a la fake news que se amolda a nuestros intereses, prejuicios o deseos, contra la información verificada e inflexible del periodismo más profesional. Pero al mismo tiempo, el rigor del vough —del dato duro, decimos ahora— podría hacer perder un mundo mimi de matices, argumentos, posibilidades de una historia, contra el vough que se arroga como único. Chang parece preferir la rigidez del vough, imagino que porque escribe en tiempos cercanos a Trump y a la corrupción de los argumentos imaginados, exagerados, inventados. Pero el hecho de indicarlos revira la idea de la verdad a territorios más complejos: no todo lo que es medible es cierto; menos cuando la certidumbre es medida por dispositivos —lengua, escritura, media, gadgets— que constantemente se transforman y confirman o anulan.

Si estos cachivaches que imagina Chiang fueran perfectos (si existiera, otra utopía, la perfección tecnológica), no habría cuentos (o serían cuentos distintos: macabras reproducciones de las distopias clásicas del género de ciencia ficción). Los cuentos de Chiang tratan de la actualización del desarrollo tecnológico, y cómo ésta modifica comportamientos, ideas, valores. Adquirir tecnología es adquirir nuevas formas de ética y pensamiento. Asumir su constante perfeccionamiento también pide de nosotros una evolución que nunca será plena: siempre habrá un desarrollo posterior que cancele lo que hasta ahora usamos y pensamos, lo que conocemos de quiénes somos.

Chiang no habría podído imaginar estos cuentos sin estar inmerso en el carnaval mercadotécnico de las actualizaciones tecnológicas de los IOS, Androids, apps, herramientas de buscadores o redes sociales, renovaciones que nos desencajan porque cada una de ellas implica una nueva reformulación —reconfiguración, usemos las palabras de ahora— de quiénes somos, qué hacemos, cómo nos relacionamos con nuestros entornos contemporáneos.

Chiang es el cuentista de la tecnología en perfeccionamiento voraz, y de los humanos que transitamos en ese constante asedio de la renovación, con la incertidumbre que provoca en los hábitos tecnológicos que somos.

El impostor y el pícaro

Llevo tiempo pensando en el síndrome del impostor, sobre todo desde que mi actual chamba me hace preguntarme a diario si estaré a la altura de las circunstancias, o si algún día se darán cuenta de que soy un merolico mareador. Cuando reconocen mi trabajo respiro aliviado y me permito cenar una hamburguesa con tocino, doble queso y papas fritas; cuando la cago y lo solapan con discretos carraspeos, corro a revisar mis moneditas de ahorro porque el Ángel del Desempleo empieza a lanzar su halitosis en mi nuca.

El síndrome del impostor le ocurre incluso en la gente más brillante que podrías conocer. Gente de opiniones o ingenios deslumbrantes titubean ante la nueva encomienda —El Reto, nos enseña a decir la cultura laboral— y evidencia lo que siempre sabemos pero olvidamos, que a final de cuentas somos gente que nos pedorreamos y eructamos, que disfrutamos con tik toks sangrones y que tenemos chistes familiares que nomás a nuestra familia les da risa.

Justo por ahí la impotencia del impostor: el engorro de ser solamente esa persona, con sus perros, sus gatos, sus relaciones de pareja desastrosas y sus oportunidades canceladas, contra la perfección impoluta del logo que nos contrata. ¿Cómo podemos estar a la altura de la Universidad de Oxford, Google, TechnoDevelopmentCorp o la Secretaría de Cultura del Estado de Michoacán? Porque acá la mercadotecnia juega con su intimidación amigable: apenas nos dan la bienvenida a ser parte de la familia Carso o Elektra o Movimiento de Regeneración Nacional, la inseguridad de tamaña responsabilidad nos empequeñece, desconfiamos de los años de estudio, de las experiencias en los lugares de trabajo previos, de nuestra luminosa personalidad que sólo conocen nuestras amistades cuando ya estamos muy borrachos (nosotros y las amistades). Todo lo que somos se desintegra ante la idea inmaculada del Corporativo, del Instituto, del Cargo. Y por ahí olvidamos algo más primitivo: que estamos ahí para sacar dinero (o un diploma que después intentaremos canjear por dinero). Y que además, el dinero siempre es menor del que necesitamos.

No suena raro que el tal síndrome del impostor se hubiera identificado hacia 1978, cuando faltaban cinco minutos para que iniciara la fiesta del libre mercado, con sus misterios sacros de Excelencia, Liderazgo, Eficiencia, Competitividad. Quien quiera participar de esta algarabía debe contar con todos estos atributos. Lo que sigue lo conocemos: horarios extenuantes para mostrar que se tiene puesta la camiseta, amistosas tácticas de bulliyng laboral para dejar claro quiénes tienen el pecho plateado, bornout que se cura con la clase de yoga en la oficina, después de las ocho horas de oficina. Y a pesar de todo, nunca terminamos de ser suficientes para el cargo. El Impostor existe porque el Auténtico es un imposible. E insisto: con menos plata de la que merecería la jornada.

Cuando pienso en el síndrome del impostor de inmediato se me contrapone la figura del pícaro. Ya se sabe, clases de literatura: el Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, el Buscón de Quevedo; pero más moderno el Charlot de Chaplin, Cantinflas antes de volverse oficialista, Huckeberry Finn, el Jim Carrey de Dumb & Dumber, Jeffrey Lebowski de El Gran Lebowsky, Jordan Belfort de El lobo de Wall Street y muchas de las heist movie Ocean’s Eleven en versión Sinatra y versión Clooney, Perros de reserva de Tarantino—, Luisito Rey, incluso esa ranfla de pelafustanes que son Don Gato y su pandilla: marginales que sirve a uno o varios amos —La Iglesia, La Academia, La Aristocracia, El Gobierno— y que entre estropicios e ingenios resuelven lo que, por otra parte, ya era un sinsentido desde la misma concepción de La Autoridad.

El pícaro es más astuto que acreditado, más práctico que estratégico, más experto en parchar y remendar lonas arruinadas, que en erigir hermosas catedrales conceptuales. El pícaro tiene hambre, no puede perder tiempo en la angustia de pensar si merece estar ahí. Por cualquier razón, y quizá sobre todo por las incorrectas, es que está ahí. Lo que sigue es confiar, resolver, improvisar. Pero sobre todo, el pícaro sabe que La Autoridad, El Instituto, El Corporativo, son engaños, errores de origen (finalmente fueron creados por humanos, o por fantoches autoasumidos como genios del liderazgo) a los que hay que subirse para hacerse la vida. El logro del pícaro no está en hacer la Diferencia de Valor que pontifica el buen mercado, está en asumir su impostura, marear a quien lo emplea, resolver tan bien como se pueda y largarse lo más pronto, con los amigos, a las cervezas.

El Impostor y el Pícaro en realidad son la misma persona que sirve a un Amo: pero donde el primero va a terapia para enfrentar el Misterio Sacramental del Reto, el segundo ha aprendido a ser cínico. Y el cinismo del pícaro es el hermoso, el verdadero valor.

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Luis Miguel se mira a sí mismo

Se supo que habría una tercera temporada de la serie del Luismi —y qué bueno porque la segunda les quedó pinchita— y que abordaría el momento en que se planea la misma serie. Los memes hablaban del Luismiverse, en el que el Luis Miguel real se encontraba con el Luismi ficticio, que como además era Diego Boneta se encontraba con otro Diego Boneta de ficción. Yo pensaba más en el Quijote comentando su propia historia con el bachiller Sansón Carrasco, al inicio de la segunda parte de sus aventuras.

Pero donde el caballero y el bachiller disertan el éxito de una novela pergeñada por un moro que «los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran», acá un Luismi alcohólico, abotagado, una máscara de bótox de sí mismo, confronta su historia frente a productores, guionistas, marketeros audiovisuales que miran al ídolo como ahora veríamos a la tortuga más longeva de las Islas Galápagos, o a un dinosaurio despistado que no tuvo noticias de su extinción.

Nada más incómodo que Luismi queriendo contar cómo conoció a Michael Jackson en Corea mientras los audiovisualeros lo confrontan con lo que duele: verse cantando «La Malagueña» a los doce años. El divo rechaza el video con un gesto agrio, avergonzado de sí mismo. Más adelante intenta hacer las paces con su hija (no lo logra) y ella le pregunta por la serie. Él apenas hace un gesto fastidiado.

Luis Miguel no quiere mirarse a sí mismo porque hay pocas cosas dignas que mirar. El brillo está en su voz prodigiosa, su olfato para cantar lo que el público necesita, la habilidad de diseñar un andamiaje de elegancia y sobriedad que le da un aura inalcanzable, todo él un ejercicio aspiracional de imposible imitación. Detrás de la fachada está el desbarajuste de una vida mediocre: un sujeto incapaz de mantener los afectos con sus hermanos o su hija, un pitofácil compulsivo que no sabe distinguir una novia de la otra, la gallina de los huevos de oro que se deja defraudar por una corte de empresarios de cartón piedra, una víctima autorevictimizada, que ha hecho del maltrato que sufrió de niño un destino sombrío, pero también pretexto para una vida displiscente y en aislamiento.

En paralelo a la historia de cómo se crea la serie se cuenta su romance con Mariah Carey, que pudo haber significado su ingreso a los mercados gringos y su encumbramiento como ídolo de alcances globales. Pero Luismi no se siente cómodo interpretando a El Zorro para una película, y rechaza el dueto que hace con Mariah porque el productor David Foster le ha agregado un chafísima efecto de autotune. Al final, giros argumentales aparte, a Luis Miguel le da el jamaicón y rechaza el proyecto The Great American Songbook y prefiere concentrarse en la música vernácula mexicana y lanzar México en la piel. Desde esta línea argumental se cuenta la historia de un intento y un fracaso, Tony Manero cuando no se atreve a saltar a Nueva York, varios de los futbolistas mexicanos que probaron suerte y no lograron triunfar en Europa.

Junto con esa trama, los últimos dos capítulos están plagados de mensajes. Don Quijote y Sancho argumentan los errores que se han visto en la primera parte de su historia; Luis Miguel revisa su propio cuento y opina sobre sus villanías o carencias. El penúltimo capítulo es un homenaje al padre. Inicia con una evocación aventurera, muy Los años maravillosos, de Luisito Rey y Marcela Basteri, ambos muy a go-go —camisas psicodélicas para él, minifaldas y botas altas para ella—, y apenas y deja presentir al manipulador homicida y a la mujer que perderá su fragancia, hasta literalmente desaparecer.

Al cuento sobre el romance de los padres, el nacimiento y el descubrimiento del niño cantor, lo cierra Luismi con lapidaria descripción, que parece enfrentar a quienes hicimos de Luisito Rey el villano favorito de 2018: «No les puedo decir que fue una buena persona, tampoco les puedo decir que fue un buen esposo y menos un buen padre. Pero lo que les puedo decir es que él fue el primero en creer en mi (…) Mi padre me dio lo único que tengo. Él me dio la música». Sobre la madre, escenas después, apenas comparte con su hermano la foto de la actriz que la interpretará.

Otro mensaje, más revelador, ocurre en el último capítulo. El primer esbozo ocurre cuando Luis Miguel corre al tramposo de Patricio Robles y en su rabia le aclara: «Mi único manager se llama Hugo López. Vuelves a decir que eres mi manager y te mato». La declaración se complementa con algunos de los momentos más simples y notables de toda la serie: después de tomar sus pastillas de hombre achacoso, Luis Miguel mira fotos donde está con Hugo, la persona con quien supo tener más confianza, con quien se pudo sentir a salvo.

Si el periodismo del corazón y los locos de los recaps buscan un Rosebud para Luismi, deben encontrarlo en Hugo López, figura paterna que sustituye con paciencia y pragmatismo la voracidad de Luisito Rey. Luis Miguel comparte su Rosebud con quienes lo hemos acompañado durante su vida y hemos sido, a la par de él, niños sobreestimulados, adolescentes impulsivos, hombres o mujeres ambiguos en nuestras emociones, con nuestras cargas de demasiadas derrotas y algún acierto a cuestas.

—Hablamos del Luis Miguel cuando era un niño, de nuestros recuerdos, hablamos de este que tenemos ahora que es un hombre, un tipazo. ¿De los cincuenta? —le pregunta un periodista al Luis Miguel ochentero.

—No sé cómo seré a los cincuenta. Supongo que seré un hombre muy divertido, tendré mucho qué contar —responde.

¿Cómo seremos a nuestros cincuenta? Hay una generación que vivió bajo el experimento mediático de los grupos y los artistas infantiles, que fue acompañada en su adolescencia y juventud por telenovelas gazmoñas, chismes de noviazgos, discos tan prescindibles como memorables, bodas y divorcios de los famosos que tuvieron su equivalencia en nuestras bodas y divorcios, y que ahora nos abismamos al medio siglo con las pastillas en el buró que toma Luismi, con penosas actuaciones en un palenque porque de alguna manera hay que sobrevivir al engaño del dispendio y la precariedad.

El mensaje de la tercera temporada de Luis Miguel se cifra en este medio siglo y propone hurgar entre recuerdos, en la foto más escondida —si se puede, la que logramos no publicar en Facebook— para hallar el hilo perdido de la trama, la fisura que al inicio no percibimos tan honda y en la que quedamos atorados entre las grietas y los abismos.

Una última semejanza entre el caballero y el cantante: el primero suelta aquella disertación entre historia y poesía: «uno es escribir como poeta y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna». Y sin saberlo, sin quererlo, Luis Miguel parafrasea desde un mucho menos elocuente tuit:

Luis Miguel la serie termina con el momento chafa y abetunado del divo cantando «La Bikina». Siguen créditos finales con «Cuando calienta el sol». Y esta canción, inesperadamente, se vuelve reflexiva.

Cruz Azul

Heredé la playera de mi padre, como ocurre con muchos que hacen suyo un equipo desde la tradición familiar. Lo importante acá es dónde nació la pasión de mi padre por el Cruz Azul.

Lo supe en un lento viaje por el Viaducto, el auto atestado de cajas de libros porque me estaba mudando. Un día antes hablé con la ex, a seis meses de separados volvió a casarse y tenía tres meses de embarazo; me jodió la prisa para reemplazarme, me punzó en el orgullo y además tuve que fingir que entendía todo. Pensaba en el alivio de no haber sido padre con ella, en la frustración de no haber sido padre con ella, en lo sombrío de los amores devastados y más de esos lamentos que piden ron y canciones desgraciadas.

No le había contado nada a mi padre pero era obvio el ánimo hosco, y él no tenía la menor idea de cómo manejarse. Yo cambiaba de estación a estación en la radio, en alguna pescamos que pronto empezaría el partido del Cruz Azul contra el América.

Que ese era un tema tan malo como el otro. Era 2005, Cruz Azul llevaba varios años perdiendo contra el rival (y seguiría perdiendo muchos años más; en este texto no hay victorias, si acaso estoicismo).

No había duda en la afición de mi padre por el Cruz Azul: tenía gorras, una chamarra, revisaba los periódicos cada fin de semana, estaba agrio cuando las cosas en la cancha no salían bien y había un orgullo fantoche cuando el equipo hacía un buen juego.

En los recuerdos más infantiles bebía con el tío americanista y podían pasar horas discutiendo sobre el mejor equipo, analizaban con lupa hombre por hombre, ante la mirada colérica o resignada de mi madre o mi tía, o la indiferencia de mis primas, mi hermano y yo, más preocupados por las caricaturas de moda o los cantantes ochenteros que se empezaban a fabricar para nosotros. Después, según crecía, no me interesó demasiado el futbol. Le iba a uno u otro, sin fervor ni agobio; al final me sumaba al equipo de mi padre, más por comodidad que por convicción.

—A ver cómo le va —comenté.

Siguió medio kilómetro de viaje en silencio.

—A mí me gustaba el Atlético Español —dijo mi padre de pronto—, tenían enjundia, sabían moverse. Jugaban bonito aunque no les servía de mucho.

—Ese es ahora el Necaxa, ¿no?

—Fui a verlos cuando llegué a México. En esos tiempos Cruz Azul subió a Primera División. A la gente le gustaba el equipo por bravos, no tenían ningún jugador importante pero en la cancha eran idénticos al Real Madrid.

—Seguro, papá —me burlé. No lo notó. En ese momento tenía 28 años y leía con detalle el Esto, trabajaba de tramitador aduanal para una tienda de telas en el Centro. Yo apenas había nacido y a mi madre todavía le ponía nerviosa calcular la tibieza de los biberones.

—Muchos odiaban que un equipo así se estuviera chingando a todos. En esos años le ibas a las Chivas si eras del populacho, o al América si eras chilango, si tenías un Lebarón y gastabas tu sueldo en la Zona Rosa. Yo no podía hacer nada de eso. Trabajaba, tenía una esposa y tú tenías dos meses. Irle al Atlético estaba bien.

Y siguió contando: que en las quincenas comía con los compañeros de trabajo en las cantinas de Bolívar. Sopa de médula, chamorros, chicharrón en salsa verde. A mi madre no le gustaba verlo llegar borracho pero mi padre ascendía en el trabajo y debía hacerse el líder. Que en términos cantinescos significaba: mostrar que podía y sabía beber. Que podía y sabía llamar a los meseros por sus nombres; que dejaba buenas propinas y elegía las canciones de moda en la rockola.

Alguna tarde estaba ahí, en su mesa, con cuatro de sus compas, cuba tras cuba y el chisme de oficina, cuando llegaron tres tipos mofletudos y colorados, gafas oscuras de guarura, camisas abiertas y cadenas doradas en los cuellos y las muñecas. Tropezaron con alguno de la mesa de mi padre, en vez de disculpas bravearon porque estorbaba. Agitaron billetes de cien pesos para que los atendieran, de paso pidieron que quitaran la música para escuchar el radio, estaban hablando de la final. Era entre el Cruz Azul y el América y, por supuesto, decía la radio, estaba más que cantado el triunfo de los Canarios —fueron Águilas hasta los ochenta—, porque Borja, Reinoso y Borbolla, hombre por hombre eran mejores, aunque siempre debía reconocerse, con la condescendencia que pedía el caso, el esfuerzo de los celestes.

Los de las cadenas en las muñecas arengaron: el Cruz Azul era un club de advenedizos, toltecas de taparrabos que se les fruncía el culo al pisar una cancha, apestaban a azufre, ¿tendría el Estadio Azteca un lugar para amarrar mulas? Era lo malo de no poner murallas alrededor del DF, a cualquier indio que patea piedras lo dejan pasar…

Y no es que mi padre fuera tolteca o apestara a azufre, pero giró en seco a preguntarles cuál era su cabrón problema, por qué tan machitos. ¿Qué le hirió tanto? ¿Que seguía sintiéndose ajeno a la ciudad, que veía frustrado los enormes autos en las calles y sabía que difícilmente tendría uno así? ¿Intuía, detrás de la jactancia de pedir otra cuba y más cacahuates, que su matrimonio era frágil, que no tenía la menor idea de qué hacer con un bebé que cagaba cada tres horas, que se debatía entre las jerarquías de la oficina y la presión de inventarse como jefe de familia?

Mi padre reclamó y los otros se burlaron, él vociferó y los otros se levantaron para armar la campal.

—Se viene el más animal de los tres, me dice que de a cómo y le contesto que como quiera, lanza una patada, esquivo y jalo una silla para golpearle, en eso los meseros ya nos tenían bien agarrados y mentadas de madre y bravatas. Éramos un circo.

Aún no puedo imaginarlo porque mi padre siempre ha sido contenido, de los que prefieren hablar antes de irse a los golpes. Pero en ese momento se le olvidó el Atlético Español, el bebé de tres meses, la esposa que lo esperaba en casa. Habrá recitado cuanta majadería se le habría ocurrido, el otro habrá hecho lo mismo. Ahí fue cuando alguien de los dos grupos, o los meseros, o el dueño de la cantina, los envalentonó. Si tan gallitos estaban debían cruzar una apuesta a la altura de la rivalidad.

—El tipo preguntó de cuánto era mi quincena y se lo digo. Se burla, dice que no apuesta miserias y propone tres meses de mi sueldo. Y acepto. El cantinero jaló un cuaderno, escribió el acuerdo, nos hizo firmar. De garantía dejé el cheque de la quincena. El otro puso su reloj. Uno grandote, dorado. Nos dimos la mano. Me apretó fuerte para mostrar quien manda. Le respondí igual, que no me viera la cara de pendejo.

Mi padre sale de la cantina, y después, en la tarde de oficina, y peor aún, en la noche que en casa le explica a mi madre que hubo un lío de contabilidad y le van a pagar hasta el lunes, la única pregunta que se hace es por qué comprometió tanto dinero, la renta, la comida, los pañales; que por extensión era comprometer el matrimonio y su misma idea de la responsabilidad.

El domingo fueron los noventa minutos más largos de su vida. Después he visto el resumen del juego en Youtube y sé que no fue para tanto: al minuto 10 Héctor Pulido lanzó remate cruzado y abrió marcador 1-0 para los celestes; a los pocos minutos Victorino dio cabezazo para el segundo gol, y todavía no terminaba el primer tiempo cuando Muciño marcó el tercero; no parecía que el América tuviera demasiado qué hacer. Pero en el relato de mi padre fue un partido temible; el ataque americanista nunca bajó y cada recorrido por la cancha, cada pase, cada cañonazo que volaba sobre el Gato Marín, le significaban escalofríos y presagios funestos. Importaba menos la objetividad del partido, que el juego que vivía dentro suyo. Para un hombre que siempre había vivido con sigilo, su cheque guardado en un cajón de una cantina del Centro debía parecerle una imprudencia colosal, una osadía que por alguna triangulación absurda por fin le estaba dando derecho de pertenecer a la ciudad.

El partido terminó 4-1, todavía otro gol de Muciño y el de la vergüenza de Enrique Borja para el América. Apenas se montaba el podio para entregar la compa cuando llegó el de la tienda a avisar que mi padre tenía una llamada.

—Era el de la cantina, para avisarme que al otro día podía recoger mi cheque y lo demás que gané. Tu cuna, la que está en las fotos, salió de ahí.

Para entonces ya habíamos salido del Viaducto y llegamos al departamento. Bajamos la tele, movimos la antena hasta conseguir señal, alcanzamos el final del partido, que el América ganó. Hicimos muecas de desaliento. La suya era de rutina; la mía agregaba los orgullos y las derrotas, los orígenes ocultos de las familias y otras formas empecinadas de pertenencia. Mientras bajamos las cajas de libros mi padre mentó madres contra el técnico, la directiva, los jugadores que no respetaban el linaje de la Máquina.

Desde entonces, cada que el Azul tiene una victoria memorable corro al teléfono a comentarla con él. Cuando pierde también nos buscamos, él maldice y yo le hago el chiste de que cambiemos de equipo.

No sé si piensa en sus días del Centro, en su apuesta, en las preguntas que se hizo mientras su quincena reposaba en la caja de una cantina.

—El siguiente sábado se reponen— dice al cabo de un tiempo. —Tengo confianza. Algún día, el día que haga falta, van a volver a ganar.

Miguel

El 3 de mayo se derrumbó el metro. Se venció el puente entre las estaciones Olivos y Tezonco de la línea 12, y el andén se precipitó en una V que sería espectacular si no supiéramos que ahí murió gente (25) y varios más quedaron heridos (38), muchos de gravedad. De inmediato vinieron los reclamos contra los políticos de izquierda —hay que llamarlos de algún modo— que permitieron la construcción deficiente del puente; también los fans del oficialismo urgieron en no politizar el desastre.

Al otro día, entre las crónicas y notas, sobresalió la entrevista de la plataforma Ruido en la red a un joven en situación de calle, Miguel Córdova Córdova, quien se preparaba para dormir cuando sintió el «cimbradero grande, y se vio cómo el metro se vino hacia abajo en dos, se hundió».

Miguel es de Tabasco, tiene una década en la Ciudad de México y se gana la vida recogiendo envases de pet que luego vende en La Polvorilla, por los que consigue 20 o 30 pesos diarios. Come en un comedor comunitario que le cobra 11 pesos por el menú y duerme con sus compas bajo el puente de Olivos o Tezonco; «ésta es mi zona», explica.

Lo que siguió parecería insólito si no se tratara del ocio y la ansiedad de debate de las redes sociales: a muchos les extrañó que la expresión de Miguel fuera clara, ordenada, concisa, incluso con el color y la elocuencia de un buen cronista. A otros les molestó que a los primeros les extrañara la buena expresión de Miguel. Empezaron las discusiones en torno al clasismo que impide imaginar que un muchacho que vive en situación de calle pudiera ser tan buen narrador como Miguel. Y ya se sabe lo que pasa después en Twitter: enojos, reclamos, comparaciones, papers, infografías y toda la parafernalia que pretendía caracterizar, para bien o para mal, con o sin prejuicios, a Miguel y su testimonio.

Algún tuitero con ambiciones filantrópicas ofreció dinero a quién encontrará a Miguel. Quería darle chamba, «»trabajo y dignidad», lanzó con esta suficiencia de quien busca convertir a los desarraigados en personas de bien. Alguien más lo localizó —diario veía pasar a Miguel por su tienda— y propuso que los ocho mil pesos del rescate fueran directos para Miguel. El debate se fue para otro lado: ¿Está bien ofrecerle un trabajo a Miguel? ¿O habría que respetar su forma de ganarse la vida, que aun modesta es algo con lo que está conforme, luego entonces, por qué no dejarlo en paz? Para algunos es necesario que Miguel se incorpore a las bondades del sistema y tenga un techo seguro, sueldo, mejor alimentación, pero también, porque así es el sistema, le tocaría disciplinarse a una rutina con patrones condescendientes, que crean que él debe vivir agradecido por la oportunidad. Otros preferían que se le dejara en paz: claro que estaría bien ayudarlo, pasarle una chamarra o unas cobijas, preguntar qué se puede hacer por él. Pero respetar su forma de vida y no obligarlo al orden que el sistema tendría contemplado para él.

Entre la urgencia clasista de unos y la pretensión anarquista de otros se va configurando un personaje que presentíamos pero no esperábamos: Miguel Ángel Córdova quien, alejado de ambos polos, no tiene más objetivo que sacar el día a día, y que con su hablar mesurado y hasta elegante convive con sus compas mientras rolan la pacha o la torta que consiguieron para cenar. Lo interesante es lo que sugiere Miguel. Porque más allá del clasismo o la compasión woke, Miguel posé otras características, también tan ambiguas o tan imposible de fijar, que le llamaría fotogenia o personalidad.

La fotogenia, el concepto que se inventaron los cineastas franceses de hace un siglo y que se ha quedado para premiar en los concursos de belleza a la muchacha que retrata mejor. Jean Epstein la describe como “cualquier aspecto de las cosas, de los seres, de las almas que aumenta su calidad moral a través de la reproducción cinematográfica”. Una persona que pudiera no ser muy agraciada físicamente, al ser fijada en la fotografía o el cine podría detonar expresiones notables de hermosura, temple o bondad, hasta valores menos queribles pero también poderosos: fealdad, mezquindad, perversión. Por supuesto que todas estas características son relativas y donde algunos vemos un símbolo sexual otros pueden hallar irrelevancia, pero algún consenso acuñado por la norma audiovisual nos permite coincidir en calificar a Brigitte Bardot de hermosa, a Sylvester Stallone de temerario o a Will Ferrell de sangrón.

Miguel tiene esta fotogenia muy a su modo: muchacho menudo, delgado, de hablar reposado y disciplinado, que no repite muletillas como los jugadores de futbol, que se antojaría pasar la noche bajo el puente con él para escucharle alguna buena historia —debe ser un buen narrador — o alguna sentencia liviana, de fatalismo o sentido común. Miguel es elocuente pero mucho más: la entrevista lo revela como un buen cronista, alguien con una inteligencia y una expresión incluso poética, y eso desconcierta o irrita o asombra según de qué lado del clasismo o el progresismo te encuentres.

Miguel me recuerda a John Bubber, el personaje que hace Andy García en la comedia Héroe por accidente de Stephen Frears (1992). Un héroe anónimo (Dustin Hoffman malencarado) rescata a los pasajeros de un avión que cae en llamas, pero por requiebros de la anécdota le adjudican la hazaña a Bubber, vagabundo con carisma, a quien se le convierte en personaje mediático por su capacidad de ternura, empatía o liderazgo, mientras el verdadero héroe queda en penumbras. Más allá de los méritos, lo que se premia, lo que sorprende, es el carisma —la fotogenia— del anónimo súbitamente descubierto y encumbrado como representación de ciertos valores que necesita la sociedad.

Miguel no rescató a nadie pero tuvo la suerte de ser entrevistado del mejor modo, y de dar su testimonio, de narrar su historia, con gran emotividad. Eso es lo que extraña o admira: lo que vuelve un personaje sobresaliente y persuasivo. El riesgo es que con esta proyección, Miguel pudiera quedar envuelto en la feria de las vanidades virtuales, que todo mundo corra a buscar más testimonios de él e incluso que quieran encumbrarlo como una suerte de influencer de los desposeídos. Me gustaría pensar que Miguel tiene la inteligencia suficiente para saber que el valor más genuino está en sus negocios de pet, en la relación con sus compas bajo el puente, lejos de las veleidades que discuten las tribus ociosas de las redes sociales. Y ojalá esta proyección insólita le permita por lo menos conseguir el varo que prometió la filantropía tuitera, quizá alguna oportunidad de que sus 20 o 30 pesos diarios puedan crecer y darle espacios más holgados para mirar, contar, vivir; esas cosas que al parecer se le dan muy bien a Miguel.

El agregue: en lo que buscaba alguna imagen de Miguel encontré la entrevista de más de 40 minutos que le hizo Ruido en la Red. La crónica de cómo se consiguió la entrevista implicó un estira y afloja acre sobre la ética de acosarlo, o la avidez / la vocación de conseguir la exclusiva. En la charla Miguel confirma los supuestos: habla chontal, maya, zoque, zapoteca y mazateco, es lector de historias antiguas, de Sor Juana, de Teresa de Ávila «y no hablando de religión, sino literatura», y ahí se entiende mucho de la elocuencia. Pero su historia es digna de película, una vida nómada por los rumbos de Texcoco, Salamanca, Monterrey, Tijuana, una picaresca en la que prefiere apostar por la discreción, en la que como todo pícaro, de pronto se atreve a la moraleja. Por ahí también apareció en Facebook un hermano que lo busca desde hace siete años. Parecería una historia que apenas empieza, de no ser porque las redes encienden y sofocan las historias con el mismo capricho del nuevo meme o el nuevo tik tok cagado.

Nomadland de Chloé Zhao, infomercial para boomers.

Creo que no supe ver Nomadland (Chloé Zhao, 2020), creo que me perdí de su lirismo, su rebeldía y su coraje, porque todo el tiempo estuve preguntándome cuánto de la peli lo habrá financiado Amazon. Debió haber soltado una buena lana por esos primeros veinte minutos de la historia en los que la protagonista Fern trabaja con ellos empacando regalitos y gracias a la platita que va juntando —el dinero es bueno, le dice a la madre de una exalumna— puede entrarle a la poética del nomadismo, el último canto boomer alrededor de su utopía jipi.

Nomadland podría ser la última película en que los boomers contraculturales intentan recuperar la dignidad posterior a su desbarranque ideológico en la resaca de los setenta. Si no supieron encarar al capitalismo, si fueron tibios en sus rechazos al cinismo político que ha permitido la deforestación social y la cancelación de las oportunidades, en Nomadland recuperan los espacios de encuentro y aventura que pudieron haber tenido en Zabriskie Point ( Michelangelo Antonioni, 1970), Easy Rider (Hooper, 69) o Psych-Out (Rush, 68). La excelente noticia es que este salto al vacío se pertrecha con grupos de apoyo, instituciones de beneficencia, mega consorcios con responsabilidad social y hasta sus propias familias, quienes les dan cama y buena comida cuando llegan famélicos y pulguientos como gatos callejeros, mientras juntan energía para regresar a la ruta.

En la breve sinopsis, en 2011 American Gypsum Company cierra su fábrica de yeso en Empel Nevada. La ciudad casi desaparece y Fern, recientemente viuda, consigue una vagoneta, la adapta con cama y una pequeña mesa para comer, y se lanza a la ruta nómada que ya están practicando un importante grupo de ancianos desempleados o sin familia. Juntos consiguen trabajos temporales y se acompañan en sistemas de solidaridad y trueque para pasar los días.

¿Qué diferencia habría entre el gringorruco que adapta su vagoneta para nomadear la ruta del Gabacho a los que se van a vivir a Puerto Vallarta? La misma que hace cincuenta años llevaron a los primeros a necear con la vida rijosa y a los segundos a abrir negocios de velas aromáticas. Medio siglo después podrían ser los verdaderos dueños del mundo, sea porque consiguieron las pensiones que les permiten una vida holgada, sea porque tienen una red de apoyo que les ayuda a persistir en el viaje, ahora con el agregue de la vejez que los haría, si acaso, más románticos.

Porque además, la vejez de Nomadland semeja mucho el sueño que tenemos las generaciones pop sobre nuestros retiros. Un amigo imaginaba que de viejos enloqueceremos el asilo con pantalones de cuero y mesas de billar, discutiendo cuál es el mejor disco de Madonna o si todavía se pueden ver los videos de Michael Jackson. Una piadosa evasión del deterioro físico y mental se hace obligada para asomarnos sin miedo a la decrepitud.

Ocurre que la exhibición de Nomadland coincide con visiones menos complacientes: la devastación de la identidad a cargo del gran Anthony Hopkins en El padre (Florian Zeller, 2020), la soledad hiperactiva de los asilados, con todo e investigador privado en El agente Topo (Maite Alberdi, 2020), la vocación ermitaña y salvaje del ecoterrorista Sundog en A Shape of Things to Come ( J.P. Sniadecki y Lisa Malloy, 2020), incluso la incómoda reclusión entre el amor y los celos en El diablo entre las piernas (Ripstein, 2019). Nomadland resuelve desde la referencia bladerunniana: la anciana Swankey tiene una enfermedad terminal que le deja 7 u 8 meses de vida y, como el replicante Roy Batty (He visto naves en llamas más allá de Orión) decide viajar a Alaska: «he visto cosas hermosas mientras viajaba en kayak, he visto una familia de alces junto al río en Idaho, un gran pelícano que aterrizó frente a mi kayak en un lago en Colorado». Muchas secuencias después, su muerte se celebra con una fogata entre los nómadas (Fern carga una foto de la amiga): la concesión de los simbolismos que acaso ayuda a evadir el horror de nuestros finales [cualquier comparación con la muy light devastación en Avengers Endgame (Anthony y Joe Russo, 2019) es total coincidencia].

La trampa es que estos ancianos con remolque se asumen como houseless, no homeless y desde ahí harían de la precariedad una forma incluso deseable de vida. La realidad es que con Nomadland se antoja un chingo empezar a ser viejito: nomás ahorrar para una casa remolque, hacer el ejercicio zen del desapego —si acaso quedarte con tres platos de una vieja vajilla para que tu rucorush te los rompa y tengas oportunidad de medio minuto de dramita— y contar con personajes de película familiar ñoña para dar contención y hacer de estos viejitos a la gringa una última hazaña contracultural.

Quizá lo más desolador sea adivinar que los mecanismos del capitalismo tienen contemplada esta forma de vida para los adultos mayores y quienes lo seremos en 20, 30, 40 años: precariedad socialmente responsable, desarraigo no como valentonada individual, sino como estructura social para quienes no lograron insertarse en las oportunidades de la modernidad y la productividad: la conciliación con una cultura de los recursos humanos desechables, que podría tener su canto de cisne en los parque de remolques o los empleos temporales de Amazon.

‘Soul’ de Pixar. ¿Por qué no aceptas la plaza, Joe Gardner?

Sé que Pixar me va a manipular. Sé que tiene muy bien diseñados sus momentos para hacerme reír, para indignarme, para tener miedo o angustia, para reflexionar quién he sido y qué he hecho conmigo, para iluminarme, para recuperar la paz. Es famoso su decálogo para crear una gran historia, cuando hablas de guionismo de inmediato aparece el decálogo de Pixar, que no es sino el viaje del héroe de Joseph Campbell disneyizado, o más preciso, estivjobizado, porque si algo distingue al relativamente reciente Pixar del veterano Disney son esas consignas de pensar-fuera-de-la-caja al estilo de Steve Jobs, que hasta hace poco nos transportaba al new age tecnofilosófico dictado desde Silicon Valley: abrir y expandir la mente, apropiarnos del infinito universo de posibilidades para crear una app o un teléfono inteligente; aunque me desvío, hablaba de Pixar, de sus historias hermosas, de cómo me llevan al nirvana para que la secreción de mis glándulas aspiracionales semejen un camino espiritual.

Pasó con Woody, Jessie y Buzz. Pasó con Nemo. Pasó con Carl. Pasó con Bing Bong. Y con la abuela Coco. Me dispongo a que ocurra con los personajes de Soul también. Que además se trata —leí reseñas— del Sentido de la Vida, de lo que pasa cuando mueres y ves la luz blanca y te cae el veinte de cómo debiste haber vivido. Esta peli la dirigió Pete Docter, el filósofo de los Pixar, que ha sabido corporeizar los miedos de los niños (Monster Inc, 2001) o las emociones pubertas (Inside Out, 2015) y ahora se lanza con las almas que ya han muerto y con las que están por nacer. Y así conozco a Joe Gardner. Jazzista afrodescendiente frustrado, maestro de secu, hábil con el piano. Palomita para la visibilización y la representatividad. Pero casi desde el arranque de la historia algo me perturba. Una administrativa interrumpe la clase de Gardner para avisarle que quieren ofrecerle una plaza. Plaza laboral, con prestaciones, seguro médico, imagino que aguinaldo y vales de despensa, en una de esas hasta bonos. Y pues qué lujo, qué opulencia, qué prodigalidad. Y ocurre que Gardner lo agradece pero no está seguro de aceptarlo. Y ahí me distraigo de la historia. ¿Pero por qué no aceptas? Es que quiere la aventura, la realización absoluta de ser un músico de jazz. Y de acuerdo, entiendo, pero, ¿por qué no lo aceptó? ¿No puede dar clases en su plaza con prestaciones y tocar en el grupo de jazz también?

Porque en este ejercicio que tiene el cine de proyectarse con quien lo mira, hago el inventario de todas las prestaciones y todos los aguinaldos y todos los seguros médicos que no he tenido. Porque pocas veces he estado en oficina, porque he huido como de la roña del horario de 9 a 6 con dos horas de comida, porque he preferido la filosofía de ser un espíritu libre, porque la idea del freelance equivalía a flexibilidad, aventura, libertad, ser dueño de mí mismo, no la humillación de checar tarjeta, no los pasteles de cumpleaños de escritorio, no las intrigas susurrantes entre cubículos, mejor la apariencia romántica del incorregible misterioso que redacta a destajo, qué orgullo cuando entraba a las oficinas de la revista Escala y el editor me saludaba: «el que conoce todas las cantinas de la República Mexicana» (que no era cierto pero qué bien se sentía que te pensaran así).

Pero claro, la libertad, la ligereza, ser dueño de uno mismo también tenía su costo, que en las fiestas de fin de año no tocara ni pavo ni aguinaldo ni canasta navideña porque no eres del equipo, eres el mercenario evanescente que va por lo suyo —por su comanda, por su cheque— sin preocuparse de lo que ocurre alrededor. Y ahora, años pasados, pregunto: ¿por qué despreció Joe Gardner la plaza?

Porque para entonces ya cayó en una alcantarilla, ya se descubrió en el túnel metafísico que te lleva a la luz que ven los muertos, y ya escapó de ahí y llegó a un prado de almas nonatas administradas por unos logotipos de terapia Gestalt que todos se llaman Jerry (chiste gringo que no acabo de entender), y ya le asignaron un alma nihilista —se llama 22— que no quiere vivir. Sigue la comedia de enredos porque 22 encarna en el cuerpo de Joe Gardner y Joe Gardner encarna en un gato, y sigue lo que ya se sabe de Pixar: momento vodevil, momento arisco, momento amistoso, momento revelador, momento de introspección, que llega al cenit cuando Gardner logra tocar con la banda de jazz —pero no pierdas la plaza, carnal, la plaza es la plaza— y le decepciona que el Gran Momento en realidad no haya sido tan grande y horas después, tocando el piano en su casa, le llega la Epifanía, el meollo de la película, el momento Coco-Jessie-Bing Bong en el que debemos llorar (los guiones de Pixar seguro deben tener resaltada con marcador la frase: aquí se debe llorar).

Pero ocurre que no lloro. Entiendo lo emotivo de las escenas que Gardner evoca, y que le hace comprender qué ha sido lo valioso de la vida: la adolescencia en bicicleta en el bosque, los pies que moja el mar, la cena solitaria pero llena de ideas, escuchar un disco con papá. El tema es que eso lo he visto mil veces los últimos veinte años. Me sacudió en el discurso del bloqueador solar —Disfruta de la fuerza y belleza de tu juventud. No me hagas caso. Nunca entenderás la fuerza y belleza de tu juventud hasta que se te haya marchitado—, después se ha repetido en infografías, videos de psicología humanista, memes con océanos o amaneceres, consejos apócrifos de Borges o Jung y, por supuesto, en afiebrados ted talks de emprendimientos e incubadoras de proyectos. Toda una semántica maltrecha de ser uno mismo, vivir al máximo, disfrutar los placeres sencillos, hacer de cada día el más importante de la vida, besar a tu madre, hablarle a una planta, bailar en calzones con las manos elevándose hacia el cielo. ¿Y la plaza, Joe?

Porque también, en estos quince años se han asentado los costos de la libertad, de la fatigosa reinvención creativa (¡tu branding personal!), del desdén a la rutina. Y tras la idea romantizada del dueño-de-uno-mismo ha acechado otra que ahora nos tiene pasmados, el outsourcing que restringe derechos, la estafa festiva que simula la precariedad, sin nada seguro —¡sal de tu zona de confort!— en lo que uno se pueda apoyar. Con la secuencia emotiva de Joe Gardner sigo presintiendo a Jobs: «Si hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy?» Y pienso que Pixar —pero también he llorado con sus pelis, y además con los memes inspiradores, y con los artículos entrepreneur y los ted talks— me ha estado embaucando en la ligereza del new age superacional para no preguntarme lo que tanta comezón me dio al inicio desde la peli: «¿Y las prestaciones, y el aguinaldo? ¿Por qué no aceptas la plaza, Joe Gardner?»

Algunas críticas señalan que el error de Soul está en haberle dado a Gardner una segunda oportunidad, en vez de enfrentarlo, como el Iván Ilich de Tolstoi, a la inminencia de la muerte y la angustiosa imposibilidad de corregir. Para mí el error viene desde antes: dotar a Gardner de motivaciones acríticas, esa didáctica que hemos tenidos desde década y media de redes sociales, y que suplieron la estabilidad con la mañosa aventura que favoreció a la precariedad. La última escena ambigua de Soul con Joe Gardner saliendo de casa, no sabemos si rumbo a sus clases de secu o a un ensayo de la banda, no compensa el agotamiento del storytelling de Pixar: porque la pandemia y las desigualdades sociales derivadas de ésta piden actualizar consignas, remover contextos, reconocer lo que ha sido fuego fatuo. Prestaciones, seguro médico, salario regular y seguro, zona de confort, sí, la muy ansiada tranquilidad que te permitiría imaginar después cualquier aventura. ¿Por qué le hiciste el feo a la plaza, Joe Gardner?

2020 y los tiempos que estamos viviendo

En marzo

El último día de 2020 en la oficina (¿hace ocho, nueve meses?), todos revisaban sus computadoras y cargaban de información sus discos duros, listos para encerrarse durante el tiempo incierto que indicaran las políticas de Sana Distancia. Entonces apareció Zamani, quien recién terminaba su servicio social. Siempre sonríe mucho, ahora traía un entusiasmo insultante.

—¡Qué tiempos estamos viviendo! —saludó exaltada.

Y había en la oficina tantos rostros neuróticos o vacilantes, que agradecí la insolencia. Su sonrisa me emocionaba: se estaba sintiendo parte de la historia. Estaba a punto de entrar a la cuarentena como en China, España y Reino Unido; esos rasgos comunes que tenía con el resto del planeta por usar el mismo iphone o adorar al mismo Harry Styles ahora alcanzaba su cumbre mayor: estaba a punto de compartir con el mundo la intimidad del miedo, el fastidio, el reto de la resistencia en el encierro.

Por alguna razón pensaba en el inicio de la Primera Guerra Mundial. No que las tropas fueran a la guerra exultantes de alegría, pero sí había cierta ansiedad por empezar a participar de La Historia que habían aguardado durante veinte años, así ésta fuera trincheras, tanques y gas mostaza (pero aún no lo sabían). La pandemia del covid-19 podría parecerse a la Gran Guerra porque esboza el rostro del siglo, pero también porque se trata de un acontecimiento que, sin saber que vendría, todos de alguna manera la esperábamos.

George Steiner habla de este presentimiento de inicios de siglo XX que iría acumulando ansiedad social, hasta que la guerra se considerara como una consecuencia casi natural:

Alrededor del año 1900 se registró una terrible tendencia, es más aun, una intensa sed por lo que Yeats iba a llamar ‘la marea teñida de sangre’. Exteriormente brillante y serena, la belle époque estaba amenazadoramente demasiado madura. Anárquicas compulsiones estaban llegando a un punto crítico por debajo de la superficie del jardín. Nótense las proféticas imágenes de peligrosos subterráneos, de fuerzas destructoras listas para surgir de los sótanos y las cloacas, fuerzas que obsesiona la imaginación literaria desde la época de Poe y Los miserables hasta la Princess Casamassima de Henry James. La carrera armamentista y la creciente fiebre de los nacionalismos europeos fueron, según me parece, sólo síntomas exteriores de este malestar esencial. El intelecto y el sentimiento estaban literalmente fascinados por la perspectiva de un fuego purificador.

George Steiner, En el castillo de Barba Azul, 1970,

¿Por qué esta descripción semeja la pandemia de 2020? Porque así como bajo el relumbrón de la Bella Época se engendraban los horrores de la guerra, en el siglo XXI y bajo un entramado friendly de soportes tecnológicos, ted talks, redes sociales, acuñación de ideas que aspiran a filosóficas como la superación personal, el mindfullnes, las microdosis de lsd o la elevación del estatus de mascotas a progenie, se construye el individualismo, el narcisismo, la alienación, la depresión y la ansiedad crónicas, que en perspectiva parecerían requerimientos deseables para el encierro de 2020.

A muchos no les gusta la metáfora de la pandemia como guerra —la batalla contra el coronavirus, dirían los medios—, la comparación obedece más a su naturaleza de presagio: una sociedad mundial se preparó arduamente, desde el primer chat y la primera fantochada individualista, para hacer suyo el aislamiento, la aversión a los otros, la absorción de las pantallas, las islas que entrecruzan información sin terminar de comunicar algo íntimo y real (porque hasta lo íntimo y real están cifrados en una infografía estilo la película Soul).

¿Para qué no estábamos listos? Especulo: para la sobreinformación. No sólo los mensajes de productividad que van en declive, porque vamos teniendo claro que la competitividad y la excelencia son argucias de los dueños de los capitales. Pero hay más sobreinfomación: desde luego, los datos ciertos y erróneos sobre el virus, síntomas, riesgos, prevenciones, vacunas. Y sobreinformación de las acciones de los gobiernos, todas deformadas por el cochambre político de cada región y cada país. Pero también la sobreinformación de cómo sobrevivir y sobrevivirnos en tiempos aciagos. Webinars sobre verificación de datos, tutoriales de pensamiento mágico y acondicionamiento físico, newsletters con reflexiones woke, charlas de teatro, cine, literatura, antropología, historia, filosofía; infografías sobre cómo dormir, cómo despertar, cómo transitar con cierta destreza entre sueño y sueño. Entre todo eso, la información que nos compete íntimamente se difumina: ¿Cuándo volveré a abrazar a quien quiero? ¿Regresará el ocio del café sin que me preocupen los que me rodean? ¿Se acabaron los besos? ¿Las películas y las novelas y las series y los comics de los siguientes años agregarán personajes encapsulados tras sus mascarillas? ¿Qué tan cercana será la persona más cercana que se me muera? ¿Y si muero yo?

En diciembre

Busco a Zamani para saber de sus tiempos interesantes. Me comparte un diario de pandemia que hizo y que, de nuevo Primera Guerra Mundial, en algo recuerdan las cartas que los soldados enviaban a sus familias, en las que daban testimonio de los horrores de los enfrentamientos. Por supuesto que no se puede comparar la violencia de la trinchera en 1915 con un tedio rodeado de gadgets, mascotas y libros que acompañan el confinamiento actual, pero podrían ser equivalentes por el registro del presente y acaso la intuición del futuro.

Sobre la incertidumbre dice:

Me emociona como pocas veces en mi vida. Se siente como un cosquilleo novísimo en el esternón, en la parte anterior de los globos oculares, en el aire que retoza encandilado. Por primera vez todos, todos los que corrimos por las calles y vomitamos en el tiempo, todos, nos damos de airosa jeta contra la titánica e impávida incertidumbre. ¡Ja! Ahí está, magnífica, hermosa. Pero es gracioso porque siempre ha estado ahí, poblando cada rincón de nuestros minutos, puede que siendo incluso más eterna que dios. Por eso nos esforzamos tanto, tanto tiempo: hacer planes, llenarnos las manos de actividades que apaciguen, no… que enmascaren a la gran terrible. Ah, ¡y sí que íbamos con vuelo!

Y también le da vueltas a su ansiedad:

…de la nada soy precipitada al silencio que envejece frente a mis ojos y al titán del tiempo que a mi me dijeron que es relativo. Intentas bordar con los pulmones un poco de sentido en la existencia. En este punto, normalmente ya estoy tumbada en el suelo con el techo que me contempla contemplarlo desnuda durante horas (insisto, relativas). Poquitas veces, cuando pienso de más en la posibilidad, germinan remolinos entre la tirantez de mis dientes como si germinaran brotes de alfalfa. Y la ansiedad me nombra, me molesta la ropa, me molestan las puertas, me molesta mi cama. Entonces el refrigerador dice: ven, seamos amigos. Y antes yo le respondía: bésame, voy. Por suerte, ya no. Si acaso ya solo preparo algo que fumar.

Pero más me sorprendió el pequeño acto de contrición de Zamani por su entusiasmo de marzo: me cuenta que en esos tiempos se había tatuado un caballo del pintor alemán Franz Marc, quien murió justo en la Gran Guerra. Al inicio Marc estaba a favor de la contienda, pensaba que era una forma de purificar el alma enferma de Europa, “una guerra contra el enemigo interior e invisible del espíritu europeo”, escribió en una carta. Un año después, la visión de Marc cambia. En otra carta, para la esposa de su mejor amigo, quien ya ha muerto en la guerra, describe a la guerra como «la trampa más cruel en la que nos hemos abandonado los hombres».

Así también, en un audio de whatsapp, Zamani me cuenta una resignificación sobre su confinamiento, su aprendizaje del año:

Creo que lo que más he aprendido es sobre la incertidumbre, la soledad y la paciencia. Y humildad, mucha humildad, porque ahora ya no puedo decir que somos grandiosos e importantes, que qué padre que estemos viviendo un momento histórico. Los momentos históricos ocurren todo el tiempo y somos muy ciegos a veces para darnos cuenta. El momento histórico está siempre ahí. También hay humildad en el sentido que nosotros hemos causado esto, la destrucción el planeta, el consumo, destruirnos a nosotros mismos. De pronto nos creíamos todopoderosos y un bichito nos tira al suelo como humanidad. Entonces aprendes la humildad, que lo único que puedes hacer es asumir tu insignificancia y a partir de ella comenzar a tratar de ser un engranaje honesto con el resto de lo que te rodea.

Aquí seguían un par de citas de Giorgio Agamben de su ensayo «Qué es lo contemporáneo» en el que revisa esa materia ambigua, inasible, del presente y más cuando se piensa con un sentido histórico, pero ya se alarga mucho el cuento y debo ir a preparar la cena de fin de año. Sólo dejo la cita con la que Roland Barthes compendia alguna idea de Nietzche: «Lo contemporáneo es lo intempestivo».

Se acerca el intempestivo 2021. Supongo que a cada uno de nosotros nos corresponde decidir de qué forma somos contemporáneos a él.

#MomImInAcapulco y la nostalgia

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La nostalgia no vino de aquellos clichés que recrean la leyenda oxidada de Acapulco: ni de las visitas de Elizabeth Taylor o Elvis Presley, ni de la luna de miel de John y Jackie, ni de la casa de Jhonny Weissmüller o Luis Miguel, ni siquiera de las novelas en ácido de José Agustín o las aventuras alcohólicas de la chilangada que se apuraban por la autopista del Sol y terminaban frente a un océano absorbente y lastimoso.

De hecho, confieso, me parece más contemporáneo ese enchapado populachero del viejo Acapulco (programas del Chavo del Ocho y saga de La risa en vacaciones incluidos) que el spot publicitario de Materiamist que lanzó la Secretaría de Turismo y que, de tan «innovador, fresco y disruptivo», nomás ha servido para la chacota y una alta producción de memes:

 

 

Se le ha criticado lo racista y lo clasista; lo agringado del lema #MomImInAcapulco; los furries con percha indie (más Sleep Party People que retorcimiento erótico) y su insinuación, dicen, hacia el turismo sexual; la frase «un lugar sin reglas» que parecería celebrar la violencia que la bahía ha sufrido en los últimos tiempos; y hasta la voz de la locutora, que querría semejar los copys aspiracionales que venden carros o celulares pero nomás no le salió.

En realidad me dio nostalgia por un pasado recentísimo, tanto que todavía parecería estar entre nosotros, pero que el despropósito de la campaña exhibe su anquilosamiento. O más autobiográfico: hace apenas tres años, sexenio de Peña Nieto, redactaba lemas tipo #MomImInAcapulco para promover lo que entonces se llamaba pomposamente marca-país. Trabajé con un equipo encantador, teníamos la consigna de posicionar al país como una franquicia contempo-etno-trendy-posmo-fashion-fusión. Debíamos encontrar chefs oaxaqueños que triunfaran en Japón con sushi de huitlacoche, mariachis croatas (los encontramos), diseños de tenis que recuperaran el misticismo huichol o estudiantes de Cuernavaca que gracias a su perseverancia y talento participaran en las olimpiadas matemáticas de China o Finlandia.

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Por ahí hubo incluso uno de estos pedeefes por los que las consultorías ganan miles de dólares que explicaban cómo el mundo (Estados Unidos y Canadá eran el mundo) estaba harto del folclorismo mexicano y le urgía una mirada «fresca y disruptiva» que destacara su ubermodernidad. Que en la práctica quería decir: promover lo mexicano de Santa Fe o Polanco siempre y cuando tuviera certificado de provenir de Santa Fe o Polanco. Candoroso storyteller, el documento imaginaba una relación estrecha de Estados Unidos con un México sofisticado, que atraería enormes inversiones gracias a una imagen innovadora, agresiva y competitiva. Neoliberal, pues. El documento ternurita no sabía que poco tiempo después aparecería Trump y que entonces la historia sería otra.  

También vino López Obrador y su política (¿honesta? ¿estratégica?) hacia los pobres o marginados, y la exhibición de la vulgaridad del mirreynato y el fififato. Pero más allá de la grilla doméstica, en todo el mundo se han ido agregando reflexiones varias sobre racismo y clasismo, el redescubrimiento de las comunidades indígenas y la necesidad de crear nuevos términos para dialogar con ellas, la crítica a la apropiación cultural y el recelo a la fábula del melting pot. La marca-país que hicimos tan entusiastas en 2017 ahora sería impensable, o al menos pediría continencia. Aquí se agrega la emergencia sanitaria mundial del covid-19 y la odiosa obligación de la distancia social y el confinamiento: los paradigmas cambian radicalmente y la idea de un Acapulco fresco y disruptivo se convierte de inmediato en un discurso imprudente y hueco.

Pero hay algo más: aquella fiesta de las décadas pasadas de romper las reglas y crear un estilo propio, de reinventarse desde el outfit del Instagram o la crónica mochilera del youtuber patrocinado por hoteles boutiques y restaurantes fusión, está en sus últimos momentos.

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Los primeros veinte años del siglo XXI vivieron una fantasía existencial-erótica-turística que en México, por ser esquemático, le llamaría el Territorio Telcel. Más allá de la cobertura monopólica, la red telefónica proponía una aventura intensa y constante de atmósferas, montañas, comunidades pintorescas (Pueblos Mágicos, se llamó la campaña turística que con tanto éxito empujó el gobierno federal) e individualismo triunfalista, que alternaba fiestas whitexicans con una subjetividad que se precipitaba epifanía tras epifanía. Este cuento provino del road movie de los noventa y de una idea muy Generación X de preferir la movilidad contra el stablishment godín y sedentario.

Ocurre que a la fantasía del viaje se contrapuso el grillete de la disponibilidad total desde las redes sociales y los celulares, el ideal de la independencia se descarapeló hasta devenir precariedad, el impulso de la aventura está enrocado entre el coronavirus y la fragilidad de las economías, que no habían agregado a sus presupuestos una crisis sanitaria que también es social y cultural.

Lo más apolillado de #MomImInAcapulco no es la anécdota racista-yanqui-clasista que se encuentra en la superficie: es su idea tan rápidamente antigua del turismo, del viaje, del fulgor individualista, que se ha rebasado desde la evidencia de la precariedad y la exclusión social, y además en una coyuntura donde no hay éxito, sino sobrevivencia. Ahora estamos conectados no por la aventura sino por el recelo entre sanos o enfermos, y miramos paisajes, bailes y reinvenciones personales desde una utopía de la inmunidad, somos responsables hasta la desconfianza y modestos en el intento de las hazañas.    

 

 

 

Historia de un matrimonio, el divorcio de diseño

historia-de-un-matrimonio-de-noah-baumbach-814892¿Por qué todo mundo está hablando de Historia de un matrimonio, la película de Noah Baumbach que están pasando por Netflix? Perogrullo resuelve el enigma: porque está diseñada para eso.

Por supuesto, lo que quisiera cualquier historia contada, escrita o filmada, es que la llevemos al café y nos dediquemos cuarenta minutos a sacarle la raíz cuadrada, pero ciertas narrativas insidiosas parecen tener diseñadas las escenas, los diálogos, los matices en las actuaciones y el suspenso en los silencios para que sintamos que ahí, y justo ahí, está la revelación que toda la vida habíamos esperado.

Historia de un matrimonio (contemos rápido la sinopsis: trata del divorcio de Charlie, arrogante director de teatro, y Nicole, actriz que acaba de darse cuenta que siempre fue la sombra del esposo, y por ahí está el hijo, y se pelean su custodia, y viajan de Nueva York a Los Angeles con una facilidad digna de toda envidia) equivale a los productos Marvel, que cumplen cuotas de género, diversidad étnica, escenas de lucimiento para Robert Downey Jr, Chris Evans o baby Spider Man; en Historias de un matrimonio están los momentos obligados para satisfacer las necesidades sentimentales de los espectadores: la revelación feminista de la esposa, el no darse cuenta que no se da cuenta del esposo, el discurso empoderado e infografiable de la abogada curtida en divorcios, las estrategias infames de los abogados carroñeros, el enfrentamiento espectacular entre Black Widow y Kylo Ren (que culmina en abrazo gélido de cuento de John Cheever), la caída de veinte de él, mañosamente resuelto con una canción destemplada para no mostrar su casa vacía o la áspera contradicción entre sentirse libre o aceptar lo importante de su vínculo con la exmujer.

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Desde esta escaleta de escenas palomeadas, Historia de un matrimonio es en realidad una película morbosa, que sitúa a los protagonistas como arquetipos de la institución matrimonial en decadencia, para regocijo de la compañía teatral del esposo, de la familia de la esposa, de los abogados de ambos y de los netflixnautas en general. Nicole y Charlie viven entre reflectores para los otros, la sociedad de la película o la sociedad que los observamos; apenas hay un momento en solitario para el respiro y la reflexión de lo que les está ocurriendo; si acaso el breve momento en el que Nicole llora aún en su cama conyugal, o en el que Charlie cura su brazo herido en el suelo de la cocina de su nueva casa, tras haber fracasado en una entrevista con una terrorífica trabajadora social

Esto no hace menos apreciables los desempeños de Scarlett Johansson y Adam Driver, que son, incluso, la apuesta medular de la película. Dos presencias reconocibles y admiradas, que bendito dios les quitaron sus trajes de látex y les hicieron recordar cuando actuaban de verdad, le otorga a Historia de un matrimonio la fascinación (de nuevo: morbosa) que difícilmente habría tenido con otro elenco.  También son espectaculares (y dignas de memes y posts empoderadores) el par de escenas de Laura Dern, el buen tempo cómico de Sandra y Cassie, madre y hermana de Nicole, o mi favorito, el viejo abogado Bert Spitz, que tras cuatro divorcios, con el fracaso y la sabiduría de la edad, acaso suelta las ideas más sensatas de la película.

Lo otro que me gustó fue la impertérrita trabajadora social, a la que le urge su propia serie de terror.

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Quizá lo más importante de Historia de un matrimonio es por qué la estamos viendo, por qué nos conmueve y hablamos de ella: tras su diseño hay una necesidad actual e incómoda: revelar cómo nos estamos situando ante nuestras potenciales parejas y los compromisos que nos piden, en un momento que el individualismo y la sublimación de lo subjetivo nos aleja de todos, incluidos aquellos con quienes compartimos mesa, cama y despensa; cómo nos tiene absortos el existencialismo pop de ser fieles a nosotros mismos, ser congruentes con nuestros imperativos, ser tenaces en nuestras soledades asertivas.