Pasa que Chavela Vargas es punk

25-2

Conozco más su percha que su música. Así es el aprendizaje de las glorias del folclor: ocurre en la niñez, cuando en la escuela te hacen bailar el Jarabe Tapatío para el festival de las mamás; después cuesta trabajo agregar personajes al santoral: el abrume del rock, del pop y los ritmos snob apenas dejan espacio para el elenco que conociste en los discos de los abuelos y las tías. Y en los discos que yo escuché nunca estuvo Chavela Vargas, porque el mismo showbizz mexicano se cuidó de mantenerla en un espacio segundón.

Se entiende más si se revisa qué visión de folclor y país quería mostrarse en el México del siglo pasado: orgullo de charro a la Negrete o Pedrito; hieratismo afectado de Lola Beltrán, coquetería y buena disposición —casi hostess de Secretaría de Turismo— de cantantes bravías “portadoras orgullosas del traje de charro”. En este alarde debía hacer lío una mujer que confrontaba al mural institucional. Chavela era abiertamente lesbiana, abiertamente andrógina, abiertamente borracha y si a alguien no le parecía que fuera y chingara a su madre.

Por eso, en vez de los grandes escenarios, a Chavela se le relegó a cabarets (La Taberna del Greco, en el Hotel Regis, o La Perla en Acapulco), a donde acudían artistas e intelectuales  para conocer el canto desgarbado de esta mujer acre, no recomendable para el gran público, que debía mantenerse en la ficción de las Marías Bonitas y la charrería.

Se hizo compa y la mejor intérprete de José Alfredo Jiménez, y se temían sus borracheras interminables en el Tenampa; fue favorita del jet set de Acapulco y en alguna de las bodas de Elizabeth Taylor despertó con Ava Gardner bien apergollada; fue amante de Frida Kahlo y Televisa la vetó porque le bajó la novia al dueño. Desapareció muchos años y cuando regresó a los escenarios la gente acudió sorprendida. Muchos pensaron que la había matado el tequila.

chavela-vargas

Su segundo aire, en los noventa, fue en El hábito de Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe, cabaret que buscaba expresiones alternativas a las del monopolio televisivo. Ahí la redescubrieron los españoles y la llevaron a cantar a Europa; en Madrid y París tuvo un éxito que difícilmente logró alguna otra cantante mexicana. Lo que sigue está en YouTube y no falta quienes tuvieron la suerte de verla en vivo: de poncho y pelo corto, cano, voz rasposa que maceraron los aguardientes, el canto que se interrumpe para tramitar la agonía: interpretaciones de soledad y desamor decantadas, que en este afán mortuorio también urgen a la vida y al exceso de vida.

¿Por qué tuvo mejor suerte la Chavela Vargas tardía? Ahí cabe el cliché de que estaba adelantada a su época. Su música, su estilo, pero sobre todo su personalidad, tenía más que ver con los destapes (el español posterior a Franco, el mexicano que emergió a pesar del PRI y Televisa) que con el bravío festivo de sus congéneres. La cantante de voz agria, excesiva en anécdotas y sobria en interpretación, debía esperar una época de reivindicación de amores y pasiones no heterosexuales, de personalidades insolentes, despojadas de pudores, que invitan más al trago que a la recitación patriotera.

Chavela Vargas forma parte de esos artistas subterrános que no tuvieron sitio en el canon estético y moral del siglo XX, como los infrarrealistas que reseñó Bolaño, o las escrituras extravagantes de Ulises Carrión, o los redescubrimientos insólitos de los Saicos peruanos que inventaron el punk, o de Sixto Rodriguez, que acompañó las revoluciones sudafricanas. Se escucha y se lee a estos artistas, y se presencia una historia que relativiza los elencos idolatrados por Octavio Paz o Televisa; calles poco transitadas, zonas modestas donde se dejan escuchar otras formas de la sensibilidad y de la extrañeza de estar en el mundo.

chavela-vargas-segundo-enfoque

Chavela Vargas logra su sitio hasta nuestros tiempos porque apenas se va comprendiendo que la música bravía también puede ser punk. Y su historia puede conocerse en el documental Chavela, de Catherine Gund y Daresha Kyi, que recién se estrenó y cuenta vida, obra, tragedia y gloria de la intérprete, de origen costarricense, que se volvió medular en nuestra música. Mexicana por derecho propio, dirían los panegíricos patrioteros, “porque los mexicanos nacemos donde se nos da la rechingada gana”, prefiero la explicación que ella daba.

 

 

Anuncios

Mirar The Vietnam War desde Mad Men

vietnam-header-smallerCuando explico mi fascinación por Mad Men uso esta analogía: imaginar a un publicista de 1960 o anterior. Modas más, modas menos, viste traje, usa sombrero de fieltro, portafolios de cuero y tiene los zapatos bien boleados. Justo como Don Draper en el 90% de la serie. Y luego imagino a un publicista de 1971 y de ahí hacia adelante. Modas más, modas menos, cambió el traje por playera estampada y mezclilla, el portafolios por mochila o morral desfachatados, usa tenis o zapatos con suela de goma, su pelo va largo, o rapado, o punk, o está tatuado, o tiene piercings, según lo que use la década. El publicista de 1960 se parece al de 1950 y al de 1940, así como el de 1970 se parece al de 1980, 1990 y de ahí hasta nuestros días. Pero el de 1960 nunca será como el de diez años después. Y de esta transformación se trata Mad Men.

De esto también se trata The Vietnam War, el documental de Ken Burns y Lynn Novick que ahora está en Netflix.

Burns y Novick han registrado varios momentos históricos esenciales de Estados Unidos. Fue un hito televisivo el estreno en 1990 de The Civil War, que habla sobre la Guerra de Secesión; también han hecho documentales de jazz, béisbol, o The War (2007), que cuenta el paso de los gringos por la Segunda Guerra Mundial.

The Vietnam War cuenta en diez episodios, de casi dos horas cada uno, esta guerra que emprendió el gobierno estadounidense contra el pequeño país del sureste asiático. Son capítulos densos, poco amables en lo que registran: soldados que caminan con una lenta tensión por la selva, vietnamitas que se asoman aterrados desde sus chozas, sonidos de helicópteros, ráfagas de metrallas, bombardeos y muecas de terror, cadáveres en el fango, en las calles, miembros cercenados… ¿Por qué lo seguimos viendo?

guerra-de-vietnam-1.jpg

Mas allá del morbo primitivo de presenciar escenas bélicas o atestiguar el horror del mundo desde la soledad aerodinámica de nuestras computadoras, hay una curiosidad malsana en querer entender cómo una potencia mundial como Estados Unidos se lanzó y dejó crecer este conflicto a niveles que comprometieron incluso su propia identidad. “Como tener un padre alcohólico en la familia”, describe el marine Karl Marantes en el mero inicio de la serie.

The Vietman War ataca varios frentes: hace crónica de las batallas que se dieron en tierras vietnamitas; procura, aunque sesgado, el punto de vista del enemigo, pero me pareció más interesante su descripción de cómo manejó la Casa Blanca el conflicto y, en consecuencia, cómo lo vivió la sociedad estadounidense.

Aquí Mad Men cruza con The Vietnam War: cuando la serie de las transformaciones sutiles de las familias, los hombres y las mujeres estadounidenses en los años sesenta, se complementa con esta guerra que a fuerza de insistir en sus arrogantes argumentos —frenar el comunismo, defender el mundo libre— volvieron huecos conceptos como honor, dignidad, patriotismo o democracia. Con la llegada de las tumbas de los soldados norteamericanos, con las fotografías en los periódicos de las masacres, los asesinatos o las niñas rociadas con napalm, aquellos “valores americanos” se convirtieron en retórica siniestra, discurso anquilosado que amparó la devastación desde un muy apolillado sentido de la responsabilidad.

920x920.jpg

De ahí que lo más interesante de la serie sean los testimonios de marines, soldados, aviadores y diplomáticos que vivieron la Guerra de Vietnam en pleno. La habilidad narrativa de Burns y Novick permite crear breves y contundentes novelas sobre algunos de sus entrevistados. Entonces se va siguiendo el designio casi divino de Cogie Crocker por participar en la guerra, y cómo tras su muerte su madre y su hermana deben lidiar con la carga de resignificar el necio honor del familiar muerto; o la transformación de John Musgrave, desde haber sido marine a haber estado al borde de la muerte y culminar como veterano de guerra que hace activismo contra ésta; o Duong Van Mai Elliot, la survietnamita indecisa entre repudiar o respetar al Vietcong; o Hal Kushner, el médico que vivió gran parte de la guerra como prisionero; o Bao Ninh, el soldado del ejército norvietnamita que se convirtió en escritor y crítico; o el reportero Neil Sheehan, de los primeros en desentrañar las contradicciones del gobierno norteamericano; o Jack Todd, quien huyó a Canadá y cambió su nacionalidad para evitar enrolarse. Cada historia merecería su propio documental, y todas, juntas, hacen un coro trágico que se resuelve en un nuevo orden de las cosas para Vietnam, Estados Unidos y acaso el resto del mundo que contempló azorado el conflicto.

Así como los publicistas de 1960 no pueden ser los mismo de los que crean las campañas de 1970, las mujeres y los hombres que vivieron la Guerra de Vietnam, desde su entusiasmo candoroso de 1955, hasta su desangelado final en 1975, sufren una transformación radical e irreversible, y eso es lo que cuenta The Vietnam War: la historia de un país que se enrola en un conflicto absurdo y sanguinario, y que desde ahí revela una imagen sombría de sí mismo. Imagen que los reflejará durante toda la década de los setenta y que, tristemente, no supo evolucionar en los noventa, cuando se lanzaron a otra funesta aventura, ahora en el Medio Oriente de Asia.

Vietnam_Veterans_with_Washington_Monument.jpg

 

Por una política ambiental con los aluxes

tinieblas_alushe_tinieblasjr_a_900.jpgLa próxima secretaria de Medio Ambiente, Josefa González Blanco Ortiz Mena, dijo en una entrevista que cree en los aluxes. “Sí existen, no es leyenda popular, sí nos asustan, fíjate que donde está el cenote hay huellitas como de manitas chiquitas”. Detalló que hay un registro histórico de ellos en un dintel de Toniná, Chiapas, “son los guardianes de la selva, pero son duendes y como duendes no son ni buenos ni malos, son lo que tienen que ser, lo que quieren ser”.

Muchos con su capacidad de raciocinio bien entrenada enseguida pegaron el grito en el cielo y criticaron a la futura funcionaria.  Yo busqué un alegato de García Márquez a favor de un mundo con más astrología que tecnología pero no lo hallé (si alguien la comparte se agradecerá). También pensé en las advertencias contra la homeopatía, las leyes de la atracción y Claudia Lizaldi no queriendo vacunar a sus hijos. Es complicado hallar un punto medio, más para un Tauro con tendencias conservadoras, según reseña mi carta astral.

Debate aparte, siempre es bueno recordar que muchas decisiones políticas importantes se han tomado con ayuda de fuerzas sobrenaturales, ahí está Hitler asesorado por brujos, Rasputín y su influencia en los zares rusos, o Nancy Reagan, que revisaba el horóscopo para avisarle a su marido cómo gobernar.

En México Panchito Madero consultó a los espíritus para armar el borlote de 1910, Plutarco Elías Calles tenía de santón de cabecera al Niño Fidencio, y todavía se recuerda aquella chacota noventera en la que el procurador Antonio Lozano Gracia requirió los servicios de la vidente La Paca para encontrar el cadáver del diputado Manuel Muñoz Rocha, quien desapareció tras haber matado (quesque) al presidente nacional del PRI.

la-leyenda-de-los-aluxes.jpg

Estos antecedentes hacen del todo plausible contemplar a los aluxes en el nuevo Plan de Desarrollo. Sin considerarme experto en el tema, lanzo algunas propuestas que llevaré a Democracia Deliberada o donde sea que se estén generando las ideas del próximo gobierno:

  • Los aluxes son crueles con quienes roban cosechas o talan sin permiso, pero ayudan a quienes tratan el entorno con respeto. Resultarían una muy eficiente policía forestal.
  • Cuidan las casas de sus dueños originales; cuando mueren se ponen al servicio del nuevo inquilino siempre y cuando los traten bien. Serían vigías celosos contra la gentrificación, pues tirarían cazuelas y apedrearían casas apenas los nuevos inquilinos se revelen organic-gluten-perrhijos-trasngeneric-free.
  • Tienen buena comunicación con los animales. Un grupo de aluxes provistos con cámaras digitales podrían surtirnos de inesperados gifs de gatitos (aw), perritos (aw), vaquitas (aw), cerditos (aw) y cabritas (aw) en su más inédita intimidad.
  • Con los aluxes podría crearse un corredor ecomístico con los nahuales del golfo de México y los tlalcoyotes que protegen los bosques del Altiplano (el norte podría quedar al mando del Chupacabras; pronto se desarrollará en otro post).
  • Algunos aluxes pasarían al servicio diplomático para establecer contacto con los leprechauns irlandeses, crearía una sinergia en conocimientos cerveceros y de fabricación de calzado.
  • Sería una oportunidad invaluable para que aluxes con ganas de perseguir su sueño tomen becas en Hogwarts y, de ser posible, se integren al Ministerio de Magia.
  • Incluso para los escépticos que creen que los aluxes son una pachecada: resultarían unos guías psicodélicos de gran valía ahora que se legalizará la mariguana.

020215475396f6e.jpg

No sólo la próxima secretaria del Medio Ambiente: campesinos, artesanos, músicos, poetas y cocineros creen en los aluxes porque creen en algo hermoso: la posibilidad de que las selvas y los cenotes tengan un halo mágico, que trasciende las obtusas contabilidades de los clústers industriales o filantrópicos. Y además, con plena legitimidad: los aluxes estaban antes de que llegáramos y los volviéramos superchería, tema de tesis o atractivo turístico; con los favores de Yum-kaax, dios del maíz, seguirán ahí cuando nosotros y nuestro escepticismo hayamos desaparecido.

El Peje Presidente, ¿cómo se celebra esto?

ZOCALO-amlo-01-JULIO-2018.jpeg

Ahora lo pienso y sí debimos habernos visto cursis: con carrerita de peli setentera en la esquina del Eje 8 y el Eje Central, el abrazo fuerte, la alegría contenida. “No sé qué hicimos”, dijo Natalias. “Ni yo”, respondí. “Lo logramos”. “Ya sé”. “No sé si hicimos bien”. “Yo tampoco”. En el trolebús, cinco chavos llamaban por sus celulares. “No mames, salte de tu casa, esto es histórico. HIS TÓ RI CO”. “Dile a tu jefe que no mame, que no habrá otro momento así”. “¡Ganamos, cabrón, ganamos!” El resto de los pasajeros, aunque mantenían la compostura, esbozaban sonrisas, les brillaban los ojos, miraban a la calle como si miraran a la Historia.

amlo_crop1524454822506.jpg_554688468-e1524507715993.jpg

Me gustaba más el López Obrador de 2006. Traía el impulso de la jefatura de gobierno y un discurso echado hacia adelante, que desde cierta narrativa ingenua redondeaba la novedad pirotécnica que fue Vicente Fox. Y no hizo un mal gobierno: instauró la pensión a adultos mayores, fundó una universidad, chuleó el Centro Histórico, creó la primera línea del metrobús, aunque también se aventó esa aberración de los segundos pisos y puso unas jardineras horrorosas en Reforma. Pero más importante: dotó a la capital de una personalidad que no había tenido durante décadas, cuando fue apéndice de los gobiernos priistas. El periodo de Cuauhtémoc Cárdenas fue tan corto que apenas y logró alguna transformación. La suplencia de Rosario Robles trajo claroscuros que anunciaban al personaje ambiguo actual. López Obrador sería el primer Jefe de Gobierno avocado por completo a su responsabilidad en el Distrito Federal. Y logró, en general, una gran sinergia. El orgullo de ser chilangos, de ver que se podía reinventar el entorno, de sentirnos parte de una metrópolis que vibraba y desplegaba color, emoción, que tomaba su sitio como una de las más importantes del mundo. Nos relamíamos los bigotes: imagina esa vibra en todo el país…

festejs2-1530500948-621x354

Con Natalias esperamos a Julia en la calle de Madero, afuera del Sanborns de los Azulejos. Al inicio no hay mucha gente. Grupos de amigos, parejas, algunas familias. Todos nos miramos con recelo. Esta calle ha sido la entrada de muchas manifestaciones en las que hemos participado: para protestar contra fraudes electorales, para conmemorar la matanza de Tlatelolco, para el movimiento antipeñista de YoSoy132, para reclamar contra la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa… Siempre marchas furiosas, que reclaman, que aun con la energía que da lo colectivo contienen mucha impotencia. ¿Cómo se hace una marcha para celebrar? ¿Hay algo qué celebrar?

Screen-Shot-2018-04-30-at-9.49.59-p.m..png

Entre 2005 y 2006 está el verdadero inicio del siglo XXI mexicano. Ahí conocimos, ante un PRI disminuido, cómo eran los enfrentamientos reales entre derechas e izquierdas. El desafuero contra López Obrador, la campaña electoral “Un peligro para México” del panismo, el fraude, la toma del Paseo de la Reforma del Peje, la guerra de Calderón contra el narcotráfico para legitimarse… Se nos vino la violencia que ha vivido el país por la lucha entre Ejército y carteles, pero también la polarización social, la discriminación agresiva o irónica contra los prietos, los chairos, la equivalencia entre el Peje y el Wiskas (porque ocho de cada diez gatos lo prefieren), el adoctrinamiento cuasi clerical de que El Cambio Está En Uno. Esta ideología neoliberal buscaba ordenar los estamentos, pero también tenía el fin de sabotear la llegada de López Obrador al poder. Y con esta saña lo convirtieron en el político mexicano más importante del siglo. Este odio contra López Obrador abarca todo: su habla costeña, su ropa modesta, su filiación priista en sus primeros años de vida política, sus frases “Cállate chachalaca” o “Al diablo con las instituciones”, que respondían a las agresiones antes fraguadas contra él. El ataque ha abarcado, por extensión, a toda aquella persona que no ostente la “clase” de la “gente bien”. Y la paradoja es curiosa: López Obrador, un político local que de inicio podría confundirse con muchos otros, se ha convertido en un símbolo  gracias a la estigmatización de la derecha. A Andrés Manuel López Obrador lo crearon sus adversarios. Ellos son el principal motor de su popularidad.

festejos-zocalo-amlo-1-julio-2018

El famoso eeeeeeeeehhhhhh PUTO que ha causado controversia en Rusia 2018 se reformula con la balada “Entrégate”, de moda por la serie de Luis Miguel. Y en la calle de Madero, rumbo al Zócalo, vuelve a reinventarse:

—Eeeeeeeeehhhhhhhhhh—ntregate, aún no te siento…. deja que tu cuerpo se acostumbre a Obrador….

Un señor mayor que el promedio arenga: “Yo marché aquí cuando el fraude de 1988, cuando se cayó el sistema y le quitaron la presidencia al ingeniero Cárdenas”.

Detrás, una decena de personas lanza el grito emblemático que hace doce años siguió al fraude de 2006: “Es un honor, estar con Obrador; Es un honor, estar con Obrador”.

Casi al llegar al Zócalo, una veinteañera guapa hace acrobacias con su smartphone para tomarse la selfie. Fácilmente podría haber participado, hace seis años, en YoSoy132.

El arco generacional es innegable. Andrés Manuel López Obrador no solamente es él. Son treinta años de luchas, fracasos, recomposiciones. Por supuesto, con sus asegunes.

amlo-espino-alianza-1200x500.jpg

No voté muy convencido por el Peje. Me molestó la alianza con el ultraconservador PES. Peor, cuando Germán Martínez y Manuel Espino, adversarios de la derecha en 2006, se incorporaron a su campaña. El agregue de Gabriela Cuevas, la panista que en 2005 le pagó la fianza antes de que lo encarcelaran y lo convirtieran en un mito irreversible, ya fue un chiste total. Coincido en que el pragmatismo político de Morena diluye su supuesto aliento de izquierda y hacen de todo el espectro partidista mexicano una ensalada con demasiados conservadores: nacionalistas del PRI, históricos del PAN, ambiguos o confundidos, según se vea, con Morena. Pero tampoco creo en la abstención o el voto nulo. Entiendo su simbolismo pero me parece el grito de un afónico: cuando se cuentan los votos, pocos señalan -capaz lo haga alguna esmirriada tesis para licenciatura de sociología- este clamor ausente. Y ni el PAN ni el PRI pueden considerarse opciones.  Pero incluso cuando taché el nombre de AMLO pensé: “es lo menos peor”.

AS-FESTEJO-ALAMEDA-AMLO-12_30916733.jpg

Una niña en los hombros de su padre juega con un muñeco de López Obrador. Una chica de pinta feminista trae su máscara del Peje y caderea muy intenso frente a una batucada. Muchas banderas de México y de Morena. Un helicóptero da vueltas alrededor del Zócalo. Luces rojas de los drones. Los miramos con el miedo atávico de un grupo de estudiantes reunidos en Tlatelolco. “Nah”, explica un fulano grande, detrás de nosotros: “no pasa nada. Ya lo aceptó Meade, Anaya y Peña Nieto”. Tranquilidad y esta sensación incómoda de haber pedido permiso. Y que ahora sí haya sido otorgado.

car1¿Qué hace distintos los festejos del triunfo de Vicente Fox en 2000 con los de Andrés Manuel López Obrador en 2018? Una hipótesis macabra: casi 103 mil asesinatos en el sexenio de Calderón, más de 104 mil muertos en el de Peña Nieto. El México que hizo presidente a Fox no tenía problemas tan letales. A Fox se le festejó con una alegría explosiva, anonadada, candorosa: por fin logró sacarse al PRI de Los Pinos. Y él agregaba su carisma: el personaje de boca floja y supuestos arrestos para enfrentar lo que viniera. Lo que siguió de su sexenio provocó enormes arrepentimientos en quienes votamos por él.

El festejo de Andrés Manuel López Obrador tiene más recelo que alegría. Agobia la bulla agorera.  ¿Sí vamos a convertirnos en Venezuela? ¿Vendrá la crisis pavorosa por la irresponsabilidad en las finanzas? ¿Habrá ley mordaza contra sus críticos? ¿Buscará reelegirse? ¿De verdad lo apoyaron los rusos? ¿Cómo hablará con Trump si no sabe inglés? Pero en 2018 ya hemos aprendido a enfrentar la guerra sucia. Ahí es valiosa la intervención de Tatiana Clouthier, que uno a uno iba desmontando los presagios del PRI y y el PAN. Y junto a ella, montón de gente relativizaba los ataques: por supuesto, seremos la Venezuela del Norte. Y claro, hay tanta injerencia de los rusos que ahora AMLO se llamará Andrés Manuelovich. Y también: cuando se nos pide el voto “útil, razonado”, que no nazca del impulso sino de la reposada reflexión, reflexionamos reposadamente: los muertos de Calderón, los muertos de Peña Nieto, la Casa Blanca, Ayotzinapa, Tlataya, OHL, Odebrecht…

¿En qué se distingue el festejo de Fox del de AMLO? En la muerte. En dieciocho años funestos que queremos que terminen. Y no se sabe si López Obrador logrará cambiar el estado de las cosas, pero seguro hará algo diferente a lo que hicieron dos gobiernos panistas y uno del PRI.

AMLO-Mensaje-2-1024x597.jpg

Se sabe: la diferencia entre las promesas de campaña y la realidad del gobierno será decepcionante. La soberbia de López Obrador será magnificada al extremo de llamarle autoritarismo. El menor tropiezo será evidencia de total ineptitud. La mayoría de Morena en el legislativo es un riesgo que no se puede soslayar. Ni el sexenio de Calderón, ni el gobierno de Peña Nieto, serán tan vigilados, criticados, cuestionados, como éste. Estas certezas flotan y enrarecen la fiesta del 1 de julio en el Zócalo. Pero también, la gente comparte una idea: “hay que colaborar, hay que cuidar, hay que ayudar para que esto salga bien”. Y esta idea crea otra energía, menos candorosa que comprometida: este gobierno, aun ineficiente o maltrecho, será nuestro. La experiencia que viene, que puede tener éxito o ser catastrófica, nosotros la elegimos. Lo que siga, la restauración -la Cuarta Transformación, le llama él- o el desastre, será el riesgo que votamos. Y esta elección incierta causa una sonrisa contenida de aventura, de orgullo. “No sé qué hicimos”, me dijo Natalias un par de horas antes. “Ni yo”, respondí. “Lo logramos”. “Ya sé”. “No sé si hicimos bien”. “Yo tampoco”. “Me siento contenta”. “Yo también”.

Amy Schumer se siente sexy

maxresdefault-1-1000x500.jpgAmy Schumer, comediante-neoyorquina-guapa-rolliza, anuncia desde su pinta el ejercicio fílmico del body-positive que tan bien deja a las buenas conciencias y tan feo evidencia a los que se nos escapa la incorrección: pelis-para-gordis. Exacto, el regaño iría implícito desde la propuesta. Luego entonces vas con muchas pinzas a ver I Feel Pretty (Sexy por accidente le pusieron en español, para seguir con estas correcciones / incorrecciones tan de moda para entrecejear) a practicar la risa inclusiva, que tan bien combina con los likes y los emojis asertivos de cualquier red social.

Amy Schumer se sabe estandarte de cierta noción estética e ideológica de las mujeres y sus cuerpos y se encarga de exagerarla, destruirla, confundirla. No se conforma con ser una simpática comediante chubby size que tendería al melodrama; aprovecha la facha para devastarse con inseguridad, escepticismo, esperanzas que se creerían imposibles, apología de los perdedores y sexualidad pronta y ansiosa.

I Feel Pretty (Silverstein y Kohn, 18) quisiera parecerse más a las comedias románticas de los ochenta que a las chik flicks del nuevo siglo, tipo Loca por las compras (Hogan, 09). La referencia más importante está cuando arranca la trama: en la televisión de la protagonista Renee Bennett aparece la escena crucial de Quisiera ser grande (Marshall, 88), cuando Josh pide un deseo a una máquina china y se convierte en Tom Hanks. De esto se trata I Feel Pretty: Renee se siente fea, mira desconsolada a las guapas delgadas y sofisticadas, pasa los días con sus amigas tan perdedoras como ella, y una noche solitaria pide el deseo de ser, sentirse, una bomba sexual. Al día siguiente se golpea la cabeza haciendo spinning, despierta y no puede creer lo atractiva que es. Con una seguridad que parecería excedida de prozac se lanza a buscar galán, un empleo cuco, ropa cute y hace suyo Nueva York, como buena comedia romántica que se respete.

i-feel-pretty-copy.png

Pero I Feel Prety remite más a otro clásico ochentero, Secretaria ejecutiva (Nichols, 89), donde una desaliñada secretaria (Melanie Griffith) logra ascender gracias a visión sencilla de la “gente común”. Lo mismo hace esta Renee empoderada en la empresa de cosméticos  Lily LeClaire: aporta ideas para una línea de maquillaje para gente de, digamos, target humilde. Y contra el glamour gana el sentido común. Contra las mujeres de belleza replicante a la Daryl Hannah (y hasta Emily Ratajkowski se avienta sus escenas para hacerle contrapunto al bodoque que es Schumer), la mujer real de piernas regordetas y vientre tembeleque, pero también de gran simpatía y entrona a todo tipo de ridículos, seduce a su jefa (una Michelle Williams interpretando a una Barbie de Michelle Williams), a la abuela de su jefa, al novio que conoció en la lavandería y al socialité Grant Leclaire. Después de que casi gana un concurso de bikinis, lo explica el dueño de un bar: es la clase de chica que te ayudaría a cambiar la llanta ponchada, que te acompañaría a enfrentarte con una horda de malosos.

No hace falta hacer muchos spoilers para adivinar lo que sigue: el otro golpe en la cabeza que le hace recuperar la realidad, la revelación que le permite conciliar inseguridad con osadía y entender que en su medianía está su autenticidad. Y tampoco es complicado entender que a partir de esta asunción incluso se logra el éxito de una línea de cosméticos que, desde su concepción, tiene su tufo clasista y excluyente. Capaz por ahí está el traspié de I Feel Pretty: reivindicar las bellezas no canónicas siempre y cuando participes del festival de los cánones. El ejercicio de asimilación está en el espectador (como cuando te dicen que barras tu banqueta y tengas actitud positiva), no en la historia, que sabe darse las mañas para otorgar un espacio gracioso a la regordeta Schumer y otro espacio grácil a la esbelta Ratajkowski. De nuevo: la encantadora comedia ochentera que sabía emocionar y evadir sin rascar contradicciones.

Hay una trama que quedó bailando: la relación de Renee con sus amigas-no-bellas, el rompimiento y la reconciliación, pero entre todo eso ellas se consiguieron a unos novios friquis y asustados, y departen juntos en bares oscuros, en apartamentos de tapizados horrendos, y acaso por ahí había un mejor cuento que contar.

INTRO-EDITORIAL-600x343-I-FEEL-PRETTY-PHOTO-01.jpg

Pero vamos: se trata de una comedia, de ver cómo luce Amy Schumer su gracia, y de cómo nos sentimos cómodos con una reconciliación tramposa: sentirse sexy está en una, en mirarse al espejo sin complejos y con cariños, y de preferencia con las fajas, los vestuarios y los maquillajes convenientes. Usen Dove®. (Págame, Dove®).

 

 

Deadpool y Han Solo, héroes de Marginalia

5b02ea798d7e4Hay un libro de Alan Pauls que se llama El factor Borges. Entre otras cosas, dice esto sobre las aficiones lectoras del argentino:

los grandes nombres de la historia del pensamiento lo tienen sin cuidado: los presocráticos (Heráclito, Parménides, Zenón) lo distraen de Platón, el obispo Berkeley y John Wilkins eclipsan a Hobbes y Locke, la ascendencia de los grandes sistemas palidece, minada por pensadores laterales e intermitentes como Fritz Mauthner o Meinong. Relativiza la gran tradición novelesca del siglo -siempre amenazada, según Borges, por la infautación alegórica-, reemplaza sus afanes de experimentación formal por el culto del género (…) y a sus ídolos (Joyce, Proust, Thomas Mann) por escritores puramente “narrativos” como Robert Louis Stevenson, Chesterton o H. G. Wells (pp 79-80)

Algo así pasa con los blockbusters primaverales Deadpool 2 (Leitch, 18) y Han Solo: una historia de Star Wars (Howard, 18) frente a sus franquicias: el Universo Cinematográfico Marvel (MCU) y la demasiado legendaria Star Wars. Contra sistemas, periferias. Dicen que los resultados son menores; creo que tienen otras coordenadas.

El tema con las películas centrales de superhéroes es que están comprometidas por todos lados: compromisos comerciales, de actores estelares que piden su momento oscareable, de anticipación o aclaración de episodios anteriores y previos, y el peor compromiso: con la legión de fans from hell que van a las salas recitando sus comics y que quisieran quemar carteles y vasos y cachuchas si el argumento no quedó según sus ensoñaciones. De modo que durante la película, en lugar de atender a la trama, pasas las dos horas deduciendo las deudas que se debieron saldar.

El caso de Star Wars es más divertido y cuando lo entendí pude disfrutar más sus pelis: su saga principal, sus ya casi terminadas tres trilogías, articula una trama maso esquemática para mimar y desquiciar a los niños interiores de montón de cuarentones llorones que protestan porque la nueva trama “así no debía ser”. Acá debe aclararse que cuarentones llorones es eufemismo de treintones llorones y veinteañeros llorones, pues todo mundo se ha comprado el mercadishing místico de Lucas: todos tenemos ocho años de hace 40 años cada vez que aparece en la pantalla el A long time ago in a galaxy far, far away… Lo que siguen son traumas infantiles, nostalgia y decepción ante el inevitable paso del tiempo.

ndxwiz

Pero estos ejercicios fílmicos de mercadotecnia y sociología, que además cuentan historias, tienen su mérito: la suma de todas las entregas podría semejar una catedral donde montón de creadores (de entrada los directores, pero también guionistas, fotógrafos, actores, responsables de efectos especiales y arte) incorporan personalidades, temperamentos, guiños de estilo, mensajes cifrados para evidenciar su huella. Alguno de los ejemplos más emocionantes está en Avengers: Infinity War, cuando los hermanos Russo respetan la parodia semilenta de Taika Waititi en Thor: Ragnarok, y por algo hacen alternar al dios del trueno con los babosos Guardianes de la Galaxia, que deben su chacoteo simplón al relajado James Gunn. Star Wars no tiene tanta suerte pero se agradece que J. J. Abrams haya usado sus habilidades blockbusteras para recrear la franquicia, y mucho más que Rian Johnson la haya desquiciado y provoque berrinches en gran cantidad de estarguarlibers.

Contra las catedrales, Deadpool 2 y Han Solo: una historia de Star Wars semejarían parroquias para feligresía de bajo perfil.

goods_011226_180535

En el primer caso, el personaje de Deadpool no ha participado en el MCU por un enredo de derechos entre Fox y Disney/Marvel, aunque la reciente fusión podría incorporarlo, con todo y las impertinencias que el personaje proferiría. Mientras ocurre, Deadpool parece un superhéroe de segunda categoría, con más grotesca que épica. Excluidos del Olimpo Marvel, Deadpool y personajes que lo acompañan se dedican a sacar la chuleta en un despeñadero de chistes rancios, outfits baratos y tramas poco comprometidas. En vez de corporativos Stark, Wakandas como propaganda de turismo Sudáfrica 2010 o humillados Arácnidos trainee, Wade Wilson se pasea por tugurios apestosos, escuelas polvorientas y departamentos que parecen oler a pipí. Eximido de salvar al mundo, concentra sus esfuerzos en contener el narcisismo de un niño maltratado que persigue el sueño de convertirse en el Thanos de la próxima generación. Ni siquiera los filosóficos asuntos temporales de Cable logran peso en este cuento sobre la paternidad y el suicidio. Y el desarrollo del cuento le debe más al humor Looney Tunes que a la tradición del género: mirar Deadpool es como haberse comprado la botana chatarra más piojosa, la anforita de Tonayán y eructar en las partes que la fanaticada explica cameos, subtextos y multirreferencias multiuniversales.

han.solo.StarWars.jpg

El caso de Han Solo es más complicado. Primero, se trata del personaje más encantador de Star Wars, a veces desdeñado porque no le interesa el esoterismo Jedi y porque su pasado bucanero parece hacerlo arrimado de la ilustre familia Skywalker. Después, es de los pocos personajes donde el actor pesa, y mucho: ni los 007, ni la colección de Batmans, ni los Tarzanes o Godzillas, están tan encarnados por sus intérpretes como el dueño del Halcón Milenario con Harrison Ford. La carga para Alden Ehrenreich fue abrumadora hasta parecer prueba no superada. Además, la historia titubeó entre lo reconocible de Star Wars contra el intento de otorgarle personalidad propia al personaje, incluso contrastante con el resto de la franquicia. Otro punto fallido: Emilia Clarke, tan majestuosa como Daenerys Targaryen, La Primera de su Nombre, La que No Arde, Madre de Dragones y todo lo demás…. ¿quién carajos le hizo ese look de secretaria de la delegación Iztacalco de 1987?

2018529121739_1.jpg

Y aun así, Han Solo logra esbozar su interés: inicia como road movie, con Han y Qi’Ra, par de granujas que hacen negocios baratos para ganarse la vida. Bocetea la guerra pero por suerte no tanto: Han Solo no tiene paciencia para recibir órdenes y practicar saludos marciales, mejor que lo sitúen en un espacio acorde a su temperamento: un limbo como el bar Rick’s de Casablanca, donde humanos y bichitos de mercadishing sacan beneficio de los enfrentamientos que se despliegan muy cerca de ellos. En este propósito de “expandir el universo Star Wars”, Han Solo recrea mercados negros, gandallez de traficantes y apostadores, y culmina con una muestra de los pueblos excluidos; las primeras y principales víctimas de toda guerra. Los giros de tuerca de la peli coquetean con el noir: buenos y malos postergan el maniqueísmo porque urge más la sobrevivencia. Y ahí Han Solo se convierte, como ocurre con el cine negro, en un ajedrez de lealtades y traiciones, ambigüedad de relaciones que refuerza (la obviedad no es spoiler) la entereza del protagonista.

han_solo_una_historia_de_star_wars_6

Deadpool 2 finca su marginalidad desde su diseño y su propósito modesto; Han Solo desde su descuido argumental, que sin embargo deja algunas pistas del gran personaje que podría forjarse si hubiera oportunidad de una segunda entrega (no la habrá). Mientras, las dos historias dejan el encanto de su periferia, un tono menor que recupera el superheroísmo más candoroso: se vencen villanos para salvar indefensos, pero también para salvarse a uno mismo. Contra historias de poderes y fuerzas descomunales, el modesto reconocimiento de la misión: enfrentar la aventura que restaure, más que la humanidad, lo humano.

Deadpool-2-adds-Hunt-for-the-Wilderpeoples-Julian-Dennison

 

El efecto Guillermo Totoro

Guillermo-Toro-Premios-Oscar-mejor_LPRIMA20180305_0002_35Este post en realidad quiere desahogar el vértigo que me causan las clases magistrales que dará Guillermo del Toro en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara. Me explico:

Es el momento de Guillermo de Toro. Sus Oscares como Mejor Director, Mejor Guionista y Mejor Película por su película La forma del agua lo tienen en un estado de gracia pocas veces visto entre estos modelos nacionales que cada dos o tres años nos da por adorar. Y ahora, con el Festival, se pone a prueba su temple y generosidad para que dé una, dos, tres, cuatro clases magistrales. Y ya hasta lo quieren traer a la Cineteca y al Auditorio del Chilangotown. Y ya hasta quieren cambiar al Ángel de la Independencia por el Hombre Anfibio. Luegoentonces, las expectativas son muy altas. Luegoentonces, cuando Del Toro diga, o deje de decir, o diga mal, alguna de estas torpezas que luego nos da por decir a la gente, ya vengo viendo los enojos y las descalificaciones. Y cursi que soy, también pertenezco a ese grupo de personas que no quieren que Guillermo del Toro cometa un error reprochable y tampoco quiero que sea infeliz en la vida.

Es lo que platicaba con Julia mientras lo veíamos en la entrega de los Oscares, cargando muy contentote un virote para sorprender una sala de cine, según esa dinámica fallida que se inventó Jimmy Kimmel.

anigif_sub-buzz-26115-1520228284-10.gif

—Quiero que Guillermo del Toro gane mejor director y que sea feliz por siempre —dijo Julia, casi con lágrimas en los ojos.

—Sí, de acuerdo —contesté, también casi a punto de llorar.

¿Por qué andamos tan enganchados con Del Toro? Algunas estadísticas frías mostrarían que, por ejemplo, Alejandro González Iñarritu, Emmanuel Lubezki o Alfonso Cuarón han obtenido más reconocimientos de la Academia Gabacha. Pero el año de Gravity, o Birdman, o El Renacido, a nadie se le ocurrió irse al Ángel o a la Minerva de Guadalajara a festejar. Con Guillermo del Toro, en cambio, la celebración parecería obligada, casi natural.

Un enorme cliché mexicano dicta que estamos tan áridos de ídolos con repercusión internacional, que cuando aparece uno queremos exprimirlo hasta sus últimas consecuencias.  Pero son inevitables los matices: al Chicharito sólo lo queremos cuando mete goles; a Salma le escaneamos con saña sus vestidos (y ni se diga el amarillo multimeme de Eiza González); a Maná le hacemos el fuchi aunque en España lo bailen y rebailen; y los mismos González Iñárritu y Cuarón provocan respeto pero no devoción.

Alguno de estos ídolos, Hugo Sánchez, alguna vez se lamentó esta “actitud de cangrejos” que tendríamos los mexicanos, con la que despreciamos a nuestros triunfadores en vez de mirarlos como modelos e inspiración. Después se vuelve muy largo escudriñar las coordenadas de privilegios, clasismos y resentimientos casi históricos que lo provocan; como contradicción, también está esa manía nacional de buscar ídolos para compensar el escepticismo patrio.

Guillermo del Toro en cambio es atractivo desde su diseño de imagen y su proyección. La panza, la barba, los lentes redondos, la aparente distracción porque sólo tiene tiempo para imaginar monstruos, mansiones o cataclismos, parecería convertirlo en uno más de sus personajes . Aquí por ejemplo, yo veo un muppet:

guillermo del toro.gif

También es famosa la historia de cómo al no poder decir su nombre, Mana Ashida, su pequeña actriz de Pacific Rim, lo rebautizó Totoro-san, como el personaje emblemático de los Estudios Ghibli.

guillermo-del-totoro

Desde ahí disparó una iconografía kawai que sólo deja indiferentes a los que no tienen corazón.

totoro

Lo interesante es la narrativa alrededor de Guillermo del Toro como una combinación entre lo fantástico, lo patrio y lo aspiracional: no se puede ser como González Iñárritu (demasiado mamón), como Hugo Sánchez (demasiado bocafloja) o Javier Hernández (el Chicharito debe volver a ser importante cada que inicia cada partido) , sí se puede ser como Totoro-san porque con él compartimos las ensoñaciones secretas y absurdas que se transforman en películas dignas de premios y en referentes de nuevas formas de imaginar y transformar la realidad.

De sus muchos personajes (la sordomuda Eliza, la niña de la guerra Ofelia, el Hombre Anfibio, el viejo vampiresco Jesús Gris), el que Guillermo del Toro hace de sí mismo es el más interesante. Y el enganche de la gente va de la mano de la historia que nos contamos de él. No sólo es un “triunfador”, de los que se estilan en las revistas de negocios o en las demagogias políticas. Es un “triunfador” semejante a nuestros monstruos y a nuestras aspiraciones imposibles. La celebración a Guillermo del Toro es la celebración que hacemos de nuestros primeros libros de cuentos, nuestras tardes de imaginar esqueletos bajo la cama, la forma en que intentamos remontar los rechazos en las oficinas apáticas, en los trámites escolares, en los programas de gobierno que nunca nos benefician.

Voy subiendo el post y apenas en unas horas inicia la primera de estas clases magistrales de Guillermo del Toro, que en realidad son ejercicios de consagración y admiración.

Una mirada más crítica revisaría con sorna el evento. Convocaría a los críticos de cine y a los sociólogos, al chovinismo y a los contextos políticos, a la necesidad de sensacionalismo de las redes sociales y a la disección desolada de quiénes pueden y quiénes no pueden hacer cine (y muchos otros proyectos importantes) en este país. Pero como hoy queremos a Del Toro, venga la fiesta; después habrá tiempo para rizar el rizo y entrar en detalles sobre los vértigos y los monstruos.

No persigan sus sueños en las fondas, plis

farolito.JPGTengo un semestre de ir a una misma fonda, ni destacable ni digna de olvido, que tiene la buena costumbre de servir el consomé caliente y los chilaquiles con tortillas puestas al sol y cortadas en tiras, y no esos tostitos de bolsa, como ya se estila en muchos sitios. Lo atendían dos ñoras jamonas de las que se pintan las uñas de rojo y siempre parecen estar de malas, hasta que te atienden con ese pulso seco y amable que tienen las tías y las mámás. Uno sabe que empiezan a quererte cuando te sirven el doble de arroz o cuando te preguntan si no quieres de la salsita que sí pica —y que en efecto tiene una beligerancia importante— y que sólo la comparten con los asiduos. Otro día olvidé la cartera y avergonzado les quise dejar el celular en prenda, mientras iba por el dinero.

—Tráigalo mañana. No nos va a dejar por un día que nos deba.

Entre el arroz, la salsa y la fiada podría parecer que habíamos rozado algo semejante al afecto.

En la caja, un cuarentón introvertido siempre hacía cuentas. Algún día que había mucha gente me pregunté por qué no se levantaba el muy güevón a ayudar a las ñoras. Después entendí esta injusticia como un elemento orgánico: alguien debía hacerse pendejo para que el mecanismo de la fonda funcionara. Como el cajero del Oxxo que te dice que te cobran en la otra caja; intentar cambiar esta costumbre implicaría un movimiento entrópico para el que muy probablemente no estamos preparados.

Y tal cual.

1492578423968k.jpgEn la fonda acaban de aparecer dos muchachas, de estas de pelo lacio y sonrisa agradable. Como no me gusta el chisme no escuché con detalle lo que comentaron las ñoras: que al parecer eran las hijas del güevón de la caja, que él estaba creando la anomalía en otro lugar del planeta pero dejaba a su descendencia para que renovaran la fonda.

La palabra peligrosa fue renovar.

—¿Cómo está? ¡Qué gusto que venga! ¿Con qué va a empezar? —dijo una.

Yo soy Tauro y se me complican los cambios. En realidad varios de estos posts deberían tratarse de eso. También las charlas con el psicoanalista al que no me atrevo a ir.

—Todo está delicioso. Lo supervisamos personalmente y lo hicimos con mucho amor —dijo la otra, igual de agradable; las dos son agradables, tienen el cabello lacio y sonríen como si la fonda fuera un McDonalds.

Al fondo, las ñoras me miraban con muina. Entendí que no debía festejarlas de más. Me porté como un profesional de la indiferencia: crema de calabacitas, arroz y pollo en pipián.

Las muchachas trajeron la crema tibia porque así las sirven los chefs, me explicaron, para preservar su sabor. Añadieron tostones de pan frito porque así se le hace para la consistencia.

El arroz estaba pegado pero era amarillo.

—¿Sintió el azafrán?

Más interesadas en la respuesta estaban las ñoras que las chavitas. Yo no supe… soy tosco para distinguir sabores, tema que también apunto para el psicoanalista. Respondí que sí, que claro, se sentía perfecto el azafrán. Las chicas casi bailan. Ya dije que son agradables: hubiera querido bailar con ellas. Al fondo, las cejas levantadas de las doñas me hizo entender que mejor no.

El pollo en pipián venía con granada.

—Ya sabemos que se ve raro pero queríamos crear un… —la muchacha movió las manos como si quisiera generar un… —muy especial.

La otra renovación fue que casi a cada bocado se acercaban para preguntar si todo estaba bien, si me gustaba, si faltaba algo. Siempre he detestado que te traten así los meseros de cantina, como apurándote a que bebas rápido y más. En una fonda de crema, arroz y pollo con pipián era extrañísimo.

De postre hubo jericallas, que sí fue un “agregado de valor” comparado con los bombones La Rosa de antes. También hubo agregado de valor en el precio: diez pesos más que antes.

—Ya sabe que puede regresar cuando quiera, nos encanta que venga con nosotros, usted no es un cliente, es alguien que nos obliga al esfuerzo de ser cada día mejores —dijo una.

—Estamos persiguiendo nuestro sueño. Empezamos aquí, ya nos verá después.

Ahí entendí que debía corregir la metáfora de sonrisa de McDonalds: las muchachas del pelo lacio en realidad sonreían como en las Ted Talks. De inmediato pude visualizarlas en el auditorio de cortinas negras y pantalla intimidante, los chistes agudos disfrazados de bobos y los micrófonos de diadema para que todos oigan cómo convirtieron la fondita de cremas y chilaquiles  en una nueva forma de conectar con la comida, de crear valor y llegar, en el reino de las fondas, a donde nadie más en el pasado había podido llegar.

Lo dicho: el papá güevón tenía su razón de ser. Empecé a extrañar su anomalía.

Justo después del cambio, al pasar cerca de las ñoras, vi cómo guardaban enormes bolsas de bombones La Rosa en una alacena

—Cuando se les acaben las jericallas las van a necesitar —me explicó una, con sorna, y me aturdió su amarga sabiduría.

No recuerdo en qué parte de este post debía confesar que llevo una quiniela sobre quién se cansará primero de perseguir su sueño, de una larga lista de conocidos que hablan, sonríen e innovan con la candidez del iTriunfo a la Jobs. Supongo que está bien no agregarlo, hay amarguras que no deben exhibirse, en todo caso charlarlas con el psicoanalista que aún no visito.

Lo que sí tengo de pendiente es revisar mi presupuesto, si sigo ayudando a las chavitas a seguir sus sueños o si debo cambiar de fondita. Una donde haya ñoras de mirada hosca y trato amable. De las que no sabes cuándo empezaron a quererte, pero de pronto te sirven mayor ración de arroz.

 

 

Cómo influirá el zodiaco en las elecciones de 2018

shutterstock-nueva-horoscopo-2018-vannucci

No me preocuparía esto porque creo en las ciencias políticas, la sociología, las encuestas Gea-Isa (jo, el desastre de hace seis años con Ciro y sus encuestas Gea-Isa) y el fraude patriótico, esquemático e institucionalizado, que no nos dará al candidato electo, sino al que no nos quedará de otra. Pero en el periódico Reforma apareció la nota sobre el sorteo para saber quiénes serán los funcionarios de casilla en la jornada electoral del 1 de julio. Tendrán el honor quienes hayan nacido los meses de febrero y marzo.

Captura de pantalla 2018-01-31 18.08.35.png

Y pues uno como mexicano ya ve moros con tranchetes por todos lados. Y forzando el músculo periodístico atisbé una indagación importante: nacidos en febrero y marzo, los funcionarios de casilla serán Acuario (del 20 de enero al 19 de febrero), Piscis (del 20 de febrero al 20 de marzo) y Aries (del 21 de marzo al 21 de abril).

Sería extenuante revisar las caracterizaciones de estos signos zodiacales para dar un comentario detallado sobre lo que nos espera. Dejo la tarea a algún analista comprometido, quien seguramente hará un mejor trabajo. Pero para efectos didácticos del post, me quedo con la descripción ya clásica de cómo se cambia un foco según cada signo zodiacal. Aunque esquemático, podría servir de orientación:

aries¿Cuántos Aries se necesitan para cambiar un foco?
Sólo uno, pero se necesitarán muchos focos.

1386957828_znak-zodiaka-vodoley.gif¿Cuántos Acuario se necesitan para cambiar un foco?
Van a aparecer cientos de Acuarios, todos compitiendo para ver quién va a ser el único en traer la luz al mundo.

1386957360_znak-zodiaka-ryby¿Cuántos Piscis se necesitan para cambiar un foco?
¿Qué? ¿A poco se fue la luz?

Desde aquí se puede temer el desgarriate que habrá en las casillas el primero de julio.

Ya veo a la presidente Aries revisando colérica cada credencial de elector y sospechando tranzas en la falta de bigote, exceso de barba, maquillaje excesivo o ojeras pronunciadas en los votantes, mientras el secretario Acuario intenta apaciguarla explicándole que uno somos todos y todos somos uno, y que lo más importante es reconocerse no en cada elector, sino en la identidad superior y diáfana del

ELECTORADO

ante el muy justificado recelo de los representantes de los partidos; la presidente Aries apurando a cada votante, truene de dedos porque cruzar el logo del partido es para ahorita, si ya tuvieron seis meses de publicidad por qué tardan tanto. Y entonces el secretario Acuario recordaría: que en su rol al Sayulita Fest se le aparecieron cual Caballeros Jedi: Heberto, el Doctor Nava y Maquío, y le explicaron que un voto es un voto, y que los votos por votos florecen casilla por casilla. El presidente Aries respondería que se dejara de mamadas porque él ya arruinó tres sábanas informativas en su apuro por tener el conteo completo de los votos; el secretario Acuario iluminaría: “respira, visualiza, contabiliza”.

Ahí el escrutador Piscis les preguntaría si no quieren chamoy.

Tal vez Acuario de presidenta y Aries de secretario funcionaría mejor: presidenta Acuario pediría que funcionarios y representantes se tomen de las manos, lancen su mirada al interior y sientan cómo va emergiendo, desde las brumas, en su forma primigenia, la palabra:

DEMOCRACIA

Mientras, el secretario Aries apuraría porque todavía hay que vaciar urnas, contar votos, firmar actas y llevarlas -qué enredado- al Consejo Electoral. Y mostraría cuchillos, macanas y chacos prestos a enfrentar a los agentes del fraude, dos meses de practicar autodefensa para dirimir irregularidades a magullones y puños, en nuestra casilla las chingaderas no se vuelven a hacer.

Entonces se asomaría Piscis: “¿qué están contando? ¿Neta no quieren chamoy?”

Puede haber un escenario más en el que Piscis sea presidente. Y pregunte:

—¿Dónde está la engrapadora?

—¿Cuáles son las actas?

—¿Si nos trajeron de los fólderes bonitos, los que se doblan así? (y le haría “así”).

—¿Quieren chamoy?

Los Aries desesperados, los Acuarios visionarios, los Piscis (¿también estamos los Piscis?) tendrán en sus manos, en cada una de las casillas, el destino de México.

No es para preocupar, sí para tenerlo en cuenta.

—o—

Por cierto, López Obrador es Escorpión (13 de noviembre) y Meade (27 de febrero) y Anaya (25 de febrero) son Piscis.

Piscis.

¿A poco se fue la luz?

piscis-zodíaco-señal-clipart-vectorial_csp19296856

Pero este análisis lo dejo a opinólogos autorizados como Ricardo Alemán, Leo Zuckermann, Pablo Hiriart, Krauze papá y Krauze bebé, Mizada Mohamed y Carlos Marín.

Ellos tienen mejores herramientas.

Ellos sabrán.

 

Prefiero que le den licencia a los malos conductores

Digamos tres cosas sobre la mujer que fue a sacar una licencia sin saber manejar y la sacó en 15 minutos, sin pruebas psicométricas ni estilísticas ni nada.

Antes, el contexto: en los tamlains mexicanos apareció este tuit:

La gente de tuiters llenó de insultos a Ruth, básicamente porque:

a) se llama Ruth

b) tiene 40 años

c) a su edad no ha aprendido a conducir

d) venció la procrastinación y fue por la licencia de manejo mientras muchos lo tenemos como pendiente hasta la eternidad.

e) tenía ganas de hacer exámenes teóricos y prácticos y le dijeron que ño.

f) sacó la licencia en 15 minutos y hay quienes nos hemos pasado la mañana entera en el trámite.

g) Cree en las cosas increíbles que logran volverse legales. Algo así como Tolkien con Alli McBeall.

Los tuiteros somos gente que tomamos café tibio mientras esperamos que algo o alguien nos salve, mientras no ocurre nos entretenemos con todo aquello que nos haga olvidar que seguimos esperando ser salvados.

En esta ocasión nos pusimos a criticar o defender o cuestionar o relativizar el experimento social de Ruth.

Yo quise poner un par de chistes pero no funcionaron, ahí me di cuenta de la gravedad del asunto.

Según entiendo, el conflicto está alrededor de la facilidad con la que el gobierno de la Ciudad de México expide licencias de conducir, que se la acaban dando a gente irresponsable que conduce como el diablo. El tema es que los conductores argumentaron sobre lo lejos que les queda su trabajo, sobre la urgencia de llevar a sus hijos a la escuela, sobre Miguel Ángel Mancera que quiso ser candidato a presidente y no se le hizo, etc.

Ahora sí, tres opiniones:

  1. Los conductores que no saben conducir son adorables. Manejan con el freno y como pidiendo disculpas por tener un auto. El mayor riesgo es que dejen abolladas -besitos, se dice en el argot- a los autos de adelante y atrás cuando intentan estacionarse, o que se lleven algún cono de seguridad porque no se dieron cuenta que ahí estaba jijiji, o que tarden cuarenta minutos a meterse al flujo del Periférico porque todos van rerápido y ellos preferirían llevarse la vida tranquila. Esa torpeza candorosa los hace confiables a los peatones, porque con sus velocidades bajas y sus vacilaciones hacen fácil que uno salte sobre su auto y supere con relativa facilidad el desafío motorizado.
  2. Nadie maneja peor que los mejores conductores. Los que saben ir de primera a tercera en medio segundo. Los que le dan reversa como acrobacia circense y ostentan vueltas espectaculares en las que a veces -malditos peatones- suelen estorbarlos los malditos peatones. Los que aceleran todavía con luz roja porque les gusta soltar el arrancón en chinguiza, creyendo que quienes los ven dirán: Numa, Tás Bien Cabrón, Mereces Que Todos Los Caminos Sean Tuyos.
  3. Ahondemos en la psicología de los Mejores Conductores. Desde que suben a sus autos son Gladiadores De La Selva De Asfalto y todos los que no manejan tan bien cómo el son sus adversarios. Y los peatones se les figuran como incómodos obstáculos del primer nivel de un videojuego que traen en su cabeza, que no pueden matar porque luego salen caros en el Ministerio Público y además se pierde mucho tiempo. El conductor hábil es el rey de un pequeño imperio, el del interior de su auto, y lo que está fuera es un universo inhóspito al que hay que derrotar.
  4. Lo paradójico es que el Mejor Conductor es el que mejor pasaría las pruebas para sacar una licencia. Saben cuál es el carril de alta velocidad y no sé qué putas hace ese imbécil manejando lento y entorpeciendo todo. Conocen la ambigüedad para hacer legal la doble fila y crear una comunidad de doblefileros esperando a sus hijos salir de la escuela. Encuentran el espacio pequeñito para entrometerse con habilidad pasmosa, y cómo chingados no, los frenazos angustiados de los otros son homenajes ante su fantástica faena de esquives y rebases. El Mejor Conductor es cretino porque le gusta serlo: alguien debe ganar en la batalla vial, y si no lo es él, no tiene caso que existan las vías y las calles.

Mi conflicto con la experiencia antropológica de Ruth Tengo 40 Años es a qué horas fue a hacer el trámite de la licencia, porque la última vez que lo intenté había unas filas tremendas y mejor lo dejé para otra ocasión. Igual, no tengo auto, entonces no urge. Pero sí me dejó pensando que el encono contra ella no fue por la ética vial (“la ética es respetar a quien sabe qué hacer con el volante”, podría sugerir el conductor habilidoso), sino por la rapidez de un trámite que cuando lo he hecho me ha llevado mis tres que cuatro horitas.

Aunque es cierto: tampoco he hecho examen.