Cosmopolis, back to the present

CosmopolisPoster2Compárese la limo donde viaja Erick Packer (Robert Pattinson) rumbo a su corte de pelo con el DeLorean donde Marty McFly (Michael J. Fox) viaja al pasado y al futuro para arreglar los desastres de su familia y su pueblito. Pero el Back to the Future ochentero acá se vuelve un Back to the Hiperpresent simultáneo y fragmentado. Menos frenética que otras odas contemporáneas de lo contemporáneo (el loop budista de Spring Breakers, la libérrima narrativa de videojuego de Scott Pilgrim vs. The World), Cosmopolis (Cronenberg, 12) tiene su origen en ese objeto arcaico de entretenimiento llamado novela  (el estreno de Don de Lillo en las adaptaciones cinematográficas) y por eso permite el discurso que las otras pelis obvian, tan apresuradas en procurar el asombro de la videolización. Cosmopolis encierra en su limusina al hermano pequeño de Patrick Bateman (American psycho, available at ebook y .avi), menos salvaje y frío, más pragmático y abstraído, menos eficiente porque en un solo día se le destruye la vida que había diseñado, aunque entre mucha charla filosófica que sirven para deconstruir su estereotipo: el del producto más acabado del capitalismo despiadado o eficiente, según desde qué nivel salarial se le mire. Stendhal inventó eso de la novela como el espejo a lo largo del camino; De Lillo cambia al espejo por vidrios polarizados y Cronenberg agrega esas gráficas de neón que tan bien sabe usar Robert Stark Downey Jr. en su asfixiante carcaza pop de Iron Man, pero angustian al vampirismo light de Packer-Pattinson y más cuando la hipercomunicación impide una forma efectiva de comunicarse (algo tan arcaico como una simple charla). Los vidrios polarizados a lo largo del camino enfrentan a Packer con la prostituta Didi (Juliette Binoche), Elise (Sarah Gadon), la esposa frígida de tanta cultura literaria, o su directora de riesgos Vija Kinsky (Samantha Morton); aparecen frases (dicen) textuales de la novela: ideas nihilistas del capitalismo cibernético como forma ideal de devastación o deterioro del ser humano (ese otro arcaísmo), las discusiones neoliberales o altermundistas se sintetizan en la paranoica noción del presente: vivir en un bit de estímulos -una luz láser al corazón para asesinar, el nombre de una chica para quitar el seguro de una pistola ultraeficiente, programas de TV que exhiben el gore del navajazo a un ojo, tijeras nerviosas de peluquero anciano con reminiscencias madmens– que realizan lo que Vija describe como el defecto de la racionalidad humana: que finge no ver el horror y la muerte que se aguarda en la culminación de los planes que se idean. Pero mayor catástrofe cuando el ciberyuppie venido a menos enfrenta el resentimiento del oficinista con conocimiento pero sin poder: diálogo tenso entre un Paul Giamatti muy Harvey Peaker en mood terrorista contra un Eddie Cullen harto y obligado a la autocrítica para alcanzar la mortalidad. La película frenética se decanta al estatismo, la simultaneidad esquizofrénica alcanza la sobriedad del diálogo cuasi teatral -pistola en mano- para referirse a la muerte, a la perfección de las ideas y al desequilibrio de la naturaleza -Packer y su próstata asimétrica- sin solución cabal: por eso el final abierto, por eso la violencia en suspenso: todavía no es posible dar veredicto contra la devastación cibercapitalista porque sigue siendo una fiesta para represores, activistas y demás fauna que se mueve en el estímulo del presente perpetuo y el viaje con destino circular.

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