Archivos Mensuales: agosto 2013

Antes del anochecer —- y pinche Linklater, Jesse y Celine son compas.

And time will have its fancy, Tomorrow or today
Dylan Thomas

before-midnight-ethan-hawke-julie-delpyHacía tiempo que una película no me regresaba cabizbajo a casa. No digo con la repulsión que raya en la caricatura por los tremendismos a la Von Triers, o con la frialdad sobrecogedora que logra Haneke; mi tristeza tendía a la preocupación y a los cigarros reflexivos. Ocurre que Jesse y Céline, carajo, Jesse y Céline, más que ratones de laboratorio para las tesis del Dogma, más que criaturas proclives a la tortura austriaca; son banda, compas, amigos, buenos amigos, de esos que uno conoció hará unas dos décadas, cuando los encarnaron Ethan Hawke y Julie Deply en ese experimento indie de Richard Linklater, Before Sunrise, hacia 1995, en los días abismales del grunge. Llegaron y nos contaron una historia extraordinaria: iban en el tren, ella venía de ver a su abuela, a él lo había terminado una novia que andaba de turismo académico en España (¿dónde más?), y así era el grunge y la época anterior al coachsurfing, la gente se conocía en los caminos, como viajeros medievales, que en hostales y terminales hablaban con otras personas y al contarse iban teniendo noción del mundo.

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A Jesse y Celine les gustó mirarse a los ojos y comprenderse mañosamente, se hicieron esas confesiones compasivas que tenían los jóvenes equis de los noventa y así llegaron a Viena, y a Jesse se le ocurrió una idea piradísima -no me acuerdo si así se decía en esos tiempos-, una idea que Celine no propuso pero también pensó. Y era bajarse del tren, vagabundear por la ciudad, apelar a la generosidad del desconocido, enunciarse ambos con autenticidad y exceso porque debían separarse al otro día y en tan poco tiempo se valen las arrogancias, las opiniones definitivas y las historias, las muchas historias que determinan quiénes son los extraños que bajaron del tren. Como un Decamerón del mochilazo grungero (un recurso semejante usa Douglas Coupland en su novela Generación X), Jesse platicó de cómo veía a su abuela muerta y le hacía un arcoiris con una manguera; Celine confesó del nadador del campamento que se había afeitado el cuerpo y la ponía caliente; él reveló las barbajanadas que hizo con un amigo, cuando le negaron un dólar a un pordiosero porque dijo creer en Dios; ella contó cómo aterró a su terapeuta cuando escribió todas las formas en que quería asesinar a su exnovio. Jesse le recitó a Celine un poema de Dylan Thomas -And time will have its fancy, Tomorrow or today- y se tomaron fotos mutuas mirándose en silencio, sin saber que acaso se casaron como lo hacen los cuáqueros; prometieron verse en seis meses y el final de la película fueron los sitios vacíos donde deambuló la metacharla y la patafísica veinteañera.

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La  historia debió haber quedado ahí, en la ambigüedad del posible reencuentro y en la aventura de la noche extraña que Jesse y Celine le contaron a sus amigos desde sus teléfonos hipotéticos. Pero la trilogía es pertinente cuando toda ella cifra su andamiaje argumental en este extrañamiento de la primera jornada que Jesse y Celine viven a sus veintitantos. En las siguientes dos entregas -incluso en alguna tercera, si la hubiera-  Jesse y Celine siguen a bordo del tren: en esa burbuja en el tiempo, delimitada por los aviones o trenes que se deben tomar, que obligan a  extremar la franqueza y mostrarse al otro como no lo harían de manera cotidiana. El extrañamiento -sacar a los personajes de su contexto habitual para que destaquen sus rasgos esenciales: Jesse y Celine siempre se miran como si fuera la primera vez– es lo que permea las películas posteriores. En Before Sunset (04)  Jesse va a París a presentar la novela que escribió de la anterior historia, cuando se encuentra con Celine apenas tiene un par de horas para platicar porque debe tomar su avión, y la limitante temporal justifica el tour de force para el paseo conversado, con mejor factura técnica para contar el escepticismo, actores más depurados en los abrazos que no se dan y las risas nerviosas que no dicen lo que dicen, y quienes seguimos su historia queremos que apuren la abrazadera y el besuqueo y qué desesperantes las confesiones pudorosas porque debe costar trabajo sincerar que parte del corazón sigue viajando desde Europa del Este hacia París; el desencanto trastabilla con el coqueteo, la imposibilidad del romance opera como peripecia que atiza su consumación, el final abierto sugiere la interpretación poética: quién sabe si sinceraron las ganas sexuales, pero hicieron lo obligado: evidenciar el amor correspondido y el paseo en Viena como parte central de sus historias.

¿Hacía falta la nueva entrega, Before Midnight, dieciocho años después del viaje en tren, nueve después de que Jesse aceptó el té en el departamento de Céline?  El formato de las anteriores películas se rompe: si antes están casi el total de las cintas solos, aquí deben compartir metacharlas con el hijo de Jesse, las gemelas hijas de ambos y el grupo bohemio de amigos con quienes pasan el verano en el Peloponeso. Si la primera película tiene su interés en el regodeo del ligue, si la segunda apuesta a develar la importancia del viaje a Viena en la vida posterior de los personajes, acá el asunto tiene más de disección psicológica que de intriga amorosa: revisar si la relación madura supo trascender lo cotidiano y mantenerse a pesar de los hijos, las obligaciones, el deterioro común de las parejas. Y esto hace que la película pierda en suspenso lo que gana en amargura. Porque son Jesse y Céline, carajo, Jesse y Céline: los charladores autosuficientes de Viena, los escépticos medrosos de París, y ahora cuesta verlos erosionados, Céline lanzando pullas resentidas y Jesse aguantando vara con el desdén de quien ha domado el hartazgo con paciencia, ambos en el esfuerzo de estar juntos, soportando estoicos las evidencias del fastidio, con un sentido del humor que perdió frescura y ganó densidad, como si Linklater hubiera derivado el tópico amoroso en radiografía del desencanto. Porque entonces se encierran en el hotel, empiezan a lavar la ropa sucia, y cuánta tristeza hay en las recriminaciones puntuales, los rencores postergados, la acidez para corroer la identidad del de enfrente, del que veían, uno al otro, jóvenes y fantásticos en el tren. Pareciera que en la charla del hotel estallan los reproches que los jóvenes Jesse y Céline contuvieron por coquetería en Viena, y por miedo del reencuentro tan deseado en París. Y junto a la discusión, acaso más triste, la confesión de los miedos, la soledad, lo dicho a medias; lo que se guardan las parejas por buena voluntad hasta que les intoxica el cuerpo. Desde ahí vale esta actualización, que completa con tristeza lo que faltaba del rompecabezas: la triste dosis de realidad, la constatación de que los personajes de la comedia amorosa no podían sobrevivir al esquema del flirteo y requerían de pesimismo y encontronazos para llegar a su plenitud como entes de ficción.

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Linklater no puede traicionar el impulso de su saga, y cuando la historia amenaza por desbarrancarse en el desencuentro revira en un juego de imaginación -una carta de Céline en una máquina del tiempo- que termina siendo congruente con el total de las películas: finalmente, si la pareja surge, si insiste en mantenerse, si puede sobrevivir a la crisis, es porque está fundada en la imaginación: la de los extraños del tren que se cuentan historias y se enamoran por el regodeo de sus charlas excesivas. Las historias de los veinteañeros, las novelas y las canciones de los treintañeros, salvan, por lo menos hasta donde los poco más de cien minutos de película lo permite, la apatía de los cuarentones. Pero ahora la fantasía no es ensoñadora como en Viena, ni siquiera alcahueta como en París: es tabla de salvación, requisito obligado para remontar y volver a hacer posible a la pareja. Acaso, la esperanza está en el continuo espacio-tiempo del que se burla Céline: a pesar de los años, los personajes de Linklater siguen sentados, sonrientes e intrigados en un vagón de tren.

No sé si me dé el alma para una cuarta entrega, con Jesse y Céline cincuentones, alguno de ellos quizá enfermo, hijos adolescentes y otra ciudad europea, o un sorpresivo escenario estadounidense.  Esta tercera fue suficiente para regresar cabizbajo a casa. Correr a buscar en online -malditos doblajes gachupas- ese rostro de Boticelli de Julie Deply joven, esa cara de gandul bien intencionado de Ethan Hawke, “tan hermosos que habría que desfigurarlos”, decía la vampírica Frida de El pasado de Alan Pauls.

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