La decisión de ser Walter White

walter_white_breaking_bad_by_andresarte-d5r433i (1)Quien quiera buscarle la raíz cuadrada a Breaking Bad podría revisar el quinto episodio de la primera temporada, “Gray Matter”, que aun lento y poco espectacular -ni asesinatos ni amenazas, roza lo lacrimógeno y se distancia de la fiesta metanfetamínica- propone la dualidad que estará en tensión en lo que sigue de la serie.

En los episodios anteriores ha ocurrido una aventura corta, casi un cuento, redondo y cerrado en sí mismo: el primer intento del maestro de química enfermo de cáncer, Walter White, por fabricar un modesto lote de metanfetamina, apoyado por su ex alumno Jesse Pikman. El cuento podría semejar la primera salida del Quijote, contiene los elementos básicos de una aventura elemental: el diagnóstico de la enfermedad dispara la acción, pues obliga a White a pensar en cómo crear un patrimonio para su familia; aparece Jesse, el escudero white trash, en calzoncillos, escapando de una amante y una redada; adquieren los espacios -el desierto y una vagoneta- para iniciar la aventura; un par de enemigos -Emilio y Krazy 8- pondrán a prueba sus temples; la solución se va complicando mientras no se sabe qué hacer con un cadáver y un prisionero; con el asesinato de Krazy 8 -más perturbador: con la demostración de que el torpe White es capaz de asesinar- cierra la aventura y Walter y Jessie podrían prometerse no volver a jugar a los malos.

Y entonces viene el capítulo cinco:  Jesse Pinkman (única vez que lo veremos cuco de traje) hace solicitud en un banco para ser agente de ventas. El empleador le pide dos años de experiencia; mientras, le propone una ridícula chamba de botarga. En paralelo, Walter y su esposa, ambos en ridículos trajes de gala azules, asisten a la fiesta de Elliott Schwartz, antiguo compañero de escuela de Walter y ahora dueño de una importante compañía de químicos, que inició con un invento de Walter que después él patentó. La fiesta es un ejercicio de humillación para Walter: lo presentan entre colegas y debe inflar titubeante la experiencia de ser un modesto profesor de preparatoria; su regalo de cumpleaños es el más pequeño y barato; entra a la biblioteca de Elliott y mira con admiración y envidia los libros, la calidad de los estantes, los artículos enmarcados sobre una empresa que debió ser suya; más adelante Elliott lo invita a integrarse a la compañía con un claro gesto compasivo ante su enfermedad.

descargaPero más humillante todavía es la intervención que organiza su esposa Skyler para confrontarlo: ahí está el concuño Hank que se burla de él porque no sabe tomar un arma, ahí está la insoportable cuñada  Marie con sus neurosis a cuestas; y Walter Jr., tan incapacitado física y mentalmente como en un marco moral que le ha enseñado a ser políticamente ingenuo y correcto, y Skyler y su ridículo cojín para ceder la palabra, como seguramente lo vio en una página de internet que ayuda a resolver conflictos familiares. Walter, desde su sillón solitario, mira el simulacro de las buenas intenciones, le parece un teatro aburrido y predecible: sabe que Hank dirá estupideces, que su hijo recitará los lamentos de quien se siente potencialmente huérfano, que Skyler querrá manipular la intervención para conseguir sus objetivos -meter a Walter a quimioterapia y dejarse tratar como desahuciado- y mientras los escucha con paciencia sabe que afuera hay otro mundo que ya ha probado, un mundo donde los riesgos obligan a respirar rápido y a pensar con más velocidad, donde la química deja de ser fórmulas frías garrapateadas con desgano en un pizarrón; que deshacerse de cadáveres o mostrar aplomo frente a los enemigos obliga a tener el cuerpo ágil y la mirada fina; Walter White no necesita libros de caballería para ser (de nuevo) como el Quijote: mientras el viejo hidalgo bosteza ante los cuidados sensatos del barbero, el cura y su sobrina, así también el maestro de química se desespera ante su familia, un grupo de personas lejanas a él que solamente piensan en cómo verlo bien-morir.

Heisenberg-e1379183076860Ahí se deciden los siguientes dos años de su vida, y también la trama que nos tendrá enganchados a la tela durante los siguientes cinco años. Walter busca de nuevo a Jesse, éste apenas contiene la sonrisa de que regresó su compinche de aventuras. Trato distante de los que ya son cercanos pero de nuevo se abre el juego: hay que cocinar metanfetamina, no para crear el patrimonio de los hijos, tampoco para paliar la agresiva enfermedad: hay que cocinar porque Jesse Pinkman admira a Walt mientras lo ve manipular matraces y sustancias, porque quienes han comprado la droga saben que es la mejor en el mercado y consideran a White un maestro. Walter White fabrica meta como los músicos tararean sinfonías, como los dibujantes bocetean desnudos o los escritores borronean la primera versión de una novela. De acuerdo, Walter White es un delincuente y lo será más cuando aparezca el alter-ego Heisenberg, y será inclemente cuando mate por error, por omisión, por necesidad genuina; pero Walter White hace sobre todo arte, equilibra sustancias y ebulliciones, negocios millonarios y complicidades inestables; planea sus tratos, su defensa, sus ataques, como si resolviera una fórmula química que transformará su materia moral y vital: la química, la ciencia de los cambios, dicta clases en alguno de los primeros capítulos: Walter White es su propio experimento y ante cada nueva infamia suele haber una escena donde parece auscultarse: Walter White se recrea y se contempla, se abisma y se revisa, precipita la desgracias de los otros y analiza su nivel alcalino o de acidez.

Más que la puesta melodramática, que las adivinanzas en los reveses de la trama, Breaking Bad persuade porque permite atestiguar la transformación de este hombre y cómo se contempla transformándose, ahí está la fascinación morbosa, a ratos temibles, en la que caemos los espectadores: Walter White representa nuestra mediocridad y nuestro deseo de transformarnos, pero más perturbador, en códigos amorales que confrontan instituciones intocables como la ley, la amistad, incluso la familia, pretexto para la aventura de Walter. Y por eso entusiasma tanto esa charla final de Walter, ahora decrépito, barba poblada, flaco de enfermedades, con su esposa Skyler que también está anímicamente destruida: y es una declaración tan simple como insolente por lo liberadora: todo, y al decir todo se habla de las drogas, las ventas ilícitas, los robos, los asesinatos, todo lo hizo por él. Porque se descubrió valioso siendo delincuente. Porque lo hacía sentir vivo.

Entre el Walter White que participó de una charla que se regodeaba en su desahucio, al Walter White que se sabe al borde de una muerte planeada bajo sus breaking_bad_walter_whitepropios término, hay más de nueve millones de dólares, kilos de metanfetamina azul consumida por tristes adictos, amistades traicionadas, asesinatos espantosos, un avión que se incendia en pleno vuelo y un niño disuelto en químicos, autos vueltos hoguera, un cuñado fantoche que aprendió a respetarlo, una familia destruida y varios laboratorios que, tras haber sido espacios creativos, quedaron vacíos, desolados, testimonios de otros tiempos de aventura. ¿Todo esto vale la pena para afirmar el ser de un solo hombre? Walter muerto parece tener una sonrisa. Qué importa el resto del mundo. Logró vivir en sus propios términos y eso bien vale desangrar mientras llegan los captores.

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