La trilogía Sandler-Barrymore

official-new-poster-for-blended-starring-adam-sandler-and-drew-barrymoreLes veía las arrugas y los enjamonamientos a Adam Sandler y Drew Barrymore en su última película, Fin de semana en familia (Coraci, 14) y pensaba qué otra pareja de actores me habían impresionado con esta monserga del paso del tiempo. Pronto di con ellos, eran Ethan Hawke y Julie Delpy, los protagonistas de la Trilogía Linklater Antes del amanecer (95), Antes del atardecer (04) y la reciente Antes del anochecer (13). De inmediato vino la ensoñación que ya se sabe, los románticos parloteadores de Jesse y Celine que en larguísimos planos-secuencia disertan sobre el amor, la identidad, las parejas malhalladas y las expectativas que no suelen parecerse a la realidad; miré con piedad a Sandler y Barrymore, él con sus mismas playeras de outlet periférico, ella que nunca dejará de ser la niña que le regala sus girasoles a E.T., ambos tan lejos de la avanzada cinematográfica, tan hechos del pueblo para el pueblo, o en términos más específicos: para la gringada obesa y chancletuda promedio.

Así como Jesse y Celine han repetido en tres ocasiones para la pantalla grande, Adam y Drew han coincidido en tres comedias románticas, no siempre los mismos personajes pero sí con características constantes y en escalada, según los actores treintañean y cuarentean. En El cantante de bodas (Coraci, 98) Robbie es el compositor que hizo a un lado el sueño de rockstar para refugiarse en un grupo versátil de bodas mientras Julia meserea en las mismas fiestas. Años después, en Como si fuera la primera vez (Segal, 04), él es Henry Roth, veterinario de unos elefantes marinos que actúan mejor que él, y ella hace a Lucy Whitmore, que padece de una amnesia a corto plazo y obliga a su padre y su hermano a repetir el mismo domingo de siempre, como si se tratara de un Día de la marmota (Ramis, 93) en hawaiano. En la tercera película, Jim viudo y Lauren divorciada, ambos escépticos de las citas y las segundas parejas, abrumados con hijos que para efectos de la comedia tienen fijaciones de carácter que rayan en lo friqui, se ven forzados a compartir vacaciones en Sudáfrica, esa tierra soñada para gags de safaris y exotismo tipo United Colors of Benetton.

Jesse y Celine son la fantasía del lifestyle a la europea: sus metacharla funcionan porque ocurren entre idílicos callejones vienenses, cafés clichés de lo parisino o ciudades primitivas griegas. El escritor y la ambientalista parecen dictar cátedra sobre la pertinencia o la imposiblidad de La Pareja, con la autoridad que les da saberse ciudadanos del mundo. Su cosmopolitismo ayuda a que sus frases se conviertan en edictos universales; diálogos equivalentes a la Gran Sinfonía de la Unión Europea que deja inconclusa Patrice de Courcy, el marido muerto de Julie, la protagonista del Azul de Kieslowsky.

2013TheweddingsingerNewLineCInema130313¿Qué pueden ofrecer, en cambio, el cantante de bodas, la amnésica cotidiana, los padres solteros que se van de turismo a Sudáfrica con todos los hijos que les prestó Steve Martin de Parenthood? Contra los avezados viajeros que son Jesse y Celine, los personajes de Sandler y Barrymore nunca parecen salir de sus pequeñas comunidades: el pueblito de Ridgefiel en El cantante de bodas; las villas rupestres de un Hawai apenas turístico en Como si fuera la primera vez, y en la tercera, una ciudad gringa impersonal (que IMDB chismea que se trata de Buford, Georgia) antes del viaje sudafricano, aunque ahí no nos engañemos, Jim y Lauren son turistas, se les encierra -como se debe hacer con los turistas- en un all-inclusive que encapsula a todos los personajes en el mismo pueblo de donde proceden.

adam-sandler-y-drew-barrymore-juntos-en-una-pelicula_121110.jpg_27588.670x503Adam Sandler y Drew Barrymore encarnan  a los gringos promedios, los que no miran mucho más allá de la nueva promoción que ofrece su mall cercano. De ahí que su interpretación del romance carezca de las elucubraciones de los otros. Acá se debe aceptar, las películas de Linklater pretenden búsquedas más ambiciosas en su argumento y en la forma cinematográfica, mientras que Coraci y Segal, artesanos eficientes, no tienen más objetivo que crear comedias románticas efectivas para explotar el encanto -o como quiera que se le diga- del cómico fetiche, Adam Sandler, aquí acompañado por una de sus mejores parejas fílmicas.

En esta simpleza de motivos se encuentra el encanto de estas tres comedias. Si las frases de Jesse y Celine son para el posgrado de filosofía de café, las de Adam y Drew configuran una educación sentimental básica pero paradójicamente, funcional: quien te quiere te cede la ventanilla del avión para que veas el paisaje (En El cantante de bodas); las parejas siempre deberían besarse Como si fuera la primera vez; quédate con quien le cante Over The Rainbow a tus hijas para que duerman. Billy Idol, los Beach Boys y The Mowglys como filosofía de vida, donde los otros necesitan de Dylan Thomas. Los bares, cafés y restaurantes de Jesse y Celine son los espacios románticos donde nos gustaría soltar las grandes frases románticas; las discotecas, los hoteles todo incluido y el merendero de palma, son los espacios donde realmente se crean las parejas, con frases remendadas que aprendimos del pop, ante la imposibilidad de crear nuestras propias frases (como si hacen Jesse y Celine).

Pero sean desde su lucidez agridulce, o desde su chabacanería ansiosa, Jesse y Celine, Adam y Drew, son capaces de reconocerse, atisbar su juventud o madurez en marcha, demandarse la compañía que hace posibles sus historias. ¿Cómo sería una cena de parejas donde coincidieran los cuatro? Unos considerarían a los otros simplones, los otros a los unos, pedantes. Las dos parejas saldrían de la cena satisfechos de lo autónomo de sus universos. Unos crearían máquinas del tiempo para regresar al tren que contenía todas las expectativas. Los otros cantarían con un ukelele, torpes, desafinados, contentos porque están juntos y porque no tienen la necesidad de preguntarse demasiadas cosas.

 

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