Pordiosero

vagabundo

Una tarde malogré un ligue que habría sido extraordinario cuando le dije a la muchacha -ojos miel vivaces, el pelo pesado caía en bucles sobre sus hombros, torso elegante de gimnasta que se ejercita dos veces a la semana- cuando le dije que dentro de mí existía un pordiosero.

Capaz y lo habría arruinado menos si hubiera dicho homeless o flâneur, el dialecto en extranja siempre agrega romanticismo o fascinación, pero maldita la honestidad en castizo y más maldita la imaginería de la decadencia que con tanto esmero me puse a describir: le expliqué que bueno o malo, no me ha salido muy bien el vicio del alcohol constante y en exceso, tampoco he sido muy bueno para las drogas -excepción del cigarro, detallé, pero ella también le daba compulsivamente a sus benson & hedges mentolados y ahí ni cómo criticar adicciones ajenas-, ni le hago a las apuestas o los caballos -que además se necesita dinero y pos nomás no-; en cambio, le exponía, puedo tener una habilidad superlativa para quedarme viendo el techo o la pared durante largas horas, mientras siento cómo me crece el pelo, las uñas de las manos y los pies y la más bien ralita barba; podría durar en ese ejercicio durante días, semanas, meses y años, podrían cambiar las modas, los retos globales, podría morir la gente que odio y amo y mantenerme imperturbable, los ojos fijos y apenas sin parpadeo, una especie de time lapse con punchis europeo en el que cambian las estaciones, ¡como en las películas!, intentaba animarla: primero el sol a tope, después la lluvia pertinaz, la caída de las hojas y yo como esfinge sin enigmas, absorto en un pasmo atemporal.

Y mientras ocurriera este desperdicio de vida, le contaba a mi malogrado ligue, se anquilosarían mis dos pensamientos, me echarían de mi depto y de cualquier sitio con adornos distinguidos, hasta quedar en un callejón sucio con tres excentricidades de mis tiempos productivos. Que por supuesto, serían lo menos productivo del mundo: un Almanaque Mundial de 1988 por aquello de la nostalgia, algún pato lucas despintado que le robaría a otro pordiosero (ya le tengo echado el ojo a uno que merodea por el Walmart de Universidad) y un cuaderno de cuadrícula chica para hacer apuntes de ese tipo de sabiduría incontrovertible que luego se nos da como por epifanía a los menesterosos.

Obvio que para entonces el ligue, más afecta a los Hombres Entrepeneur Con Toda La Actitud, no veía la hora -eterna hora- de deshacerse de mí. Me habló de la superación personal, supongo que supuso que necesitaría un abrazo pero debí haberle dado asquito, me contó de una empresa que quería poner con su hermano, como para darme el ejemplo de cómo es la gente que hace cosas, o para conjurar mi tufo a inercia con el olor de los pisos de madera y los ladrillos frescos de su tienda de vinos. Todavía se me ocurrió que ahí podrían emplearme en limpiar estantes y tomarme los culitos de las catas emprendedoras, pero ella ya debía estar pensando en otra cosa, en por qué no le hizo caso al geek que le mandó animaciones con corazones y frases de amor con falta de ortografía, o en las fotos de sus siguientes alimentos que subiría a Instagram.

La despedida fue desangelada y sin entusiasmo: todavía intenté recitarle algo del Tarumba de Sabines que validaba mis argumentos -y no recordé bien pero decía algo así como que sólo le quedaban ganas de mirar y mirar- pero se me entorpeció el verso al contar las monedas de diez pesos con las que pagué los cafés. Regresé a casa mirando a quienes salían de las oficinas, los estudiantes con proyectos amenazados, los automovilistas frenéticos por llegar a donde tanto les urgía, las personas preocupadas por el final de mes y la falta de plata. Todos se relajarían más, se me ocurría, si sus trajes se volvieran jirones, sus autos chatarras, sus presentaciones a los clientes en cartones que los abrigaran en alguna esquina pródiga de gente. En el fondo de todas las personas están los pordioseros, me consolé.  Y lo que hacemos -el progreso personal, las pantallas planas, las juntas necias en los corporativos, los libros con citas al pie y las películas sin mensajes obvios- es para evitar serlo. Todavía me asomé a las fotos del facebook de la muchacha para lamentarme de cómo malogré el ligue. Fotos de cumpleaños, una tarde en la playa, su graduación tan festiva, el exnovio que le regaló una moleskine. De paso busqué el poema de Sabines que quise recitarle:

¿Qué puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?

Me quedé pensando que ahora el chisme era al contrario. Time lapse con el sol a tope, después la lluvia pertinaz, la caída de las hojas y yo como esfinge sin enigmas, absorto en un pasmo atemporal.

 

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2 pensamientos en “Pordiosero

  1. Que cosa hermosa te salió.

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