13 razones para que Hannah Baker me haga un casete

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Esto va contra mí, Hannah Baker:

Este casete es para la corrección política. Lo que no me gustó de 13 Reasons Why antes de saber si me gustó 13 Reasons Why: su promoción desde la corrección política. Esta conscientización/sensibilización sobre el acoso escolar, la depresión, el género y el suicidio, hace de cualquier crítica de la serie un alegato insensible, misógino o cínico contra la suerte de Hannah Baker, nuevo emblema de montón de personas que han sufrido de violencia escolar, o que han intentado -o logrado- quitarse la vida, ante la imposibilidad de resolver sus conflictos. De ahí que la serie se haya vuelto en un producto que a los redsocialeros bien portados les gusta calificar como Necesaria y más que Necesaria, Impostergable, y más que Impostergable, Urgente, y más que Urgente, Necesaria. La perspectiva tiene su razón de ser: su formato consigue una interacción equiparable a ver documentales ecologistas, antropológicos, a favor o en contra de causas que entrañan dilemas morales.

Este casete es para el formato de la serie. 13 Reasons Why parte del chantaje emocional. La adolescente suicida Hannah Baker graba trece casetes donde responsabiliza a sus compañeros de prepa de su suicidio y cuela una pregunta intimidante: ¿Qué hicieron para que ella tomara su decisión? La pregunta traspasa el monitor de la computadora: ¿qué hicimos, qué dejamos de hacer los espectadores para que esto ocurriera? Y va cada quien con su examen de conciencia: los apodos que pusimos, nuestras indiferencias, patanerías, deshonestidades o alardes hirientes. Quien esté libre de pecado que cierre su cuenta de Netflix. 13 Reasons Why engancha desde esta culpa y este morbo. Es como hincarse ante el confesionario o ante el artículo feminista regañón. Según se asienta el duelo por el suicidio de Hannah y los personajes adquieren sus matices promedios, se logra descifrar el carácter verdadero de la serie:

Este casete habla del ritual del sacrificio como tema narrativo. Lo que cuenta 13 Reasons está en varios relatos gringos. Seguro también está en muchas literaturas del mundo (al vuelo pienso en la Biblia y Dostoievsky), pero por alguna razón en Estados Unidos se agrega un acento vernáculo que debe venir del protestantismo, los Padres Fundadores o los guajolotes perdonados el Día de Gracia: un personaje linchado/sacrificado que, desde la culpa colectiva, funda o da sentido a una comunidad. El ejemplo inmediato es el estigma, juicio y castigo de Hester Pryne en La letra escarlata de Hawthorne, y agrego una colección:

Este casete es para Stephen Crane. Su cuento “El hotel azul”, en el que un extranjero provoca las sospechas de un pueblo, que no recupera su armonía hasta culparlo de hacer trampa en el póquer y ejecutarlo;

Este casete es para Dean Moriarty. El “idiota sagrado” de Jack Kerouac en En el camino: cuando Dean Moriarty, borracho, drogado, derrotado, enfrenta el juicio informal de sus compañeros de ruta, quienes lo ven como el causante de los excesos del grupo (cita condensada por el espíritu beat): “todos seguían sentados en círculo mirando a Dean con cara de muy pocos amigos, y él seguía encima de la alfombra, en medio de todos ellos y se reía… sólo se reía. Bailó un poco. Su vendaje cada vez estaba más sucio y empezaba a deshacerse. De repente comprendí que Dean, en virtud de su enorme serie de pecados, se estaba convirtiendo en el Idiota, el Imbécil, el Santo del grupo. (…) Eso era Dean: el IDIOTA SAGRADO. (…)  Era BEAT: estaba vencido, era la raíz y el alma de lo beatífico también”;

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Este casete es para ti, Clint Eastwood.  Y el ejemplo perturbador de Río Místico (Eastwood, 2003): A Dave, escuincle de ocho o nueve años, lo secuestra un poli frente a sus amigos Jimmy y Sea; ellos son incapaces de defenderlo y sienten culpa. Cuando se rescata a Dave y saben que fue violado y humillado, la culpa crece y se mantiene hasta la vida adulta de los tres. Entonces, un crimen en el barrio permite responsabilizar a Dave: sus antiguos amigos Jimmy y Sea deben estigmatizarlo y sacrificarlo para aliviar el remordimiento que los agobia desde la infancia.

Éste es tu casete, David Lynch. La serie Twin Peaks (1990-1991) se construye desde la pregunta: ¿Quién mató a Laura Palmer?; esta chica guarda secretos que conciernen a muchos de los habitantes del pueblo maderero. Su asesinato obliga a alianzas, intrigas y medias verdades para simular una explicación atroz. El formato de Twin Peaks es detectivesco y su solución llega hasta el siniestro del Lynch ochentero (el de la perturbadora Blue Velvet): tras la armonía de una comunidad se esconden dedos u orejas cercenados, las muestras de gentileza contienen personajes perversos, retratos hiperrealistas de una sociedad que está viviendo la cruda de la francachela ochentera.

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Un casete para el mundo de Hannah Baker. ¿Cómo se mueve 13 Reasons Why en esta colección? Aunque pertrechado de sentido de comunidad (al lado de la corrección política —ofrendas, homenajes, charlas— que rodea al suicidio de Hannah, las suspicacias en Twin Peaks parecen de cavernícolas), el lugar donde vive Hannah Baker no difiere mucho del pueblo maderero de Lynch. Sus habitantes se vigilan prudentes. Los estudiantes monologan: el atleta concentrado en su buen rendimiento; la organizadora de actividades mesura opiniones porque ya proyecta su reputación política; el fotógrafo se engolosina en su vouyerismo; al intelectual no le interesa descender de su torre reflexiva. Y los adultos: padres, maestros o consejeros, recitan sin gran convicción discursos calcados de las frases asertivas de Steve Jobs. Los tratos son cínicos desde la irreverencia, las manifestaciones afectivas se contienen porque evidencian fragilidad, o porque no es obligado, ni aconsejable, exhibir calidez. Desde esta asepsia, la degradación de Hannah apenas puede reconocerse. ¿Hizo falta su suicidio para descolocar a la comunidad de Liberty High School y darles una oportunidad para la compasión?

Un casete por el trabajo argumental chafa. 13 Reasons Why es irregular y exhibe muy fácil su carpintería: primeros dos capítulos apantallantes, en tanto proponen la dinámica narrativa (los casetes incriminadores), el tono y los personajes; los siguientes episodios con momentos meritorios pero afectados: la necesidad de enfatizar la tragedia de Hannah hace exagerados muchos conflictos, y ahí viene la trampa moral: la serie guisa un potaje tan rico para discusiones de género y juventudes, que parecen perdonar sus torpezas. Y los últimos tres capítulos, cuando se condensan las causas que llevan a Hannah al suicidio, la serie vuelve a crecer y recupera el estatus que promete su publicidad. No evita giros efectistas, como el enfrentamiento final del protagonista Clay Jensen y el villano, o las  moralejas del mismo Jensen, cuando con el consejero escolar propone un mundo distinto a aquél que mató a Hannah Baker. Pero por estas escenas chocantes, me quedo con algunos buenos momentos: sin pecar de spoiler, marco la reunión de los estudiantes en el café Monet para discutir qué harán con las denuncias de Hannah, reelaboración gélida de las charlas happy teen de The Breakfast Club (Hughes, 85), o la tensa charla entre Hannah y el consejero, ella ya con el suicidio en mente, él incapaz de reconocer las urgencias de ella. La chica que no sabe cómo pedir que la ayuden, el psicólogo es incapaz de reconocer las señales de auxilio: los traspiés de gran parte de la serie se compensan con estas radiografías de la incomunicación, en las que vamos de víctimas o victimarios sin siquiera gran conciencia de nuestros roles.

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Este casete es para otras formas de pensar el suicidio. Alguien debe estar intentando un apunte más filosófico sobre 13 Reasons Why. De botepronto pensé en el ensayo de Luis Antonio de Villena, La felicidad y el suicidio, donde habla de este acto como un ritual que impide la mediocridad que sigue a la plenitud (que tu cadáver sea hermoso). También está en la novela de Vila-Matas, Breve historia de la literatura portátil, el repudio de los shandys al suicidio. O el suicidio desde Camus: el mito de Sísifo, la conciencia del absurdo. Ahí se recuperaría a una Hannah Baker más interesante: aquella que ha cargado con la mugre de todo un pueblo y que se impone su sacrificio como una suerte de exorcismo. La idea no es muy feliz desde cómo se promueve la serie (la comunicación con los adolescentes, el escrutinio a detalle de los sentimientos, la fiscalización de los acosos y otras formas de violencia), pero acaso sea la que permita hacerla más grande: perdedores, víctimas, suicidas, de lo que ellos tengan que contarnos está hecho un mundo proclive a ser redimido.

 

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4 pensamientos en “13 razones para que Hannah Baker me haga un casete

  1. judimadu94 dice:

    Rufián Melancólico, con tu texto me recordaste varias veces al concepto de Chivo Expiatorio de René Girard: alguien inocente vejado por la violencia generalizada; que cuando muere purifica, se hace sagrado
    y sirve de catarsis para detener el violento estado social.

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