Almacenados y el estoicismo de José Carlos Ruiz

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Almacenados, pelìcula reciente de Jack Zagha (Adiós mundo cruel, Hasta el último trago) es un ejercicio minimalista que se podría parecerse a este cine contemplativo onda Reygadas o Escalante, pero con un sentido del humor más para la raza que no le sabe al cinediarte. Trata de dos chalanes: Lino (José Carlos Ruiz), sesentón casi a punto de jubilarse, y Nin (Hoze Meléndez), muchacho en pos de su primer empleo, que deben convivir en un oscuro almacén mientras llega el camión con el cargamento a guardar.

Ahora, la película me gusta por motivos distintos de lo que quiere mostrar Jack Zagha. Entiendo que él prefiere vendérsela a los ninis sin oportunidades y con necesidad de aliento, y tiene las razones del target (sales, mileniada, corran a ver Almacenados). Pero la fortaleza de la peli en realidad está en José Carlos Ruiz, el don callado, ya oxidadas sus formas de comunicarse, embotado en décadas de rutina.

Me explico: Almacenados, de origen, es una obra teatral de David Desola, quien hizo la adaptación para la pelìcula. Desola escribió en este ambiente laboral español caliente que con los años desembocaría en las protestas de los indignados. La obra tenía connotaciones laborales, iba sobre la calidad de los empleos y la falta de oportunidades de jóvenes y ancianos para intentar una vida digna. Desde ahí, podría coincidir con otra película, esta mexicana, de reciente manufactura, Los bañistas (Max Zunino, 2014). El mismo Zunino ha dicho que eligió a sus personajes -en ese caso, una muchacha y un viejo- porque eran los sectores de la población con más problemas para conseguir algún empleo.

Si alguien le rasca, puede encontrar en YouTube puestas en escena españolas y argentinas de Almacenados, y por ahí se cuela incluso algún momento de la versión teatral mexicana, que han hecho Héctor y Sergio Bonilla. Pero acá lo interesante: los personajes rucos de estas versiones semejan ese trabajador veterano con tradición sindicalista, que aún desde el absurdo del trabajo se piensa de alguna manera amparado. Los Linos de estas versiones podría imaginarse en marchas, huelgas, plantones, imbuidos en la tradición de trabajador capaz de defender sus derechos.

¿Y José Carlos Ruiz? De inicio, el genotipo. Sus rasgos indígenas meten en otra dimensión al personaje. El Lino de Ruiz de inmediato remite a estos miles de mestizos o indígenas mexicanos, apenas inexistentes, casi desechables, que asean los baños, descargan los camiones en los mercados, que chambean de granaderos o policías de bajo rango -el famoso poli- y que contemplan el mundo desde su gesto estoico, imperturbable. Lino usa la frase “Vamos a lo que vamos” cuando no sabe responder de otra manera. Y le ocurre repetidamente. Y es la forma de declararse incompetente para tener mayores ideas que las impuestas por los manuales o las manías del patrón.

Hombres incapaces de comunicarse, que por alguna razón (y a propósito del centenario) recuerdan los diálogos de Rulfo. Que por ahí algunos se quejan de que no representan fielmente el habla de los campesinos. Podría argüirse que, más que de campesinos u oriundos de los Altos de Jalisco, es el habla de quienes como Lino han renunciado a tratar de explicar(se) algo y deambulan parcos, económicos de palabras, en una especie de vida automática en la que ya no tiene caso seguir buscando los tres pies del gato.

Las otros primores de Almacenados tienen que ver con una dirección a rienda corta (José Carlos suele quejarse de que Zagha apenas y lo dejó actuar: justo parquedad de movimientos, expresiones contenidas, apenas inquietud de manos jugando con una tuerca y un tornillo), la buena réplica que le hace Meléndez al actor maduro, y un tempo cansino que se va volviendo agobiante con el sonido constante del reloj chechador.

Pero toda la efectividad posible de la película ocurre porque se pone al servicio del personaje desértico de José Carlos Ruiz, en un papel que no en balde llamó la atención de la Academia para nominarlo a Mejor Actor.

Almacenados estrena este fin de semana en salas, tristemente le faltan las muchachas, las explosiones o los señores de los anillos suficientes para mover a los comedores de palomitas. Pero vale la pena verla, aunque sea solamente para ver el gran Lino que construye Ruiz. Ya después pueden pasarse a mirar las payasadas del Eugenio Derbez.

 

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