Archivos Mensuales: noviembre 2017

José Antonio Meade: el mismo puto candidato de hace cien putos candidatos

2017 ha sido un año tenebrosamente retro para México. La mejor frase para describirlo fue de Edwin Gost, el amigo de Kevin Miranda, aquel adolescente que grabó el sismo en la Secundaria Técnica 113 con riqueza de léxico y emoción:

“El mismo puto año de hace cien putos años”, El dislate de Edwin cifra el fatídico eterno retorno del país. No sólo se repite el sismo, también las formas arcaicas en que el partido en el poder unge al candidato que cada seis años aspira a la presidencia del país:

El eterno retorno no funciona en círculos cerrados sino en espirales que actualizan el mismo puto ritual de hace cien putos rituales. Según José Elías Romero Apís, el ritual del Tapado inicia, parafernalia completa, con la designación de Adolfo López Mateos por su tocayo Ruiz Cortines.  El dedazo estaba denenantes, cuando Venustiano Carranza eligió para sucesor al insípido ingeniero Ignacio Bonillas, pero Ruiz Cortines inventó el ajedrez de la especulación, cuando a todos les dijo que sí pero no les dijo cuándo, y echó a andar una mitología que se repitió cada sexenio, hasta que llegó al poder el panismo, y que vuelve este año, con el poder de nuevo priista y el presidente en turno con todos los peones, alfiles, caballos y reinas para jugar.

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El Tapado priista sobrepasa la adivinanza: mientras se reconocen y decodifican las señales, los contendientes escenifican la templanza, la disciplina, la moderación del entusiasmo o del rencor, según les va en la feria. El libro La herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México de Jorge Castañeda es ilustrativo y chismoso del tema. Entrevista a los presidentes mexicanos desde Echeverría hasta Salinas de Gortari, para saber cómo eligieron y cómo fueron elegidos, y avienta alguna hipótesis sobre el proceso de sucesión. Habla de destapes anticipados (el Presidente tiene un delfín, lo arropa, lo mima, cuida que no se tateme y lo encauza) y destapes por descarte, en el que el Presidente va desechando aspirantes hasta quedarse con The Ni Modo Pero The One.

El primer caso es el que ejecutó Enrique Peña Nieto con José Antonio Meade. Por algo el ungido hizo fama de chapulín cuando saltó de Relaciones Exteriores a Desarrollo Social a Hacienda.

Los retablos del 27 de marzo parecieron calcar los otoños de 1975, 1981, 1987 0 1993: la renuncia del delfín a su cargo como seña inequívoca de su postulación, la cargada emotiva e irracional, la litúrgica visita de las siete casas —los sindicatos charros de CTM, CNC y CNOP— para recibir avales. “Quiero que me hagan suyo” casi gimió en ansiedad pornopolítica, antes de dejarse mimar por la perrada.

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¿Hay diferencias con destapes anteriores? Al menos una de asombrosa estrategia: el ungido no es militante, sino “simpatizante” del PRI, y la independencia es novedad: el PRI postula a un indie y así se adelanta a las fatigas para conseguir firmas de Margarita Zavala de Calderón, El Bronco, Pedro Ferriz (mi vido) y la zapatista Marichuy. La no militancia de Meade casi lo haría tan millennial y alternativo como Pedro Kumamoto: nomás le falta andar en bici, usar converse y tener un ejército de youtubers listos para hacerlo cagadito en las redes sociales (los están buscando, CalloDeHacha y Chumibebé).

La no militancia de Meade también le da la vuelta al triste Frente Ciudadano de Anaya y las sobras del PRD. Y es que la candidatura de Meade, antes funcionario del panismo, sugiere un nuevo Frente Prianista, al que ya se suman las derechas a las que no les da asquito las concertacesiones.

Pero fuera de ahí: la misma puta cargada de hace cien putas cargadas. Y los mismos putos elogios de hace cien putos elogios. Ricardo Alemán ya lo llamó “el verdadero candidato ciudadano”, Guadalupe Loaeza dijo que le gusta su sonrisa, “una sonrisa fresca, modesta y muy cálida”, León Krauze lo supuso “un adversario intelectualmente formidable” y Pascal Beltrán del Río hizo la onomástica de su apellido y lo encontró casi tataranieto del médico de Isaac Newton.

Casi se extrañaría el descaro oficialista de Jacobo Zabludowsky, tan disciplinada la lambisconería, tan elegante su ejecución.

Tan devastador como el sismo será la nueva y misma marrullería del PRI: cuando venda a Meade como un priista-no priista vegano, orgánico, libre de gluten, ciclista, pet friendly y kawai. Ya se verá cómo los marqueteros rediseñan este producto que las columnas ya lo venden como culto, preparado, fresco; el personaje que queremos ser cuando hacemos los tests de buzzfed.

Nomás no hay que engañarse, y ahí vale recuperar la iluminación del buen Edwin Gost: José Antonio Meade es el mismo puto candidato de hace cien putos candidatos.

Con su destape el año funesto de 2018 acaba de empezar.

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Dos amigas y la escritura que fracasó, según Elena Ferrante

1.jpgHay tanto chisme alrededor de la identidad de la escritora Elena Ferrante que se ha hecho de lado la lectura y el comentario de su novela en cuatro entregas Dos amigas. Se entienden las razones: los personajes de Lila y Lenú son tan contundentes que la curiosidad exige saber si están basadas en personas reales, si existen fotos de ellas y sus espacios (esa ciudad de Nápoles que la autora hace eléctrica, bullanguera y violenta), si alguna noticia de la realidad hace espejo con las anécdotas de la novela.

Que no debiera espantarnos: salvo por el prurito feminista que encuentra en el seudónimo de Ferrante —presumiblemente Anita Raja, traductora freelance— una defensa de la escritura hecha por mujeres y un intento de privilegiar al texto sobre el probable desdén a la autora —que ya se ha dado al sugerir que el esposo de Raja podría ser el verdadero autor de la saga—, el interés por Raja o Ferrante proviene de un reflejo semejante que se hace con autores como Proust, Bolaño o Roth, cuyas obras parecerían extensiones de sus biografías. Ahí está justo la primera caracterización de Ferrante: en su novela hay un pulso autobiográfico, lo mismo por la relación de las protagonistas, como —más importante— por la creación de un universo que da nuevas luces de la sociedad italiana y europea de la segunda mitad del siglo pasado.

image2.jpgLa mercadotecnia pornosoft de la novela engaña: en Dos amigas hay sexo, pero no un afán erótico extenso y es lo menos importante de la saga. Dos amigas [los títulos de cada entrega son: La amiga estupenda (2011) Un mal nombre (2012) Las deudas del cuerpo (2013) y La niña perdida (2014)] trata de la amistad de dos mujeres, pero también de cómo se incubó, se desarrolló y fracasó una idea del progresismo europeo; no sólo las actividades políticas en específico, también una sensibilidad (compromiso ideológico, militancias, debates, ejercicios críticos y autocríticos, exploración de nuevas formas de relaciones sentimentales, el pecado del aburguesamiento, radicalidades, disidencias) que a las izquierdas les gustó llamar el “Hombre Nuevo” y que se encarnan desde los distintos espectros de Lila y Lenú. Y hay más: Dos amigas también trata del oficio de la escritura. Y de una idea de lo literario que tuvo su mejor momento y su disolución durante las seis décadas que van desde la posguerra europea en los cincuenta hasta inicio del siglo XXI.

La anécdota que engancha va alrededor de la amistad de las dos mujeres, que de ninguna manera se trata de un vínculo perfecto o idílico. La relación que mantienen Rafaella (Lila) y Elena (Lenú) es tensa y va entre la competencia y la envidia; algunas traiciones, alejamientos impulsivos, rencores y desdenes por omisión, y desde ahí mantiene un suspenso que hace contrapunto con el tópico idealizado que tenemos de la amistad: Lila es bella y Lenú insegura; Lila tiene una astucia natural, instintiva, mientras Lenú debe forjar su inteligencia desde la duda y el esfuerzo del estudio y la lectura; pero mientras Lenú consigue la oportunidad de estudiar y desarrollar una carrera profesional, Lila queda marginada por su belleza, la fuerzan a casarse muy joven y debe formarse desde el chisme de barrio; Lenú viaja, escribe, da conferencias, amplía horizontes desde el contacto con las izquierdas y los progresismos, la opción de Llila es ir del matrimonio a la vida obrera al liderazgo informal que logra en las veinte calles de su barrio, lo que le permite crearse una idea nada complaciente de la naturaleza humana.

LEE1960013W00001-34A Lenú siempre le atormenta la idea de qué habría pasado si Lila hubiera tenido acceso a la educación; desdeña su propia trayectoria desde este espejeo en el que, sabe, su amiga se hubiera desempeñado mejor. Y desde esta angustia desarrolla su carrera literaria: una novela erótica de juventud, un ensayo feminista sobre la creación de la mujer desde el imaginario masculino, una novela política que linda con el periodismo literario sobre las condiciones laborales de unos trabajadores en una fábrica de embutidos (donde trabajó Lila), varias novelas más que no se describen a detalle pero permiten imaginar a una autora de esa época: informada, con conciencia política, y la ambición de que la literatura complemente un pensamiento crítico y comprometido. A la práctica literaria de Lenú la confronta el escepticismo de Lila, como si presintiera que el esfuerzo de su amiga habrá de derrumbarse entre el colapso de las ideologías, la relatividad posmoderna y el anquilosamiento de la cultura como formadora de un sentido crítico.

Porque además Dos amigas, sin hacer estas alusiones a los momentos históricos que la hubieran convertido en turismo literario, alude al espíritu de las décadas: la sombra del fascismo en las infancias de Lila y Lenú, que aún mantiene su presencia en algunas relaciones perversas del barrio; las ideas progresistas en las relaciones universitarias y después profesionales de Lenú y sus colegas intelectuales, y de refilón se asoma el hippismo y el feminismo de la segunda ola; el conflicto de la izquierda convertida en gobierno que deviene corrupción; el narcotráfico y la violencia en el fin de siglo; el recogimiento de los personajes cuando buscan —en realidad lo hace Lila, amargada, sin grandes recursos de investigadora pero con desesperada ambición— recuperar una ciudad de Nápoles anterior a ellas y a su siglo.

Capaz por esta construcción morosa de las épocas es que uno de mis momentos favoritos, que revela en algún sentido de la totalidad de la obra, es cuando en el cuarto tomo, las hijas ya mayores de Lenú, y sus parejas, leen en tono de parodia fragmentos de las novelas de la escritora:

Había hecho hincapié en algunos temas: el trabajo, los conflictos de clase, el feminismo, los marginados. Ahora oía frases mías elegidas al azar y me resultaban embarazosas. Elsa —Dede era más respetuosa, Imma, más cauta— leía con tono irónico pasajes de mi primera novela, de mi relato sobre la invención de las mujeres por parte de los hombres, de libros con múltiples premios. Su voz ponía hábilmente de relieve defectos, excesos, tonos demasiado exclamativos, la vejez de ideologías que yo había defendido como verdades indiscutibles. Sobre todo se detenía divertida en el léxico, repetía dos o tres veces palabras que desde hacía tiempo estaban pasadas de moda o sonaban insensatas. ¿A qué estaba asistiendo? ¿A una burla afectuosa como los que hacían en Nápoles —seguramente mi hija había aprendido allí el tono— que, sin embargo, de línea en línea, se estaba convirtiendo en una demostración del escaso valor de todos esos volúmenes alineados junto con sus traducciones?

Dos amigas cuentan el intento y el fracaso intelectual de la segunda mitad del siglo; entre esto, la insistencia en una amistad con fisuras y que, probablemente por eso, sobrevive a la utopía.

Por supuesto que además hay todo un dramón que impide soltar los libros: intrigas, romances, una cincuentena de personajes que se van haciendo complejos según crecen las protagonistas y cambia el barrio; aventuras de niñez y adolescencia, reflexiones de madurez, desencanto senil y esta sensación que dejan las grandes novelas: la vida transcurre, Lila y Lenú transcurren entre anécdotas y algo más secreto e inasible: la tristeza y la celebración del paso del tiempo.

Agrego por acá la playlist hecha a propósito para leer Dos amigas, que creó @JCarloBM:

 

Coco y las trampas para recordar a Pixar

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El rostro de Mamá Coco. La animación por computadora que siempre se le ha chuleado a Pixar, concentra en Coco (Unkrich, 17) su esfuerzo más delicado en la arrugadísima expresión de la bisabuela del protagonista Miguel. Claro que también está el alucinante Mundo de los Muertos, y la piel con texturas de Dante (pobres xoloitzcuincles que se van a poner de moda), y el apantalle tan Caballeros del Zodiaco de los muy forzados alebrijes. Pero Pixar sabe que menos es más (aun cuando se dediquen a la mercadería del más) y la verdad de su historia se destila en apenas un minuto —intercorte de manos artríticas que empiezan a reaccionar a una melodía— para que el monolito oaxaqueño de Mamá Coco —más rolling gag que personaje, apenas existente en su silla de ruedas, apenas chiste manchado cuando Miguel la disfraza de luchadora, presencia divagante en apariencia ajena al argumento— entreabre los ojos y en murmullo poniatowsko (lo siento, la vi doblada), recuerda y empieza a cantar. Y siguen pañuelos, suspiros entrecortados, moquera y demás emotividad.

El argumento de Coco —el niño que quiere ser cantante y viaja al Mundo de los Muertos para conocer a sus antepasados y enterarse de por qué está prohibida la música en su casa— se construye desde este rostro de Mamá Coco, que alude al olvido y la memoria, giro de tuerca recurrente en Pixar. Desde Toy Story (Lasseter, 96) el vaquero Woody y el astronauta Buzz Lightyear comparten su temor de ser olvidados por Andy cuando deje de ser niño. El tema se ahonda en Toy Story 2 (Lasseter, 09) en la magnífica secuencia donde la vaquerita Jessie explica su desencanto por el abandono en el que la dejó su dueña Emily. Toy Story 3 (Unkrich, 10) hace de estos dos minutos y medio un culebrón truculento, pero el olvido y la memoria también se encuentran en el exilio del auto Rayo McQuenn en Cars (Lasseter, 06), o en los esfuerzos del viejito Carl Fredricksen por mantener el recuerdo de su esposa en Up (Docter & Peterson, 09) o el olvido que desahucia a Bing Bong, el amigo imaginario de Riley en Intensamente (Docter, del Carmen, 15). El caso que más me gusta es Dory, la pez-cirujano que coprotagoniza Buscando a Nemo (Stanton y Unkrich, 03) y que tiene su estelar en Buscando a Dory (Stanton & McLean, 16). En este caso, ella padece de amnesia a corto plazo, por lo que recordar u olvidar trascienden lo emotivo: en su caso es total supervivencia, conseguir una identidad más urgente que las trampas melancólicas.

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Pixar conoce a su público, sobre todo al adulto. Con los niños utiliza la infalible tradición de acción de Disney, Hanna Barbera y las caricaturas gringas que se dejen: correteadas, slapstick, rasgos de carácter reiterativos que permiten el rolling gag, sátira social con microuniversos que semejan el “real” (personajes pueblerinos en Cars, compartimentos burocráticos en IntensaMente, comunidades de juguetes consentidos, marginados o glamorosos en la saga Toy Story, peces nihilistas o depredadores en la saga Nemo-Dory, sociedades porfirianas en Coco). Más interesante es el gancho para los adultos: la reiterada alusión a un paraíso perdido en formas de juguetes, modelos vetustos de autos, amores perfectos en su candidez (en Up), amigos imaginarios y ahora es el turno a familias y abuelitas. La compañía de animación más depurada y propositiva en avances tecnológicos, también es la que crea historias que remiten a la añoranza, el reencuentro con uno mismo y la elección de valores conservadores —familia, hogar, pertenencia, zonas de confort como premio a la aventura. Pixar es tan eficaz como tramposo: despliegues de tecnología para historias semejantes: el viaje para buscar lo que se encuentra donde uno siempre ha estado; la aventura fue necesaria para reafirmar a quien uno siempre ha sido.

Y si se vale estirar la liga, parece coincidencia sugestiva que la compañía de animación que trabaja desde estas fórmulas sea la misma que en sus tiempos impulsó el Gurú Jobs, cuya principal innovación no es tecnológica, sino cibercultural: transformar trebejos computacionales en artefactos emotivos, llámense Macbooks, Ipods, Iphones o aventuras de Woody. Películas como Her (Jonze, 13) o Blade Runner 2049 (Villeneuve, 17) ya lo han registrado: las utopías o distopías no tienen forma de fierros viejos o robots impersonales; los futuros son emocionales hasta la vacuidad; aerodinámicos, pesan menos de 200 gramos y hay que hacer fila y tener tarjeta de crédito solvente para conseguirlos. En ese mapa, Pixar opera como la disneyización de la jobización: software RenderMan para animar abuelitas y peces conmovedores, así como hay tecnologías para fotografiar desayunos, amaneceres, novixs auténticxs y monumentos apreciados por la Unesco.

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Con todo y las suspicacias, se cae en la trampa: salí de Coco hecho un océano de lágrimas y llegué a buscar en Facebook (en Facebook y no en una caja de zapatos vieja) las fotos de mi abuela, que han subido tíos, primos y sobrinos, con mensajes de unión familiar (¡No Hay Familia Más Chingona Que Los Serrano!) y demás gritos de guerra que obligan al like para que no te tilden de desalmado. La segunda vez que la vi, aun buscándole la insidia, el maldito sentimentalismo me volvió a embaucar.

Capaz sea más fácil suponer que Pixar está recogiendo cierto espíritu de los tiempos. Uno en el que nos parecemos al perro Dante, mordiéndonos la cola de nuestra memorabilia, sensibilizados por la niñez perdida y las cosas simples, desdeñadas hasta que las publicamos en Instagram.

(En realidad hubiera estado mejor una reseña más pegada a la peli, donde se alabe la exhaustiva investigación de lo mexicano, como de turista gringo que sí leyó sus folletos; que sin embargo la aduana entre el mundo de vivos y los muertos muestra el cobre de cómo nos siguen viendo los gringos: país de buenos salvajes en el que nuestro deseo máximo es cruzar la frontera hacia el american dream; con padres que abandonan y matronas castradoras como chiste chancletudo, y un cantante popular que en el fondo es delincuente, muy Valentín Elizalde; y un Mundo de los Muertos tan porfirista que nomás le faltó su propaganda del PAN. Habría que hacerse esa reseña, y sin embargo la cara, las arrugas, la lenta sonrisa que florece en el rostro de Mamá Coco…. Si mi guitarra oyes llorar / Ella con su triste canto te acompañará…

Lágrimas

 

Más lágrimas

Etc.)

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