Coco y las trampas para recordar a Pixar

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El rostro de Mamá Coco. La animación por computadora que siempre se le ha chuleado a Pixar, concentra en Coco (Unkrich, 17) su esfuerzo más delicado en la arrugadísima expresión de la bisabuela del protagonista Miguel. Claro que también está el alucinante Mundo de los Muertos, y la piel con texturas de Dante (pobres xoloitzcuincles que se van a poner de moda), y el apantalle tan Caballeros del Zodiaco de los muy forzados alebrijes. Pero Pixar sabe que menos es más (aun cuando se dediquen a la mercadería del más) y la verdad de su historia se destila en apenas un minuto —intercorte de manos artríticas que empiezan a reaccionar a una melodía— para que el monolito oaxaqueño de Mamá Coco —más rolling gag que personaje, apenas existente en su silla de ruedas, apenas chiste manchado cuando Miguel la disfraza de luchadora, presencia divagante en apariencia ajena al argumento— entreabre los ojos y en murmullo poniatowsko (lo siento, la vi doblada), recuerda y empieza a cantar. Y siguen pañuelos, suspiros entrecortados, moquera y demás emotividad.

El argumento de Coco —el niño que quiere ser cantante y viaja al Mundo de los Muertos para conocer a sus antepasados y enterarse de por qué está prohibida la música en su casa— se construye desde este rostro de Mamá Coco, que alude al olvido y la memoria, giro de tuerca recurrente en Pixar. Desde Toy Story (Lasseter, 96) el vaquero Woody y el astronauta Buzz Lightyear comparten su temor de ser olvidados por Andy cuando deje de ser niño. El tema se ahonda en Toy Story 2 (Lasseter, 09) en la magnífica secuencia donde la vaquerita Jessie explica su desencanto por el abandono en el que la dejó su dueña Emily. Toy Story 3 (Unkrich, 10) hace de estos dos minutos y medio un culebrón truculento, pero el olvido y la memoria también se encuentran en el exilio del auto Rayo McQuenn en Cars (Lasseter, 06), o en los esfuerzos del viejito Carl Fredricksen por mantener el recuerdo de su esposa en Up (Docter & Peterson, 09) o el olvido que desahucia a Bing Bong, el amigo imaginario de Riley en Intensamente (Docter, del Carmen, 15). El caso que más me gusta es Dory, la pez-cirujano que coprotagoniza Buscando a Nemo (Stanton y Unkrich, 03) y que tiene su estelar en Buscando a Dory (Stanton & McLean, 16). En este caso, ella padece de amnesia a corto plazo, por lo que recordar u olvidar trascienden lo emotivo: en su caso es total supervivencia, conseguir una identidad más urgente que las trampas melancólicas.

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Pixar conoce a su público, sobre todo al adulto. Con los niños utiliza la infalible tradición de acción de Disney, Hanna Barbera y las caricaturas gringas que se dejen: correteadas, slapstick, rasgos de carácter reiterativos que permiten el rolling gag, sátira social con microuniversos que semejan el “real” (personajes pueblerinos en Cars, compartimentos burocráticos en IntensaMente, comunidades de juguetes consentidos, marginados o glamorosos en la saga Toy Story, peces nihilistas o depredadores en la saga Nemo-Dory, sociedades porfirianas en Coco). Más interesante es el gancho para los adultos: la reiterada alusión a un paraíso perdido en formas de juguetes, modelos vetustos de autos, amores perfectos en su candidez (en Up), amigos imaginarios y ahora es el turno a familias y abuelitas. La compañía de animación más depurada y propositiva en avances tecnológicos, también es la que crea historias que remiten a la añoranza, el reencuentro con uno mismo y la elección de valores conservadores —familia, hogar, pertenencia, zonas de confort como premio a la aventura. Pixar es tan eficaz como tramposo: despliegues de tecnología para historias semejantes: el viaje para buscar lo que se encuentra donde uno siempre ha estado; la aventura fue necesaria para reafirmar a quien uno siempre ha sido.

Y si se vale estirar la liga, parece coincidencia sugestiva que la compañía de animación que trabaja desde estas fórmulas sea la misma que en sus tiempos impulsó el Gurú Jobs, cuya principal innovación no es tecnológica, sino cibercultural: transformar trebejos computacionales en artefactos emotivos, llámense Macbooks, Ipods, Iphones o aventuras de Woody. Películas como Her (Jonze, 13) o Blade Runner 2049 (Villeneuve, 17) ya lo han registrado: las utopías o distopías no tienen forma de fierros viejos o robots impersonales; los futuros son emocionales hasta la vacuidad; aerodinámicos, pesan menos de 200 gramos y hay que hacer fila y tener tarjeta de crédito solvente para conseguirlos. En ese mapa, Pixar opera como la disneyización de la jobización: software RenderMan para animar abuelitas y peces conmovedores, así como hay tecnologías para fotografiar desayunos, amaneceres, novixs auténticxs y monumentos apreciados por la Unesco.

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Con todo y las suspicacias, se cae en la trampa: salí de Coco hecho un océano de lágrimas y llegué a buscar en Facebook (en Facebook y no en una caja de zapatos vieja) las fotos de mi abuela, que han subido tíos, primos y sobrinos, con mensajes de unión familiar (¡No Hay Familia Más Chingona Que Los Serrano!) y demás gritos de guerra que obligan al like para que no te tilden de desalmado. La segunda vez que la vi, aun buscándole la insidia, el maldito sentimentalismo me volvió a embaucar.

Capaz sea más fácil suponer que Pixar está recogiendo cierto espíritu de los tiempos. Uno en el que nos parecemos al perro Dante, mordiéndonos la cola de nuestra memorabilia, sensibilizados por la niñez perdida y las cosas simples, desdeñadas hasta que las publicamos en Instagram.

(En realidad hubiera estado mejor una reseña más pegada a la peli, donde se alabe la exhaustiva investigación de lo mexicano, como de turista gringo que sí leyó sus folletos; que sin embargo la aduana entre el mundo de vivos y los muertos muestra el cobre de cómo nos siguen viendo los gringos: país de buenos salvajes en el que nuestro deseo máximo es cruzar la frontera hacia el american dream; con padres que abandonan y matronas castradoras como chiste chancletudo, y un cantante popular que en el fondo es delincuente, muy Valentín Elizalde; y un Mundo de los Muertos tan porfirista que nomás le faltó su propaganda del PAN. Habría que hacerse esa reseña, y sin embargo la cara, las arrugas, la lenta sonrisa que florece en el rostro de Mamá Coco…. Si mi guitarra oyes llorar / Ella con su triste canto te acompañará…

Lágrimas

 

Más lágrimas

Etc.)

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2 pensamientos en “Coco y las trampas para recordar a Pixar

  1. Lorena dice:

    ..ya siento miedo de ir a ver la famosa Coco..

  2. […] originalmente publicado en el blog Las opiniones del rufián melancólico y reproducido aquí con el permiso del […]

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