Archivos Mensuales: enero 2018

Cómo influirá el zodiaco en las elecciones de 2018

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No me preocuparía esto porque creo en las ciencias políticas, la sociología, las encuestas Gea-Isa (jo, el desastre de hace seis años con Ciro y sus encuestas Gea-Isa) y el fraude patriótico, esquemático e institucionalizado, que no nos dará al candidato electo, sino al que no nos quedará de otra. Pero en el periódico Reforma apareció la nota sobre el sorteo para saber quiénes serán los funcionarios de casilla en la jornada electoral del 1 de julio. Tendrán el honor quienes hayan nacido los meses de febrero y marzo.

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Y pues uno como mexicano ya ve moros con tranchetes por todos lados. Y forzando el músculo periodístico atisbé una indagación importante: nacidos en febrero y marzo, los funcionarios de casilla serán Acuario (del 20 de enero al 19 de febrero), Piscis (del 20 de febrero al 20 de marzo) y Aries (del 21 de marzo al 21 de abril).

Sería extenuante revisar las caracterizaciones de estos signos zodiacales para dar un comentario detallado sobre lo que nos espera. Dejo la tarea a algún analista comprometido, quien seguramente hará un mejor trabajo. Pero para efectos didácticos del post, me quedo con la descripción ya clásica de cómo se cambia un foco según cada signo zodiacal. Aunque esquemático, podría servir de orientación:

aries¿Cuántos Aries se necesitan para cambiar un foco?
Sólo uno, pero se necesitarán muchos focos.

1386957828_znak-zodiaka-vodoley.gif¿Cuántos Acuario se necesitan para cambiar un foco?
Van a aparecer cientos de Acuarios, todos compitiendo para ver quién va a ser el único en traer la luz al mundo.

1386957360_znak-zodiaka-ryby¿Cuántos Piscis se necesitan para cambiar un foco?
¿Qué? ¿A poco se fue la luz?

Desde aquí se puede temer el desgarriate que habrá en las casillas el primero de julio.

Ya veo a la presidente Aries revisando colérica cada credencial de elector y sospechando tranzas en la falta de bigote, exceso de barba, maquillaje excesivo o ojeras pronunciadas en los votantes, mientras el secretario Acuario intenta apaciguarla explicándole que uno somos todos y todos somos uno, y que lo más importante es reconocerse no en cada elector, sino en la identidad superior y diáfana del

ELECTORADO

ante el muy justificado recelo de los representantes de los partidos; la presidente Aries apurando a cada votante, truene de dedos porque cruzar el logo del partido es para ahorita, si ya tuvieron seis meses de publicidad por qué tardan tanto. Y entonces el secretario Acuario recordaría: que en su rol al Sayulita Fest se le aparecieron cual Caballeros Jedi: Heberto, el Doctor Nava y Maquío, y le explicaron que un voto es un voto, y que los votos por votos florecen casilla por casilla. El presidente Aries respondería que se dejara de mamadas porque él ya arruinó tres sábanas informativas en su apuro por tener el conteo completo de los votos; el secretario Acuario iluminaría: “respira, visualiza, contabiliza”.

Ahí el escrutador Piscis les preguntaría si no quieren chamoy.

Tal vez Acuario de presidenta y Aries de secretario funcionaría mejor: presidenta Acuario pediría que funcionarios y representantes se tomen de las manos, lancen su mirada al interior y sientan cómo va emergiendo, desde las brumas, en su forma primigenia, la palabra:

DEMOCRACIA

Mientras, el secretario Aries apuraría porque todavía hay que vaciar urnas, contar votos, firmar actas y llevarlas -qué enredado- al Consejo Electoral. Y mostraría cuchillos, macanas y chacos prestos a enfrentar a los agentes del fraude, dos meses de practicar autodefensa para dirimir irregularidades a magullones y puños, en nuestra casilla las chingaderas no se vuelven a hacer.

Entonces se asomaría Piscis: “¿qué están contando? ¿Neta no quieren chamoy?”

Puede haber un escenario más en el que Piscis sea presidente. Y pregunte:

—¿Dónde está la engrapadora?

—¿Cuáles son las actas?

—¿Si nos trajeron de los fólderes bonitos, los que se doblan así? (y le haría “así”).

—¿Quieren chamoy?

Los Aries desesperados, los Acuarios visionarios, los Piscis (¿también estamos los Piscis?) tendrán en sus manos, en cada una de las casillas, el destino de México.

No es para preocupar, sí para tenerlo en cuenta.

—o—

Por cierto, López Obrador es Escorpión (13 de noviembre) y Meade (27 de febrero) y Anaya (25 de febrero) son Piscis.

Piscis.

¿A poco se fue la luz?

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Pero este análisis lo dejo a opinólogos autorizados como Ricardo Alemán, Leo Zuckermann, Pablo Hiriart, Krauze papá y Krauze bebé, Mizada Mohamed y Carlos Marín.

Ellos tienen mejores herramientas.

Ellos sabrán.

 

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Prefiero que le den licencia a los malos conductores

Digamos tres cosas sobre la mujer que fue a sacar una licencia sin saber manejar y la sacó en 15 minutos, sin pruebas psicométricas ni estilísticas ni nada.

Antes, el contexto: en los tamlains mexicanos apareció este tuit:

La gente de tuiters llenó de insultos a Ruth, básicamente porque:

a) se llama Ruth

b) tiene 40 años

c) a su edad no ha aprendido a conducir

d) venció la procrastinación y fue por la licencia de manejo mientras muchos lo tenemos como pendiente hasta la eternidad.

e) tenía ganas de hacer exámenes teóricos y prácticos y le dijeron que ño.

f) sacó la licencia en 15 minutos y hay quienes nos hemos pasado la mañana entera en el trámite.

g) Cree en las cosas increíbles que logran volverse legales. Algo así como Tolkien con Alli McBeall.

Los tuiteros somos gente que tomamos café tibio mientras esperamos que algo o alguien nos salve, mientras no ocurre nos entretenemos con todo aquello que nos haga olvidar que seguimos esperando ser salvados.

En esta ocasión nos pusimos a criticar o defender o cuestionar o relativizar el experimento social de Ruth.

Yo quise poner un par de chistes pero no funcionaron, ahí me di cuenta de la gravedad del asunto.

Según entiendo, el conflicto está alrededor de la facilidad con la que el gobierno de la Ciudad de México expide licencias de conducir, que se la acaban dando a gente irresponsable que conduce como el diablo. El tema es que los conductores argumentaron sobre lo lejos que les queda su trabajo, sobre la urgencia de llevar a sus hijos a la escuela, sobre Miguel Ángel Mancera que quiso ser candidato a presidente y no se le hizo, etc.

Ahora sí, tres opiniones:

  1. Los conductores que no saben conducir son adorables. Manejan con el freno y como pidiendo disculpas por tener un auto. El mayor riesgo es que dejen abolladas -besitos, se dice en el argot- a los autos de adelante y atrás cuando intentan estacionarse, o que se lleven algún cono de seguridad porque no se dieron cuenta que ahí estaba jijiji, o que tarden cuarenta minutos a meterse al flujo del Periférico porque todos van rerápido y ellos preferirían llevarse la vida tranquila. Esa torpeza candorosa los hace confiables a los peatones, porque con sus velocidades bajas y sus vacilaciones hacen fácil que uno salte sobre su auto y supere con relativa facilidad el desafío motorizado.
  2. Nadie maneja peor que los mejores conductores. Los que saben ir de primera a tercera en medio segundo. Los que le dan reversa como acrobacia circense y ostentan vueltas espectaculares en las que a veces -malditos peatones- suelen estorbarlos los malditos peatones. Los que aceleran todavía con luz roja porque les gusta soltar el arrancón en chinguiza, creyendo que quienes los ven dirán: Numa, Tás Bien Cabrón, Mereces Que Todos Los Caminos Sean Tuyos.
  3. Ahondemos en la psicología de los Mejores Conductores. Desde que suben a sus autos son Gladiadores De La Selva De Asfalto y todos los que no manejan tan bien cómo el son sus adversarios. Y los peatones se les figuran como incómodos obstáculos del primer nivel de un videojuego que traen en su cabeza, que no pueden matar porque luego salen caros en el Ministerio Público y además se pierde mucho tiempo. El conductor hábil es el rey de un pequeño imperio, el del interior de su auto, y lo que está fuera es un universo inhóspito al que hay que derrotar.
  4. Lo paradójico es que el Mejor Conductor es el que mejor pasaría las pruebas para sacar una licencia. Saben cuál es el carril de alta velocidad y no sé qué putas hace ese imbécil manejando lento y entorpeciendo todo. Conocen la ambigüedad para hacer legal la doble fila y crear una comunidad de doblefileros esperando a sus hijos salir de la escuela. Encuentran el espacio pequeñito para entrometerse con habilidad pasmosa, y cómo chingados no, los frenazos angustiados de los otros son homenajes ante su fantástica faena de esquives y rebases. El Mejor Conductor es cretino porque le gusta serlo: alguien debe ganar en la batalla vial, y si no lo es él, no tiene caso que existan las vías y las calles.

Mi conflicto con la experiencia antropológica de Ruth Tengo 40 Años es a qué horas fue a hacer el trámite de la licencia, porque la última vez que lo intenté había unas filas tremendas y mejor lo dejé para otra ocasión. Igual, no tengo auto, entonces no urge. Pero sí me dejó pensando que el encono contra ella no fue por la ética vial (“la ética es respetar a quien sabe qué hacer con el volante”, podría sugerir el conductor habilidoso), sino por la rapidez de un trámite que cuando lo he hecho me ha llevado mis tres que cuatro horitas.

Aunque es cierto: tampoco he hecho examen.

 

La forma del agua: espectadores desde el estanque

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Casi al final de La forma del agua, cuando se enfrentan el Hombre Anfibio con el coronel Richard Strickland, entendí dónde no había terminado de cuajarme la película, y dónde, también, está su enganche con el público. Y es que el Hombre Anfibio nunca me dio miedo, y de hecho nunca atemorizó a ninguno de los personajes.

Quizá ya tenemos muy arraigada la presencia de héroes y villanos de látex (la creación de Guillermo Del Toro  remite a la Mystique de Jennifer Lawrence en la saga de X Men), o quizá hubo demasiados cortos y spoilers que nos acostumbraron a la criatura, o capaz ya se ha leído y admirado la capacidad de Doug Jones para personificar al monstruo, el caso es que el Hombre Anfibio parece más un prodigio del maquillaje y los efectos especiales, del trabajo corporal, y también un fuerte candidato a las Nalgas Masculinas de la Década (en competencia cerrada con Jon No Sabes Nada Snow); el caso es que no hubo susto, repulsión o extrañeza, pero tampoco fascinación ni asombro, a lo que hubiera obligado el manualito de las pelis fantásticas o de espantos.

Llámenme ochentero: extrañé esa fórmula del Spielberg fantástico en la que menciona varias veces a su engendro -tiburón, extraterrestre, dinosaurio- antes de mostrarlo, o lo muestra por detalles y cultiva una emoción que, cuando explota, suele ser apoteósica.

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Aquí, el Hombre Anfibio aparece a los diez minutos dentro de una cápsula, después del discurso desangelado, como de Secretaría de la Reforma Agraria, de Fleming, burócrata promedio, y apenas espanta a Elisa (Sally Hawkins) al azotar sus manos contra el vidrio de la cápsula; alrededor hay científicos, afanadores, hombres de corbata y por supuesto que el villano Strickland, quien hace una aparición más sobresaliente (no mucho más) que el monstruo. La escena, vital en la historia, es desordenada y apenas hace trazos escénicos  para un número musical que ahí no se ejecuta.

Justo como comedia musical está tramada la película: el buen trabajo de Sally Hawkins se logra gracias a sus habilidades de clown, y el resto del elenco, Hombre Anfibio incluido, se subordinan a esta coreografía. De ahí que el inicio del romance entre muda y monstruo (la escena del huevo, que seguro se volverá icónica), la perorata interminable de Zelda (Octavia Spencer) sobre su marido mientras trapea, la torpeza social de Giles (Richard Jeninks) y, por supuesto, el secuestro del monstruo y su instalación precaria en la casa con Elisa y los arrumacos submarinos , son más escenas de Esther Williams que del ascendente al que aspira, el cine B de terror.

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Otro elemento colabora con esta ejecución musical: la cámara constantemente corrige, lo que da una sensación de flotación. En términos audiovisuales, corregir es cuando la cámara hace un ligerísimo ajuste, poco más arriba, poco más abajo, sutiles zoom, para hacer más perfecto el encuadre deseado.

En La forma del agua esta corrección es estilo. Y sus implicaciones rebasan la herramienta: desde la primerísima escena onírica, este vaivén sumerge a los espectadores al interior del estanque.

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Desde esta cámara flotante, Del Toro se deslinda del horror convencional pero también de la aventura. Aquí no hay un extraño ser venido de otro mundo que convoca a unos niños a la épica bicicletera, ni una sirena que enamore a Tom Hanks y lo lleva a rebasar sus límites. En treinta años el punto de vista cambió (Tim Burton ayuda desde su Edward Manos de Tijera) y ahora sitúa en el centro a los raros y su necesidad de inclusión: en vez de contar la historia del ciudadano promedio enfrentado a la maravilla, Del Toro propone el centro del estanque para situar ahí a los espectadores; ahora el acento está en afanadoras mudas o negras, en amigos de homosexualidad augusta, en monstruos de buena nalga que no horrorizan porque somos uno más de ellos. La diversidad es estándar y la anterior normalidad se vuelve antagonismo. El personaje excéntrico ha dejado de sorprender porque ahora es nuestro espejo. Acúñese el hashtag #TodosSomosMonstruos y se obtendrá el código de la película.

Ahí debe ser donde no me cuajó La forma del agua: más que aventura, transita como una suerte de viacrucis romántico (muda y monstruo se conocen, muda y monstruo bailan, muda y monstruo cogen, muda y monstruo se separan, muda y monstruo se salvan), en el ya no es necesario tomar la diferencia como un desafío, sino como una convención.

La forma del agua sumerge y pone en flotación a la normalización del freak, más que a su maravilla. Puede leerse como una fantasía de la imperfección y ahí está su complacencia. Por eso el enganche. Pero por eso, también, no cruza la zona de confort de la emotividad Benetton.

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Agrego porque también hay que decirlo: la línea argumental de los rusos parece una infiltración perniciosa que debería investigar a fondo León Krauze. De otro modo no entiendo para qué existe.