Archivo de la categoría: deconstrucción de la inanidad

El Oxxo, ese locus amoenus

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Se pusieron de moda los Oxxos por una instalación del artista Gabriel Orozco en la galería Kurimanzuto,de la colonia San Miguel Chapultepec.

El Oroxxo es un Oxxo idéntico a todos: mismo logo, mismos estantes, mismos productos chatarra y mismas dos cajas: una para que te cobren y otra para que te digan que debes ir a la otra caja para que te cobren. Hasta los empleados son originales. “Nosotros sí somos del Oxxo”, aclaran apresurados, antes de que uno los aprecie estéticamente y los considere símbolos del patetismo postidentitario postcolonialista postergado postensequietos del siglo XXI.

juan-gabrielLa diferencia está en que ciertos artículos se intervinieron con calcomanías de circulitos, que según entiendo son sello del autor. Entonces los artículos —papitas, yogurth, condones, la revista “¡Siempre en mi mente!” de homenaje a Juan Gabriel— adquieren estatus de pieza artística y cuestan chingo de dinero más. Los mamadores que los compren pueden presumirlos como centros de mesa, en la recámara del hijo (advirtiéndole que no es para comerlo sino para regocijo del espíritu) o en el interior del refrigerador.

Como me he estado formando en esto del arte contemporáneo (también fui a Zona Maco y vi unas primorosas bolsas negras de basura en bastidor) entendí que debemos superar la pregunta ociosa de si esto es arte o no es arte, a riesgo que te comparen con Avelina Lesper, la Voldemort del arte contemporáneo. Mejor hay que meditar profundamente si el trabajo de Orozco es posible porque cada obra interactúa con su entorno y cambia durante el proceso, lo que hace que la obra esté más relacionada con lo accidental que con lo predeterminado… Y alegrarte cuando ves que tu reflexión es idéntica a la de la curadora Briony Fer.

Mi conflicto con el Oroxxo es que en el fondo (y en la superficie y en los costados) sigo siendo un romántico y pienso en los Oxxos más como un retablo de la compasión y la decadencia. Mi Homero Simpson interior se regocija con los rojos y amarillos de su logo, pasea emocionado por los pasillos de las galletas o las papitas y antes le coqueteaba a las cajeras, hasta que por fortuna me deconstruí. Entiendo lo de la psicología de los colores cálidos y el Oxxo lo cumple a  la perfección: uno quisiera quedarse todo el día y toda la noche bajo esa luz artificial, cobijado por cualquier promoción de bimbo o sabritas.

 

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Los Oxxos (o Seven Eleven, o el nombre que tengan estas tiendas de conveniencia) me parecen de los no-lugares más queribles, en tanto aún tienen reminiscencias de las vetustas tiendas de abarrotes que ciertas niñeces todavía logramos conocer. Pero no cuesta mucho encontrar las diferencias: mientras los abarrotes buscaban proveer a familias numerosas y sólidas, tan pesadas como sus catolicismos, sus licenciaturas o sus casas de fastuosa escalera telenovelera, los Oxxos están diseñados para gente sola o familias light, casi improvisadas: hombres o mujeres que renunciaron a los matrimonios y se preguntan en las noches quiénes los soportarán de viejos; jóvenes que empiezan a vivir solos y necesitan improvisar Mi Primera Trasgresión con un six de cervezas y una cajetilla de cigarros sin filtro; parejas dinkys con perrhijos y noches de Netflix, que se las arreglan con pequeñas provisiones: una latita de rajas y un paquete de diez tortillas resecas de Milpa Real bien resuelven las necesidades de un consumidor sin mucho interés en quedarse en ningún sitio, que prefiere desentenderse de la gravedad de sus relaciones personales o del espejismo del internet.

Porque el consumidor del Oxxo además es un consumidor asiduo, enfermizo, de la chatarra de la web: videos prescindibles de PlayGround, listas de libros que no interesa leer, playlist o streamings en el que es intercambiable la película de serie B como el blockbuster del año 2009 (¿cuál fue?), que la masterpiece de 1938 que nadie ha visto pero todos mamonean —porque nuestra principal forma de socializar, ahora, en las redes, es justamente mamonear.

¿Dónde está entonces el encanto de una tienda de productos efímeros para gente efímera? Justo en esa ilusión de permanencia de la fugacidad. En una era donde no son seguros los empleos, las parejas, incluso los apostolados o las convicciones, da tranquilidad reconocer un Oxxo cada dos esquinas, como en su tiempo lo fueron los Sanborns, viejos abuelos que aún creían en la prosapia de los individuos.

Quise hallar, no la encontré, alguna ilustración que igualara a los Oxxos con la famosa Noctámbulos del clásico Edward Hooper.

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En lugar del ascetismo gringo, aquí veríamos a un tipo de sudadera hiphopera, ligeramente obeso, con menor veneración hacia su café —que además sería un café Andatti y qué difícil venerar un café así—. Mostraría al Oxxo como el centro de confluencia de quienes hemos perdido la habilidad de confluir: mentes dispersas a la caza de cualquier paquete de algo que se coma, que se beba, que muy en el fondo agradecemos la media sonrisa mercadotécnica de los vendedores, tan fastidiados pero tan bien capacitados en sus cursos de atención al cliente.

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43 consejos que los Equis deben darle a los millennials

Desde hace unos días está circulando por las redes este video:

Está bueno gastarse los quince minutos que dura para verlo; quien necesite el resumen ejecutivo, les cuento: que Simon Sinek, estrellita marinera de los Ted Talks, reconoce cuatro aspectos que le causan problemas a la “generación millennial”: la crianza (los padres los educaron con medallas sin mérito, bajo la creencia de que no hay nadie tan valioso como cada uno de ellos), la tecnología (y su adicción a la dopamina, placer pequeño y constante que se mantiene a golpe de likes, favs, mentions y comentarios positivos que provienen de sus celulares), la impaciencia (el mundo de las redes crea la idea que todo —amor, reconocimiento, éxito laboral— debe ocurrir tan pronto y tan en automático como se escribe un mensaje o se sube un video) y el ambiente  (corporativos sin interés en crear confianza en sus colaboradores jóvenes, que no los capacitan para una vida productiva de largo aliento). Me gustó su perorata, más porque me proyecté en el tema de la dopamina, que me tiene bastante ansioso y aprehensivo (como ocurrirá cuando recién suba este post).

El tema es que muchos millennial aborrecieron el video. Sobre todo la parte donde se habla de los reconocimientos. Alguna de las comentadoras más rabiosas argumentaba que a los millennial no les quedaba de otra que sobrevivir. Lo que seguía era exactamente lo mismo que han dicho todas las generaciones: los mayores nos dejaron puras sobras, con estos despojos qué quieren que hagamos, etc.

En realidad es muy común que las generaciones se agarren del chongo. Rencores de estafetas mal pasadas, predecesores y continuadores se reprochan mutuamente por el mugrero en el que se ha ido volviendo el mundo. Por ejemplo, los equis le reclamamos a los baby boomers la traición que se hicieron a sí mismos: de dorados hippies creadores de psicodelia y utopías, a conservadores de pequeños feudos donde cultivan orgánico, practican espiritualidades chafas y se alejan del resto del mundo; quizá —argumentamos — para no toparse con el fracaso en el que dejaron al resto del mundo.

Los millennial tendrían que reprocharnos a los equis muchas más cosas, que golpean justo en el centro de nuestra poética: la apatía filosófica, el escepticismo lírico, la disolución al estilo El cielo protector de Paul Bowles —bonita forma de llamarle a la güeva— como forma de aprehender al mundo. Los sobados argumentos de la caída del Muro de Berlín, del final de las ideologías, del agandalle de un capitalismo sin contrapesos, junto con la sexualidad atormentada porque se asomaba el SIDA tras cada persona que invitaba una chela, nos hizo una baba decadente: hermosa en su proceso autodestructivo, poco eficiente para alguna recreación alentadora del mundo (y además con las greñas y las franelas del grunge nos veíamos horrorosos).

Ahora los millennial miran el otro extremo del péndulo: contra nuestro escepticismo, su interés mesiánico en cambiar el mundo, como lo hizo su gurú Jobs al vender computadoras bonitas. Sus esfuerzos son irregulares pero muy cacareados en sus propios blogs y sus propios canales de Youtube. Genios de crear empresas, de formas de ayudar a las minorías que tanto los necesitan; urgidos por dejar su huella y “hacer la diferencia” (término tan gringo que desde ahí se traslapa -legítimamente- la sospecha).

Ante el remolino de ideas, propósitos, outfits, esfuerzos, gadgets, acometidas rabiosas de existir con eficiencia (quesque), pragmatismo (quesque) y hedonismo high (quesque), a uno como equis le da vergüenza ofrecer la experiencia de su escepticismo. Porque si algo tenemos los equis es vergüenza: de lo poco que aportamos, de nuestra mecha tan corta, de los propósitos menores que nos consumieron. Por eso, ahora un millennial te comenta su plan ósom de crear una startup ósom, que hará un antes y un después del antes y el después, y a mi por ejemplo me aterra decirles que será más complicado de lo que imaginan, advertirles que su idea es too much too soon, y peor, lo que no les digo lo uso para una bonita sesión de autoflagelación: “¿por qué agriarles el entusiasmo?  ¿Y qué tal si ellos saben hacer lo que tú no? ¿No estoy malogrando un impulso fantástico con mi sarcasmo agotado, poco asombrado ante sus Innovaciones?”

Lo angustioso es que según avanza la década millennial, su impulso va desbarrancándose en contradicciones, dificultades, logros menos importantes de lo que habían imaginado, y su discusión generacional se mueve hacia otro lugar. ¿Por qué no les dijimos que en las grandes ideas también había que incorporar el tedio? ¿Que la Gran Maquinaria opera con una lentitud mucho más exasperante que sus impulsos épicos? ¿Que La Idea no está lista para el universo cuadrado del Cliente, ese ente anterior a los equis y a los baby boomers, que sigue imaginando el mundo como un catálogo de cocinas integrales y lavadoras?

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Hace poco me tocó ver a Robert DeNiro enseñándole a ligar a los millenial en la muy bonita comedia El becario, que hizo con Anne Hataway y que dirigió Nancy Meyers. En Mientras seamos jóvenes me tocó ver a Ben Stiller agobiado por el carisma ladino de Adam Driver (tan semejante a muchas estrellitas marineras que ahora vemos Fundar Proyectos Que Transforman La Forma De Comunicar, De Ser Y De Existir), hasta que le cae el veinte de su edad, su tiempo y su respiración, y regresa a sus aburridos pero personales documentales, que alguien debe hacer. Incluso vi a Mila Kunis arreglar el desmadrito de la superduper startup millenial donde la contrataron para ser todóloga, en la menor pero graciosa Malas madres.

No me engaño que en estas películas, fraguadas por directores más equis que millennials, estos aparecen como caricaturas disparatadas de computadoras y celulares, y se debe buscar en otros relatos una caracterización más fiel. Pero si son películas de los equis, también pareciera que desde sus narrativas quisieran darle a la generación su penúltima oportunidad: de participar del proyecto millennial pero sin renunciar a nuestro fatalismo, que algo de terquedad y de resiliencia sabe tener. Cuando se precipiten los fracasos  millennial, quizá podrán aprender de los tenaces equis, que no tienen nada que perder porque nunca aprendieron mucho sobre ganar. Capaz de algo les sirva la experiencia de nuestro recelo. Y no sé si al final esta combinación servirá de algo. Pero por ahí hay un equilibrio opaco, acepto que también poco emocionante, pero que puede recuperar lo mejor de ambas generaciones y emprender lo que siga con mejor fortuna.

¿Y los baby boomers? Que vivan su sueño en Puerto Vallarta. Ahí están de lo más bien.

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Donald Trump, presidente de México

5583a36ac461883c618b45c0Debía hacer una entrevista, redactar una lista de las 10 cosas basuras que debes hacer para tener una vida basura, sacar una cita médica… y entre tanto ajetreo era mejor tomar un taxi.

Tocó un chofer gordo, recio, tirando a calvo, de jeans sucio y camisa mal planchada. Uber nunca lo hubiera reclutado, pero gracias al clientelismo chilango puede practicar el ruleteo old school. Desde antes de abordarlo se le veía hablando solo y fue lo que me dio confianza poética. En los treinta minutos de viaje -hubo embotellamiento en Insurgentes y Mixcoac y todo se atrasó un horror- lanzó una nutrida perorata; enredadísimo consignarla toda, pero entre bufido y bufido fue opinando que:

No, el principio se me escapa. Tenía que ver con una manifestación en Reforma, le mentó la madre a los manifestantes y después se arrepintió porque pobre gente, tantas penurias que pasan en la ciudad.

Tampoco recuerdo bien cómo despotricó contra Uber y cómo le quitaban su trabajo, esa es moda de fufurufos, eso sí recuerdo que dijo, usó la palabra fufurufos, fufurufos que ni conversan por estar chinga-y-jode con su celular —entonces guardé mi celular—, “pero peor cuando lo guardan, puro mirarte desde arriba, como si esperaran su puta agüita. Yo pienso que para qué tanta diferencia si al final vamos a morirnos todos, que no chinguen, va a caer la maldita bomba y ni sus celulares los van a salvar”.

Ahí presté atención. El taxista estaba convencido de que tarde o temprano Donald Trump lanzará la maldita bomba, y ya hasta había calculado: destruido Reforma, Polanco, la Roma-Condesa y, por supuesto, Los Pinos. “Nomás los jodidos vamos a salvarnos. La maldita bomba no va a tocar Iztapalapa, no va a tocar Martín Carrera, no va a tocar Tláhuac: yo se lo digo, ahí nomás se acuerda de mí”.

—Pero ya, ya, ya, —golpe al volante con cada ya—, que de una vez Trump arrase con todo ya. ¿Qué se va a perder en la Condesa? Puros argentinos. ¿Qué se va a perder en la Zona Rosa? Puro puto y puro coreano. ¿Qué se va a perder en Polanco? Puro judío. Pero en Iztapalapa, le digo, ahí puro mexicano. Y los de ahí nos vamos a salvar.

Las redes sociales tienen el defecto de hacerlo a uno mesiánico e inculcador de valores, y ya iba a indignarme y a decirle que no dijera eso y que qué barbaridad, cuando llegamos al embotellamiento. El refunfuño del chofer ahora fue contra los proyectos viales de Mancera y el caos en el que tiene a la ciudad. En algún momento llegamos junto a un edificio a medio construir, en el espacio donde antes estuvo el cine Manacar.

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—Ese edificio: de puro chino. Mi única esperanza es cuando quede destruido: chingo de lana que van a perder los chinos. Y me río. Sólo quiero ver sus caras. Los van a destrozar.

Segundo motivo por el que no lo corregí: de inmediato recordé a mi padre y su cruzada privada contra los zapatos chinos. A él le disminuyó el trabajo en su taller porque ya no hay zapatos buenos para arreglar: “pura mugre china”. Y me vino un recuerdo algo lejano: de cuando yo era niño, y veíamos Siempre en domingo y aparecía Camilo Sesto o Miguel Bosé. Mi padre ni dejaba escucharlos porque era puro despotricar: “estos gachupas que ni cantan. Nomás vienen a robarnos el dinero. Tendrían que poner un guardia en las aduanas. ¿Vienes a robarte nuestro dinero? No, papacito, entonces de regreso. Aquí no hay nada qué robar”.

Más allá de que se volvía un suplicio mirar la tele con mi padre al lado, ahora me llegaba una idea pavorosa, que se extendía al colérico chofer: ESTABAN DICIENDO EXACTAMENTE LO MISMO QUE DIRÍA TRUMP. ¿Eso hará de mi padre un genocida? ¿Eso haría del taxista un exterminador? Como si adivinara mis temores —tres autos para cruzar Insurgentes y los de tránsito detuvieron el paso—, el taxista continuó:

—…un presidente como Trump. Eso le falta a este país: un presidente como Donald Trump. Que se deje de idioteces, que deje de robar al pueblo, que ya no nos vea la cara. Que diga: prohibida la entrada a quien venga a robarnos y a chingar. O si no lo quieren los mexicanos, que lance ya la maldita bomba. Imagine destruido esto, todo Insurgentes. Pero a los de Iztapalapa ni nos van a tocar.

¿Por qué estas personas, por otro lado no infames (no lo sé del chofer, pero puedo asegurar que mi padre es un pan de Dios) podían manifestar esta xenofobia horrible? Me contesto enseguida: por inseguridad, por miedo, porque se ofuscan ante los lucimientos de los extraños y prefieren sus espacios seguros, de personas reconocibles, que no deben hacer el esfuerzo de descifrar. Ahí está una de esas oscuras fascinaciones que pone a filósofos e historiadores a estudiar el nazismo: la idea de una sociedad que desgasta su tolerancia y su templanza para relacionarse con los otros, y que entonces muy fácil se deja llevar por un orate que gobierna a golpe de ocurrencias y terror, como en su tiempo fue Hitler, como ahora lo es Donald Trump. Capaz es mucho más difícil mantener el equilibrio -casi siempre imperfecto, injusto, hasta ladino- de las democracias, que estas tablas rasas, inclementes, de dictadores con ideas pobres pero seguras de tan esquemáticas: la bondad de los nuestros, el peligro de esas sombras fantasmales -judíos, mexicanos, coreanos, Miguel Bosé- que amenazan nuestra pírrica tranquilidad.

—¿Usted imagina lo felices que seríamos con un presidente como Trump? ¿A la chingada los que no sirvan y quedarse los que debemos quedarnos, que nos proteja Trump?

—El problema es que este Trump no va a protegerlo a usted. Y que la bomba deja radiaciones. Va a tener nietos con cara de sapos —hasta entonces me atreví a opinar.

El taxista se rió. “Pues si ya tengo cara de sapo, ¿qué va a ser peor?” A esas alturas ya íbamos llegando a mi destino. Noventa pesos porque el tráfico retrasó todo. El taxista siguió su perorata solitaria. Cara de sapos, qué puede ser peor. Ya le tocaría a otro escucharlo disertar sobre una ciudad batracia que pide la justicia de un cruel exterminador.

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El priismo como estrategia

 

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Con todo este tema de las renegociaciones del TLC y la construcción del muro de Trump, estaba redactando un post emocional y reflexivo sobre mi poca empatía con los souvenirs yanquis, cuando en El Universal apareció este artículo de Ricardo Raphael que me emocionó: El viaje es una trampa. Más o menos dice que Donald Trump es una persona de naturaleza impaciente, y que le urge ostentar lo antes posible su poder y violencia. Quién sigue su ritmo (y no es fácil no hacerlo, dado el talento de la provocación), pierde. Pero si se demoran sus tiempos, si se frenan los procesos (“Tortuguismo en los encuentros y las conversaciones. Morosidad. Lentitud”, dice Raphael), el tempo de Trump pierde virulencia y hasta entonces sí, sería posible negociar.

Además de parecerme un artículo astuto y mal portado, me divirtió leer algo semejante a una estrategia de futbol. Décadas atrás, César Luis Menotti describió cómo debía jugar la Selección Mexicana: sin pases largos, sin individualidades virtuosas, mejor triangulaciones, cascareos, cabuleos, desesperar, aburrir al contrincante, y hasta entonces sí, hacer lo suyo. Se me ocurrió otro ejemplo mexicano, poco digno pero efectivo: el estilo priista de dialogar.

Que es fundacional: bien se sabe que el PRI se creó para que los generales revolucionarios no se siguieran matando. Contra las balaceras compulsivas impusieron la disciplina; privilegiaron el  apoyo monolítico sobre el disenso; y, sobre todo, aprendieron a resolver problemas desde la distensión. “Deja que se enfríe”, es el gran recurso priista cuando dijeron una burrada, cuando aparece la foto del diputado con la muchacha de poca ropa, cuando se evidencia una curricula de despilfarros y sainetes. Así se han enfriado escándalos de personajes tan variopintos como los Duarte de Veracruz y Chihuahua, los Moreira coahuilenses, el intocable Romero Deschamps y media centena más.

Desde el priismo, una confrontación se resuelve dándole vueltas, retrasándola, entorpeciándola con retóricas pseudocientíficas y sociológicas, frases opacas que tienen más intención del atarante que de la comunicación. La “consulta con las bases”, las “profundas convicciones”, los “análisis a fondo”, “los tiempos de los procesos”, no tienen más propósito que aletargar y enfriar el impulso adversario. Así educó el priismo el dedo en el gatillo. Y este recurso evolucionó a las oficinas de gestores, cubículos de servicios, ventanillas de atención y módulos de quejas.

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Cuando el iracundo se transforma en fastidiado (en medio de eso una cubita, el cigarrito, acomódese en ese sofá mientras le atienden, cuando arruga el ceño tiene una expresión como la de mi papá), el priista dialoga. Con poco tiempo porque qué bárbaro, cómo se nos fue el tiempo, acuerdos rápidos y: ¿estamos bien? Gusto en haberte saludado. Es común que el querellante salga aturdido de entrevistas, comidas o citas, con el flaco consuelo de creer que ha sido escuchado, y esa vaga aspiración rulfiana: si me escucharon, es posible que algún día me resuelvan.

Estas estrategias de dilación se han extendido a sitios de trabajo, relaciones familiares, discusiones de parejas y grupos de amigos. Los extranjeros se quejan de nuestros ahoritas y ratitos, unidades de medición del tiempo que hubieran desquiciado las relatividades de Einstein. Con el tiempo se han unido versiones más sofisticadas: “estamos en junta de revisión”, “pequeña demora en el Periférico”, “salí hace diez minutos, ya casi estoy allá”, “mereces alguien que vaya a tu ritmo”, “ya va a salir el cheque, una firmita y ya”.

¿Podría el pragmático, impulsivo, de Donald Trump, lidiar con una estrategia así? Tengo claro que tampoco hay mucho de qué enorgullecerse. Pero si hubiera que pelear con los recursos propios, no sé cómo Peña Nieto, en vez de mandar a Washington al ansioso aprendiz de canciller Videgaray, mejor no optó por un ejército de juventudes priistas, revolucionarios, retóricos, asertivos. Acompañados de veteranos de la Reforma Agraria. Más sabe el diablo por viejo, y esas cosas que ellos saben decir tan bien.

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18 mujeres que deben de salir con un emprendedor

perfiles-de-consumidores-pareja-hipsterMe he vuelto receloso de las listas porque les hago mucho caso; no debería confesarlo pero suelo darle copy-paste a las 10 Formas de Ser Feliz, los 15 Tips Para Mostrar Seguridad y las 20 Oportunidades Para Ganar Dinero, consejos que con el tiempo me han hecho más desgraciado, inseguro y pobre, no necesariamente en ese orden.

Después aparecieron los blogs-pensamientos —no se me ocurre cómo llamar a esta versión cibernética de los pergaminos del metro Balderas— sobre por qué debes enamorarte de una mujer que lee, después de una mujer que no lee, después de una mujer que a veces lee y a veces no, y las variaciones se hicieron tan infinitas como ocupaciones, gremios y vertientes de pensamiento de la corrección y la incorrección política: de post en post hemos ido aprendiendo que no hay nada mejor que enamorarse de ingenieros, comunicólogos, actrices, astronautas, trabajadoras sociales, amantes de los perros, de los gatos, de los cuyos, de los hermanos mayores y los hermanos menores, de blancos, negros, orientales y todo lo que pueda caber en un videoclip de la inclusión. Los hermanos de en medio, por ejemplo, no.

Entre estas formas de sabiduría redsocialera, se me aparecieron las 18 cosas que debes saber antes de andar con un emprendedor. Yo siempre he admirado a los emprendedores porque son sonrientes y se peinan con estilo, porque tienen respuesta para todo y saben qué tipo de zapatos usar, cosa en la que también me he sentido incapacitado. Corrí a leer y a enterarme, no que pudiera emular a tan dinámicos personajes, pero sí aprender cómo es la vida cuando Pierdes El Miedo y Amas Intensamente Lo Que Haces. Y que encima, y por eso, las chicas se vuelven locas por ti.

Según el artículo, los emprendedores leen sobre negocios y desarrollo personal porque les gusta ser mejores personas. Siempre piensan en dinero pero porque es una estrategia que los ayuda a ser mejores personas. Tienen su tiempo perfectamente planificados y no lo desperdician en cosas “que no sean disfrutables o productivas” (ahí entra mi angustia de que quizá no leerán este blog). Viven para conseguir metas que los hacen mejores personas. Trabajan mucho más del horario de oficina  con tal de perseguir su sueño, como cualquier oficinista promedio, pero con la diferencia de que eso les ayuda, claro, a ser mejores personas. No les gustan las personas flojas (amargo aceptarlo, pero en 2017 seguimos existiendo las peores personas) y lo siguiente da pereza seguirlo glosando, excepto los puntos que se refieren al amors, que era de lo que se trataba este post emprendedor.

Según entendí, lo que buscan estos muchachos es alguien que: 16) les recuerde que hacen demasiado (y los proteja del burnout); 17) que sea buena para cuidarlos, darles su espacio, perdonarlos y divertirse y 18) que sepan que a pesar de todo lo anterior, el emprendedor piensa en su pareja. “Tu amor y dedicación significan más para nosotros de lo que podrías imaginar”, remata el artículo como verso de britpop.

En el ocio que me permite no estar tan apurado persiguiendo mis sueños, hice inventario de novias-amantes-ligues que se hubieran aventado el paquete de seguirme el paso emprendedor. Imaginé la mirada comprensiva de una, la voz de aliento de otra, los post-its en los pizarrones de corcho que garrapateó alguna más. Acepto que volví a enamorarme un poco de todas y cada una de ellas, pero ninguna logró terminar el cuadro (sorry, chavas, si alguna de ustedes todavía me lee). Y mientras sus modestos esfuerzos se iban difuminando, una presencia se hacia más y más definitiva. Que me confortara porque ya hice demasiado, que me cuidara, me perdonara, me divirtiera y supiera que es importante mi escaso amor y dedicación… pues mi mamá.

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Pienso que sólo mi mamá aguantaría mis lecturas empresariales y se abstendría de decirme que no mame, que qué hago con otra biografía de Steve Jobs; que sólo ella me tendría paciencia para escuchar mi proyecto laberíntico de apps y redes que nunca se sabe cómo pero logran cambiar el mundo, que me vería reguapo dando ted talks sobre el cúmulo de aprendizajes que he tenido, y que me llevaría cafecito con leche en las trasnochadas de pergeñar modelos de negocios con una sonrisa indulgente y pantuflas.

No podría imaginar otra mujer, que no fuera una madre, capaz de aguantar el narcisismo tan mesiánico, autosustentable y frágil de un emprendedor. Cuando oreé la idea en tuiters alguien me sugirió como equivalente posible a una chica high maintenence. Un foro de Word Reference me la describió como “‘exigente’ con connotaciones de neurosis”. De inmediato se me aparecieron los instagrames compulsivos de platillos caros, hoteles caros, amaneceres caros y vidas simples caras. Entre los perseguidores de sueños y las ganas de vivir plenamente (pero caro), todo empezó a hacerme sentido.

También me dio la urgencia de hallar un artículo de cómo enamorarte de los que luego nos fatigamos de perseguir nuestros sueños. O como luego pongo en tuiters: de los que estamos chupando tranquilos.

 

 

 

 

Las crisis económicas son un palimpsesto

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En México vivimos las crisis económicas como palimpsesto. Así se le llama a las escrituras que se borran y luego se reescribe sobre ellas, después el lío viene cuando los arqueólogos o filólogos deben decidir qué escritura rescatar, si la que está en la superficie o la que se escondió por razones religiosas, políticas o sicalípticas.

El palimpsesto se encuentra en los hogares mexicanos antiguos, los de la gente grande que congrega hijos, nietos, yernos y nueras de los hijos y los nietos. En estas casas, en las que suelen festejarse las navidades o se quedan a dormir los parientes desempleados o recién divorciados, lo mismo hay sillones cursis de tiempos del milagro mexicano, que horrorosos comedores coloniales comprados en el mercado de San Ángel en los ochenta, que tocadiscos de elepés, que computadoras de escritorio anteriores y posteriores al pentium, o ataris, nintendos y playstations con sus respectivos cartuchos. Todo crea una especie de capas geológicas porque nada se tira, no vaya siendo que con la nueva crisis se necesiten.

Las crisis económicas no se resuelven, se acumulan y uno se acomoda a ellas como Dios le da a entender.

No recuerdo la devaluación del peso de 1976, que rompió el cambio fijo de 12.50 pesos por dólar y lo elevó hasta los casi 28 pesos. Según entiendo fue una crisis moral, pues tambaleó el supuesto Milagro Mexicano que tanto se cacareaba. También le añadió una raya más a la decadencia del presidente saliente Luis Echeverría, a quien se le tenía inquina por historias como los halconazos de 1971, su trato agreste con los empresarios o el desmantelamiento del periódico Excélsior. Mi Primera Devaluación 76 fue un ensayo de rumores, supervivencia y especulaciones. Un día de campo comparado con lo que se vino después.

La crisis del 82 sí la recuerdo, con resonancias míticas y simbólicas, pues me tocó de niño, cuando se quiere entender el mundo y se descubre que los padres y los tíos no son tan infalibles como la estabilidad económica les permite fingir. Antes de ella hubo una bonanza artificial que pareció noche loca de brandy San Marcos y José José cantando en El Patio. Los yacimientos petroleros estuvieron a punto de volver potencia mundial al país y vienen préstamos para explotarlos, el presidente José López Portillo acuñó esa frase tan promisoria de Aprender A Administrar La Abundancia y vienen más préstamos para más desarrollo, y el derroche y la fiesta fueron tan esplendorosos y los préstamos tan constantes, que cuando menos nos dimos cuenta se nos pasó una factura brutal. El dólar se fue de los 22 a los 70 pesos, los empresarios huyeron con sus dineros, el gobierno declaró la moratoria de pagos y la deuda externa paralizó al país.

En su informe de gobierno, José López Portillo logró una pieza del histrionismo criollo que sigue causando tanta indignación como regocijo. Su “ya nos saquearon, no nos volverán a saquear”, limpiándose las lágrimas con impotencia y nacionalizando la banca de refilón, debe ser de los momentos más apantallantes de la historia reciente de México. Lo que no había apreciado en el video: la cara de espanto del próximo presidente, Miguel de la Madrid.

No estoy seguro de que hayamos salido de aquella crisis de 1982. Debe ser que la recuperación fue lenta y agobiante: todo el sexenio de De la Madrid y al menos un tercio del de Salinas. Y ahí sí, los mexicanos entramos en una capacitación intensiva de segundos empleos, subempleos y empleos informales: toda esa colección de puestitos y servicios de vieja escuela que ahora conocemos con los términos sofisticados de free lance y emprendedurismo. Con la crisis del 82 aprendimos a vender pancita los domingos, a poner inyecciones y XV años, a llevar catálogos de Avón y Jafra a la oficina, a hacer tandas desesperadas para los útiles escolares de los hijos.

La crisis de 1982 pareció aliviarse cuando el equipazo de Salinas renegoció la deuda externa y le dio oxígeno a la economía mexicana. Para poner al país más bonito se le quitaron tres ceros a la moneda -y se escondió la inflación bajo el membrete fashion del Nuevo Peso- y hasta se trajo a Rod Stewart a Querétaro, para darnos lustre primermundista. Ya sabemos que todo se fue al garete con el error de diciembre de 1994, que se resolvió gracias al préstamo de Bill Clinton a Zedillo y a que a los mexicanos nos enjaretaron el Fobaproa que rescató a los banqueros.

La crisis del 94 la viví como poeta maldito y apenas me enteré de ella, todo era alcohol y libros y romances contrahechos, pero tengo claras montón de historias de embargos, casas en remate y chatarrización de los otrora lujosos autos noventeros. Ahora que lo pienso, parecería que las crisis económicas sirven para estratificar generaciones. Yo sentí más la del 82 como otros no olvidan la del 94-95, y algunos más insisten que eso no fue nada comparado con el catarrito de 2008, cuando llegó el coletazo de las subprimes.

La narrativa de las crisis también se ha hecho ambigua: el dramatismo de la vieja devaluación (secretario de Hacienda con rictus cejijunto y voz pastosa de quien está quemando su carrera política) se ha transformado en un comunicado discreto de depreciaciones constantes, que le quitan teatro a las crisis y las convierten en persistente chinga cotidiana. Gracias a eso la tragedia contemporánea de la paridad peso-dólar, que pasó de los doce a los 22 pesos, se resuelve en alguna gráfica nerviosa que pretende ser más pop que lúgubre.

¿De verdad podríamos asegurar que salimos de las crisis del 82, 95 y 08? En lo que se intenta una respuesta aparecen nuevos personajes siniestros, como temporada de serie de TV que insiste en llevar la catástrofe al absurdo. Los recientes gasolinazos, Trump, el aprendiz Videgaray y el muro fronterizo que no pagaremos hasta que lo paguemos, va obligando a añadir anécdotas al palimpsesto: ahora, en la casa de los padres y los abuelos, se acumularán viejas laptops, smartphones de pantallas opacas, redes sociales percudidas de consejos y lemas para sobrevivir a  la nueva y cada vez más impactante crisis.

“Al fin y al cabo que ya estamos curtidos”.

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Networking & networking

Nunca me ha salido muy bien lo del networking.

Por ejemplo: me explicaban hace un mes, en los mezcales:

-Nuestra misión es simple, we: cambiar al mundo. Como lo hizo Jobs, como lo ha hecho Zuckerberg, como lo hizo Gates -hay que reconocerlo, we, ese dude cambió al mundo, aunque no nos encante la idea-. Y esa es la meta, cambiar al mundo. ¿Cómo vamos a hacerlo? Pues con pasión. Y de eso se trata, de contagiar la pasión.

-Ok…

Y hace una semana me dice otro, en un Sanborns:

-La idea es sacar una, dos chambitas, pagar las colegiaturas de las niñas, el bacacho los viernes, no creo que sea pecado un poco de ron. La pinche vida no está para milagros, está para ir saliendo. Y ahí es donde digo: donde sale uno, salen dos, cabrón. Y es eso, armarlo y ver qué puede pasar.

-Ok…

Y recordaba lo de hace un mes en los mezcales:

-Lo menos que espero: estar locos, locos, rematadamente locos de innovación, we. A mí me gusta salir de mi depa y ver innovación por todos lados: que innove la de los jugos, que innove el dude que barre, que innoven los automovilistas, o al menos que no pinches-jodan a los ciclistas y nos dejen innovar en paz. Sólo así entiendo al mundo. Innovación, innovación, innovación.

-Ok…

Y eso venía a cuento por lo del Sanborns:

-Tampoco es volvernos locos, hay que hacer lo que sabemos, ver quien lo compra, lo sacas y sacarlo bien. La gente está harta de que le vendan chingaderas disfrazadas de otra cosa. Les gusta que les digas, al chile: esto es así, y que sea así. ¿Pa qué buscarle chichis a los alacranes?

-Y sí…

Y ahí fue irremediable pensar en los mezcales:

-…convocar a los líderes, a ellos son a quienes necesitamos. Debemos estar rodeados de líderes, gente excitante, que quiere cambiar el mundo, con cosas importantes qué decir. No veo otra ruta más.

-No, ps no.

Que luego me dejó pensando, en el Sanborns:

-…nos conseguirmos tres cabrones con sus changarros, nada importante, pero que suelten cheques. Con eso la armamos. Luego ya, lo que nos importa: llevar a cenar a unas viejas, el fucho, una buena tella en la cantina…

-Y sí, sí.

Mientras que semanas antes, en los mezcales:

-Nos pivotea una incubadora, una ONG que le guste pensar diferente. Así se financió mi chava, proyecto poca madre, año y medio en Orlando, en Navidad la voy a alcanzar.

-Ya, ya.

En tanto que en el Sanborns:

-Porque sí está bien cabrón mantener a las niñas, me acaba de llegar citatorio, mi pinche ex no va a parar hasta no verme destazado. Ya el otro día saqué lo último de mi cuenta, le solté la lana, que se largue a Morelia con sus padres y que deje de chingar.

-Y así es, sí.

Luego en los mezcales quedamos que en la semana me mandaban por Dropbox el kit con la info para que aportara “algo de mí, alto neto, algo que tenga verdad”. Y en el Sanborns me dieron tres datos en una servilleta, que lo pasara en limpio y le agregara el rollo que quisiera, “invéntate algo, tú sabes cómo”.

Y ahí vamos. Yo preocupado, de lo poco bueno que soy para los networkings.

El Mayor Tom


BIRD-PEOPLE
La película francesa
Bird People de Pascale Ferran y Guillaume Brèaud (Alas de libertad  o algo así en la traducción mexicana) cuenta dos historias que ocurren en el hotel Hilton cercano al aeropuerto de París. En la primera, un ejecutivo de Silicon Valley va a la ciudad francesa por negocios y de la nada decide renunciar a su empresa y su familia, para recorrer Europa bajo una eufórica depresión. En la segunda, Audrey, la camarera del Hilton que limpia el cuarto del empresario, sube a la azotea del hotel y se convierte en un gorrión. Apenas Audrey inicia su vuelo y uno quiere protestar por la incongruencia del argumento, empieza “Space Oditty” de David Bowie y se aplaca el desconcierto. La camarera-gorrión delira en su nueva identidad, planea por la pista de aterrizaje del aeropuerto y elucubra en todo lo que podría hacer siendo más pequeña y más ágil.

secret-life-of-walter-mitty-pic-06Hace pocos años, en La vida secreta de Walter Mitty (Stiller, 13) la canción del Mayor Tom apareció en otro momento crucial: cuando Walter, el rutinario editor de fotografía de la revista Life, debe buscar por todo el mundo a su colaborador estrella Sean O’Conell, y termina en una cantinucha de Groelandia, con un piloto de helicóptero borracho, el único que podría llevarlo al barco pesquero donde estaría Sean. Walter se rehúsa a viajar con semejante alcohólico. Lo ve irse mientras piensa en el fracaso de su misión. Entonces aparece el espejismo de Cheryl, la chica de la que Walt está enamorado, y toca la canción de Bowie en una vieja guitarra. Walter decide saltar al helicóptero y ahí se une la versión original del Mayor Tom con el guitarreo de la chica. La canción se vuelve poderosa según el helicóptero se eleva y se integra a panorámicas del mar.

David-Bowie-Space-Oddity-copyright-2012-GTVLa Wikipedia dice que “Space Oddity” (la del Mayor Tom para los cuates) se grabó en 1969 y que fue el primer éxito de Bowie. Ese año el alunizaje tenía al espacio en la mente de todos. Bowie además aludía al estreno cercano de 2001: Odisea del espacio, la obra cumbre de Stanley Kubrick que, ciencia ficción más, relumbrón técnico menos, proponía una evolución del ser humano, desde el homínido con cierta inteligencia, a esta especie de esencia cognoscitiva o espiritual, que aparecía tras el proceso de conocimiento, renuncia y abandono del astronauta Dave Bowman. Su tremendo viaje no es muy distinto al del Mayor Tom de Bowie, guiado por una torre de control que lo deja a la deriva, flotando en un infinito inquietante. El abandono de Tom semeja el rompimiento de comunicación entre Bowman con la computadora HAL 9000.

tumblr_mnhp4ysafY1rr5ifzo1_r1_500Antes que Ziggy Stardust, Aladdin o el Duque Blanco, el Mayor Tom es la primera personificación de David Bowie; y si no es explícita, sí se mantiene por lo menos durante la primera década de la trayectoria del rockstar, como si vigilara desde el espacio su evolución. No es gratuito que en 1980 le dedique otra canción, “Ashes to Ashes”, donde Bowie se refiere a Tom como un yonqui que ascendió a los cielos más altos para después caer a su punto más bajo. La mitología del Mayor Tom ha rebasado el universo de Bowie. Músicos como Elton John, Pete Schelling o Mötley Crüe han hecho referencias, directas o veladas, del astronauta. Con una perspectiva posmoderna, el Capitán Kirk de Star Trek, Wlilliam Shatner, grabó un disco rarísimo, Seeking Major Tom, en el que recoge la mitología del personaje y “recita” sus canciones. Mientras el canadiense K.I.A., con la ayuda de la cantante Larissa Gomes, se pregunta qué habrá pasado con la esposa de Tom a la que alude Bowie, en su canción “Miss Major Tom”. Y The Tea Party lo vuelve un ser cuasi divino y en “Empty Glass” le pide ayuda para saber a dónde pertenecemos porque nada tiene sentido, We need ground control / We’re losing our souls, casi reza.

En otra parte de su canción, Tea Party alude a un tiempo dorado que pasó como rayo. Esta época de oro, que podría ser la adolescencia, el idealismo o la ingenuidad por el futuro, parecería subyacer en el lanzamiento al espacio del Mayor Tom. Bowie crea su canción hacia el final de los sesenta y de su parafernalia jipi, están cerca los asesinatos de Charles Manson, el concierto fatídico de Altmont de los Rolling Stones y la disolución de Los Beatles. The dream is over, es la consigna que se escucha a la par de la canción. Los experimentos contraculturales parecían fracasados, o al menos les urgía un alejamiento que les permitiera recrearse. Desde ahí, la canción de Bowie semeja fuga o exilio. Hay que huir hacia el infinito para replantear cosas. Si nos perdemos en él será mejor, en esa pérdida podría estar la aventura.

De ahí que el uso más emotivo de la canción haya ocurrido en “Lost Horizont” uno de los últimos capítulos de Mad Men. Ahí, Don Draper precipita un viaje loco para buscar a Diana, la camarera con la que se ha estado encamando en los últimos tiempos, y de quien cree estar enamorado. Don está devastado, con dos divorcios encima, sus hijos que no creen en él, una empresa disuelta por un emporio en el que Don perdió poder e influencia. Buscar a Diana es una vía de escape y un aliciente contra las derrotas. Pero la familia de la camarera lo trata mal y le hacen ver lo imprudente de su búsqueda. En su auto, Don se enfila por una carretera angosta. Recoge a un hippie que le pide aventón. A Don no le importa llevarlo, puede hacer cualquier ruta porque en realidad no tiene ninguna. El auto se hace pequeño por la carretera cuando el Mayor Tom vuelve a aparecer, como si quisiera acompañar a Don en un viaje tan solitario como el que él hace en el espacio.

mad-men-season-7-episode-12-jon-hamm.drivingComo en Bird People y Walter Mitty, en este capítulo la canción coincide con la decisión del viaje y con el vértigo hacia lo desconocido. La canción parece un propulsor -la cuenta regresiva de la nave espacial, las alas de un gorrión, las hélices de un helicóptero- que lanza a los personajes hacia este universo peligroso o fascinante de lo que no se conoce, un territorio oscuro que se develará de a poco y que pide una temeridad distinta a lo que siempre se ha hecho. Atrás quedan las sábanas dobladas del Hilton, el cubículo de oficina de Life, las juntas creativas bajo presión de McCann Erickson. En el camino del Mayor Tom se hacen obsoletos los recursos de la rutina y la obediencia, exige en cambio el sometimiento al abismo, a la experiencia sin asideros que difumina, disuelve, pero capaz y en este proceso le otorga cierto reconocimiento a quien lo elige. 

La experiencia que propone “Space Oddity” tampoco es definitiva: las secuelas en las canciones y las continuaciones en las ficciones la presentan como un tránsito; después se regresará a lo de siempre, aunque quizá con el resabio de cierto conocimiento adquirido. Por lo menos el que necesitó Bowie para crear a Ziggy, su marciano mesiánico, o Walter Mitty para llegar al Himalaya. O Don Draper -tan cínico como triste- para crear su comercial emblemático de Coca Cola.

Don Mad Men The Milk and Honey Route

Las canciones del Mayor Tom pueden escucharse aquí.

Pordiosero

vagabundo

Una tarde malogré un ligue que habría sido extraordinario cuando le dije a la muchacha -ojos miel vivaces, el pelo pesado caía en bucles sobre sus hombros, torso elegante de gimnasta que se ejercita dos veces a la semana- cuando le dije que dentro de mí existía un pordiosero.

Capaz y lo habría arruinado menos si hubiera dicho homeless o flâneur, el dialecto en extranja siempre agrega romanticismo o fascinación, pero maldita la honestidad en castizo y más maldita la imaginería de la decadencia que con tanto esmero me puse a describir: le expliqué que bueno o malo, no me ha salido muy bien el vicio del alcohol constante y en exceso, tampoco he sido muy bueno para las drogas -excepción del cigarro, detallé, pero ella también le daba compulsivamente a sus benson & hedges mentolados y ahí ni cómo criticar adicciones ajenas-, ni le hago a las apuestas o los caballos -que además se necesita dinero y pos nomás no-; en cambio, le exponía, puedo tener una habilidad superlativa para quedarme viendo el techo o la pared durante largas horas, mientras siento cómo me crece el pelo, las uñas de las manos y los pies y la más bien ralita barba; podría durar en ese ejercicio durante días, semanas, meses y años, podrían cambiar las modas, los retos globales, podría morir la gente que odio y amo y mantenerme imperturbable, los ojos fijos y apenas sin parpadeo, una especie de time lapse con punchis europeo en el que cambian las estaciones, ¡como en las películas!, intentaba animarla: primero el sol a tope, después la lluvia pertinaz, la caída de las hojas y yo como esfinge sin enigmas, absorto en un pasmo atemporal.

Y mientras ocurriera este desperdicio de vida, le contaba a mi malogrado ligue, se anquilosarían mis dos pensamientos, me echarían de mi depto y de cualquier sitio con adornos distinguidos, hasta quedar en un callejón sucio con tres excentricidades de mis tiempos productivos. Que por supuesto, serían lo menos productivo del mundo: un Almanaque Mundial de 1988 por aquello de la nostalgia, algún pato lucas despintado que le robaría a otro pordiosero (ya le tengo echado el ojo a uno que merodea por el Walmart de Universidad) y un cuaderno de cuadrícula chica para hacer apuntes de ese tipo de sabiduría incontrovertible que luego se nos da como por epifanía a los menesterosos.

Obvio que para entonces el ligue, más afecta a los Hombres Entrepeneur Con Toda La Actitud, no veía la hora -eterna hora- de deshacerse de mí. Me habló de la superación personal, supongo que supuso que necesitaría un abrazo pero debí haberle dado asquito, me contó de una empresa que quería poner con su hermano, como para darme el ejemplo de cómo es la gente que hace cosas, o para conjurar mi tufo a inercia con el olor de los pisos de madera y los ladrillos frescos de su tienda de vinos. Todavía se me ocurrió que ahí podrían emplearme en limpiar estantes y tomarme los culitos de las catas emprendedoras, pero ella ya debía estar pensando en otra cosa, en por qué no le hizo caso al geek que le mandó animaciones con corazones y frases de amor con falta de ortografía, o en las fotos de sus siguientes alimentos que subiría a Instagram.

La despedida fue desangelada y sin entusiasmo: todavía intenté recitarle algo del Tarumba de Sabines que validaba mis argumentos -y no recordé bien pero decía algo así como que sólo le quedaban ganas de mirar y mirar- pero se me entorpeció el verso al contar las monedas de diez pesos con las que pagué los cafés. Regresé a casa mirando a quienes salían de las oficinas, los estudiantes con proyectos amenazados, los automovilistas frenéticos por llegar a donde tanto les urgía, las personas preocupadas por el final de mes y la falta de plata. Todos se relajarían más, se me ocurría, si sus trajes se volvieran jirones, sus autos chatarras, sus presentaciones a los clientes en cartones que los abrigaran en alguna esquina pródiga de gente. En el fondo de todas las personas están los pordioseros, me consolé.  Y lo que hacemos -el progreso personal, las pantallas planas, las juntas necias en los corporativos, los libros con citas al pie y las películas sin mensajes obvios- es para evitar serlo. Todavía me asomé a las fotos del facebook de la muchacha para lamentarme de cómo malogré el ligue. Fotos de cumpleaños, una tarde en la playa, su graduación tan festiva, el exnovio que le regaló una moleskine. De paso busqué el poema de Sabines que quise recitarle:

¿Qué puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?

Me quedé pensando que ahora el chisme era al contrario. Time lapse con el sol a tope, después la lluvia pertinaz, la caída de las hojas y yo como esfinge sin enigmas, absorto en un pasmo atemporal.

 

Patio Universidad

Mi veredicto arrogante fue que Patio Universidad apestaba porque no tiene ni un solo lugar donde vendan libros. “Un espacio sin peso”, “sin sustento”, “sin personalidad”. De esos argumentos que tanto les gusta a los del Facebook para indignarse. Porque (sigamos con la diatriba humanista escandalizada) un centro comercial que no vende libros es una carcaza de frivolidad, una nube intrascendente, remanso de la incultura disfrazado de ligereza, confort abúlico, consumismo irreflexivo. Que de hecho eso son los centros comerciales y ahí tendría que frustrarse la perorata, quien quiera libros que se vaya a la Biblioteca Central. O algo así. Pero ahí entra la autobiografía: de niño me inhibían los centros comerciales, nunca sabía qué hacer ahí (a la fecha sigo sin tenerlo muy claro) y así como los profesores o los conferencistas hacen contacto visual con su escucha más atento para adquirir seguridad durante su exposición, así también yo monitoreaba el mall para identificar aunque fuera el Sanborns (sí, el Sanborns, que universo monopólico de Slim y todo pero rascándole se le encuentra alguna novela de no malos renglones) para tenerle confianza al mostrito de franquicias que usa el clasemediero de cepa para su solaz. Si el centro comercial además tiene una librería, aunque sea pequeña pero bien puesta (hay una bastante honrosa en Pabellón Polanco), ya es terreno amigable. Ni siquiera hace falta ir a ver los libros: saberlos por ahí, saber que ante cualquier flaqueza uno puede dar la vuelta y meterse quince minutos a intoxicarse de títulos que (ay) no se pueden comprar, ya sirve para continuar la expedición fatigosa de ropa que tampoco se puede comprar, de caminadoras que tampoco se pueden comprar, de chavitas empoderadas según cuántas bolsas de Zara lleven en las manos.

Pero alguna insubordinación debe haber ocurrido en este Patio Universidad que no se ven huellas del Slim’s World (bah, todo lugar en México donde se venda algo tiene alguna huella de Slim). Quise decir: no hay Sanborns, ergo no hay libros, y es un centro comercial tan metido a calzador entre plazas universidades, plazas coyoacanes, pabellones del Valle y la librería Cosío Villegas del FCE a media cuadra, que no debe haber sido atractivo (imagino que ni siquiera lo convocaron) que algún librero quisiera cometer la imprudencia de montar su negocio. En contraste, hay negocios que configuran a un consumidor más acorde a la época, es decir: de entusiasmo fugaz, gozosamente evasivo, ligero como té verde endulzado con azúcar mascabada para ser más natural.

Más que centro comercial, Patio Universidad es un conglomerado de franquicias restauranteras trendys, supongo que porque su punto neurálgico es el hotel City Express, hoteles de negocio pisa-y-corre ejecutivo y sin cochantle. Es decir, un centro comercial para viajeros, más que para familias. Y los establecimientos cumplen con esta necesidad, son un transcurso entre el aeropuerto y la sala de juntas, con tragos coquetos, cocina asiática para que los huéspedes no extrañen las cocinas asiáticas de sus ciudades, regalitos para las esposas, ropa deportiva para hacerse los runners en los Viveros, además de los GNC con sus píldoras saludables (el naturismo jipi devenido healthy entrepeneur) que tanto les gusta al godinato itinerante para equilibrar el estrés. Lo más cercano a un centro comercial de barrio serían las tiendas de electrodomésticos, tan agringadas que te hacen sentir Walter White coleccionando tinas para hacer sus golosinas celestes. Hasta el Superama colabora en el ascetismo fugaz, con su mood de supermercado de conveniencia gourmet, el oasis alimenticio de los neosolteros light.

Este ambiente de tránsito -este no-lugar, lo llama Marc Augé- se corona con el Cinepolis, extensión del de Plaza Universidad que está enfrente. La idea de tener dos complejos de Cinepolis apenas cruzandito la calle parecería disparatada, pero como bien van diciendo los comentaristas de las páginas reseñeras de malls, por lo menos ayuda a que se desahoguen las funciones de los blockbusters y hasta le dan chance a las pelis de arte de permanecer una semana más.

Lo curioso está en la diferencia de personajes que hay solamente al cruzar la avenida. Los que van al Cinépolis de la Plaza -los que van a los negocios, los restaurantes, el Interlingua de Plaza Universidad- siguen siendo familias, novios que cargan en sus espaldas el peso culpígeno de sus linajes, muchachos desesperados de sus buenos modales y muchachas esmeradas en verse lindas y aburridas porque eso les crea más enigma. La banda que acude al Patio, en cambio, son como los pobres alumnos de primaria que no cupieron en el grupo A de una escuela y los mandan en aparente marginación al grupo B. Oficinistas fatigados, secretarias que ya no aguantan los tacones, la divorciada joven que no soportaría la vergüenza de encontrar a sus amiguis para tener que contarles cómo sobrelleva su fracaso; parejas, pero no oficiales, capaz adúlteros que revisan el espacio con titubeo -no teman: sus amigos-bien están allá, en la Plaza-, o estas festivas modalidades milenium sin-compromiso-y-a-ver-qué-va-pasando que hacen dates en el cine como en los restorantes: como esbozo, un pue’que que ya veremos, y que suelen disolverse ante el primer atisbo de una palabra seria. Nada es estable, todo va ocurriendo a ver si ocurre, y por alguna idea trasnochada de lo que era La Cultura se me ocurre que lo transitorio no admite la presencia de los libros, tantas páginas para concentrarse, tan pesado que a una idea siga otra y que a un personaje lo incordie otro, tan fuera de contexto complicar con argumentos lo que debe ser más una logística eficiente e imperturbable: sala ocho, disfrute la función; mesa para cinco, sean bienvenidos; píldoras antioxidantes, una en ayunas y otra cinco minutos después de comer.

Prejuicios aparte, voy encontrándole un gusto morboso al dichoso Patio sin libros y con ergonomía para no existir. Fue el lugar idóneo para ver, por ejemplo, Ella, la iPhábula amorosa en la que apenas puede imaginarse la realidad de una Scarlett idealizada en un sistema operativo, o la disolución del maligno Johnny Deep en aquella virtualidad obsesiva que fue Trascendencia, o la Odisea del Espacio intoxicada de Lucy, de nuevo Scarlett tan imposible que sólo podemos aspirar a ella convertida en bits de un USB. Películas de los que están sin estar, en un centro comercial también creado para no estar. No hacen falta libros. Son parte de otro territorio, no de éste que en su pragmatismo rechaza la realidad. Hay otro morbo que me produce Patio Universidad, tiene que ver con su decadencia: ¿cómo será este sitio en diez, veinte años, cuando termine su novedad, cuando su hotel y sus negocios pasen de moda y las escaleras eléctricas, los pasillos lustrosos, los barandales de vidrio se muestren desportillados, rotas las láminas de triplay, gastadas las alfombras que procuran calidez? Por la red circulan fotos de centros comerciales abandonados que son hermosas con sus hojas secas, sus aparadores quebrados, sus paredes pintarrajeadas. Llegará algún momento en que Patio Universidad se verá así. Imagino que entonces podrá ser un sitio adecuado, inspirado, para sentarse a leer.

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