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El Inquisidor del Walmart

Llevaba varias cosas, por eso no podía usar las cajas rápidas. Además, tenían una cola larguísima; la desventaja de las otras filas era que los compradores llevaban sus carritos atestados y había que elegir -cálculo silvestre de sentido común- qué correlación contenido-de-carritos-pericia-de-cajeras podría ser más veloz.

Al final me puse tras una chica con escobas, trapos y artículos de limpieza. Trasero regular: recordé que en la góndola de alimentos chinos vi una de estas niñas sofisticadas que suben toda su vida a Instagram, de shorts de mezclilla y esa sí de trasero y piernas inolvidables.  Pensé que Instagram está en temporada de piernas inolvidables, saqué el celular para chusmear. Levanté la mirada para pedir disculpas porque creí haberle dado un empujón con mi carrito a la chica de los artículos de limpieza, ella ni se inmutó. La olvidé cuando en Instagram apareció una queretana de no malos bigotes que presumía con vestidito floreado el inicio de la temporada primaveral. Avanzó la chica, tenía que darle like al vestido, me enredé entre fila y foto, de pronto un fulano se mete en la fila, justo adelante de mí.

T-shirt blanca, jeans aguados, peinado burocrático, gordinflón. De esos que fueron delgados cuando vivía Kurt Cobain y ahora tenían nostalgia del grunge. Y ahí estaba, en total impunidad, más escurridizo que impositivo, entre la chica del trasero regular y yo. Sólo llevaba cuatro gerbers, ¿por qué no hizo fila en las cajas rápidas? Claro, porque estaban llenísimas y él debía salir lo antes posible con la, supongo, urgente comida de su bebé. ¿Pero meterse así, tan campante, delante de mí? Quizá no se había dado cuenta que yo seguía a la muchacha y bastaría con avisarle, entonces se pondría detrás mío, o detrás de la señora que me seguía, quien miraba resignada la revista de videojuegos que hojeaba su nieto. Estoy a punto de usar mi carraspeo más amable para avisarle de su error, cuando noto que el gordinflas me mira de soslayo. ¡El cabrón sabe que se metió, sabe que yo lo sé, y no hace nada para salir de la fila! Lo obligado es volver mi carraspeo brusco, decirle que no mame, que se vaya para atrás. Pero por la mirada sesgada noto que está nervioso, muy asumida su culpa, muy preparado para que yo lo cague y lo insulte y se arme el altercado, que habría resultado liberador. Y entonces decido no decirle nada pero mirarlo muy fijamente, muy cara de censura izquierdosa, muy actitud de reproche al borde pero contenido porque noto que eso lo abruma muchísimo más.

Mi mirada condensa todo el Odio y la Maldad del mundo, cae sobre el tipo como loza y una culpa infinita somete a sus hombros. Decide darme la espalda, perforo su nuca con todos los reclamos ciudadanos que he aprendido en facebook. Tanto le afectan que regresa el rostro de perfil, como concentrado en ver el movimiento de las otras filas. Vuelve a mirarme una micra de segundo, se da cuenta que la cosa está tensa, parece interrogarme, ¿por qué no me reclamas?, pero yo me mantengo serio como vegano ilustrado, él parece perderse en una reflexión que le viene de tiempos lejanos, mejor hacerse el güey que enfrentar la realidad. Sus orejas son dos rábanos de lo rojas, aguza la vista miope para no volverme a mirar. “Traes una culpa cabrón, tras La Culpa Madre De Todas Las Culpas”. Pero si sale de la fila evidencia más su ojetada, debe aguantar como hombrecito, como tipo con cuatro gerbers en las manos que debe ser el ejemplo de su hambriento hijo.

Y ahora el que entrecierra los ojos soy yo. Con crueldad, alevosía y sadismo. Confieso que también con sorpresa y hasta ternura: ¡Acabo de descubrir que se me metió en la fila un personaje dostoievskiano, un Raskolnikov de supermercado, prepotente y simultáneamente humillado, que no sabe cómo resolver la ecuación entre su insolencia y su culpa! ¡Casi quiero abrazar al maldito gordinflón, decirle que en efecto es culpable pero que tiene un lugar de expiación en Siberia, donde podrá visitarlo su hijo, su pobre hijo tan hambriento y tan necesitado de Gerber, que aprenderá a lidiar con la vergüenza de tener a un padre como él! Pero para que la belleza de este escarnio resulte, mi deber es no romper la tensión, mantenerme imperturbable vigilándolo con la conciencia compartida, grabarle mis ojos inquisidores en lo más íntimo de su alma, que lo acompañen siempre que vuelva a comprar papillas para su bebé.

Llegué a creer que estaba exagerando en mi conciencia de agraviado y en su conciencia de hijo de puta cuando llegamos a las revistas y, para hacerse el indiferente,  Gordinflas intentó agarrar el Quién que trae a Ludvika Paleta en la portada. Acomodó con torpeza los gerbers en una mano para jalar la revista, acrobacia tan ostentosa como inútil, cae uno de los gerbers, frasco roto y medio supermercado volteando hacia Gordinflas, que ya se ha convertido en un rábano todo él. No tarda el de la limpieza, la chica de adelante escanea con una mirada su ineptitud, juro que Gordinflas se ahoga y necesita como ninguna otra cosa en la vida que yo le reclame, o que suavice mi jeta y me ría de su torpeza en tono solidario. Pero yo me mantengo necio en el gesto de reproche, ligera sonrisa por la papilla rota y cierto ánimo justiciero que nació y floreció únicamente desde su interior. Gordinflas no sabía que yo ya no lo juzgaba desde la ética, sino desde la literatura, y que su trama agobiante ya no pertenecía al mundo de los reclamos civiles, sino a la metafísica cristiana de la culpa, el castigo y mi horrenda decisión de no brindar perdón.

Llegó su turno de pagar, Gordinflas dejó caer los otros tres gerbers en la plancha de la caja como si los abandonara, la cajera le advirtió que debía pagar el que había roto y respondió que sí, que no había cuidado, ella todavía le preguntó si deseaba que fueran a buscarle un gerber nuevo para suplir al arruinado y Gordinflas apenas pudo balbucear que no, que así estaba bien.

Cuando llegó mi turno ni supe cuánto pagué, ya estaba redactando mentalmente este post. Lo que sí tengo claro es que al salir del supermercado, en la fila de los taxis, volví a cruzarme con la chica del trasero regular y ella también me miraba inquisitoria, como preguntándome por qué me porté cobarde y no le reclamé al angustiado Gordinflas su intromisión. Y hubiera querido decirle que no fue cobardía. Quizá pereza de discutir. También curiosidad. Pero después me abstuve por franco y llano amor a la literatura.

Una cuestión de tiempo de Richard Curtis, la comedia romántica que no fue

MV5BMTA1ODUzMDA3NzFeQTJeQWpwZ15BbWU3MDgxMTYxNTk@._V1_SX640_SY720_Salí de la sala odiando Cuestión de tiempo por lo fácil que se le fue a Richard Curtis (guionista de Nothing Hill, Cuatro bodas y un funeral y las dos pelis de Bridget Jones; director de Actually Love) el giro de tuerca grandioso, agridulce, borgiano, que hubiera salvado del desbarranque a este lamento de película. Intento resumir: Tim es un pelirrojo desabrido y simpático, su familia vive en la costa del Reino Unido: tiene una madre de amabilidad brusca, un padre que dejó de trabajar a los cincuenta años y se dedica a jugar ping pong, la hermana loca de piernas blancas y larguiruchas, y un tío obeso, caricatura de gentleman, soltero, despistado, casi autista, que siempre está pensando en otra cosa. Cuando Tim cumple 21 años, el padre le cuenta un secreto, y es que todos los hombres de la familia pueden viajar al pasado. El padre advierte que no se pueden hacer viajes para matar a Hitler o cogerse a Helena de Troya, pero sí regresar a momentos de la vida personal y “corregir” torpezas de conducta que arruinaron o frustraron eventos importantes. Tim aprende a usar su súperpoder y así logra ligarse a la dulce Mary, una Rachel McAdams menos rubia que en otras pelis pero con un bonito fleco indie. Esto ocurre hacia el primer tercio de la peli y el resto es una crónica empalagosa y sin reveses dramáticos de una boda con lluvia, hijos rubios y adorables, fiestas de familia y frases para muro de facebook.

Entre todo esto, un punto de interés: Tim viaja al pasado para corregir los desastres sentimentales de su hermana, pero entonces su hija, que era rubia, se vuelve morena. El padre le dice que el único riesgo de viajar al pasado es que trastoquen de tal manera los eventos de la vida que después encuentre presentes paralelos (lo que sabe todo espectador de ciencia ficción que se respete). Por eso, la regla que tiene el padre de Tim es: se vale viajar al pasado, pero no a uno anterior a que nazcan los hijos, para no arruinar la descendencia. Tim entiende y corrige. La niña de pelo negro vuelve a ser rubia (así de fácil cienciaficcioneros, no hagan olas, es una comedia romántica, tranquis, pues).

Las frases de facebook siguen, la cara dulce hasta el borde del coma diabético de Rachel McAdams se mantiene, se va esbozando la moraleja de comedia romántica: vivir cada día como si fuera perfecto y pleno, aun con sus errores; mejor el presente pródigo en estímulos imperfectos, que las correcciones ociosas sobre lo que se debió haber hecho y nomás no. Y por ahí acaba la película y pueden salir de la sala maldiciendo la ñoñez y reclamando el costo del boleto en la taquilla, eso hice yo.

richard-cordery-about-time-uk-premiere-held_3804607Pero entonces quedó suelto el hilo del tío D, caricatura de gentleman soltero, despistado, casi autista, siempre pensando en otra cosa. Curtis solamente lo usa para gags en los que incomoda a la familia porque no ubica cuándo se casó uno u otro, quién es hijo de quién, si los personajes siguen vivos o muertos, si lo que ocurrió fue ayer o hace quince años. Y justo ahí está el nudo que hubiera hecho a la película impresionante: antes se dijo que todos los hombres de la familia pueden viajar en el tiempo. ¿El tío D viajó? ¿Y se quedó soltero para poder seguir viajando, sin poner en riesgo ninguna descendencia? ¿Y qué tal si su despiste, su torpeza, su incapacidad de relacionarse con los otros, proviene de los viajes constantes, y la revisión cotidiana y las correcciones consecuentes le han confundido memoria y presente y lo han convertido en un triste fantasma? Y ahí es inevitable pensar en “Los inmortales” de Borges, esos “hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos” que como dice el cuento, “participábamos de universos distintos; (…) nuestras percepciones eran iguales, pero (…) Argos las combinaba de otra manera y construía con ellas otros objetos; pensé que acaso no había objetos para él, sino un vertiginoso y continuo juego de impresiones brevísimas.”

Ahí sí que dan ganas de viajar en el tiempo para corregirle la plana a Curtis, hacerle ver que en el tío estaba la clave de la película, que su presencia brumosa, fatigada y confusa de corregir recuerdos, habrían hecho contrapeso a la tesis entre superacional y new age -es comedia romántica, ni modo- de plantarse con pies firmes en el presente, en vez de perderse revisando lo que ya se vivió, lo que bueno o malo (y capaz más importante lo malo) ha cimentado la vida de los personajes, de quienes vemos a los personajes.

No me regresaron el costo del boleto de la peli. No hubo forma de viajar en el tiempo para recuperarlo.

Taquerías arrumbadas

Hace unas semanas quitaron todos los puestos de fritangas cercanos al Hospital del Xoco. Había tacos de tripa y suadero, quesadillas de huitlacoche y pollo, tortas de pierna con queso y la legendaria cubana con un poco de todo, tamales en la mañana y los maravillosos tacos de la culpa en las noches. Ahora, a esa riqueza gastronómica y cultural la suple un aséptico Seven Eleven con sus chapatas que disfrazan el poco queso y el poco jamón con capas ostentosas de lechuga elegante. No me cuesta trabajo imaginar los argumentos de quien tomó la decisión de retirar los puestos: habían problemas de higiene, obstaculizaba a las ambulancias y al paso de los doctores, además al hospital se va a dolerse de los heridos, no a atascarse de taquitos y menos si no están inscritos en una red de franquicias.

No hay forma de pelear la decisión, es posible que incluso ayude a deshacerme de algunos kilos, pero no dejo de compadecerme de la gente con poco varo que con un tamal se ayudaba para las pesadas jornadas. Ya había explicado por acá (propósito de 2014, saber cómo diantres se importa el viejo bló) que aquellos puestos eran sitios de reunión para médicos, policías, familiares de los accidentados y fauna aleatoria que nos agregábamos porque qué buena era la salsa verde espesa de los tacos de cecina. Ahora la gente ya no come mientras espera, sólo espera. Eso sí, con menos riesgos salubres, quizá más estresados por tener menos qué hacer.

Como siempre que ocurren estas cosas, miro los espacios vacíos y ordenados con una nostalgia que merece todos los reproches. Las voces interiores de la sensatez se fatigan explicándome lo conveniente de la medida y siempre hablan como traducción de reality show gringo, con inflexiones afectadas que en sus titubeos parecen recoger los argumentos más adecuados. Ante ellos poco valen mis historias chocantes por lo sentimentales: lo práctico de lanzarse a los tacos de guisado cuando no había ganas de cocinar, los tamales de la mañana, tan esponjosos como humeantes, los tacos de rellena de la noche, con su rusticidad casera que hacía pensar en una comilona de pueblo. La comedera sabrosa es trascendida hacia la impersonalidad, que es como se desea tener todo espacio que sea revestido de modernidad (frente al hospital se construyó un megaedificio de condominios, de esos de moda que parecen reclusorios de lujo y a esos les queda bien tener un minisuper enfrente).  Todo va adquriendo los colores sobrios de la modernidad. Cuando uno no se acomoda a esto, adquiere un tono sepia o marchito, se vuelve alguien tan insalubre e inadecuado como los puestos que quitaron.

No tendría relevancia contar esto si no fuera porque hace poco, en el deportivo cercano a la Delegación Benito Juárez, encontré arrumbados los puestos de fritangas. Reconocí tres o cuatro, pensé en sus dueños que deben estarla pasando mal porque les han quitado su forma de sustento, aunque ese sería tema para otra redacción. Más inquietante, veía los puestos y me veía arrumbado entre ellos, un fantasma lastimoso dándole al tlacoyo con quelites, a las cebollitas ahumadas, a los tacos de chuleta que se acompañaban de papas fritas. Porque al arrumbar los puestos también nos arrumbaron a los comensales. Que debemos elegir entre adecuarnos a la nueva disposición, o deambular como almas en pena en busca de nuevos sitios donde volvamos a ser nosotros. O donde vuelva a ser yo, que sigo a la caza de lugares para comer sabroso, lejos de la mano eficiente y adecuada de la sensatez. 

Vocación de impertinente

De niño tenía mirada curiosa e incómoda. Una mañana, en la sala de espera de una clínica, no le quitaba los ojos de encima a un hombre de color -o negro o afrodescendiente, o cómo lo quieran llamar los vigías de la corrección política- y a mi madre le daba mucha pena, me cambiaba de asiento, me ponía en sus piernas y yo retorcía el cuello como Linda Blair poseída, para seguir atento del personaje tan raro. “Mira mamá”, lo señalaba y ella quería que se la tragara la tierra. Enrojecía y pedía disculpas, el negro sonreía comprensivo y los dientes tan blancos me asombraban más. “Mira mamá” y ella vuelta a disculparse. Ahora me gustaría que ella me acompañara cuando veo niñas con falditas y se excusara por mí mientras yo clavo los ojos: “mira mamá, un granito en la rodilla”.

Luego la impertinencia se vuelve bastión política, el gozo inútil de soltar barbaridades revolucionarias con gente bien portada que paladea un vino bien lifestyle. Pero la táctica arcaica de espantar burgueses ahora apenas sirve para abonar el humor postmoderno kitsch -la postmodernidad, ese solvente ecléctico que diluye la ironía con el prejuicio real-. Y el mundo se encorseta con modales que permiten llevar a buen término charlas sin sustancia, que a todos deja conformes. Aprendí a modular mi impertinencia una tarde de sobremesa de unas diez personas, quienes compartían su asombro por los performances; yo quería dármelas de entendido y describí con pelos -literal- y señales -literal también- un chou que hizo Lorena Wolffer en el que se bañaba con la sangre de su menstruación. Lo que días antes leí me sorprendió tanto que quería transmitirlo a mis compañeros de mesa,  exageré los litros de sangre que ella acumulaba mes con mes para su espectáculo, el baño coagulado tan de vida como de muerte, el olor al cuerpo real sobre su cuerpo y las entusiastas glosas feministas, tan pertinentes. El grupo empezó a carraspear, les urgía cambiar de tema y yo de necio inventaba más: “¡la sangre más fresca la arrojó a la cara! ¡Con la sangre recién segregada chapeaba sus mejillitas!” Y el grupo dejó de invitarme a sus reuniones y entendí que no siempre pueden compartirse expresiones artísticas refinadas entre personas tan adiestradas en la refinación.

Entre las chambas, el fastidio  y la aspiración a la mundanidad he aprendido que calladito me veo más bonito, y aún así no falta el momento en que salta una de mis preguntas y casi me arrepiento al tiempo de irla enunciando. Mis impertinencias parecen edificios tembeleques que se mueven de lado a lado y están a punto de volver cascajo y ruina lo que antes se disfrazaba de hechiza perfección. Y el movimiento del edificio es mi voz tropezando, queriendo arreglar lo arruinado y se hace el estropicio mayor.  Así ocurrió la semana pasada con la cápsula de la diseñadora de interiores.

Ella le pidió la casa prestada a una amiga de la secu, la acompañó su mamá. La parte formal estuvo bien, contó desde cuándo se dedica al diseño de interiores, por qué le gusta, los pequeños cambios en un espacio que hacen diferencia en los estados de ánimo y la calidez hogareña, dio sus teléfonos y su página web para quien la quiera contactar. Cuando el camarógrafo se puso a grabar detalles de la casa y los muebles, le dimos a la charla cordial.

-La casa me la prestó mi amiga, nos conocemos desde la secundaria.

Secundaria. Qué miedo. Pero sonreí y comenté:

-Esas son las amistades valiosas, las que duran años…

-Con ella y con varios más de secundaria nos vemos desde hace cinco años. Es emocionante ver cómo vamos cambiando y cada quién agarró su rumbo.

Compañeros de secundaria. Ese club de compartidores compulsivos de frases religiosas y de superación personal en facebook. Y los bulleadores más cretinos ahora mandan mensajes de unión familiar y solidaridad con el prójimo. Pero este desazón no lo debo decir.

-Nada como los amigos de secundaria…

-Son como tu casa. Con ellos puedes ser quien eres de verdad.

Si yo fuera quien fui a mis quince años me angustiaría muchísimo. De ese adolescente tan dolido sólo extraño la pasión con la que leía. Pero ese miedo, esa torpeza, esa zozobra constante por la nueva humillación que le preparaban aquellos obtusos que te hacen sentir en tu hogar… OK, la charla es informal, no se trata de correr por el diván psicoanalista para detallar las venganzas lentas y dolorosas que he imaginado. En cambio dije:

-Eso es tan cierto.  Nada más auténtico que aquellas amistades de adolescencia -y para remarcar lo auténtico porque me estaba sintiendo poco auténtico, me puse a contar-: esto no pasó con los de secundaria, fue con los de prepa -y fue verdad-. Nos reunimos en diciembre, el año pasado, en un karaoke -y la diseñadora y la mamá me escuchaban sonrientes, con atención-. Ya saben: cervezas, canciones de los ochenta, todos más gordos y más calvos -se rieron identificadas, sabían de qué hablaba-. Y entre ellos había dos, los que fueron “la pareja” de esos años de prepa -y la diseñadora asintió entendiendo: seguro que ella conocía a una pareja similar-. Los dos se separaron -la diseñadora hizo una mueca triste- cada quien tomó su rumbo, se casaron con otros, tienen sus carreras, sus hijos -claro, claro, dibuja las palabras con la boca la mamá de la diseñadora-. Pero en el reencuentro, sin hijos ni parejas, se les hizo lo más normal del mundo abrazarse, tomarse las manos y estar así, amorosos, como a sus dieciocho…

La sonrisa de la diseñadora se congeló. Su mamá parecía no entender. Yo entendí enseguida que esas pláticas no podía hacerlas en ese momento, con esas personas, en ese lugar.

-Los de mi secu se casaron entre ellos -explicó la diseñadora-. Les hubiera costado trabajo esconder cosas de ese tipo.

-Digo -quise arreglar-, entiendo que no hacían lo más correcto, pero esa reunión era una burbuja. Una cápsula de tiempo. Ninguno de los que estaba ahí iba a rajar.

-Alcahuetes, sus amigos -por fin la mamá de la diseñadora entendió de qué hablaba.

-Pues alcahuetes y no -acá me vino la imagen de esa pareja en el camellón con pasto, donde se acostaban largas horas a decirse tonterías, la justicia poética que siguieran haciéndolo veinte años después. -Está mal, pero también tiene su encanto: ellos se reconocían a sí mismos cuando recordaban su noviazgo.

-Lo ideal sería reconocerte con tu marido – dijo la mamá y la diseñadora habrá pensado en tantas casas que decoró a tantos recién casados, en la esperanza de los floreros o las cortinas que matizan la luz del sol.

-Por supuesto -corregí- los maridos, los hijos, las esposas… -¿y por qué rayos no le hice una pregunta para que ahora ella me hablara de su grupo?- Pero de pronto se te antoja ir al pasado, preguntarte quién fuiste, luego eso hace entender quién eres ahora.

-¿Para ti quién es más real, el del pasado o el de ahora? -soltó la diseñadora como si estuviéramos en un bar y con chelas listas para filosofías domésticas. Iba a enfrentarme con mi quinceañero lector, temeroso de las humillaciones, cuando la señora me salvó.

-Los de ahora, hija, claro -se apuró en dejar las cosas claras. -Imagina que siempre quisiéramos ser los del pasado, cuánta gente lastimada, hijos de divorciados…

-Los hijos no importan, se acostumbran… -y al momento de soltarlo quise que un rayo me fulminara para impedirme decir más estupideces. -Quiero decir: ya hay tantos hijos de divorciados, que los hijos de casados se sienten fuera de lugar. Está de moda ser hijo de divorciados -lancé mi lema simpático. Ninguna se rió.

-Al final, agarrarse de la mano no le hace mal a nadie -intentó ayudarme a corregir la diseñadora.

-Que te diga eso tu ex marido -le sonrió su mamá.

-Claro, además en la fiesta también habíamos divorciados. Nosotros entendíamos -me apuré a agregar.

-Los divorciados se entienden entre ellos -soltó la obviedad la mamá, con regusto a reproche.

-Los divorciados nos entendemos porque sufrimos lo mismo -aclaró firme la diseñadora.

-Y los divorciados también nos divertimos -quise aligerar. Y claro, no lo logré.

-Nos divertimos porque la vida sigue adelante -la diseñadora sacó otra chela imaginaria. -¿Pero a poco no sentiste dolor?

Ni modo de andar contando si alguna vez extrañé a la ex esposa. Intimidades, no. Urgía trivializar, el camarógrafo ya casi acababa y más valía cerrar la charla cordialmente. Y solté:

-Se siente dolor pero te animas y buscas a todas las que dejaste pendientes.

-¿Le urgía tanto arreglar pendientes? -la mamá. Corrí a agregar.

-Pendientes por llamarle de algún modo a las amigas de antes del matrimonio. Pero me casé y me dejaron de interesar.

-¿Nunca has pensado que alguien a quien dejaste pendiente podría valer más que la persona a quien elegiste? -la diseñadora quería cambiar la cerveza por mezcal.

-En mis tiempos elegías y te aguantabas. Te esforzabas -la madre irguió el torso y la diseñadora y yo volvimos a tener 18 años.  Decidí parar por lo seco. Pero rematar con humor:

-Es lo bueno de estos tiempos: aún me quedan cinco matrimonios para elegir- y volví a ser yo.

Y la diseñadora, ya borracha:

-A mí al menos me faltan uno o dos más.

La madre adoctrinó:

-Pues sigan eligiendo. Ahí está la calidad de sus matrimonios…

Y el camarógrafo llegó a avisar que ya estaba cubierto. Y los tres respiramos aliviados.

La despedida fue amabilísima e incómoda. “Que tenga mucha suerte”, me dijo la mamá y miró a la diseñadora para que se despidiera rápido. Ella, por protocolo, me dio su tarjeta con su teléfono y su correo.

-Saluda a tus compañeros. Ojalá se sigan reuniendo.

-Ojalá. Saluda a los tuyos.

Pareció querer agregar algo. Como tomarse una chela imaginaria más. Dio la vuelta y se metió a su coche.

-Los de mi prepa son pura putería. Luego te cuento -me dijo después el camarógrafo mientras me daba el estuche de su tripié para que lo ayudara. Yo iba pensando que odiaba mi boca. Que también necesitaba de mi madre para pedir disculpas por mis impertinencias.