Archivo de la categoría: sociología de jaibol

Para entender la ciencia desde México

lluvia lacandona En el San Remo, adelante de mí, en la fila para ordenar el café:

-…se pone el impermeable para buscar ayuda en la ciudad y me deja sola, con la tormenta, en plena selva, mana. Y se va y la señora con la bolsa rota. Yo ni sabía qué hacer.

-No, es que ahí sí se vio culero. Para no volverle a hablar.

-Eso pensé mana, me quería dar la muina, pero había cosas más importantes. La señora casi lloraba de lo que le dolían las caderas, el útero ya tenía una dilatación de unos ocho centímentros y las contracciones eran de sesenta segundos, ahí es cuando me cae el veinte de que la expulsión sería en tres, cuatro horas, y que me iba a tocar a mí.

-¿Y no había alguien que te ayudara?

-Es que los del pueblo donde estaba la partera no se llevaban muy bien con los del pueblo donde yo estaba. Luego con la tormenta, ni modo que me saliera a buscar gente. La luz se iba y venía. Nomás estábamos la hermana de la pacientita y yo.

-¿Y luego?

-Pues midiendo contracciones, mana. La pacientita tenía cinco horas con ellas y ahora eran constantes, cuando venían se me agarrotaba toda, la pobre. Pero me preocupaba que al registrar los latidos del niño estaba a 100 por minuto…

-Medio bajón…

-No gravísimo, pero ahí, en la tormenta, sin condiciones, me entró el tamafat. Y pues entonces le digo a la hermana de la señora que me esperen tantito, mana, y ahí se quedó dándole masajes en la espalda. Antes calenté agua, por suerte este cabrón me dejó equipo esterilizado. A la señora le digo que no se preocupe, que todo va a salir bien. Y pues yo sintiendo toda la responsabilidad.

-El Daniel es un cabrón…

-Y me voy a mi cabaña, a buscar el manual.

-El de los partos…

-Sí, ese, pero más que nada el zodiacal. Porque hacía cuentas: era 21 de julio, recuerdo perfecto, y el niño, o me nacía Cáncer o me nacía Leo. Si me nacía Leo no le veía muchas broncas pero si tocaba Cáncer no pensé que la fuera a armar.

-No, pero no te creas. Los Cáncer parecen blandos pero tienen bien puesta su coraza. Ya ves mi ex, muy tierno y todo pero muy cabrón a la hora de la hora.

-Pues sí mana, pero qué le hace una, primeriza. Yo la verdad me sentía más segura que naciera Leo. El ego ayuda en esos momentos, más que nada.

-¿Y si ya sabías para qué el manual?

-Más que nada por los ascendentes, mana. Pensé: sólo falta que tenga ascendente de aire y nos jodimos, está bien de aire, yo tengo ascendente de aire, pero no es lo que necesitaba entonces.

-¿Qué ascendente tienes?

-Libra, pero soy Piscis.

-Eso explica muchas cosas…

-La joda que me pusieron mana. Y pues ya revisé la hora, revisé los cuadros, y vi: si nace en dos horas ya la armamos porque le toca Leo ascendente Tauro. El reto estaba en que la señora no durara cuatro horas en trabajo de parto porque tocaba Géminis y pues aire, es lo que se debía evitar.

-Claro, mejor.

-Y sí, mana. Leo ascendente Tauro hasta queda mejor capacitado sexualmente.

Y se rieron.

-Como el Pablo…

-¡Cállate!

Y se rieron más.

-Pues como sea. Me regreso a la cabaña, el útero dilatado igual. Revisé latidos y registraban más alto. Me regresó el alma al cuerpo. “No, éste quiere ser Leo”, pensé. Me acerqué a la panza y le dije quedito, como para que nada más él me escuchara: “Seas del signo que seas, vas a ser feliz y yo te voy a ayudar. Nomás que si te apuras dos horas todo va a estar mucho mejor.”

-Es que ahí todos tenemos nuestro destino, mana. Seas del signo que seas, lo importante es ser fuerte y sobrevivir…

-Ya sé, pero estará de acuerdo conmigo que unos signos sobreviven mejor que otros. Entonces fui y le dije a la pacientita, que con todo respeto, pero que le pujara y le pujara. Que pensara en su hijo. Y ahí se puso, a aplicarse…

En eso llegó su turno en la caja. Pidieron un moka frío y un capuchino. Se sentaron lejos de mí y ya no pude escuchar el final de la historia.

Leo

Networking & networking

Nunca me ha salido muy bien lo del networking.

Por ejemplo: me explicaban hace un mes, en los mezcales:

-Nuestra misión es simple, we: cambiar al mundo. Como lo hizo Jobs, como lo ha hecho Zuckerberg, como lo hizo Gates -hay que reconocerlo, we, ese dude cambió al mundo, aunque no nos encante la idea-. Y esa es la meta, cambiar al mundo. ¿Cómo vamos a hacerlo? Pues con pasión. Y de eso se trata, de contagiar la pasión.

-Ok…

Y hace una semana me dice otro, en un Sanborns:

-La idea es sacar una, dos chambitas, pagar las colegiaturas de las niñas, el bacacho los viernes, no creo que sea pecado un poco de ron. La pinche vida no está para milagros, está para ir saliendo. Y ahí es donde digo: donde sale uno, salen dos, cabrón. Y es eso, armarlo y ver qué puede pasar.

-Ok…

Y recordaba lo de hace un mes en los mezcales:

-Lo menos que espero: estar locos, locos, rematadamente locos de innovación, we. A mí me gusta salir de mi depa y ver innovación por todos lados: que innove la de los jugos, que innove el dude que barre, que innoven los automovilistas, o al menos que no pinches-jodan a los ciclistas y nos dejen innovar en paz. Sólo así entiendo al mundo. Innovación, innovación, innovación.

-Ok…

Y eso venía a cuento por lo del Sanborns:

-Tampoco es volvernos locos, hay que hacer lo que sabemos, ver quien lo compra, lo sacas y sacarlo bien. La gente está harta de que le vendan chingaderas disfrazadas de otra cosa. Les gusta que les digas, al chile: esto es así, y que sea así. ¿Pa qué buscarle chichis a los alacranes?

-Y sí…

Y ahí fue irremediable pensar en los mezcales:

-…convocar a los líderes, a ellos son a quienes necesitamos. Debemos estar rodeados de líderes, gente excitante, que quiere cambiar el mundo, con cosas importantes qué decir. No veo otra ruta más.

-No, ps no.

Que luego me dejó pensando, en el Sanborns:

-…nos conseguirmos tres cabrones con sus changarros, nada importante, pero que suelten cheques. Con eso la armamos. Luego ya, lo que nos importa: llevar a cenar a unas viejas, el fucho, una buena tella en la cantina…

-Y sí, sí.

Mientras que semanas antes, en los mezcales:

-Nos pivotea una incubadora, una ONG que le guste pensar diferente. Así se financió mi chava, proyecto poca madre, año y medio en Orlando, en Navidad la voy a alcanzar.

-Ya, ya.

En tanto que en el Sanborns:

-Porque sí está bien cabrón mantener a las niñas, me acaba de llegar citatorio, mi pinche ex no va a parar hasta no verme destazado. Ya el otro día saqué lo último de mi cuenta, le solté la lana, que se largue a Morelia con sus padres y que deje de chingar.

-Y así es, sí.

Luego en los mezcales quedamos que en la semana me mandaban por Dropbox el kit con la info para que aportara “algo de mí, alto neto, algo que tenga verdad”. Y en el Sanborns me dieron tres datos en una servilleta, que lo pasara en limpio y le agregara el rollo que quisiera, “invéntate algo, tú sabes cómo”.

Y ahí vamos. Yo preocupado, de lo poco bueno que soy para los networkings.

La lectora de Agatha Christie

Coleccion-Agatha-Christie-600x341En las mañanas el café San Remo es como una Academia de Desarrollo Humano. Prefiero pensarlo así para resarcir la dignidad de los desempleados, subempleados y aspirantes no muy tenaces a empleos que lo frecuentamos. Aunque no se crea, en el turno matutino el 80% de los clientes somos lectores compulsivos, pero además disciplinados a un plan pedagógico que envidiaría el Tec. de Monterrey. Desde las ocho ya está un señor de calva incipiente que hace apuntes en un block amarillo sobre Las leyes de la atracción, convencido de que el mundo entero está fraguando algo a favor de que logren sus sueños. Otro más joven ejercita sus habilidades cognoscitivas con crucigramas y sudokus. El de traje reiterativo y peinado preciso subraya y pega post-its muy prolijos en su Introducción al PNL. Una posthippie de falda floreada y perrito impertinente escudriña manuales de Tarot y hasta ha dado consultas in situ. Otro me cae mal pero consigno su esfuerzo: grueso, bigotón, pinta de abogado, apaña las mesas cercanas a los enchufes para conectar sus tres celulares, que suenan y vibran como dependencia de gobierno. Siempre engola la voz fuerte y parece hablar de negocios rentabilísimos. Cuando cuelga, continúa revisando con esmero los análisis políticos de La Razón.

Yo participo con la tableta y mis PDFs que me enseñan a mejorar mi lenguaje corporal. He notado que ya puedo mirar directo a los ojos de mi interlocutor y enarcar sutilmente las cejas, para provocarle una impresión importante.
anciana-lectoraLa que no termina de entonar en nuestra academia es una anciana desgarbada, permanente apretado, gafapastas de antes que los hipsters fueran hipsters, que ejerce la actividad menos productiva: lee novelas policíacas. Son las vetustas ediciones de Agatha Christie, las de Selecciones de Biblioteca Oro que más tarda uno en abrirlas que en convertirlas en baraja, y tal como barajas las trae ella, y debe ser dueña de una disciplina obsesiva para mantener completos sus ejemplares. La imagino sacando sus ejemplares de un librero atestado de carpetitas y recuerdos de Morelia o Yucatán, imagino que tiene veinte o treinta tomos y que se propuso leerlos o releerlos en algún momento culminante de su vida, que pudo haber sido la muerte de su esposo, el casamiento del menor de sus hijos o su jubilación de una de esas empresas de antaño que no estaban peleadas con la antigüedad de los empleados. Los de las mesas cercanas la miramos con simpatía porque representa el ideal al que aspiramos: la vida en retiro, sosegada, con libros cómplices que nos hagan llegar al ansiado estadio de la contemplación.

Más de una vez he querido interrumpirla, pretextar una plática sobre el clima para que me comparta su sabiduría. Una anciana que lee novelas de Agatha Christie no puede ser menos que sabia. De hecho lo sería menos si trajera novelas de las que recomiendan los portales literarios. Pero un poco la timidez, otro la veneración -sería como distraer a un místico de su proceso meditativo- me mantienen apartado. De vez en cuando lanzo una ojeada para comprobar que sigue ahí, o si acaso ya se convirtió en mariposa, la más obvia de las transformaciones que preveo.

Un día estaba con ella otra anciana, más joven que ella; según entendí excompañera de la escuela -en estas colonias se conocen desde el kínder hasta el salón tanatalógico- o al menos alguien de por su rumbo. No alcancé a cazar toda la conversación, apenas fragmentos: la menos anciana contaba que su nieto estaba paliducho y ojeroso, seguro por tanto tiempo que pasaba con los videojuegos, nomás lo veía absorto frente a la tele, los ojos perdidos y dale que dale a la palanquita del juguete, la nuera se lo dejaba y se iba al yoga para resolver un problema de su cadera, pero agradecía más cuando no estaba que a su regreso, porque su teléfono no dejaba de hacer ruiditos como desposeído y ella igual que el nieto, dale que dale a dedazos el juguete; la casa se ponía peor cuando llegaba su propio hijo con ese perro chato -el peg, el puk- que le cuidaba al de la tienda.

-¿Y ya estás lista para criar a tu nieto? -preguntó la anciana lectora.

-No, no, a mí me toca ser abuela. Darle dulces y consentirlo. Ser padres les corresponde a ellos.

-Pero te lo van a dejar en tres semanas. Quizá regresen cuando tu nieto tenga 18 años para pedirle disculpas, pero mientras tendrás que cuidarlo tú.

La menos anciana se rió, como si se burlara. No es cierto, se trataba de una risa más nerviosa. La anciana lectora cerró su novela y limpió sus lentes para ver mejor a su interlocutora.

– Y si tiene ojeras no es por la tele, es porque él sabe que se va a quedar solo. Escucha discusiones en la noche y se angustia. Por eso juega con la tele, para no saber más.

-Ahí exageras, yo he leído cosas contra los videojuegos.

-Los deja idiotas, querida, así están mis nietos, pero es la evolución de la raza humana, ahí no está el problema. El problema está en que te lo dejen tanto tiempo mientras destruyen su matrimonio.

-Exageras…

-¿Tú crees que la yoga esa es para arreglar la columna? ¿Tu nuera necesita seguirla arreglando cuando regresa a tu casa y sigue con su teléfono celular?

-Debe hablar con sus amigas…

-Nunca te has asomado a las clases de yoga. Hay sudamericanos largos y sonrientes. Les acomodan las piernas para que piensen mejor. Tu nuera debe estar aprendiendo mucha filosofía…

-Ya estás chocha, ves cosas donde no.

-No, si no hace falta ver. Oyes su teléfono celular y te enteras. Eso todavía es su clase de yoga. Y si está tan absorta como tu nieto…

-Maldita perra. Le diré a mi hijo que haga algo de inmediato…

-A tu hijo le conviene. Tiene más tiempo para cuidar al perro del de la tienda.

-Esa cosa que tiene Joaquín de meterse en cosas que no debe interesarle…

-Es que le interesa, querida. Si es el muchacho de la tienda que me vende los cigarros, ya sé por qué le interesa…

Y ahí la anciana menos anciana no pareció entender. La anciana lectora se estaba aburriendo. Quería regresar a su novela.

-Tengo que sentarlos y hablar con ellos. Que lleven a mi nieto con un médico, que le den vitaminas…

-No les va a alcanzar para el médico, tienen que gastar en mudanza, abogados. Pero tú puedes hacerle una ensalada de berros y jitomate. Minerales y vitaminas…

-Te hace mal tanto tiempo sola. Piensas demasiadas cosas.

La vieja lectora la miró sobre las gafas.

-Costó trabajo deshacerme de todos para poder pensar.

La charla se desinfló y qué bueno, porque yo ya iba atrasado diez minutos pero no quería irme sin enterarme del final. La anciana menos anciana le preguntó a la lectora por su familia. Le pasaba lista de hijos, yernos, nietos, la otra respondía bien, bien, bien, como si no quisiera molestarse en comprobar que su parentela estuviera bien. Se despidieron con promesa de tomar café un día de estos. “Sí sí, algún día”, dijo la lectora, por primera vez dubitativa, supongo que no tenía el menor interés en compartir su café matutino. La otra emprendió retirada, pero a diez pasos regresó a preguntarle a la lectora.

-¿Por qué dijiste que me van a dejar a mi nieto en tres semanas?

-Porque en dos semanas marchan los mariconcitos -sonrió ampliamente -. Eso inspira a muchos a cambiar su vida. Van a estar bien todos: tu nuera, tu hijo, tu nieto. Tú.

El de los sudokus y crucigramas, que estaba tan atento como yo de la plática, parecía querer explicarle a la vieja con verticales y horizontales. Yo fui guardando tableta, cigarros, audífonos para irme también.

La vieja ahí sigue, leyendo. Sigue causando respeto. Un poco de temor también. Piensa demasiadas cosas y ahí estamos los demás, tan silvestres, tan esmerados en nuestras lecturas.

Agatha-Christie

Patio Universidad

Mi veredicto arrogante fue que Patio Universidad apestaba porque no tiene ni un solo lugar donde vendan libros. “Un espacio sin peso”, “sin sustento”, “sin personalidad”. De esos argumentos que tanto les gusta a los del Facebook para indignarse. Porque (sigamos con la diatriba humanista escandalizada) un centro comercial que no vende libros es una carcaza de frivolidad, una nube intrascendente, remanso de la incultura disfrazado de ligereza, confort abúlico, consumismo irreflexivo. Que de hecho eso son los centros comerciales y ahí tendría que frustrarse la perorata, quien quiera libros que se vaya a la Biblioteca Central. O algo así. Pero ahí entra la autobiografía: de niño me inhibían los centros comerciales, nunca sabía qué hacer ahí (a la fecha sigo sin tenerlo muy claro) y así como los profesores o los conferencistas hacen contacto visual con su escucha más atento para adquirir seguridad durante su exposición, así también yo monitoreaba el mall para identificar aunque fuera el Sanborns (sí, el Sanborns, que universo monopólico de Slim y todo pero rascándole se le encuentra alguna novela de no malos renglones) para tenerle confianza al mostrito de franquicias que usa el clasemediero de cepa para su solaz. Si el centro comercial además tiene una librería, aunque sea pequeña pero bien puesta (hay una bastante honrosa en Pabellón Polanco), ya es terreno amigable. Ni siquiera hace falta ir a ver los libros: saberlos por ahí, saber que ante cualquier flaqueza uno puede dar la vuelta y meterse quince minutos a intoxicarse de títulos que (ay) no se pueden comprar, ya sirve para continuar la expedición fatigosa de ropa que tampoco se puede comprar, de caminadoras que tampoco se pueden comprar, de chavitas empoderadas según cuántas bolsas de Zara lleven en las manos.

Pero alguna insubordinación debe haber ocurrido en este Patio Universidad que no se ven huellas del Slim’s World (bah, todo lugar en México donde se venda algo tiene alguna huella de Slim). Quise decir: no hay Sanborns, ergo no hay libros, y es un centro comercial tan metido a calzador entre plazas universidades, plazas coyoacanes, pabellones del Valle y la librería Cosío Villegas del FCE a media cuadra, que no debe haber sido atractivo (imagino que ni siquiera lo convocaron) que algún librero quisiera cometer la imprudencia de montar su negocio. En contraste, hay negocios que configuran a un consumidor más acorde a la época, es decir: de entusiasmo fugaz, gozosamente evasivo, ligero como té verde endulzado con azúcar mascabada para ser más natural.

Más que centro comercial, Patio Universidad es un conglomerado de franquicias restauranteras trendys, supongo que porque su punto neurálgico es el hotel City Express, hoteles de negocio pisa-y-corre ejecutivo y sin cochantle. Es decir, un centro comercial para viajeros, más que para familias. Y los establecimientos cumplen con esta necesidad, son un transcurso entre el aeropuerto y la sala de juntas, con tragos coquetos, cocina asiática para que los huéspedes no extrañen las cocinas asiáticas de sus ciudades, regalitos para las esposas, ropa deportiva para hacerse los runners en los Viveros, además de los GNC con sus píldoras saludables (el naturismo jipi devenido healthy entrepeneur) que tanto les gusta al godinato itinerante para equilibrar el estrés. Lo más cercano a un centro comercial de barrio serían las tiendas de electrodomésticos, tan agringadas que te hacen sentir Walter White coleccionando tinas para hacer sus golosinas celestes. Hasta el Superama colabora en el ascetismo fugaz, con su mood de supermercado de conveniencia gourmet, el oasis alimenticio de los neosolteros light.

Este ambiente de tránsito -este no-lugar, lo llama Marc Augé- se corona con el Cinepolis, extensión del de Plaza Universidad que está enfrente. La idea de tener dos complejos de Cinepolis apenas cruzandito la calle parecería disparatada, pero como bien van diciendo los comentaristas de las páginas reseñeras de malls, por lo menos ayuda a que se desahoguen las funciones de los blockbusters y hasta le dan chance a las pelis de arte de permanecer una semana más.

Lo curioso está en la diferencia de personajes que hay solamente al cruzar la avenida. Los que van al Cinépolis de la Plaza -los que van a los negocios, los restaurantes, el Interlingua de Plaza Universidad- siguen siendo familias, novios que cargan en sus espaldas el peso culpígeno de sus linajes, muchachos desesperados de sus buenos modales y muchachas esmeradas en verse lindas y aburridas porque eso les crea más enigma. La banda que acude al Patio, en cambio, son como los pobres alumnos de primaria que no cupieron en el grupo A de una escuela y los mandan en aparente marginación al grupo B. Oficinistas fatigados, secretarias que ya no aguantan los tacones, la divorciada joven que no soportaría la vergüenza de encontrar a sus amiguis para tener que contarles cómo sobrelleva su fracaso; parejas, pero no oficiales, capaz adúlteros que revisan el espacio con titubeo -no teman: sus amigos-bien están allá, en la Plaza-, o estas festivas modalidades milenium sin-compromiso-y-a-ver-qué-va-pasando que hacen dates en el cine como en los restorantes: como esbozo, un pue’que que ya veremos, y que suelen disolverse ante el primer atisbo de una palabra seria. Nada es estable, todo va ocurriendo a ver si ocurre, y por alguna idea trasnochada de lo que era La Cultura se me ocurre que lo transitorio no admite la presencia de los libros, tantas páginas para concentrarse, tan pesado que a una idea siga otra y que a un personaje lo incordie otro, tan fuera de contexto complicar con argumentos lo que debe ser más una logística eficiente e imperturbable: sala ocho, disfrute la función; mesa para cinco, sean bienvenidos; píldoras antioxidantes, una en ayunas y otra cinco minutos después de comer.

Prejuicios aparte, voy encontrándole un gusto morboso al dichoso Patio sin libros y con ergonomía para no existir. Fue el lugar idóneo para ver, por ejemplo, Ella, la iPhábula amorosa en la que apenas puede imaginarse la realidad de una Scarlett idealizada en un sistema operativo, o la disolución del maligno Johnny Deep en aquella virtualidad obsesiva que fue Trascendencia, o la Odisea del Espacio intoxicada de Lucy, de nuevo Scarlett tan imposible que sólo podemos aspirar a ella convertida en bits de un USB. Películas de los que están sin estar, en un centro comercial también creado para no estar. No hacen falta libros. Son parte de otro territorio, no de éste que en su pragmatismo rechaza la realidad. Hay otro morbo que me produce Patio Universidad, tiene que ver con su decadencia: ¿cómo será este sitio en diez, veinte años, cuando termine su novedad, cuando su hotel y sus negocios pasen de moda y las escaleras eléctricas, los pasillos lustrosos, los barandales de vidrio se muestren desportillados, rotas las láminas de triplay, gastadas las alfombras que procuran calidez? Por la red circulan fotos de centros comerciales abandonados que son hermosas con sus hojas secas, sus aparadores quebrados, sus paredes pintarrajeadas. Llegará algún momento en que Patio Universidad se verá así. Imagino que entonces podrá ser un sitio adecuado, inspirado, para sentarse a leer.

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En la casa de François Ozon: narrativa como reality show

affiche1Dos cosas me gustan de En la casa (Dans la maison, 2012), penúltima película de François Ozon: 1) el registro meticuloso de cómo es un proceso de escritura creativa 2) la reivindicación de la narrativa como forma necesaria de cultivar el morbo.

Para ponernos en contexto:  está Germain (Fabrice Luchini), profesor de literatura aburrido, que no cree mucho en las capacidades de sus alumnos, y está Claude García (Ernst Umhauer) alumno talentoso que destaca del promedio con sus ejercicios escolares, en ellos cuenta cómo se ha vuelto amigo de una familia aburrida y burguesa, los Artole, y hace la crónica de esta familia con mala leche y pulso socarrón. Aquí entra el juego del taller literario: Claude describe al padre de los Artole (Denis Ménochet) como un payaso en pants que sólo habría sido posible en la comedia de los Cohen Burn After Reading hasta que el maestro Germain lo corrige a un tratamiento más sutil, la cámara de Ozon se regodea en mostrar las dos posibilidades del personaje y con ello las sutilezas de una escritura que transita de la farsa a un humorismo más elegante. Así también, por recomendaciones de Germain, Claude decide poner énfasis en crear con más matices al insípido (Bastien Ughetto en cumplidora faena de parecer hobbit filmado por Chabrol) o concentrarse en lo que verdaderamente le interesa de esa casa, lo que desborda el juego literario hacia la intriga erótica por Esther Artole (Emmanuell Seigner), una contenida Emma Bovary en busca de su Raymond Radiguet.

dans-la-maison-06Aquí entra el segundo atractivo de la película: cuando Ozon sugiere que una narrativa atractiva también es una narrativa fisgona, que promueve el morbo, con toda su insalubridad.  Se suele despreciar al morbo como jugador importante de la narrativa literaria, la necesidad de elevarla a lo institucional lo desdeñan como parte lamentable de la naturaleza humana, pero mucho de los motivos por los que se leían y se siguen leyendo novelas tienen que ver con él; la novela por entregas (lo mismo que hace Claude desde sus ejercicios escolares) se basaba en esa intriga que cada semana actualizaba los horrores, las revelaciones o las resoluciones de los protagonistas de las novelas más memorables. Ese morbo operaba como estímulo para que los autores escudriñaran zonas incómodas o poco exploradas de los individuos y sus sociedades: en el siglo XIX les horrorizaba y fascinaba reconocer el proceso mental que llevaba a una mujer a cometer adulterio (Madame Bovary y Anna Karenina), el siglo XX angustiado por la Guerra Fría quería conocer los secretos de los espías (Green) o los luchadores sociales al borde de la revolución (Michaux); las sociedades pop se escondían para leer el desparpajo adolescente (Salinger y Sagan) o de los yonquis al límite (Kerouac); hasta las expectativas más intelectuales y refinadas buscaban culpa y regocijo en la elaboración morosa de procesos mentales como el flujo de la conciencia (Ulises) o la elaboración desordenada pero reveladora de la memoria (Proust); todo tenía el interés primitivo de un lector que quería acercarse a experiencias en apariencia lejanas de su cotidianidad. La novela ha perdido el morbo en la medida que se ha institucionalizado y se ha convertido en un ejercicio autorreferencial que describe cómo nuestros escritores favoritos sobrellevan sus enfermedades crónicas mientras reflexionan sobre glorias literarias ya muertas. Eso no ha hecho olvidar el interés genuino de la novela, aquella que aludía a la intriga menos digna de orgullo. A esa literatura alude Claude entrometiéndose con los Artole, y a esa recepción del lector morboso alude Ozon al convertir a Germain y a su esposa Jeanne (Kristin Scott Thomas) en lectores primitivos hasta lo ingenuo, que necesitan de cada nuevo capítulo para indagar sobre quienes no son ellos, o en quienes se reflejan. El morbo más silvestre hacen al matrimonio intelectualoide de los Germain seguir esta crónica malsana, los manipula hasta que las entregas se les convierta una necesidad vital, como le pasaría a los lectores decimonónicos que seguían a Dickens o Conan Doyle (o como ahora seguimos a Mad Men o a Breaking Bad mientras la narrativa literaria contemporánea sigue tomando antiácidos y aspirinas).

dans-la-maison-2012La práctica creativa que Ozon promueve es la de una narrativa que deviene reality show. Ozon insidioso obliga al interés de las partes menos luminosas de los Artole, en cómo contienen sus pulsiones sexuales, en cómo navegan pacíficos y sonrientes por una mediocridad que Raymond Carver tan bien supo escribir; un potaje de insatisfacciones incapaces de estallar y que necesitan de la pluma de Claude para tener sentido. La familia Artole importa porque Claude la escribe; dejará de importar cuando este Radiguet mustio fije su concentración en otras personas/personajes. Ozon presenta una poética del morbo y la decadencia disfrazada de funcionalismo clasemediero, como ya lo había hecho en Swimming Pool (03) o en Gotas de agua sobre piedras caliente (00). Y deja al espectador como al matrimonio Germain: ansioso de su siguiente entrega, que según se sabe, tiene a la hermosa Marine Vacth desnuda muchas horas-pantalla. A ver corriendo, con el morbo a todo lo que da.

Taquerías arrumbadas

Hace unas semanas quitaron todos los puestos de fritangas cercanos al Hospital del Xoco. Había tacos de tripa y suadero, quesadillas de huitlacoche y pollo, tortas de pierna con queso y la legendaria cubana con un poco de todo, tamales en la mañana y los maravillosos tacos de la culpa en las noches. Ahora, a esa riqueza gastronómica y cultural la suple un aséptico Seven Eleven con sus chapatas que disfrazan el poco queso y el poco jamón con capas ostentosas de lechuga elegante. No me cuesta trabajo imaginar los argumentos de quien tomó la decisión de retirar los puestos: habían problemas de higiene, obstaculizaba a las ambulancias y al paso de los doctores, además al hospital se va a dolerse de los heridos, no a atascarse de taquitos y menos si no están inscritos en una red de franquicias.

No hay forma de pelear la decisión, es posible que incluso ayude a deshacerme de algunos kilos, pero no dejo de compadecerme de la gente con poco varo que con un tamal se ayudaba para las pesadas jornadas. Ya había explicado por acá (propósito de 2014, saber cómo diantres se importa el viejo bló) que aquellos puestos eran sitios de reunión para médicos, policías, familiares de los accidentados y fauna aleatoria que nos agregábamos porque qué buena era la salsa verde espesa de los tacos de cecina. Ahora la gente ya no come mientras espera, sólo espera. Eso sí, con menos riesgos salubres, quizá más estresados por tener menos qué hacer.

Como siempre que ocurren estas cosas, miro los espacios vacíos y ordenados con una nostalgia que merece todos los reproches. Las voces interiores de la sensatez se fatigan explicándome lo conveniente de la medida y siempre hablan como traducción de reality show gringo, con inflexiones afectadas que en sus titubeos parecen recoger los argumentos más adecuados. Ante ellos poco valen mis historias chocantes por lo sentimentales: lo práctico de lanzarse a los tacos de guisado cuando no había ganas de cocinar, los tamales de la mañana, tan esponjosos como humeantes, los tacos de rellena de la noche, con su rusticidad casera que hacía pensar en una comilona de pueblo. La comedera sabrosa es trascendida hacia la impersonalidad, que es como se desea tener todo espacio que sea revestido de modernidad (frente al hospital se construyó un megaedificio de condominios, de esos de moda que parecen reclusorios de lujo y a esos les queda bien tener un minisuper enfrente).  Todo va adquriendo los colores sobrios de la modernidad. Cuando uno no se acomoda a esto, adquiere un tono sepia o marchito, se vuelve alguien tan insalubre e inadecuado como los puestos que quitaron.

No tendría relevancia contar esto si no fuera porque hace poco, en el deportivo cercano a la Delegación Benito Juárez, encontré arrumbados los puestos de fritangas. Reconocí tres o cuatro, pensé en sus dueños que deben estarla pasando mal porque les han quitado su forma de sustento, aunque ese sería tema para otra redacción. Más inquietante, veía los puestos y me veía arrumbado entre ellos, un fantasma lastimoso dándole al tlacoyo con quelites, a las cebollitas ahumadas, a los tacos de chuleta que se acompañaban de papas fritas. Porque al arrumbar los puestos también nos arrumbaron a los comensales. Que debemos elegir entre adecuarnos a la nueva disposición, o deambular como almas en pena en busca de nuevos sitios donde volvamos a ser nosotros. O donde vuelva a ser yo, que sigo a la caza de lugares para comer sabroso, lejos de la mano eficiente y adecuada de la sensatez. 

Vocación de impertinente

De niño tenía mirada curiosa e incómoda. Una mañana, en la sala de espera de una clínica, no le quitaba los ojos de encima a un hombre de color -o negro o afrodescendiente, o cómo lo quieran llamar los vigías de la corrección política- y a mi madre le daba mucha pena, me cambiaba de asiento, me ponía en sus piernas y yo retorcía el cuello como Linda Blair poseída, para seguir atento del personaje tan raro. “Mira mamá”, lo señalaba y ella quería que se la tragara la tierra. Enrojecía y pedía disculpas, el negro sonreía comprensivo y los dientes tan blancos me asombraban más. “Mira mamá” y ella vuelta a disculparse. Ahora me gustaría que ella me acompañara cuando veo niñas con falditas y se excusara por mí mientras yo clavo los ojos: “mira mamá, un granito en la rodilla”.

Luego la impertinencia se vuelve bastión política, el gozo inútil de soltar barbaridades revolucionarias con gente bien portada que paladea un vino bien lifestyle. Pero la táctica arcaica de espantar burgueses ahora apenas sirve para abonar el humor postmoderno kitsch -la postmodernidad, ese solvente ecléctico que diluye la ironía con el prejuicio real-. Y el mundo se encorseta con modales que permiten llevar a buen término charlas sin sustancia, que a todos deja conformes. Aprendí a modular mi impertinencia una tarde de sobremesa de unas diez personas, quienes compartían su asombro por los performances; yo quería dármelas de entendido y describí con pelos -literal- y señales -literal también- un chou que hizo Lorena Wolffer en el que se bañaba con la sangre de su menstruación. Lo que días antes leí me sorprendió tanto que quería transmitirlo a mis compañeros de mesa,  exageré los litros de sangre que ella acumulaba mes con mes para su espectáculo, el baño coagulado tan de vida como de muerte, el olor al cuerpo real sobre su cuerpo y las entusiastas glosas feministas, tan pertinentes. El grupo empezó a carraspear, les urgía cambiar de tema y yo de necio inventaba más: “¡la sangre más fresca la arrojó a la cara! ¡Con la sangre recién segregada chapeaba sus mejillitas!” Y el grupo dejó de invitarme a sus reuniones y entendí que no siempre pueden compartirse expresiones artísticas refinadas entre personas tan adiestradas en la refinación.

Entre las chambas, el fastidio  y la aspiración a la mundanidad he aprendido que calladito me veo más bonito, y aún así no falta el momento en que salta una de mis preguntas y casi me arrepiento al tiempo de irla enunciando. Mis impertinencias parecen edificios tembeleques que se mueven de lado a lado y están a punto de volver cascajo y ruina lo que antes se disfrazaba de hechiza perfección. Y el movimiento del edificio es mi voz tropezando, queriendo arreglar lo arruinado y se hace el estropicio mayor.  Así ocurrió la semana pasada con la cápsula de la diseñadora de interiores.

Ella le pidió la casa prestada a una amiga de la secu, la acompañó su mamá. La parte formal estuvo bien, contó desde cuándo se dedica al diseño de interiores, por qué le gusta, los pequeños cambios en un espacio que hacen diferencia en los estados de ánimo y la calidez hogareña, dio sus teléfonos y su página web para quien la quiera contactar. Cuando el camarógrafo se puso a grabar detalles de la casa y los muebles, le dimos a la charla cordial.

-La casa me la prestó mi amiga, nos conocemos desde la secundaria.

Secundaria. Qué miedo. Pero sonreí y comenté:

-Esas son las amistades valiosas, las que duran años…

-Con ella y con varios más de secundaria nos vemos desde hace cinco años. Es emocionante ver cómo vamos cambiando y cada quién agarró su rumbo.

Compañeros de secundaria. Ese club de compartidores compulsivos de frases religiosas y de superación personal en facebook. Y los bulleadores más cretinos ahora mandan mensajes de unión familiar y solidaridad con el prójimo. Pero este desazón no lo debo decir.

-Nada como los amigos de secundaria…

-Son como tu casa. Con ellos puedes ser quien eres de verdad.

Si yo fuera quien fui a mis quince años me angustiaría muchísimo. De ese adolescente tan dolido sólo extraño la pasión con la que leía. Pero ese miedo, esa torpeza, esa zozobra constante por la nueva humillación que le preparaban aquellos obtusos que te hacen sentir en tu hogar… OK, la charla es informal, no se trata de correr por el diván psicoanalista para detallar las venganzas lentas y dolorosas que he imaginado. En cambio dije:

-Eso es tan cierto.  Nada más auténtico que aquellas amistades de adolescencia -y para remarcar lo auténtico porque me estaba sintiendo poco auténtico, me puse a contar-: esto no pasó con los de secundaria, fue con los de prepa -y fue verdad-. Nos reunimos en diciembre, el año pasado, en un karaoke -y la diseñadora y la mamá me escuchaban sonrientes, con atención-. Ya saben: cervezas, canciones de los ochenta, todos más gordos y más calvos -se rieron identificadas, sabían de qué hablaba-. Y entre ellos había dos, los que fueron “la pareja” de esos años de prepa -y la diseñadora asintió entendiendo: seguro que ella conocía a una pareja similar-. Los dos se separaron -la diseñadora hizo una mueca triste- cada quien tomó su rumbo, se casaron con otros, tienen sus carreras, sus hijos -claro, claro, dibuja las palabras con la boca la mamá de la diseñadora-. Pero en el reencuentro, sin hijos ni parejas, se les hizo lo más normal del mundo abrazarse, tomarse las manos y estar así, amorosos, como a sus dieciocho…

La sonrisa de la diseñadora se congeló. Su mamá parecía no entender. Yo entendí enseguida que esas pláticas no podía hacerlas en ese momento, con esas personas, en ese lugar.

-Los de mi secu se casaron entre ellos -explicó la diseñadora-. Les hubiera costado trabajo esconder cosas de ese tipo.

-Digo -quise arreglar-, entiendo que no hacían lo más correcto, pero esa reunión era una burbuja. Una cápsula de tiempo. Ninguno de los que estaba ahí iba a rajar.

-Alcahuetes, sus amigos -por fin la mamá de la diseñadora entendió de qué hablaba.

-Pues alcahuetes y no -acá me vino la imagen de esa pareja en el camellón con pasto, donde se acostaban largas horas a decirse tonterías, la justicia poética que siguieran haciéndolo veinte años después. -Está mal, pero también tiene su encanto: ellos se reconocían a sí mismos cuando recordaban su noviazgo.

-Lo ideal sería reconocerte con tu marido – dijo la mamá y la diseñadora habrá pensado en tantas casas que decoró a tantos recién casados, en la esperanza de los floreros o las cortinas que matizan la luz del sol.

-Por supuesto -corregí- los maridos, los hijos, las esposas… -¿y por qué rayos no le hice una pregunta para que ahora ella me hablara de su grupo?- Pero de pronto se te antoja ir al pasado, preguntarte quién fuiste, luego eso hace entender quién eres ahora.

-¿Para ti quién es más real, el del pasado o el de ahora? -soltó la diseñadora como si estuviéramos en un bar y con chelas listas para filosofías domésticas. Iba a enfrentarme con mi quinceañero lector, temeroso de las humillaciones, cuando la señora me salvó.

-Los de ahora, hija, claro -se apuró en dejar las cosas claras. -Imagina que siempre quisiéramos ser los del pasado, cuánta gente lastimada, hijos de divorciados…

-Los hijos no importan, se acostumbran… -y al momento de soltarlo quise que un rayo me fulminara para impedirme decir más estupideces. -Quiero decir: ya hay tantos hijos de divorciados, que los hijos de casados se sienten fuera de lugar. Está de moda ser hijo de divorciados -lancé mi lema simpático. Ninguna se rió.

-Al final, agarrarse de la mano no le hace mal a nadie -intentó ayudarme a corregir la diseñadora.

-Que te diga eso tu ex marido -le sonrió su mamá.

-Claro, además en la fiesta también habíamos divorciados. Nosotros entendíamos -me apuré a agregar.

-Los divorciados se entienden entre ellos -soltó la obviedad la mamá, con regusto a reproche.

-Los divorciados nos entendemos porque sufrimos lo mismo -aclaró firme la diseñadora.

-Y los divorciados también nos divertimos -quise aligerar. Y claro, no lo logré.

-Nos divertimos porque la vida sigue adelante -la diseñadora sacó otra chela imaginaria. -¿Pero a poco no sentiste dolor?

Ni modo de andar contando si alguna vez extrañé a la ex esposa. Intimidades, no. Urgía trivializar, el camarógrafo ya casi acababa y más valía cerrar la charla cordialmente. Y solté:

-Se siente dolor pero te animas y buscas a todas las que dejaste pendientes.

-¿Le urgía tanto arreglar pendientes? -la mamá. Corrí a agregar.

-Pendientes por llamarle de algún modo a las amigas de antes del matrimonio. Pero me casé y me dejaron de interesar.

-¿Nunca has pensado que alguien a quien dejaste pendiente podría valer más que la persona a quien elegiste? -la diseñadora quería cambiar la cerveza por mezcal.

-En mis tiempos elegías y te aguantabas. Te esforzabas -la madre irguió el torso y la diseñadora y yo volvimos a tener 18 años.  Decidí parar por lo seco. Pero rematar con humor:

-Es lo bueno de estos tiempos: aún me quedan cinco matrimonios para elegir- y volví a ser yo.

Y la diseñadora, ya borracha:

-A mí al menos me faltan uno o dos más.

La madre adoctrinó:

-Pues sigan eligiendo. Ahí está la calidad de sus matrimonios…

Y el camarógrafo llegó a avisar que ya estaba cubierto. Y los tres respiramos aliviados.

La despedida fue amabilísima e incómoda. “Que tenga mucha suerte”, me dijo la mamá y miró a la diseñadora para que se despidiera rápido. Ella, por protocolo, me dio su tarjeta con su teléfono y su correo.

-Saluda a tus compañeros. Ojalá se sigan reuniendo.

-Ojalá. Saluda a los tuyos.

Pareció querer agregar algo. Como tomarse una chela imaginaria más. Dio la vuelta y se metió a su coche.

-Los de mi prepa son pura putería. Luego te cuento -me dijo después el camarógrafo mientras me daba el estuche de su tripié para que lo ayudara. Yo iba pensando que odiaba mi boca. Que también necesitaba de mi madre para pedir disculpas por mis impertinencias.

 

 

 

 

Hola, soy la conejita amarilla, beibi

o-PLAYBOY-YOLANDA-VENTURA-570Yolanda Ventura, la ficha amarilla de los Parchis, posó para Playboy tal y como Diosito Santo la trajo al mundo -y no es frase cliché, es alabanza al Todopoderoso-. Yolanda tiene 44 años, se supone que esa edad ya no es la más adecuada para presumir las carnes, menos frente a la rabiosa acometida de veinteañeras y dannapaolas urgidas de mostrar que ya también son cancha reglamentaria. Pero primera sorpresa, la guapura de la ficha amarilla en las fotos sobrepasa a lo que la nostalgia hubiera anhelado, y sorpresa dos, basta sacar los ojos de la revista para mirujear a varias mujeres de edades semejantes, con cuerpos, semblantes y energías que obliga a proponerles el martini filtreador. No sólo las mujeres: calvicies más, barrigas menos, los hombres también tenemos portes y actitudes juveniles, de pronto nos parecemos más a nuestros descendientes de veinte -converses, ipods, novelas de Murakami- que a nuestros padres cuando tenían nuestra edad y se enredaban en ese complicado designio de la respetabilidad.

“Somos adultos más jóvenes”, dictaminó Martín semanas atrás, mientras me servía el siguiente jaibol . Y luego nos inventamos una sociología de la generación (el jaibol crea doctorados de todo) que iba más o menos así: los nacidos en los setenta debemos ser la primera generación totalmente cobijada (publicitaria y mediáticamente) por infraestructuras o parafernalias de la fantasía pop. Para las generaciones anteriores los estímulos musicales e iconográficos todavía los tomaron por sorpresa: ni las industrias del entretenimiento ni ellos como sus consumidores terminaron de entender las formas en que debían moverse ante estos referentes. Pero cuando nosotros nacimos ya había una industria de lo pop asentada y poco dada a las sorpresas, entusiasta por crear los símbolos que nos harían consumir discos-íconos-conciertos-memorabilias. Lo peculiar: estos símbolos nos han seguido acompañando toda la vida.

20100424201812-parchis-quetaltevaHay que ser mesurados para que no salte el chairo: mentira que los monopolios mass-media y los grupos de poder urdieron un plan siniestro para saturar a nuestras cándidas mentes con basura plástica que distorsionaba la realidad. Había una meta más simple: el bisness. Crear un grupo de cantantes infantiles para vender discos. Diseñarles vestuarios coloridos para vender ropa. Hacerlos viajar como simios entrenados para vender conciertos. Los pioneros vinieron de España, Enrique y Ana y Parchis, se sumaron los Menudos y los Chamos de Puerto Rico y Venezuela, no tardó la versión mexicana de Timbiriche, y hartos solistas que todavía engordan el caldo de los programas de Paty Chapoy -Luismi por supuesto, Lucerito cuando no se fingía gobiernista, Ricky Martin tan bonita desde chiquita, etc.-, todos simples y festivos, de poco riesgo y alta rentabilidad, muchísimo más asequibles que la oferta anglosajona que aún llegaba con dificultad a México porque en los ochenta las juventudes seguíamos en veda de influencias extranjerizantes perniciosas. Con este star system hicimos una gran familia, tan sentimental como gazmoña. Todos ellos se volvieron adolescentes junto con nosotros, se atrevieron a ropas más reveladoras -minifaldas, shorts, trajes de baños- cuando nuestras madres se escandalizaban de nuestras ropas estrafalarias para las discotecas, le entraron a la madurez de ser solista -y solitarios y autónomos y “una Yuri más mujer”- cuando a nosotros se nos abismaba la posibilidad del primer trabajo, vivir solos, intentar las convivencias serias de las primeras parejas. Si vale la confesión, mi primer advertencia del paso de los tiempos ocurrió con la hiperpublicitada boda de Lucerito con Mijares a mediados de los noventa. El interés que puso Televisa en transmitirla semejó una pista de arranque para que varios casi-treintañeros consideráramos seriamente la necesidad de imitarlos y tomar la estafeta del status quo guadalupano. Varios lo hicimos, después lo deshicimos, otros siguen sus guerras conyugales y cada quien su historia. También es emblemático que Lucero y Mijares se divorciaran en tiempos semejantes a los de nuestras disoluciones. Y es horrendo tomar literal las fábulas: por suerte algunos no nos volvimos peñistas-gobiernistas ni por contarle las pecas de la espalda a esa chica tan lloroncita de todos los teletones.

yolanda_ventura_1Los ciclos de vida que propicia el star system autóctono podría semejar las estaciones del año, las épocas de siembras y cosechas, los tiempos de noviazgos, maternidades y paternidades, los quince años de nuestros hijos, las hipotecas de nuestras casas y nuestros autos. Y hay algo de triste en este irremediable curso de la vida: por más que quisiéramos inventarnos de otra forma, Eduardo Capetillo siempre será machín y tendrá enclaustradas las curvas inauditas de Biby Gaytán, la Thalía y la Pau insistirán en creerse paridas por arcángeles y por eso sólo en Extranjia pudieron hacer carreras artísticas que a nadie le importan, los reencuentros embaucadores de menudos y magnetos y timbiriches siguen siendo redituables porque vamos a cantar con ellos pero sobre todo vamos a recibir diagnósticos de nuestro propio crecimiento-envejecimiento y a desentrañar la ecuación que nos haga lanzar consignas como si regresáramos a nuestros dieciocho años. Y los vemos gordos, canosos, menos hábiles en sus coreografías, con timbas de ñores o patas de gallo de ñoras y los disculpamos -nos hermanamos- porque vamos todos juntos en el barco. Forma de sublimar las decadencias, argumentamos que aunque ya no tienen (tenemos) las frescuras de antaño, al menos conservan (conservamos) carácter, personalidad.

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Desde esa ansiedad de conjurar el paso del tiempo nos lanzamos a revisar que la ficha amarilla siga teniendo lo que tiene donde lo debe de tener. Y las fotos alivian: será el buen gusto del fotógrafo, la habilidad del fotochopista, la belleza genuina de Yolanda, el resultado tiene la sensualidad requerida, y más que eso, la promesa de que la vida sigue siendo promisoria, y el cuerpo de yellow baby, tan suave, tan mullido, se acaricia con la mirada tan dulcemente como acariciamos nuestras dolencias incipientes, nuestras vistas agotadas o nuestros futuros menos suculentos que hace diez o veinte años. En tanto experimento mediático de lo pop como forma de vida, los nacidos en los setenta seguimos configurando enigmas de cómo seguirá y terminará nuestro paso por el mundo. ¿Cantaremos insistentemente a Madonna en el asilo donde nos recluyan? ¿Cuántos reencuentros más pagaremos para consolar la decadencia de nuestros cuerpos? ¿O seguiremos siendo tan tercamente jóvenes como insistimos desde el gimnasio y los gadgets?

Lo mejor de las fotos de Yolanda: así como otros nos indicaron el momento de los matrimonios, de los hijos, de las hipotecas, de los empleos serios, ahora ella viene a indicarnos que sigue siendo un buen momento para corretear fichas amarillas que se ofrecen, generosas, para jugar.