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Cruz Azul

Heredé la playera de mi padre, como ocurre con muchos que hacen suyo un equipo desde la tradición familiar. Lo importante acá es dónde nació la pasión de mi padre por el Cruz Azul.

Lo supe en un lento viaje por el Viaducto, el auto atestado de cajas de libros porque me estaba mudando. Un día antes hablé con la ex, a seis meses de separados volvió a casarse y tenía tres meses de embarazo; me jodió la prisa para reemplazarme, me punzó en el orgullo y además tuve que fingir que entendía todo. Pensaba en el alivio de no haber sido padre con ella, en la frustración de no haber sido padre con ella, en lo sombrío de los amores devastados y más de esos lamentos que piden ron y canciones desgraciadas.

No le había contado nada a mi padre pero era obvio el ánimo hosco, y él no tenía la menor idea de cómo manejarse. Yo cambiaba de estación a estación en la radio, en alguna pescamos que pronto empezaría el partido del Cruz Azul contra el América.

Que ese era un tema tan malo como el otro. Era 2005, Cruz Azul llevaba varios años perdiendo contra el rival (y seguiría perdiendo muchos años más; en este texto no hay victorias, si acaso estoicismo).

No había duda en la afición de mi padre por el Cruz Azul: tenía gorras, una chamarra, revisaba los periódicos cada fin de semana, estaba agrio cuando las cosas en la cancha no salían bien y había un orgullo fantoche cuando el equipo hacía un buen juego.

En los recuerdos más infantiles bebía con el tío americanista y podían pasar horas discutiendo sobre el mejor equipo, analizaban con lupa hombre por hombre, ante la mirada colérica o resignada de mi madre o mi tía, o la indiferencia de mis primas, mi hermano y yo, más preocupados por las caricaturas de moda o los cantantes ochenteros que se empezaban a fabricar para nosotros. Después, según crecía, no me interesó demasiado el futbol. Le iba a uno u otro, sin fervor ni agobio; al final me sumaba al equipo de mi padre, más por comodidad que por convicción.

—A ver cómo le va —comenté.

Siguió medio kilómetro de viaje en silencio.

—A mí me gustaba el Atlético Español —dijo mi padre de pronto—, tenían enjundia, sabían moverse. Jugaban bonito aunque no les servía de mucho.

—Ese es ahora el Necaxa, ¿no?

—Fui a verlos cuando llegué a México. En esos tiempos Cruz Azul subió a Primera División. A la gente le gustaba el equipo por bravos, no tenían ningún jugador importante pero en la cancha eran idénticos al Real Madrid.

—Seguro, papá —me burlé. No lo notó. En ese momento tenía 28 años y leía con detalle el Esto, trabajaba de tramitador aduanal para una tienda de telas en el Centro. Yo apenas había nacido y a mi madre todavía le ponía nerviosa calcular la tibieza de los biberones.

—Muchos odiaban que un equipo así se estuviera chingando a todos. En esos años le ibas a las Chivas si eras del populacho, o al América si eras chilango, si tenías un Lebarón y gastabas tu sueldo en la Zona Rosa. Yo no podía hacer nada de eso. Trabajaba, tenía una esposa y tú tenías dos meses. Irle al Atlético estaba bien.

Y siguió contando: que en las quincenas comía con los compañeros de trabajo en las cantinas de Bolívar. Sopa de médula, chamorros, chicharrón en salsa verde. A mi madre no le gustaba verlo llegar borracho pero mi padre ascendía en el trabajo y debía hacerse el líder. Que en términos cantinescos significaba: mostrar que podía y sabía beber. Que podía y sabía llamar a los meseros por sus nombres; que dejaba buenas propinas y elegía las canciones de moda en la rockola.

Alguna tarde estaba ahí, en su mesa, con cuatro de sus compas, cuba tras cuba y el chisme de oficina, cuando llegaron tres tipos mofletudos y colorados, gafas oscuras de guarura, camisas abiertas y cadenas doradas en los cuellos y las muñecas. Tropezaron con alguno de la mesa de mi padre, en vez de disculpas bravearon porque estorbaba. Agitaron billetes de cien pesos para que los atendieran, de paso pidieron que quitaran la música para escuchar el radio, estaban hablando de la final. Era entre el Cruz Azul y el América y, por supuesto, decía la radio, estaba más que cantado el triunfo de los Canarios —fueron Águilas hasta los ochenta—, porque Borja, Reinoso y Borbolla, hombre por hombre eran mejores, aunque siempre debía reconocerse, con la condescendencia que pedía el caso, el esfuerzo de los celestes.

Los de las cadenas en las muñecas arengaron: el Cruz Azul era un club de advenedizos, toltecas de taparrabos que se les fruncía el culo al pisar una cancha, apestaban a azufre, ¿tendría el Estadio Azteca un lugar para amarrar mulas? Era lo malo de no poner murallas alrededor del DF, a cualquier indio que patea piedras lo dejan pasar…

Y no es que mi padre fuera tolteca o apestara a azufre, pero giró en seco a preguntarles cuál era su cabrón problema, por qué tan machitos. ¿Qué le hirió tanto? ¿Que seguía sintiéndose ajeno a la ciudad, que veía frustrado los enormes autos en las calles y sabía que difícilmente tendría uno así? ¿Intuía, detrás de la jactancia de pedir otra cuba y más cacahuates, que su matrimonio era frágil, que no tenía la menor idea de qué hacer con un bebé que cagaba cada tres horas, que se debatía entre las jerarquías de la oficina y la presión de inventarse como jefe de familia?

Mi padre reclamó y los otros se burlaron, él vociferó y los otros se levantaron para armar la campal.

—Se viene el más animal de los tres, me dice que de a cómo y le contesto que como quiera, lanza una patada, esquivo y jalo una silla para golpearle, en eso los meseros ya nos tenían bien agarrados y mentadas de madre y bravatas. Éramos un circo.

Aún no puedo imaginarlo porque mi padre siempre ha sido contenido, de los que prefieren hablar antes de irse a los golpes. Pero en ese momento se le olvidó el Atlético Español, el bebé de tres meses, la esposa que lo esperaba en casa. Habrá recitado cuanta majadería se le habría ocurrido, el otro habrá hecho lo mismo. Ahí fue cuando alguien de los dos grupos, o los meseros, o el dueño de la cantina, los envalentonó. Si tan gallitos estaban debían cruzar una apuesta a la altura de la rivalidad.

—El tipo preguntó de cuánto era mi quincena y se lo digo. Se burla, dice que no apuesta miserias y propone tres meses de mi sueldo. Y acepto. El cantinero jaló un cuaderno, escribió el acuerdo, nos hizo firmar. De garantía dejé el cheque de la quincena. El otro puso su reloj. Uno grandote, dorado. Nos dimos la mano. Me apretó fuerte para mostrar quien manda. Le respondí igual, que no me viera la cara de pendejo.

Mi padre sale de la cantina, y después, en la tarde de oficina, y peor aún, en la noche que en casa le explica a mi madre que hubo un lío de contabilidad y le van a pagar hasta el lunes, la única pregunta que se hace es por qué comprometió tanto dinero, la renta, la comida, los pañales; que por extensión era comprometer el matrimonio y su misma idea de la responsabilidad.

El domingo fueron los noventa minutos más largos de su vida. Después he visto el resumen del juego en Youtube y sé que no fue para tanto: al minuto 10 Héctor Pulido lanzó remate cruzado y abrió marcador 1-0 para los celestes; a los pocos minutos Victorino dio cabezazo para el segundo gol, y todavía no terminaba el primer tiempo cuando Muciño marcó el tercero; no parecía que el América tuviera demasiado qué hacer. Pero en el relato de mi padre fue un partido temible; el ataque americanista nunca bajó y cada recorrido por la cancha, cada pase, cada cañonazo que volaba sobre el Gato Marín, le significaban escalofríos y presagios funestos. Importaba menos la objetividad del partido, que el juego que vivía dentro suyo. Para un hombre que siempre había vivido con sigilo, su cheque guardado en un cajón de una cantina del Centro debía parecerle una imprudencia colosal, una osadía que por alguna triangulación absurda por fin le estaba dando derecho de pertenecer a la ciudad.

El partido terminó 4-1, todavía otro gol de Muciño y el de la vergüenza de Enrique Borja para el América. Apenas se montaba el podio para entregar la compa cuando llegó el de la tienda a avisar que mi padre tenía una llamada.

—Era el de la cantina, para avisarme que al otro día podía recoger mi cheque y lo demás que gané. Tu cuna, la que está en las fotos, salió de ahí.

Para entonces ya habíamos salido del Viaducto y llegamos al departamento. Bajamos la tele, movimos la antena hasta conseguir señal, alcanzamos el final del partido, que el América ganó. Hicimos muecas de desaliento. La suya era de rutina; la mía agregaba los orgullos y las derrotas, los orígenes ocultos de las familias y otras formas empecinadas de pertenencia. Mientras bajamos las cajas de libros mi padre mentó madres contra el técnico, la directiva, los jugadores que no respetaban el linaje de la Máquina.

Desde entonces, cada que el Azul tiene una victoria memorable corro al teléfono a comentarla con él. Cuando pierde también nos buscamos, él maldice y yo le hago el chiste de que cambiemos de equipo.

No sé si piensa en sus días del Centro, en su apuesta, en las preguntas que se hizo mientras su quincena reposaba en la caja de una cantina.

—El siguiente sábado se reponen— dice al cabo de un tiempo. —Tengo confianza. Algún día, el día que haga falta, van a volver a ganar.

Historia de un matrimonio, el divorcio de diseño

historia-de-un-matrimonio-de-noah-baumbach-814892¿Por qué todo mundo está hablando de Historia de un matrimonio, la película de Noah Baumbach que están pasando por Netflix? Perogrullo resuelve el enigma: porque está diseñada para eso.

Por supuesto, lo que quisiera cualquier historia contada, escrita o filmada, es que la llevemos al café y nos dediquemos cuarenta minutos a sacarle la raíz cuadrada, pero ciertas narrativas insidiosas parecen tener diseñadas las escenas, los diálogos, los matices en las actuaciones y el suspenso en los silencios para que sintamos que ahí, y justo ahí, está la revelación que toda la vida habíamos esperado.

Historia de un matrimonio (contemos rápido la sinopsis: trata del divorcio de Charlie, arrogante director de teatro, y Nicole, actriz que acaba de darse cuenta que siempre fue la sombra del esposo, y por ahí está el hijo, y se pelean su custodia, y viajan de Nueva York a Los Angeles con una facilidad digna de toda envidia) equivale a los productos Marvel, que cumplen cuotas de género, diversidad étnica, escenas de lucimiento para Robert Downey Jr, Chris Evans o baby Spider Man; en Historias de un matrimonio están los momentos obligados para satisfacer las necesidades sentimentales de los espectadores: la revelación feminista de la esposa, el no darse cuenta que no se da cuenta del esposo, el discurso empoderado e infografiable de la abogada curtida en divorcios, las estrategias infames de los abogados carroñeros, el enfrentamiento espectacular entre Black Widow y Kylo Ren (que culmina en abrazo gélido de cuento de John Cheever), la caída de veinte de él, mañosamente resuelto con una canción destemplada para no mostrar su casa vacía o la áspera contradicción entre sentirse libre o aceptar lo importante de su vínculo con la exmujer.

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Desde esta escaleta de escenas palomeadas, Historia de un matrimonio es en realidad una película morbosa, que sitúa a los protagonistas como arquetipos de la institución matrimonial en decadencia, para regocijo de la compañía teatral del esposo, de la familia de la esposa, de los abogados de ambos y de los netflixnautas en general. Nicole y Charlie viven entre reflectores para los otros, la sociedad de la película o la sociedad que los observamos; apenas hay un momento en solitario para el respiro y la reflexión de lo que les está ocurriendo; si acaso el breve momento en el que Nicole llora aún en su cama conyugal, o en el que Charlie cura su brazo herido en el suelo de la cocina de su nueva casa, tras haber fracasado en una entrevista con una terrorífica trabajadora social

Esto no hace menos apreciables los desempeños de Scarlett Johansson y Adam Driver, que son, incluso, la apuesta medular de la película. Dos presencias reconocibles y admiradas, que bendito dios les quitaron sus trajes de látex y les hicieron recordar cuando actuaban de verdad, le otorga a Historia de un matrimonio la fascinación (de nuevo: morbosa) que difícilmente habría tenido con otro elenco.  También son espectaculares (y dignas de memes y posts empoderadores) el par de escenas de Laura Dern, el buen tempo cómico de Sandra y Cassie, madre y hermana de Nicole, o mi favorito, el viejo abogado Bert Spitz, que tras cuatro divorcios, con el fracaso y la sabiduría de la edad, acaso suelta las ideas más sensatas de la película.

Lo otro que me gustó fue la impertérrita trabajadora social, a la que le urge su propia serie de terror.

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Quizá lo más importante de Historia de un matrimonio es por qué la estamos viendo, por qué nos conmueve y hablamos de ella: tras su diseño hay una necesidad actual e incómoda: revelar cómo nos estamos situando ante nuestras potenciales parejas y los compromisos que nos piden, en un momento que el individualismo y la sublimación de lo subjetivo nos aleja de todos, incluidos aquellos con quienes compartimos mesa, cama y despensa; cómo nos tiene absortos el existencialismo pop de ser fieles a nosotros mismos, ser congruentes con nuestros imperativos, ser tenaces en nuestras soledades asertivas.

 

 

Yalitza

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Y bueno, el cuento de la Negrita sigue así:

Después de tremenda actuación en Roma, después de nominaciones y alfombras rojas, tras mucho Remi Malek y Lady Gaga y mierda racista de Sergio Goyri y Laura Zapata y demás actrices chateras de los Arieles, cuando sean menos los artículos a favor de su representatividad o insistiendo en lo insuficiente de su representatividad, acabadas las sesiones fotográficas y los outfits que sí le quedan o no le quedan o que con otro firulete le habrían quedado mejor, pasadas las entrevistas grises o cagadas o elaboradas o con buscapié, Yalitza Aparicio se sentará con su mejor amiga en una refresquería de su Heroica Ciudad de Tlaxiaco, Oaxaca y se privará de risa platicándole de la chambototota que desde hace tres años consiguió. 

Porque es eso: más allá de la fascinación del cine, del glamour festivalero y hollywoodense, de lo que ha simbolizado desde las sociologías de las inclusiones o la comentocracia de las estéticas, Yalitza mesereaba y trabajaba como recepcionista en un hotel cuando encontró una chamba insólita, que le daba temor pero también la retaba, y se lanzó a protagonizar la película de Alfonso Cuarón porque “no tenía nada mejor que hacer”, según contó en la mejor semblanza que le han hecho (la de Carolina A. Miranda para Los Angeles Times). Yalitza se subió a una ola que traspasó la pantalla grande y las estrategias de promoción. Y desde ahí se mantiene serena, fascinante y sin echarse pa’trás.

Desde su arrojo, Yalitza trasciende y resignifica incluso a la Cleo que la lanzó al aluvión. La insistencia en comparar (y con frecuencia denostar) la interpretación que Yalitza hace de su personaje Cleo va más allá del ejercicio actoral. Yalitza no se parece en nada a Cleo y por supuesto que hubo una creación de otra persona con quien solamente comparten rasgos y la región de donde son originarias. Pero la diferencia también es generacional: Cleo vivió y trabajó en la casa de una familia clasemediera anterior al deterioro de la clase media mexicana (tanto así que ahora los vemos como una aristocracia imposible y hasta culpable de nuestra miseria actual); Yalitza estudió para maestra de preescolar, usa las redes sociales que no conoció Cleo y en sus fotos más antiguas de Instagram se le ve en bailes y de excursión con sus amigas; muchas veces rodeada de chiquillos bajo un solazo oaxaqueño que brilla en su pelo.

 

 

Yalitza podría ser la hija de Cleo que sí estudió y que podría tener un futuro aunque sea un poco más promisorio.  La candidez de Cleo no tiene que ver con los arrestos de Yalitza para participar del circo mediático que trajo la película. 

 

Las cosas que pudo ver, que no se parecen nada a los sueños de su niñez…Dy_fTGPVYAADxhd

Yalitza se planta en Venecia, Londres, Nueva York o Los Angeles y aun sin saber inglés interactúa con quien se le ponga enfrente. Bradley Cooper le pide que salude a su novia por celular y Gary Oldman va a su camerino a conocerla. Su presencia maravilla pero también funciona como correctómetro social: de hecho es más fácil reconocer a sus detractores por lo rupestres de los comentarios; más complicada es la gama de grises en la que estamos la mayoría, desde quienes le tienen un aprecio cordial hasta quienes la adoramos irreflexivamente. ¿Te gusta Yalitza porque está triunfando en Hollywood o te gustaría si fuera una mujer que encuentras en el metro? ¿La prefieres porque la vistió un diseñador o la destacarías con jeans y cara lavada?

El carraspeo de la corrección política se extiende a la industria del glamour que intenta hacerla suya. No es gratuito que en sus primeras sesiones, las de Vanity Fair y Vogue, la hayan dotado de una personalidad folclórica-nacionalista, grave y estoica, como si la consigna fuera que una mujer mixteca sólo puede parecer azteca de calendario de Helguera o pieza prehispánica de museo.

 

 

Publicaciones como The Wrap, Chilango, Elle Mexico o The Hollywood Reporter aciertan cuando la presentan como una joven de 25 años que usa jeans y chamarras de cuero, que podría escuchar a una banda de viento oaxaqueña pero también a un grupo de rock; es indígena y también contemporánea, vive en 2019 y sus raíces no son una responsabilidad pesada, en tal caso son riqueza y posibilidad.

 

 

Pero además, Yalitza surge como figura pública el mismo año que se estrena en las pantallas mexicanas Sueño en otro idioma (Contreras, 2017), que trata sobre una lengua indígena a punto de extinguirse, y también aparece mientras en Colombia Ciro Guerra hace películas como El abrazo de la serpiente (2015) o Pájaros de verano (2018, en colaboración con Cristina Gallegos), que ponen el acento en las comunidades indígenas y sus conflictos al relacionarse con la sociedad occidental, y menos famosas pero también presentes, películas como Café (Huatey Viveros, 2017), hablada casi totalmente en náhuatl, o Tiempo de lluvia ( Itandehui Jansen, 2018), que ocurre en comunidades mixtecas. Yalitza no es un fenómeno aislado: viene acompañada de cada vez más actores y creadores que agregan nuevas visiones a un discurso fílmico de comunidades originarios, y que se desborda de los cauces convencionales del cine.

 

Y aunque experiencia ella adquirió, nunca se pudo olvidar… 

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El ocio de especular sobre el futuro de Yalitza como actriz: se insiste en que no debe representar a más trabajadoras domésticas, la parte frívola argumenta que así no encasillará su carrera; otra, más simbólica, sugiere que su proyección exigiría la reivindicación y el empoderamiento de las mujeres y la región que representa. El ejercicio de proponer una nueva película para Yalitza fuerza a imaginar historias y personajes que trasciendan modelos convencionales. ¿Se antoja verla en una comedia romántica de migrantes con Remi Malek? ¿O agobiada en un thriller rural que la obligue a balazos y correteadas? ¿Como luchadora social que lance discursos en el minuto 85 del filme? ¿Sumarse a algún esfuerzo de cine indígena o comunitario? ¿Disparatarse hacia una superhéroe latina de poderes insospechados? La opción más divertida la ha propuesto Alberto Chimal: el mexafuturismo que se atrevería a desarrollar una región de indígenas triunfadores y poderosos, al estilo de los africanos de Wakanda en Black Panther (y con Yalitza, se adivina, como amada lideresa). 

Pero la responsabilidad de la representatividad también puede ser un lastre. Angustia imaginar que después de los Oscares, cuando Yalitza regrese al mundo real, se le critique porque salió en una foto con el político no indicado (en estos tiempos de la vida pública cualquier político es no indicado), o porque una opinión suya contravenga las tesis y consignas de quienes ahora la adoran por ser fetiche de sus causas.

Ahí se me ocurre que si algo la salva, es que a pesar de nuestro afán por convertirla en todos los talismanes y fetiches que quisieran el cine y la antropología, ella sabe que sigue siendo una maestra de preescolar, y que se sigue viendo en un salón de clase, con treinta escuincles menores de seis años. Su riqueza está ahí, es su cable a tierra, la legitimidad que le permitirá remontar. 

Desde ahí, aun la versión más modesta de Yalitza es un triunfo. Ahí el oropel mediático-simbólico se desbalaga y recupera a la Yalitza que siempre ha estado detrás de desfiles y sesiones de fotos. Y acaso, de pasada, explica nuestra verdadera conexión con ella: actriz improvisada o con futuro, moda o representante de causas y demandas trascendentes, Yalitza en el fondo es una mujer que encontró una chambototota, como la que quisiéramos todos, que supo triunfar en ella y nos provoca solidaridad su buena fortuna, su empuje para sortear la cima, la persistencia que queremos que tenga para lo que siga, sea cine, fotografías, jardín de niños, o sentarse con una amiga a tomar un refresco en Tlaxiaco, Oaxaca, a contar con risas francas y sin contenciones toda la locura que ha vivido.

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Dos tipos de cuidado, cómo se ve en Cinépolis

dos-tipos-de-cuidado-770x433A las cadenas cinematográficas les encanta esta cursilería de comparar sus salas con las salas de nuestras casas. Mal que pese, algo así pasó esta semana que vimos a Jorge y Pedrito, Dos tipos de cuidado, Ismael Rodríguez, 1952, en los cinepolis y los cinemexes.

Las exhibiciones en pantalla grande de clásicos suelen convocar a los cinéfilos, bien pertrechados de fechas y curiosidades, para reafirmar su devoción en pantallota y con sonido profesional. Más que mirar, se venera. En el rito debes acompañarte con alguien no iniciado para pontificar con esas trivias que alimentan los portales chatarra del internez. La idea es que el neófito quede tan impresionado, que después sea fácil seducirle. En el 93.75% de los casos falla. Pero de nuevo el tema religioso: no se hace por estrategia de ligue, se trata más de un acto de fe.

Con Dos tipos de cuidado fue distinto. En vez de parejas hubieron papás, mamás, tíos, tías, abuelos, abuelas. Estaba esta curiosidad compartida, y era que la mayoría no habíamos visto a Pedrito en pantalla grande. Ahora la abuelada era la de la trivia: que si en el Palacio Chino, cuando era un solo Palacio Chino, se estrenaban estas pelis, que si la vieron en el Mariscala, cuando el Eje Central se llamaba San Juan de Letrán. Algunos exageran el fasto y la algarabía en los estrenos de estas películas. El sustrato de todo lo que se cuenta contiene una añoranza: ese locus amenus que es El México Que Se Fue.

¿Cómo era el México Que Se Fue de Dos tipos de cuidado? Jorge y Pedrito ilustran. De inicio, presumen la hazaña de estar reunidos en una misma película, the most ambitious crossover event in the History. Para 1952 la carrera de Jorge Negrete iba en decadencia (moriría de cirrosis un año después), mientras que la de Pedro Infante estaba en su punto más alto. Debió ser gran reto de los guionistas, Ismael Rodríguez y Carlos Orellana, crear escenas para el lucimiento en pareja y en solitario de ambos astros. No debió ser fácil urdir una trama graciosa, de enredos y amores, que forzosamente ofreciera momentos de ver a Jorge y Pedrito: 1) siendo compas, 2) siendo enemigos, 3) jugándose ranchos en la baraja, 4) cuidándose las espaldas con las enamoradas, 6) traicionándose con las mismas enamoradas, 7) golpeándose, 8) teniendo algún atisbo homoerótico (aunque siempre le salió mejor a Pedro Infante con Luis Aguilar), 9) cantando separados, 10) cantando juntos, 11) lanzándose las coplas más importantes de todo el cine nacional, 12) llevándole serenata a las muchachas, 13) haciéndole de patiños del siempre grande Joaquín Pardavé.

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Desde este reto, Dos tipos de cuidado logra un éxito total. Es una máquina perfecta de giros de tuerca, imágenes emblemáticas y diálogos memorables. No es un paradigma del cine que recrea lenguajes y reinventa arquetipos; lo es en su eficiencia para mostrar lo que quiere: dos ídolos populares en plena gracia de sí mismos.

¿Envejece? Tanto como una película que tiene 66 años: el machismo arrogante de Jorge Negrete se antoja fastidioso por lo inflexible, y aun el bonachón de Pedro Infante queda en entredicho en su compulsión mujeriega (que aún así sigue haciendo gracia por su matiz picaresco). ¿Por qué la seguimos viendo? Porque nos la ponen cada tres meses en la tele y es de estas mejores opciones cuando ya agotamos el Netflix. ¿Por qué nos apuramos a verla en pantallota? Y ahí estaría la magia, lo que hace que un clásico sea un clásico: cuando tiene que ver más con nuestro ADN cultural que con nuestra apreciación cinéfila.

No hay que engañarnos: el país que produce estas comedias rancheras estaba lejos de ser idílico. Justo ese año de 1952 hubo elecciones presidenciales y cuando la oposición henriquista protestó ante la sospecha de fraude fue duramente reprimida; pero la maquinaria priista estaba tan bien engrasada que aún podía disfrazar su autoritarismo de unidad nacional, promesa de desarrollo y orgullo patriotero.

En este contexto Dos tipos de cuidado, junto con otras veinte películas de esta llamada época de oro del cine mexicano, simula un país candoroso que se desarrolla en aparente armonía, donde las canciones resuelven desigualdades económicas y de clase, donde la amistad de los charros conjura la competitividad empresarial, donde los desaguisados se resuelven con baraja y dichos populares, en vez de desapariciones y masacres, o selecciones de mercado que marginan a grandes mayorías.

Ahora que volvemos a ver Dos tipos de cuidado, anécdotas de los abuelos incluidas, también vemos un universo al que se antoja regresar. La sala moderna, las palomitas caras y las promociones tramposas se desvanecen ante haciendas cotorronas, enamoradas rejegas y, sobre todo, charros cantores que salen imbatibles de intrigas, percances, pero sobre todo, del paso del tiempo.

En el espejismo de la comedia ranchera se concentra un código —virilidad, candor, bonnomía— tan inoperante como la petulancia para recitar trivias cinéfilas y seducir a nuestro acompañante. Pero de nuevo: mirar este cine ya no se trata de perpetuar modelos rebasados. Ver a Jorge y Pedrito en los cinemexes y los cinépolis se traduce en un ejercicio de veneración: coplas de nostalgia y de fe.

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Pasa que Chavela Vargas es punk

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Conozco más su percha que su música. Así es el aprendizaje de las glorias del folclor: ocurre en la niñez, cuando en la escuela te hacen bailar el Jarabe Tapatío para el festival de las mamás; después cuesta trabajo agregar personajes al santoral: el abrume del rock, del pop y los ritmos snob apenas dejan espacio para el elenco que conociste en los discos de los abuelos y las tías. Y en los discos que yo escuché nunca estuvo Chavela Vargas, porque el mismo showbizz mexicano se cuidó de mantenerla en un espacio segundón.

Se entiende más si se revisa qué visión de folclor y país quería mostrarse en el México del siglo pasado: orgullo de charro a la Negrete o Pedrito; hieratismo afectado de Lola Beltrán, coquetería y buena disposición —casi hostess de Secretaría de Turismo— de cantantes bravías “portadoras orgullosas del traje de charro”. En este alarde debía hacer lío una mujer que confrontaba al mural institucional. Chavela era abiertamente lesbiana, abiertamente andrógina, abiertamente borracha y si a alguien no le parecía que fuera y chingara a su madre.

Por eso, en vez de los grandes escenarios, a Chavela se le relegó a cabarets (La Taberna del Greco, en el Hotel Regis, o La Perla en Acapulco), a donde acudían artistas e intelectuales  para conocer el canto desgarbado de esta mujer acre, no recomendable para el gran público, que debía mantenerse en la ficción de las Marías Bonitas y la charrería.

Se hizo compa y la mejor intérprete de José Alfredo Jiménez, y se temían sus borracheras interminables en el Tenampa; fue favorita del jet set de Acapulco y en alguna de las bodas de Elizabeth Taylor despertó con Ava Gardner bien apergollada; fue amante de Frida Kahlo y Televisa la vetó porque le bajó la novia al dueño. Desapareció muchos años y cuando regresó a los escenarios la gente acudió sorprendida. Muchos pensaron que la había matado el tequila.

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Su segundo aire, en los noventa, fue en El hábito de Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe, cabaret que buscaba expresiones alternativas a las del monopolio televisivo. Ahí la redescubrieron los españoles y la llevaron a cantar a Europa; en Madrid y París tuvo un éxito que difícilmente logró alguna otra cantante mexicana. Lo que sigue está en YouTube y no falta quienes tuvieron la suerte de verla en vivo: de poncho y pelo corto, cano, voz rasposa que maceraron los aguardientes, el canto que se interrumpe para tramitar la agonía: interpretaciones de soledad y desamor decantadas, que en este afán mortuorio también urgen a la vida y al exceso de vida.

¿Por qué tuvo mejor suerte la Chavela Vargas tardía? Ahí cabe el cliché de que estaba adelantada a su época. Su música, su estilo, pero sobre todo su personalidad, tenía más que ver con los destapes (el español posterior a Franco, el mexicano que emergió a pesar del PRI y Televisa) que con el bravío festivo de sus congéneres. La cantante de voz agria, excesiva en anécdotas y sobria en interpretación, debía esperar una época de reivindicación de amores y pasiones no heterosexuales, de personalidades insolentes, despojadas de pudores, que invitan más al trago que a la recitación patriotera.

Chavela Vargas forma parte de esos artistas subterrános que no tuvieron sitio en el canon estético y moral del siglo XX, como los infrarrealistas que reseñó Bolaño, o las escrituras extravagantes de Ulises Carrión, o los redescubrimientos insólitos de los Saicos peruanos que inventaron el punk, o de Sixto Rodriguez, que acompañó las revoluciones sudafricanas. Se escucha y se lee a estos artistas, y se presencia una historia que relativiza los elencos idolatrados por Octavio Paz o Televisa; calles poco transitadas, zonas modestas donde se dejan escuchar otras formas de la sensibilidad y de la extrañeza de estar en el mundo.

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Chavela Vargas logra su sitio hasta nuestros tiempos porque apenas se va comprendiendo que la música bravía también puede ser punk. Y su historia puede conocerse en el documental Chavela, de Catherine Gund y Daresha Kyi, que recién se estrenó y cuenta vida, obra, tragedia y gloria de la intérprete, de origen costarricense, que se volvió medular en nuestra música. Mexicana por derecho propio, dirían los panegíricos patrioteros, “porque los mexicanos nacemos donde se nos da la rechingada gana”, prefiero la explicación que ella daba.

 

 

Mirar The Vietnam War desde Mad Men

vietnam-header-smallerCuando explico mi fascinación por Mad Men uso esta analogía: imaginar a un publicista de 1960 o anterior. Modas más, modas menos, viste traje, usa sombrero de fieltro, portafolios de cuero y tiene los zapatos bien boleados. Justo como Don Draper en el 90% de la serie. Y luego imagino a un publicista de 1971 y de ahí hacia adelante. Modas más, modas menos, cambió el traje por playera estampada y mezclilla, el portafolios por mochila o morral desfachatados, usa tenis o zapatos con suela de goma, su pelo va largo, o rapado, o punk, o está tatuado, o tiene piercings, según lo que use la década. El publicista de 1960 se parece al de 1950 y al de 1940, así como el de 1970 se parece al de 1980, 1990 y de ahí hasta nuestros días. Pero el de 1960 nunca será como el de diez años después. Y de esta transformación se trata Mad Men.

De esto también se trata The Vietnam War, el documental de Ken Burns y Lynn Novick que ahora está en Netflix.

Burns y Novick han registrado varios momentos históricos esenciales de Estados Unidos. Fue un hito televisivo el estreno en 1990 de The Civil War, que habla sobre la Guerra de Secesión; también han hecho documentales de jazz, béisbol, o The War (2007), que cuenta el paso de los gringos por la Segunda Guerra Mundial.

The Vietnam War cuenta en diez episodios, de casi dos horas cada uno, esta guerra que emprendió el gobierno estadounidense contra el pequeño país del sureste asiático. Son capítulos densos, poco amables en lo que registran: soldados que caminan con una lenta tensión por la selva, vietnamitas que se asoman aterrados desde sus chozas, sonidos de helicópteros, ráfagas de metrallas, bombardeos y muecas de terror, cadáveres en el fango, en las calles, miembros cercenados… ¿Por qué lo seguimos viendo?

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Mas allá del morbo primitivo de presenciar escenas bélicas o atestiguar el horror del mundo desde la soledad aerodinámica de nuestras computadoras, hay una curiosidad malsana en querer entender cómo una potencia mundial como Estados Unidos se lanzó y dejó crecer este conflicto a niveles que comprometieron incluso su propia identidad. “Como tener un padre alcohólico en la familia”, describe el marine Karl Marantes en el mero inicio de la serie.

The Vietman War ataca varios frentes: hace crónica de las batallas que se dieron en tierras vietnamitas; procura, aunque sesgado, el punto de vista del enemigo, pero me pareció más interesante su descripción de cómo manejó la Casa Blanca el conflicto y, en consecuencia, cómo lo vivió la sociedad estadounidense.

Aquí Mad Men cruza con The Vietnam War: cuando la serie de las transformaciones sutiles de las familias, los hombres y las mujeres estadounidenses en los años sesenta, se complementa con esta guerra que a fuerza de insistir en sus arrogantes argumentos —frenar el comunismo, defender el mundo libre— volvieron huecos conceptos como honor, dignidad, patriotismo o democracia. Con la llegada de las tumbas de los soldados norteamericanos, con las fotografías en los periódicos de las masacres, los asesinatos o las niñas rociadas con napalm, aquellos “valores americanos” se convirtieron en retórica siniestra, discurso anquilosado que amparó la devastación desde un muy apolillado sentido de la responsabilidad.

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De ahí que lo más interesante de la serie sean los testimonios de marines, soldados, aviadores y diplomáticos que vivieron la Guerra de Vietnam en pleno. La habilidad narrativa de Burns y Novick permite crear breves y contundentes novelas sobre algunos de sus entrevistados. Entonces se va siguiendo el designio casi divino de Cogie Crocker por participar en la guerra, y cómo tras su muerte su madre y su hermana deben lidiar con la carga de resignificar el necio honor del familiar muerto; o la transformación de John Musgrave, desde haber sido marine a haber estado al borde de la muerte y culminar como veterano de guerra que hace activismo contra ésta; o Duong Van Mai Elliot, la survietnamita indecisa entre repudiar o respetar al Vietcong; o Hal Kushner, el médico que vivió gran parte de la guerra como prisionero; o Bao Ninh, el soldado del ejército norvietnamita que se convirtió en escritor y crítico; o el reportero Neil Sheehan, de los primeros en desentrañar las contradicciones del gobierno norteamericano; o Jack Todd, quien huyó a Canadá y cambió su nacionalidad para evitar enrolarse. Cada historia merecería su propio documental, y todas, juntas, hacen un coro trágico que se resuelve en un nuevo orden de las cosas para Vietnam, Estados Unidos y acaso el resto del mundo que contempló azorado el conflicto.

Así como los publicistas de 1960 no pueden ser los mismo de los que crean las campañas de 1970, las mujeres y los hombres que vivieron la Guerra de Vietnam, desde su entusiasmo candoroso de 1955, hasta su desangelado final en 1975, sufren una transformación radical e irreversible, y eso es lo que cuenta The Vietnam War: la historia de un país que se enrola en un conflicto absurdo y sanguinario, y que desde ahí revela una imagen sombría de sí mismo. Imagen que los reflejará durante toda la década de los setenta y que, tristemente, no supo evolucionar en los noventa, cuando se lanzaron a otra funesta aventura, ahora en el Medio Oriente de Asia.

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Prefiero que le den licencia a los malos conductores

Digamos tres cosas sobre la mujer que fue a sacar una licencia sin saber manejar y la sacó en 15 minutos, sin pruebas psicométricas ni estilísticas ni nada.

Antes, el contexto: en los tamlains mexicanos apareció este tuit:

La gente de tuiters llenó de insultos a Ruth, básicamente porque:

a) se llama Ruth

b) tiene 40 años

c) a su edad no ha aprendido a conducir

d) venció la procrastinación y fue por la licencia de manejo mientras muchos lo tenemos como pendiente hasta la eternidad.

e) tenía ganas de hacer exámenes teóricos y prácticos y le dijeron que ño.

f) sacó la licencia en 15 minutos y hay quienes nos hemos pasado la mañana entera en el trámite.

g) Cree en las cosas increíbles que logran volverse legales. Algo así como Tolkien con Alli McBeall.

Los tuiteros somos gente que tomamos café tibio mientras esperamos que algo o alguien nos salve, mientras no ocurre nos entretenemos con todo aquello que nos haga olvidar que seguimos esperando ser salvados.

En esta ocasión nos pusimos a criticar o defender o cuestionar o relativizar el experimento social de Ruth.

Yo quise poner un par de chistes pero no funcionaron, ahí me di cuenta de la gravedad del asunto.

Según entiendo, el conflicto está alrededor de la facilidad con la que el gobierno de la Ciudad de México expide licencias de conducir, que se la acaban dando a gente irresponsable que conduce como el diablo. El tema es que los conductores argumentaron sobre lo lejos que les queda su trabajo, sobre la urgencia de llevar a sus hijos a la escuela, sobre Miguel Ángel Mancera que quiso ser candidato a presidente y no se le hizo, etc.

Ahora sí, tres opiniones:

  1. Los conductores que no saben conducir son adorables. Manejan con el freno y como pidiendo disculpas por tener un auto. El mayor riesgo es que dejen abolladas -besitos, se dice en el argot- a los autos de adelante y atrás cuando intentan estacionarse, o que se lleven algún cono de seguridad porque no se dieron cuenta que ahí estaba jijiji, o que tarden cuarenta minutos a meterse al flujo del Periférico porque todos van rerápido y ellos preferirían llevarse la vida tranquila. Esa torpeza candorosa los hace confiables a los peatones, porque con sus velocidades bajas y sus vacilaciones hacen fácil que uno salte sobre su auto y supere con relativa facilidad el desafío motorizado.
  2. Nadie maneja peor que los mejores conductores. Los que saben ir de primera a tercera en medio segundo. Los que le dan reversa como acrobacia circense y ostentan vueltas espectaculares en las que a veces -malditos peatones- suelen estorbarlos los malditos peatones. Los que aceleran todavía con luz roja porque les gusta soltar el arrancón en chinguiza, creyendo que quienes los ven dirán: Numa, Tás Bien Cabrón, Mereces Que Todos Los Caminos Sean Tuyos.
  3. Ahondemos en la psicología de los Mejores Conductores. Desde que suben a sus autos son Gladiadores De La Selva De Asfalto y todos los que no manejan tan bien cómo el son sus adversarios. Y los peatones se les figuran como incómodos obstáculos del primer nivel de un videojuego que traen en su cabeza, que no pueden matar porque luego salen caros en el Ministerio Público y además se pierde mucho tiempo. El conductor hábil es el rey de un pequeño imperio, el del interior de su auto, y lo que está fuera es un universo inhóspito al que hay que derrotar.
  4. Lo paradójico es que el Mejor Conductor es el que mejor pasaría las pruebas para sacar una licencia. Saben cuál es el carril de alta velocidad y no sé qué putas hace ese imbécil manejando lento y entorpeciendo todo. Conocen la ambigüedad para hacer legal la doble fila y crear una comunidad de doblefileros esperando a sus hijos salir de la escuela. Encuentran el espacio pequeñito para entrometerse con habilidad pasmosa, y cómo chingados no, los frenazos angustiados de los otros son homenajes ante su fantástica faena de esquives y rebases. El Mejor Conductor es cretino porque le gusta serlo: alguien debe ganar en la batalla vial, y si no lo es él, no tiene caso que existan las vías y las calles.

Mi conflicto con la experiencia antropológica de Ruth Tengo 40 Años es a qué horas fue a hacer el trámite de la licencia, porque la última vez que lo intenté había unas filas tremendas y mejor lo dejé para otra ocasión. Igual, no tengo auto, entonces no urge. Pero sí me dejó pensando que el encono contra ella no fue por la ética vial (“la ética es respetar a quien sabe qué hacer con el volante”, podría sugerir el conductor habilidoso), sino por la rapidez de un trámite que cuando lo he hecho me ha llevado mis tres que cuatro horitas.

Aunque es cierto: tampoco he hecho examen.

 

Spiderman Homecoming, el superhéroe estartupero

bg_spiderman.pngTodo bien con el Spiderman Homecoming de Jon Watts: el nuevo Peter Tom Parker Holland es un chamaco simpatiquísimo; el villano Buitre Michael Birdman Keaton sabe perfectamente quién es y cuál es su papel en el mundo; Marisa Tía Beibi May Tomei es sexy hasta cuando no tiene el propósito de serlo; los chistes de Robert Stark Tony Downey Jr siguen siendo los mismos de siempre, pero como le siguen saliendo bien, pues va y pasa.

También es emotivo el homenaje a John Hughes y la comedia de adolescentes ochenteras, aunque me faltó ver a Peter Parker en su fiesta ñoña de estudiantes bailando con Liz (bonita muchacha, Laura Harrier) mientras una banda de rock toca la pieza principal del soundtrack; una pena que los deberes del superheroísmo hayan conjurado la escena; a cambio hubo explosiones, destrucciones y corretizas que estuvieron divertidas, la vdd.

Pero no deja de incomodar que el traje de Spiderman, el icónico rojo-en-cuadritos con azul que todos hemos tenido de pijama en algún momento de nuestras vidas, ahora haya sido sponsored by Starks Industries, aunque con más juguetitos, montón de estilos de telarañas y hasta la voz de Jennifer Connelly como Waze y asesora sentimental.

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El traje de Spidey es el motivo y el principal problema de esta película. Peter Parker gestiona su traje desde Capitán América: Guerra Civil, cuando Tony Stark lo recluta para que se agarre a trancazos con el Capitán América y su equipo. Ahora, al principio de su propia historia, Parker brinca emocionado por el outfit high tech que hasta viene en maletita de acero, para darle más formalidad empresarial. Lo que sigue es cómo a cambio de tan sofisticado traje, el niño Parker vive las humillaciones obligadas de un trainee aspirante a Vengador.

Parker acepta con docilidad su calidad de becario. Manda mensajes de Whatsapp para recordar que sigue vivo y el Happy Hogan que hace la talacha de Stark apenas y lo pela; presume que se encuentra en el Internado Stark y casi podría ponerlo en su Lindekin porque así se mamonea mejor (Envía una felicitación). Claro que tiene deslices de rebeldía adolescente, le quita el rastreador a su traje y se va a hacer un desmadrito al Obelisco de Washington, intenta salvar un ferry y lo termina salvando Tony Stark, quien como mentor estricto le quita el traje (“sin él no soy nada” “justo por eso no lo mereces”, se interpelan en melodrama pimpinelesco) mientras no aprenda a hacer las cosas bien, que según la fórmula de la historia, sería tener paciencia, aprender de los grandes y obedecer.

¿Por qué no molesta este discurso? ¿Tan asimilada tenemos la cultura emprendedora? Peter Parker es un estartupero, locuaz pero obediente, con interés de ayudar a la gente (como buen emprendedor social) pero más de engrosar las filas de los Avengers (el Google o Telefónica de los superhéroes). Pero además se desenvuelve en un universo equivalente. En su preparatoria Midtown la Venganza de los Nerds se consumó, ya no hay porristas enamoradas de los fortachones del tochito; ahora los amiguitos de Parker se preparan para un decatlón de ciencias, y el buleador Flash es un gandallita hindú multicultural, como multiculturales son la novia afro y el amigo asiático. La transgresión adolescente la enuncia Liz, cuando prefiere la alberca en vez de repasar sus libros: “una actividad rebelde es buena para la moral”, y enseguida aclara que lo escuchó en un ted talk.

el-buitre-de-michael-keaton-aparecera-en-otras-peliculas-de-marvel-main-1498152173Ahí resalta (y capaz por eso es el mejor de la cinta) la perorata del Buitre Adrian Toomes, el pepenador que se convirtió en traficante de armas porque de algo se tiene que vivir. Spidey lo enfrenta con su outfit viejo, sudaderita y pasamontañas con goggles, y el viejo criminal discurre su amargura. “¿Cómo crees que Stark pagó esa torre y sus juguetitos?”, le dice. “Nosotros no les importamos: construimos sus caminos, recogemos su basura, comemos sus sobras, peleamos sus guerras”. El monólogo apenas sirve para darle tiempo al Buitre de que sus alas destruyan la bodega donde se encuentran. Este monólogo también queda flotando incómodo, cuando Tony Stark hace una conferencia de prensa para presentar al Reloaded Spidey, o en la acera de enfrente, cuando la princesa Diana recibe una foto vieja de la Fundación Wayne.

El superhéroe en tiempos del neoliberalismo aspira a ser parte del corporativo que los legitima, que los premia tras haber perseguido tenazmente su sueño (y haberse madreado a algunos villanos). Seguro ya hay varios ted talks que bordan alrededor de este insight. Es un excelente ejemplo para una nueva generación.

Peter Parker resuelve (y no) el dilema, aunque contarlo va contra la ley de los spoilers.

Insisto que me gustó la película. Divertida, punk de Los Ramones, Marisa Tomei.

Sólo me dejó incómodo la tecnología, tan comprometida, del outfit de Spiderman.

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AGREGO:

Luis Reséndiz me hace notar que el traje se lo regaló Stark a Parker desde el inicio de la película, en recompensa a sus servicios al enfrentar al Capitán América. De paso le suelta este consejo ambiguo, también tan cotorro que hasta sale en los trailers: “No hagas lo que yo haría y no hagas lo que yo no haría, en medio hay una pequeña franja gris y ahí es donde trabajas”. Una ambigüedad semejante le permite a Stark quitarle el traje cuando no lo cree digno de él, y devolvérselo hasta que considera que el imberbe aprendió la lección. El mentor poderoso ostenta un paternalismo que el otro acepta porque, estartupero como es, sabe que está en su momento del fucking up, “fracasar, levantarse y aprender”.

En contraste, El Buitre alecciona a Peter como un igual: no sólo se enfrentan superhéroe y villano, también se reconocen dos tipos de la clase trabajadora, uno joven, idealista, el otro corrupto y desencantado. Capaz y hacerle ver a Spidey la diferencia entre ellos, precarios y desechables, y aquellos, arrogantes, con el poder de decidir el destino y las guerras del mundo, hacen al chamaco decidirse a ser un luchador de a pie, el friendly Spiderman local que se menciona en los comics y las películas anteriores.

El Buitre es el verdadero mentor de Spidey. Y capaz por eso, reconociéndose en su calidad de maestro, es que no revela la identidad del Arácnido en la escena postcréditos que va anunciando la continuación de la saga.

13 razones para que Hannah Baker me haga un casete

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Esto va contra mí, Hannah Baker:

Este casete es para la corrección política. Lo que no me gustó de 13 Reasons Why antes de saber si me gustó 13 Reasons Why: su promoción desde la corrección política. Esta conscientización/sensibilización sobre el acoso escolar, la depresión, el género y el suicidio, hace de cualquier crítica de la serie un alegato insensible, misógino o cínico contra la suerte de Hannah Baker, nuevo emblema de montón de personas que han sufrido de violencia escolar, o que han intentado -o logrado- quitarse la vida, ante la imposibilidad de resolver sus conflictos. De ahí que la serie se haya vuelto en un producto que a los redsocialeros bien portados les gusta calificar como Necesaria y más que Necesaria, Impostergable, y más que Impostergable, Urgente, y más que Urgente, Necesaria. La perspectiva tiene su razón de ser: su formato consigue una interacción equiparable a ver documentales ecologistas, antropológicos, a favor o en contra de causas que entrañan dilemas morales.

Este casete es para el formato de la serie. 13 Reasons Why parte del chantaje emocional. La adolescente suicida Hannah Baker graba trece casetes donde responsabiliza a sus compañeros de prepa de su suicidio y cuela una pregunta intimidante: ¿Qué hicieron para que ella tomara su decisión? La pregunta traspasa el monitor de la computadora: ¿qué hicimos, qué dejamos de hacer los espectadores para que esto ocurriera? Y va cada quien con su examen de conciencia: los apodos que pusimos, nuestras indiferencias, patanerías, deshonestidades o alardes hirientes. Quien esté libre de pecado que cierre su cuenta de Netflix. 13 Reasons Why engancha desde esta culpa y este morbo. Es como hincarse ante el confesionario o ante el artículo feminista regañón. Según se asienta el duelo por el suicidio de Hannah y los personajes adquieren sus matices promedios, se logra descifrar el carácter verdadero de la serie:

Este casete habla del ritual del sacrificio como tema narrativo. Lo que cuenta 13 Reasons está en varios relatos gringos. Seguro también está en muchas literaturas del mundo (al vuelo pienso en la Biblia y Dostoievsky), pero por alguna razón en Estados Unidos se agrega un acento vernáculo que debe venir del protestantismo, los Padres Fundadores o los guajolotes perdonados el Día de Gracia: un personaje linchado/sacrificado que, desde la culpa colectiva, funda o da sentido a una comunidad. El ejemplo inmediato es el estigma, juicio y castigo de Hester Pryne en La letra escarlata de Hawthorne, y agrego una colección:

Este casete es para Stephen Crane. Su cuento “El hotel azul”, en el que un extranjero provoca las sospechas de un pueblo, que no recupera su armonía hasta culparlo de hacer trampa en el póquer y ejecutarlo;

Este casete es para Dean Moriarty. El “idiota sagrado” de Jack Kerouac en En el camino: cuando Dean Moriarty, borracho, drogado, derrotado, enfrenta el juicio informal de sus compañeros de ruta, quienes lo ven como el causante de los excesos del grupo (cita condensada por el espíritu beat): “todos seguían sentados en círculo mirando a Dean con cara de muy pocos amigos, y él seguía encima de la alfombra, en medio de todos ellos y se reía… sólo se reía. Bailó un poco. Su vendaje cada vez estaba más sucio y empezaba a deshacerse. De repente comprendí que Dean, en virtud de su enorme serie de pecados, se estaba convirtiendo en el Idiota, el Imbécil, el Santo del grupo. (…) Eso era Dean: el IDIOTA SAGRADO. (…)  Era BEAT: estaba vencido, era la raíz y el alma de lo beatífico también”;

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Este casete es para ti, Clint Eastwood.  Y el ejemplo perturbador de Río Místico (Eastwood, 2003): A Dave, escuincle de ocho o nueve años, lo secuestra un poli frente a sus amigos Jimmy y Sea; ellos son incapaces de defenderlo y sienten culpa. Cuando se rescata a Dave y saben que fue violado y humillado, la culpa crece y se mantiene hasta la vida adulta de los tres. Entonces, un crimen en el barrio permite responsabilizar a Dave: sus antiguos amigos Jimmy y Sea deben estigmatizarlo y sacrificarlo para aliviar el remordimiento que los agobia desde la infancia.

Éste es tu casete, David Lynch. La serie Twin Peaks (1990-1991) se construye desde la pregunta: ¿Quién mató a Laura Palmer?; esta chica guarda secretos que conciernen a muchos de los habitantes del pueblo maderero. Su asesinato obliga a alianzas, intrigas y medias verdades para simular una explicación atroz. El formato de Twin Peaks es detectivesco y su solución llega hasta el siniestro del Lynch ochentero (el de la perturbadora Blue Velvet): tras la armonía de una comunidad se esconden dedos u orejas cercenados, las muestras de gentileza contienen personajes perversos, retratos hiperrealistas de una sociedad que está viviendo la cruda de la francachela ochentera.

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Un casete para el mundo de Hannah Baker. ¿Cómo se mueve 13 Reasons Why en esta colección? Aunque pertrechado de sentido de comunidad (al lado de la corrección política —ofrendas, homenajes, charlas— que rodea al suicidio de Hannah, las suspicacias en Twin Peaks parecen de cavernícolas), el lugar donde vive Hannah Baker no difiere mucho del pueblo maderero de Lynch. Sus habitantes se vigilan prudentes. Los estudiantes monologan: el atleta concentrado en su buen rendimiento; la organizadora de actividades mesura opiniones porque ya proyecta su reputación política; el fotógrafo se engolosina en su vouyerismo; al intelectual no le interesa descender de su torre reflexiva. Y los adultos: padres, maestros o consejeros, recitan sin gran convicción discursos calcados de las frases asertivas de Steve Jobs. Los tratos son cínicos desde la irreverencia, las manifestaciones afectivas se contienen porque evidencian fragilidad, o porque no es obligado, ni aconsejable, exhibir calidez. Desde esta asepsia, la degradación de Hannah apenas puede reconocerse. ¿Hizo falta su suicidio para descolocar a la comunidad de Liberty High School y darles una oportunidad para la compasión?

Un casete por el trabajo argumental chafa. 13 Reasons Why es irregular y exhibe muy fácil su carpintería: primeros dos capítulos apantallantes, en tanto proponen la dinámica narrativa (los casetes incriminadores), el tono y los personajes; los siguientes episodios con momentos meritorios pero afectados: la necesidad de enfatizar la tragedia de Hannah hace exagerados muchos conflictos, y ahí viene la trampa moral: la serie guisa un potaje tan rico para discusiones de género y juventudes, que parecen perdonar sus torpezas. Y los últimos tres capítulos, cuando se condensan las causas que llevan a Hannah al suicidio, la serie vuelve a crecer y recupera el estatus que promete su publicidad. No evita giros efectistas, como el enfrentamiento final del protagonista Clay Jensen y el villano, o las  moralejas del mismo Jensen, cuando con el consejero escolar propone un mundo distinto a aquél que mató a Hannah Baker. Pero por estas escenas chocantes, me quedo con algunos buenos momentos: sin pecar de spoiler, marco la reunión de los estudiantes en el café Monet para discutir qué harán con las denuncias de Hannah, reelaboración gélida de las charlas happy teen de The Breakfast Club (Hughes, 85), o la tensa charla entre Hannah y el consejero, ella ya con el suicidio en mente, él incapaz de reconocer las urgencias de ella. La chica que no sabe cómo pedir que la ayuden, el psicólogo es incapaz de reconocer las señales de auxilio: los traspiés de gran parte de la serie se compensan con estas radiografías de la incomunicación, en las que vamos de víctimas o victimarios sin siquiera gran conciencia de nuestros roles.

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Este casete es para otras formas de pensar el suicidio. Alguien debe estar intentando un apunte más filosófico sobre 13 Reasons Why. De botepronto pensé en el ensayo de Luis Antonio de Villena, La felicidad y el suicidio, donde habla de este acto como un ritual que impide la mediocridad que sigue a la plenitud (que tu cadáver sea hermoso). También está en la novela de Vila-Matas, Breve historia de la literatura portátil, el repudio de los shandys al suicidio. O el suicidio desde Camus: el mito de Sísifo, la conciencia del absurdo. Ahí se recuperaría a una Hannah Baker más interesante: aquella que ha cargado con la mugre de todo un pueblo y que se impone su sacrificio como una suerte de exorcismo. La idea no es muy feliz desde cómo se promueve la serie (la comunicación con los adolescentes, el escrutinio a detalle de los sentimientos, la fiscalización de los acosos y otras formas de violencia), pero acaso sea la que permita hacerla más grande: perdedores, víctimas, suicidas, de lo que ellos tengan que contarnos está hecho un mundo proclive a ser redimido.

 

Las mujeres que viajan en los vagones de los hombres

Metro CDMX

La decisión de separarnos a hombres y mujeres en los vagones del metro viene de tiempos inmemoriales, cuando la Ciudad de México se llamaba Distrito Federal y la administraba un oscuro regente al que siempre se le prometía la presidencia del país y nunca se le hacía, probablemente porque se movía demasiado en la foto. Nos apartaban por el mismo motivo que ahora, y era que los hombres se manejaban como machos indómitos cuando tenían a una mujer enfrente. Incontrolables, sudaban copiosamente, los ojos se les inyectaban de sangre y sólo pensaban en cómo manosear a la víctima. A la vejación seguían peleas épicas, bofetadas, enojos y humillaciones. La separación funcionaba como forma de controlar a esas bestias y dar seguridad a las mujeres. En fechas recientes, el separo se ha extendido al metrobús. El argumento es el mismo, si bien se le ha incorporado la cháchara antropológica —patriarcado, heteronormatividad, micromachismo, onvresfrájilesnochinguen— que reviste el asunto de cientificidad.

Que sea necesaria esta división no quiere decir que guste. Y pasa menos por el tema de compartir el vagón, que por la humillación decretada y oficial que supone el estigma, lo que hace de nuestras ciudadanías improvisados esbozos. Lo triste es que cualquier alegato tropieza con el imbécil que, ahora, en cualquier ruta del metro, intente alargar la mano hacia alguna muchacha. Y los reclamo de los hombres se topan de bruces con la realidad de la violencia sexual y los feminicidios. La idea de urgir leyes más precisas y efectivas no es suficiente para cancelar las recriminaciones. Ya ni siquiera se vale decir que no todos los hombres son barbajanes, de inmediato sigue la réplica: nitidislishimbrissinbirbijinis, como diría el meme.

Resignados, pues, ahí vamos los fulanos al apartado del corral que nos corresponde. De la lejanía nos llegan testimonios de las escenas espeluznantes que se viven en el otro separo. En esa celebración de la igualdad de derechos y las victimizaciones mujeriles, las doñas, doñitas y doncellas se dan con el chongo por conseguir lugares, marcar territorio o escanear el outfit ajeno.  Hay historias impresionantes de señoras con bolsas del mandado que jalonean inmisericordes a las secres flacuchas que intentaban enchinarse las pestañas con una cuchara; viejitas a las que les arrebata el asiento alguna embarazada de oficio; ñoras empoderadas con bolsas de Zara que se consideran dignas de la mejor atención; o guapas de corta duración, quienes no soportan que alguien les arruine la tersura de las medias. Testimonios de uñas filosas como garras, mordiscos, gritos y maldiciones de barrio bajo, que haría palidecer a la más prístina sororidad.

Women wait to board Women-Only passenger cars at a subway station in Mexico City

Por eso, algunas han estado optando por otra ruta, que les han dicho que puede causar su perdición. Y van y se meten al vagón de los hombres. Que tampoco es el paraíso, falso que los hombres seamos un bloque monolítico que sólo pensamos en futbol y cervezas, aunque sólo pensemos en futbol y cervezas; también hay juegos de poder que se solucionan desde la posibilidad de los madrazos.

Ya güevuditos, cuarentones o veteranos de la andropausia, los hombres seguimos siendo el buleador que coleccionaba puerquitos en la secundaria, el fanfarrón que le subieron el sueldo y se siente el más ligador del vecindario Tinder, pícaros garañones, torvos de ideas macabras que se expresan en monosílabos. Todos estamos listos para rifarnos el tiro, mostrar quién es el más cabrón o el más hijo de puta. Justo la posibilidad de esa violencia nos hace firmar aburridos armisticios. Nos observamos con cansancio, podríamos desafiarnos pero no hay tiempo, hay que marcar tarjeta en la oficina, o volver a casa y dormir con el primer Xolos-Necaxa que aparezca en el televisor.

Entre esta pesadez, de pronto aparece una mujer en el vagón. Ni guapa o fea, ni joven o madura, o gorda o flaca, o sonriente o malencarada; entra y las miradas cambian, la indiferencia se alerta frente a la prueba. La educación machista deja una cosa clara: seguro que alguno de nosotros intentará pasarse de cabrón. Y ya se alistan las imprecaciones, los No Te Pases De Verga, las rompederas de hocico.

No sé si la chica se da cuenta de las miradas que se cruzan, tampoco sé si le son indiferentes o le hacen sentirse distinguida, a fin de cuentas no es una privilegiada, va en el mismo ritmo apretujado de enfrenes y aceleres que los demás. Pero los ojos alertas la cuidan para cuidarse a sí mismos. No queremos que un imbécil haga una pendejada y obligue a atrasar al metro media hora, no queremos poner a prueba la capacidad de explotar la violencia que sofocamos ante el jefe imbécil o el cliente obtuso. No queremos desperezar rencores, frustraciones, decadencia, el frágil equilibrio de ser nosotros. Pero además, estamos en el momento de mostrarle a la muchacha intrépida (y con ella, a toda la sororidad que lleva alrededor) que no somos los animales incontenibles que describen, que la gran mayoría preferiríamos llevar la fiesta en paz.

Las cuatro o cinco estaciones que dura la ruta de la chica se agudiza el pacto de vigilancia y protección. Cuando ella baja, deja la fragancia desvaída de su shampoo. Y así como la presencia disparó una comunicación oscura de alerta, su abandono deja un extraño ambiente de consuelo. Capaz y ella es el inicio de una nueva forma de comunicarnos con el vagón del que se nos ha separado.

Una chica en el vagón de los hombres es la oportunidad de demostrar que no somo un hiato de imbéciles; por eso la protección y la tensión, pero también el arrobamiento de tener entre nosotros a la intrépida invitada.

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