Por una política ambiental con los aluxes

tinieblas_alushe_tinieblasjr_a_900.jpgLa próxima secretaria de Medio Ambiente, Josefa González Blanco Ortiz Mena, dijo en una entrevista que cree en los aluxes. “Sí existen, no es leyenda popular, sí nos asustan, fíjate que donde está el cenote hay huellitas como de manitas chiquitas”. Detalló que hay un registro histórico de ellos en un dintel de Toniná, Chiapas, “son los guardianes de la selva, pero son duendes y como duendes no son ni buenos ni malos, son lo que tienen que ser, lo que quieren ser”.

Muchos con su capacidad de raciocinio bien entrenada enseguida pegaron el grito en el cielo y criticaron a la futura funcionaria.  Yo busqué un alegato de García Márquez a favor de un mundo con más astrología que tecnología pero no lo hallé (si alguien la comparte se agradecerá). También pensé en las advertencias contra la homeopatía, las leyes de la atracción y Claudia Lizaldi no queriendo vacunar a sus hijos. Es complicado hallar un punto medio, más para un Tauro con tendencias conservadoras, según reseña mi carta astral.

Debate aparte, siempre es bueno recordar que muchas decisiones políticas importantes se han tomado con ayuda de fuerzas sobrenaturales, ahí está Hitler asesorado por brujos, Rasputín y su influencia en los zares rusos, o Nancy Reagan, que revisaba el horóscopo para avisarle a su marido cómo gobernar.

En México Panchito Madero consultó a los espíritus para armar el borlote de 1910, Plutarco Elías Calles tenía de santón de cabecera al Niño Fidencio, y todavía se recuerda aquella chacota noventera en la que el procurador Antonio Lozano Gracia requirió los servicios de la vidente La Paca para encontrar el cadáver del diputado Manuel Muñoz Rocha, quien desapareció tras haber matado (quesque) al presidente nacional del PRI.

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Estos antecedentes hacen del todo plausible contemplar a los aluxes en el nuevo Plan de Desarrollo. Sin considerarme experto en el tema, lanzo algunas propuestas que llevaré a Democracia Deliberada o donde sea que se estén generando las ideas del próximo gobierno:

  • Los aluxes son crueles con quienes roban cosechas o talan sin permiso, pero ayudan a quienes tratan el entorno con respeto. Resultarían una muy eficiente policía forestal.
  • Cuidan las casas de sus dueños originales; cuando mueren se ponen al servicio del nuevo inquilino siempre y cuando los traten bien. Serían vigías celosos contra la gentrificación, pues tirarían cazuelas y apedrearían casas apenas los nuevos inquilinos se revelen organic-gluten-perrhijos-trasngeneric-free.
  • Tienen buena comunicación con los animales. Un grupo de aluxes provistos con cámaras digitales podrían surtirnos de inesperados gifs de gatitos (aw), perritos (aw), vaquitas (aw), cerditos (aw) y cabritas (aw) en su más inédita intimidad.
  • Con los aluxes podría crearse un corredor ecomístico con los nahuales del golfo de México y los tlalcoyotes que protegen los bosques del Altiplano (el norte podría quedar al mando del Chupacabras; pronto se desarrollará en otro post).
  • Algunos aluxes pasarían al servicio diplomático para establecer contacto con los leprechauns irlandeses, crearía una sinergia en conocimientos cerveceros y de fabricación de calzado.
  • Sería una oportunidad invaluable para que aluxes con ganas de perseguir su sueño tomen becas en Hogwarts y, de ser posible, se integren al Ministerio de Magia.
  • Incluso para los escépticos que creen que los aluxes son una pachecada: resultarían unos guías psicodélicos de gran valía ahora que se legalizará la mariguana.

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No sólo la próxima secretaria del Medio Ambiente: campesinos, artesanos, músicos, poetas y cocineros creen en los aluxes porque creen en algo hermoso: la posibilidad de que las selvas y los cenotes tengan un halo mágico, que trasciende las obtusas contabilidades de los clústers industriales o filantrópicos. Y además, con plena legitimidad: los aluxes estaban antes de que llegáramos y los volviéramos superchería, tema de tesis o atractivo turístico; con los favores de Yum-kaax, dios del maíz, seguirán ahí cuando nosotros y nuestro escepticismo hayamos desaparecido.

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El Peje Presidente, ¿cómo se celebra esto?

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Ahora lo pienso y sí debimos habernos visto cursis: con carrerita de peli setentera en la esquina del Eje 8 y el Eje Central, el abrazo fuerte, la alegría contenida. “No sé qué hicimos”, dijo Natalias. “Ni yo”, respondí. “Lo logramos”. “Ya sé”. “No sé si hicimos bien”. “Yo tampoco”. En el trolebús, cinco chavos llamaban por sus celulares. “No mames, salte de tu casa, esto es histórico. HIS TÓ RI CO”. “Dile a tu jefe que no mame, que no habrá otro momento así”. “¡Ganamos, cabrón, ganamos!” El resto de los pasajeros, aunque mantenían la compostura, esbozaban sonrisas, les brillaban los ojos, miraban a la calle como si miraran a la Historia.

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Me gustaba más el López Obrador de 2006. Traía el impulso de la jefatura de gobierno y un discurso echado hacia adelante, que desde cierta narrativa ingenua redondeaba la novedad pirotécnica que fue Vicente Fox. Y no hizo un mal gobierno: instauró la pensión a adultos mayores, fundó una universidad, chuleó el Centro Histórico, creó la primera línea del metrobús, aunque también se aventó esa aberración de los segundos pisos y puso unas jardineras horrorosas en Reforma. Pero más importante: dotó a la capital de una personalidad que no había tenido durante décadas, cuando fue apéndice de los gobiernos priistas. El periodo de Cuauhtémoc Cárdenas fue tan corto que apenas y logró alguna transformación. La suplencia de Rosario Robles trajo claroscuros que anunciaban al personaje ambiguo actual. López Obrador sería el primer Jefe de Gobierno avocado por completo a su responsabilidad en el Distrito Federal. Y logró, en general, una gran sinergia. El orgullo de ser chilangos, de ver que se podía reinventar el entorno, de sentirnos parte de una metrópolis que vibraba y desplegaba color, emoción, que tomaba su sitio como una de las más importantes del mundo. Nos relamíamos los bigotes: imagina esa vibra en todo el país…

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Con Natalias esperamos a Julia en la calle de Madero, afuera del Sanborns de los Azulejos. Al inicio no hay mucha gente. Grupos de amigos, parejas, algunas familias. Todos nos miramos con recelo. Esta calle ha sido la entrada de muchas manifestaciones en las que hemos participado: para protestar contra fraudes electorales, para conmemorar la matanza de Tlatelolco, para el movimiento antipeñista de YoSoy132, para reclamar contra la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa… Siempre marchas furiosas, que reclaman, que aun con la energía que da lo colectivo contienen mucha impotencia. ¿Cómo se hace una marcha para celebrar? ¿Hay algo qué celebrar?

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Entre 2005 y 2006 está el verdadero inicio del siglo XXI mexicano. Ahí conocimos, ante un PRI disminuido, cómo eran los enfrentamientos reales entre derechas e izquierdas. El desafuero contra López Obrador, la campaña electoral “Un peligro para México” del panismo, el fraude, la toma del Paseo de la Reforma del Peje, la guerra de Calderón contra el narcotráfico para legitimarse… Se nos vino la violencia que ha vivido el país por la lucha entre Ejército y carteles, pero también la polarización social, la discriminación agresiva o irónica contra los prietos, los chairos, la equivalencia entre el Peje y el Wiskas (porque ocho de cada diez gatos lo prefieren), el adoctrinamiento cuasi clerical de que El Cambio Está En Uno. Esta ideología neoliberal buscaba ordenar los estamentos, pero también tenía el fin de sabotear la llegada de López Obrador al poder. Y con esta saña lo convirtieron en el político mexicano más importante del siglo. Este odio contra López Obrador abarca todo: su habla costeña, su ropa modesta, su filiación priista en sus primeros años de vida política, sus frases “Cállate chachalaca” o “Al diablo con las instituciones”, que respondían a las agresiones antes fraguadas contra él. El ataque ha abarcado, por extensión, a toda aquella persona que no ostente la “clase” de la “gente bien”. Y la paradoja es curiosa: López Obrador, un político local que de inicio podría confundirse con muchos otros, se ha convertido en un símbolo  gracias a la estigmatización de la derecha. A Andrés Manuel López Obrador lo crearon sus adversarios. Ellos son el principal motor de su popularidad.

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El famoso eeeeeeeeehhhhhh PUTO que ha causado controversia en Rusia 2018 se reformula con la balada “Entrégate”, de moda por la serie de Luis Miguel. Y en la calle de Madero, rumbo al Zócalo, vuelve a reinventarse:

—Eeeeeeeeehhhhhhhhhh—ntregate, aún no te siento…. deja que tu cuerpo se acostumbre a Obrador….

Un señor mayor que el promedio arenga: “Yo marché aquí cuando el fraude de 1988, cuando se cayó el sistema y le quitaron la presidencia al ingeniero Cárdenas”.

Detrás, una decena de personas lanza el grito emblemático que hace doce años siguió al fraude de 2006: “Es un honor, estar con Obrador; Es un honor, estar con Obrador”.

Casi al llegar al Zócalo, una veinteañera guapa hace acrobacias con su smartphone para tomarse la selfie. Fácilmente podría haber participado, hace seis años, en YoSoy132.

El arco generacional es innegable. Andrés Manuel López Obrador no solamente es él. Son treinta años de luchas, fracasos, recomposiciones. Por supuesto, con sus asegunes.

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No voté muy convencido por el Peje. Me molestó la alianza con el ultraconservador PES. Peor, cuando Germán Martínez y Manuel Espino, adversarios de la derecha en 2006, se incorporaron a su campaña. El agregue de Gabriela Cuevas, la panista que en 2005 le pagó la fianza antes de que lo encarcelaran y lo convirtieran en un mito irreversible, ya fue un chiste total. Coincido en que el pragmatismo político de Morena diluye su supuesto aliento de izquierda y hacen de todo el espectro partidista mexicano una ensalada con demasiados conservadores: nacionalistas del PRI, históricos del PAN, ambiguos o confundidos, según se vea, con Morena. Pero tampoco creo en la abstención o el voto nulo. Entiendo su simbolismo pero me parece el grito de un afónico: cuando se cuentan los votos, pocos señalan -capaz lo haga alguna esmirriada tesis para licenciatura de sociología- este clamor ausente. Y ni el PAN ni el PRI pueden considerarse opciones.  Pero incluso cuando taché el nombre de AMLO pensé: “es lo menos peor”.

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Una niña en los hombros de su padre juega con un muñeco de López Obrador. Una chica de pinta feminista trae su máscara del Peje y caderea muy intenso frente a una batucada. Muchas banderas de México y de Morena. Un helicóptero da vueltas alrededor del Zócalo. Luces rojas de los drones. Los miramos con el miedo atávico de un grupo de estudiantes reunidos en Tlatelolco. “Nah”, explica un fulano grande, detrás de nosotros: “no pasa nada. Ya lo aceptó Meade, Anaya y Peña Nieto”. Tranquilidad y esta sensación incómoda de haber pedido permiso. Y que ahora sí haya sido otorgado.

car1¿Qué hace distintos los festejos del triunfo de Vicente Fox en 2000 con los de Andrés Manuel López Obrador en 2018? Una hipótesis macabra: casi 103 mil asesinatos en el sexenio de Calderón, más de 104 mil muertos en el de Peña Nieto. El México que hizo presidente a Fox no tenía problemas tan letales. A Fox se le festejó con una alegría explosiva, anonadada, candorosa: por fin logró sacarse al PRI de Los Pinos. Y él agregaba su carisma: el personaje de boca floja y supuestos arrestos para enfrentar lo que viniera. Lo que siguió de su sexenio provocó enormes arrepentimientos en quienes votamos por él.

El festejo de Andrés Manuel López Obrador tiene más recelo que alegría. Agobia la bulla agorera.  ¿Sí vamos a convertirnos en Venezuela? ¿Vendrá la crisis pavorosa por la irresponsabilidad en las finanzas? ¿Habrá ley mordaza contra sus críticos? ¿Buscará reelegirse? ¿De verdad lo apoyaron los rusos? ¿Cómo hablará con Trump si no sabe inglés? Pero en 2018 ya hemos aprendido a enfrentar la guerra sucia. Ahí es valiosa la intervención de Tatiana Clouthier, que uno a uno iba desmontando los presagios del PRI y y el PAN. Y junto a ella, montón de gente relativizaba los ataques: por supuesto, seremos la Venezuela del Norte. Y claro, hay tanta injerencia de los rusos que ahora AMLO se llamará Andrés Manuelovich. Y también: cuando se nos pide el voto “útil, razonado”, que no nazca del impulso sino de la reposada reflexión, reflexionamos reposadamente: los muertos de Calderón, los muertos de Peña Nieto, la Casa Blanca, Ayotzinapa, Tlataya, OHL, Odebrecht…

¿En qué se distingue el festejo de Fox del de AMLO? En la muerte. En dieciocho años funestos que queremos que terminen. Y no se sabe si López Obrador logrará cambiar el estado de las cosas, pero seguro hará algo diferente a lo que hicieron dos gobiernos panistas y uno del PRI.

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Se sabe: la diferencia entre las promesas de campaña y la realidad del gobierno será decepcionante. La soberbia de López Obrador será magnificada al extremo de llamarle autoritarismo. El menor tropiezo será evidencia de total ineptitud. La mayoría de Morena en el legislativo es un riesgo que no se puede soslayar. Ni el sexenio de Calderón, ni el gobierno de Peña Nieto, serán tan vigilados, criticados, cuestionados, como éste. Estas certezas flotan y enrarecen la fiesta del 1 de julio en el Zócalo. Pero también, la gente comparte una idea: “hay que colaborar, hay que cuidar, hay que ayudar para que esto salga bien”. Y esta idea crea otra energía, menos candorosa que comprometida: este gobierno, aun ineficiente o maltrecho, será nuestro. La experiencia que viene, que puede tener éxito o ser catastrófica, nosotros la elegimos. Lo que siga, la restauración -la Cuarta Transformación, le llama él- o el desastre, será el riesgo que votamos. Y esta elección incierta causa una sonrisa contenida de aventura, de orgullo. “No sé qué hicimos”, me dijo Natalias un par de horas antes. “Ni yo”, respondí. “Lo logramos”. “Ya sé”. “No sé si hicimos bien”. “Yo tampoco”. “Me siento contenta”. “Yo también”.

Amy Schumer se siente sexy

maxresdefault-1-1000x500.jpgAmy Schumer, comediante-neoyorquina-guapa-rolliza, anuncia desde su pinta el ejercicio fílmico del body-positive que tan bien deja a las buenas conciencias y tan feo evidencia a los que se nos escapa la incorrección: pelis-para-gordis. Exacto, el regaño iría implícito desde la propuesta. Luego entonces vas con muchas pinzas a ver I Feel Pretty (Sexy por accidente le pusieron en español, para seguir con estas correcciones / incorrecciones tan de moda para entrecejear) a practicar la risa inclusiva, que tan bien combina con los likes y los emojis asertivos de cualquier red social.

Amy Schumer se sabe estandarte de cierta noción estética e ideológica de las mujeres y sus cuerpos y se encarga de exagerarla, destruirla, confundirla. No se conforma con ser una simpática comediante chubby size que tendería al melodrama; aprovecha la facha para devastarse con inseguridad, escepticismo, esperanzas que se creerían imposibles, apología de los perdedores y sexualidad pronta y ansiosa.

I Feel Pretty (Silverstein y Kohn, 18) quisiera parecerse más a las comedias románticas de los ochenta que a las chik flicks del nuevo siglo, tipo Loca por las compras (Hogan, 09). La referencia más importante está cuando arranca la trama: en la televisión de la protagonista Renee Bennett aparece la escena crucial de Quisiera ser grande (Marshall, 88), cuando Josh pide un deseo a una máquina china y se convierte en Tom Hanks. De esto se trata I Feel Pretty: Renee se siente fea, mira desconsolada a las guapas delgadas y sofisticadas, pasa los días con sus amigas tan perdedoras como ella, y una noche solitaria pide el deseo de ser, sentirse, una bomba sexual. Al día siguiente se golpea la cabeza haciendo spinning, despierta y no puede creer lo atractiva que es. Con una seguridad que parecería excedida de prozac se lanza a buscar galán, un empleo cuco, ropa cute y hace suyo Nueva York, como buena comedia romántica que se respete.

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Pero I Feel Prety remite más a otro clásico ochentero, Secretaria ejecutiva (Nichols, 89), donde una desaliñada secretaria (Melanie Griffith) logra ascender gracias a visión sencilla de la “gente común”. Lo mismo hace esta Renee empoderada en la empresa de cosméticos  Lily LeClaire: aporta ideas para una línea de maquillaje para gente de, digamos, target humilde. Y contra el glamour gana el sentido común. Contra las mujeres de belleza replicante a la Daryl Hannah (y hasta Emily Ratajkowski se avienta sus escenas para hacerle contrapunto al bodoque que es Schumer), la mujer real de piernas regordetas y vientre tembeleque, pero también de gran simpatía y entrona a todo tipo de ridículos, seduce a su jefa (una Michelle Williams interpretando a una Barbie de Michelle Williams), a la abuela de su jefa, al novio que conoció en la lavandería y al socialité Grant Leclaire. Después de que casi gana un concurso de bikinis, lo explica el dueño de un bar: es la clase de chica que te ayudaría a cambiar la llanta ponchada, que te acompañaría a enfrentarte con una horda de malosos.

No hace falta hacer muchos spoilers para adivinar lo que sigue: el otro golpe en la cabeza que le hace recuperar la realidad, la revelación que le permite conciliar inseguridad con osadía y entender que en su medianía está su autenticidad. Y tampoco es complicado entender que a partir de esta asunción incluso se logra el éxito de una línea de cosméticos que, desde su concepción, tiene su tufo clasista y excluyente. Capaz por ahí está el traspié de I Feel Pretty: reivindicar las bellezas no canónicas siempre y cuando participes del festival de los cánones. El ejercicio de asimilación está en el espectador (como cuando te dicen que barras tu banqueta y tengas actitud positiva), no en la historia, que sabe darse las mañas para otorgar un espacio gracioso a la regordeta Schumer y otro espacio grácil a la esbelta Ratajkowski. De nuevo: la encantadora comedia ochentera que sabía emocionar y evadir sin rascar contradicciones.

Hay una trama que quedó bailando: la relación de Renee con sus amigas-no-bellas, el rompimiento y la reconciliación, pero entre todo eso ellas se consiguieron a unos novios friquis y asustados, y departen juntos en bares oscuros, en apartamentos de tapizados horrendos, y acaso por ahí había un mejor cuento que contar.

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Pero vamos: se trata de una comedia, de ver cómo luce Amy Schumer su gracia, y de cómo nos sentimos cómodos con una reconciliación tramposa: sentirse sexy está en una, en mirarse al espejo sin complejos y con cariños, y de preferencia con las fajas, los vestuarios y los maquillajes convenientes. Usen Dove®. (Págame, Dove®).

 

 

Deadpool y Han Solo, héroes de Marginalia

5b02ea798d7e4Hay un libro de Alan Pauls que se llama El factor Borges. Entre otras cosas, dice esto sobre las aficiones lectoras del argentino:

los grandes nombres de la historia del pensamiento lo tienen sin cuidado: los presocráticos (Heráclito, Parménides, Zenón) lo distraen de Platón, el obispo Berkeley y John Wilkins eclipsan a Hobbes y Locke, la ascendencia de los grandes sistemas palidece, minada por pensadores laterales e intermitentes como Fritz Mauthner o Meinong. Relativiza la gran tradición novelesca del siglo -siempre amenazada, según Borges, por la infautación alegórica-, reemplaza sus afanes de experimentación formal por el culto del género (…) y a sus ídolos (Joyce, Proust, Thomas Mann) por escritores puramente “narrativos” como Robert Louis Stevenson, Chesterton o H. G. Wells (pp 79-80)

Algo así pasa con los blockbusters primaverales Deadpool 2 (Leitch, 18) y Han Solo: una historia de Star Wars (Howard, 18) frente a sus franquicias: el Universo Cinematográfico Marvel (MCU) y la demasiado legendaria Star Wars. Contra sistemas, periferias. Dicen que los resultados son menores; creo que tienen otras coordenadas.

El tema con las películas centrales de superhéroes es que están comprometidas por todos lados: compromisos comerciales, de actores estelares que piden su momento oscareable, de anticipación o aclaración de episodios anteriores y previos, y el peor compromiso: con la legión de fans from hell que van a las salas recitando sus comics y que quisieran quemar carteles y vasos y cachuchas si el argumento no quedó según sus ensoñaciones. De modo que durante la película, en lugar de atender a la trama, pasas las dos horas deduciendo las deudas que se debieron saldar.

El caso de Star Wars es más divertido y cuando lo entendí pude disfrutar más sus pelis: su saga principal, sus ya casi terminadas tres trilogías, articula una trama maso esquemática para mimar y desquiciar a los niños interiores de montón de cuarentones llorones que protestan porque la nueva trama “así no debía ser”. Acá debe aclararse que cuarentones llorones es eufemismo de treintones llorones y veinteañeros llorones, pues todo mundo se ha comprado el mercadishing místico de Lucas: todos tenemos ocho años de hace 40 años cada vez que aparece en la pantalla el A long time ago in a galaxy far, far away… Lo que siguen son traumas infantiles, nostalgia y decepción ante el inevitable paso del tiempo.

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Pero estos ejercicios fílmicos de mercadotecnia y sociología, que además cuentan historias, tienen su mérito: la suma de todas las entregas podría semejar una catedral donde montón de creadores (de entrada los directores, pero también guionistas, fotógrafos, actores, responsables de efectos especiales y arte) incorporan personalidades, temperamentos, guiños de estilo, mensajes cifrados para evidenciar su huella. Alguno de los ejemplos más emocionantes está en Avengers: Infinity War, cuando los hermanos Russo respetan la parodia semilenta de Taika Waititi en Thor: Ragnarok, y por algo hacen alternar al dios del trueno con los babosos Guardianes de la Galaxia, que deben su chacoteo simplón al relajado James Gunn. Star Wars no tiene tanta suerte pero se agradece que J. J. Abrams haya usado sus habilidades blockbusteras para recrear la franquicia, y mucho más que Rian Johnson la haya desquiciado y provoque berrinches en gran cantidad de estarguarlibers.

Contra las catedrales, Deadpool 2 y Han Solo: una historia de Star Wars semejarían parroquias para feligresía de bajo perfil.

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En el primer caso, el personaje de Deadpool no ha participado en el MCU por un enredo de derechos entre Fox y Disney/Marvel, aunque la reciente fusión podría incorporarlo, con todo y las impertinencias que el personaje proferiría. Mientras ocurre, Deadpool parece un superhéroe de segunda categoría, con más grotesca que épica. Excluidos del Olimpo Marvel, Deadpool y personajes que lo acompañan se dedican a sacar la chuleta en un despeñadero de chistes rancios, outfits baratos y tramas poco comprometidas. En vez de corporativos Stark, Wakandas como propaganda de turismo Sudáfrica 2010 o humillados Arácnidos trainee, Wade Wilson se pasea por tugurios apestosos, escuelas polvorientas y departamentos que parecen oler a pipí. Eximido de salvar al mundo, concentra sus esfuerzos en contener el narcisismo de un niño maltratado que persigue el sueño de convertirse en el Thanos de la próxima generación. Ni siquiera los filosóficos asuntos temporales de Cable logran peso en este cuento sobre la paternidad y el suicidio. Y el desarrollo del cuento le debe más al humor Looney Tunes que a la tradición del género: mirar Deadpool es como haberse comprado la botana chatarra más piojosa, la anforita de Tonayán y eructar en las partes que la fanaticada explica cameos, subtextos y multirreferencias multiuniversales.

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El caso de Han Solo es más complicado. Primero, se trata del personaje más encantador de Star Wars, a veces desdeñado porque no le interesa el esoterismo Jedi y porque su pasado bucanero parece hacerlo arrimado de la ilustre familia Skywalker. Después, es de los pocos personajes donde el actor pesa, y mucho: ni los 007, ni la colección de Batmans, ni los Tarzanes o Godzillas, están tan encarnados por sus intérpretes como el dueño del Halcón Milenario con Harrison Ford. La carga para Alden Ehrenreich fue abrumadora hasta parecer prueba no superada. Además, la historia titubeó entre lo reconocible de Star Wars contra el intento de otorgarle personalidad propia al personaje, incluso contrastante con el resto de la franquicia. Otro punto fallido: Emilia Clarke, tan majestuosa como Daenerys Targaryen, La Primera de su Nombre, La que No Arde, Madre de Dragones y todo lo demás…. ¿quién carajos le hizo ese look de secretaria de la delegación Iztacalco de 1987?

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Y aun así, Han Solo logra esbozar su interés: inicia como road movie, con Han y Qi’Ra, par de granujas que hacen negocios baratos para ganarse la vida. Bocetea la guerra pero por suerte no tanto: Han Solo no tiene paciencia para recibir órdenes y practicar saludos marciales, mejor que lo sitúen en un espacio acorde a su temperamento: un limbo como el bar Rick’s de Casablanca, donde humanos y bichitos de mercadishing sacan beneficio de los enfrentamientos que se despliegan muy cerca de ellos. En este propósito de “expandir el universo Star Wars”, Han Solo recrea mercados negros, gandallez de traficantes y apostadores, y culmina con una muestra de los pueblos excluidos; las primeras y principales víctimas de toda guerra. Los giros de tuerca de la peli coquetean con el noir: buenos y malos postergan el maniqueísmo porque urge más la sobrevivencia. Y ahí Han Solo se convierte, como ocurre con el cine negro, en un ajedrez de lealtades y traiciones, ambigüedad de relaciones que refuerza (la obviedad no es spoiler) la entereza del protagonista.

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Deadpool 2 finca su marginalidad desde su diseño y su propósito modesto; Han Solo desde su descuido argumental, que sin embargo deja algunas pistas del gran personaje que podría forjarse si hubiera oportunidad de una segunda entrega (no la habrá). Mientras, las dos historias dejan el encanto de su periferia, un tono menor que recupera el superheroísmo más candoroso: se vencen villanos para salvar indefensos, pero también para salvarse a uno mismo. Contra historias de poderes y fuerzas descomunales, el modesto reconocimiento de la misión: enfrentar la aventura que restaure, más que la humanidad, lo humano.

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El efecto Guillermo Totoro

Guillermo-Toro-Premios-Oscar-mejor_LPRIMA20180305_0002_35Este post en realidad quiere desahogar el vértigo que me causan las clases magistrales que dará Guillermo del Toro en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara. Me explico:

Es el momento de Guillermo de Toro. Sus Oscares como Mejor Director, Mejor Guionista y Mejor Película por su película La forma del agua lo tienen en un estado de gracia pocas veces visto entre estos modelos nacionales que cada dos o tres años nos da por adorar. Y ahora, con el Festival, se pone a prueba su temple y generosidad para que dé una, dos, tres, cuatro clases magistrales. Y ya hasta lo quieren traer a la Cineteca y al Auditorio del Chilangotown. Y ya hasta quieren cambiar al Ángel de la Independencia por el Hombre Anfibio. Luegoentonces, las expectativas son muy altas. Luegoentonces, cuando Del Toro diga, o deje de decir, o diga mal, alguna de estas torpezas que luego nos da por decir a la gente, ya vengo viendo los enojos y las descalificaciones. Y cursi que soy, también pertenezco a ese grupo de personas que no quieren que Guillermo del Toro cometa un error reprochable y tampoco quiero que sea infeliz en la vida.

Es lo que platicaba con Julia mientras lo veíamos en la entrega de los Oscares, cargando muy contentote un virote para sorprender una sala de cine, según esa dinámica fallida que se inventó Jimmy Kimmel.

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—Quiero que Guillermo del Toro gane mejor director y que sea feliz por siempre —dijo Julia, casi con lágrimas en los ojos.

—Sí, de acuerdo —contesté, también casi a punto de llorar.

¿Por qué andamos tan enganchados con Del Toro? Algunas estadísticas frías mostrarían que, por ejemplo, Alejandro González Iñarritu, Emmanuel Lubezki o Alfonso Cuarón han obtenido más reconocimientos de la Academia Gabacha. Pero el año de Gravity, o Birdman, o El Renacido, a nadie se le ocurrió irse al Ángel o a la Minerva de Guadalajara a festejar. Con Guillermo del Toro, en cambio, la celebración parecería obligada, casi natural.

Un enorme cliché mexicano dicta que estamos tan áridos de ídolos con repercusión internacional, que cuando aparece uno queremos exprimirlo hasta sus últimas consecuencias.  Pero son inevitables los matices: al Chicharito sólo lo queremos cuando mete goles; a Salma le escaneamos con saña sus vestidos (y ni se diga el amarillo multimeme de Eiza González); a Maná le hacemos el fuchi aunque en España lo bailen y rebailen; y los mismos González Iñárritu y Cuarón provocan respeto pero no devoción.

Alguno de estos ídolos, Hugo Sánchez, alguna vez se lamentó esta “actitud de cangrejos” que tendríamos los mexicanos, con la que despreciamos a nuestros triunfadores en vez de mirarlos como modelos e inspiración. Después se vuelve muy largo escudriñar las coordenadas de privilegios, clasismos y resentimientos casi históricos que lo provocan; como contradicción, también está esa manía nacional de buscar ídolos para compensar el escepticismo patrio.

Guillermo del Toro en cambio es atractivo desde su diseño de imagen y su proyección. La panza, la barba, los lentes redondos, la aparente distracción porque sólo tiene tiempo para imaginar monstruos, mansiones o cataclismos, parecería convertirlo en uno más de sus personajes . Aquí por ejemplo, yo veo un muppet:

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También es famosa la historia de cómo al no poder decir su nombre, Mana Ashida, su pequeña actriz de Pacific Rim, lo rebautizó Totoro-san, como el personaje emblemático de los Estudios Ghibli.

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Desde ahí disparó una iconografía kawai que sólo deja indiferentes a los que no tienen corazón.

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Lo interesante es la narrativa alrededor de Guillermo del Toro como una combinación entre lo fantástico, lo patrio y lo aspiracional: no se puede ser como González Iñárritu (demasiado mamón), como Hugo Sánchez (demasiado bocafloja) o Javier Hernández (el Chicharito debe volver a ser importante cada que inicia cada partido) , sí se puede ser como Totoro-san porque con él compartimos las ensoñaciones secretas y absurdas que se transforman en películas dignas de premios y en referentes de nuevas formas de imaginar y transformar la realidad.

De sus muchos personajes (la sordomuda Eliza, la niña de la guerra Ofelia, el Hombre Anfibio, el viejo vampiresco Jesús Gris), el que Guillermo del Toro hace de sí mismo es el más interesante. Y el enganche de la gente va de la mano de la historia que nos contamos de él. No sólo es un “triunfador”, de los que se estilan en las revistas de negocios o en las demagogias políticas. Es un “triunfador” semejante a nuestros monstruos y a nuestras aspiraciones imposibles. La celebración a Guillermo del Toro es la celebración que hacemos de nuestros primeros libros de cuentos, nuestras tardes de imaginar esqueletos bajo la cama, la forma en que intentamos remontar los rechazos en las oficinas apáticas, en los trámites escolares, en los programas de gobierno que nunca nos benefician.

Voy subiendo el post y apenas en unas horas inicia la primera de estas clases magistrales de Guillermo del Toro, que en realidad son ejercicios de consagración y admiración.

Una mirada más crítica revisaría con sorna el evento. Convocaría a los críticos de cine y a los sociólogos, al chovinismo y a los contextos políticos, a la necesidad de sensacionalismo de las redes sociales y a la disección desolada de quiénes pueden y quiénes no pueden hacer cine (y muchos otros proyectos importantes) en este país. Pero como hoy queremos a Del Toro, venga la fiesta; después habrá tiempo para rizar el rizo y entrar en detalles sobre los vértigos y los monstruos.

No persigan sus sueños en las fondas, plis

farolito.JPGTengo un semestre de ir a una misma fonda, ni destacable ni digna de olvido, que tiene la buena costumbre de servir el consomé caliente y los chilaquiles con tortillas puestas al sol y cortadas en tiras, y no esos tostitos de bolsa, como ya se estila en muchos sitios. Lo atendían dos ñoras jamonas de las que se pintan las uñas de rojo y siempre parecen estar de malas, hasta que te atienden con ese pulso seco y amable que tienen las tías y las mámás. Uno sabe que empiezan a quererte cuando te sirven el doble de arroz o cuando te preguntan si no quieres de la salsita que sí pica —y que en efecto tiene una beligerancia importante— y que sólo la comparten con los asiduos. Otro día olvidé la cartera y avergonzado les quise dejar el celular en prenda, mientras iba por el dinero.

—Tráigalo mañana. No nos va a dejar por un día que nos deba.

Entre el arroz, la salsa y la fiada podría parecer que habíamos rozado algo semejante al afecto.

En la caja, un cuarentón introvertido siempre hacía cuentas. Algún día que había mucha gente me pregunté por qué no se levantaba el muy güevón a ayudar a las ñoras. Después entendí esta injusticia como un elemento orgánico: alguien debía hacerse pendejo para que el mecanismo de la fonda funcionara. Como el cajero del Oxxo que te dice que te cobran en la otra caja; intentar cambiar esta costumbre implicaría un movimiento entrópico para el que muy probablemente no estamos preparados.

Y tal cual.

1492578423968k.jpgEn la fonda acaban de aparecer dos muchachas, de estas de pelo lacio y sonrisa agradable. Como no me gusta el chisme no escuché con detalle lo que comentaron las ñoras: que al parecer eran las hijas del güevón de la caja, que él estaba creando la anomalía en otro lugar del planeta pero dejaba a su descendencia para que renovaran la fonda.

La palabra peligrosa fue renovar.

—¿Cómo está? ¡Qué gusto que venga! ¿Con qué va a empezar? —dijo una.

Yo soy Tauro y se me complican los cambios. En realidad varios de estos posts deberían tratarse de eso. También las charlas con el psicoanalista al que no me atrevo a ir.

—Todo está delicioso. Lo supervisamos personalmente y lo hicimos con mucho amor —dijo la otra, igual de agradable; las dos son agradables, tienen el cabello lacio y sonríen como si la fonda fuera un McDonalds.

Al fondo, las ñoras me miraban con muina. Entendí que no debía festejarlas de más. Me porté como un profesional de la indiferencia: crema de calabacitas, arroz y pollo en pipián.

Las muchachas trajeron la crema tibia porque así las sirven los chefs, me explicaron, para preservar su sabor. Añadieron tostones de pan frito porque así se le hace para la consistencia.

El arroz estaba pegado pero era amarillo.

—¿Sintió el azafrán?

Más interesadas en la respuesta estaban las ñoras que las chavitas. Yo no supe… soy tosco para distinguir sabores, tema que también apunto para el psicoanalista. Respondí que sí, que claro, se sentía perfecto el azafrán. Las chicas casi bailan. Ya dije que son agradables: hubiera querido bailar con ellas. Al fondo, las cejas levantadas de las doñas me hizo entender que mejor no.

El pollo en pipián venía con granada.

—Ya sabemos que se ve raro pero queríamos crear un… —la muchacha movió las manos como si quisiera generar un… —muy especial.

La otra renovación fue que casi a cada bocado se acercaban para preguntar si todo estaba bien, si me gustaba, si faltaba algo. Siempre he detestado que te traten así los meseros de cantina, como apurándote a que bebas rápido y más. En una fonda de crema, arroz y pollo con pipián era extrañísimo.

De postre hubo jericallas, que sí fue un “agregado de valor” comparado con los bombones La Rosa de antes. También hubo agregado de valor en el precio: diez pesos más que antes.

—Ya sabe que puede regresar cuando quiera, nos encanta que venga con nosotros, usted no es un cliente, es alguien que nos obliga al esfuerzo de ser cada día mejores —dijo una.

—Estamos persiguiendo nuestro sueño. Empezamos aquí, ya nos verá después.

Ahí entendí que debía corregir la metáfora de sonrisa de McDonalds: las muchachas del pelo lacio en realidad sonreían como en las Ted Talks. De inmediato pude visualizarlas en el auditorio de cortinas negras y pantalla intimidante, los chistes agudos disfrazados de bobos y los micrófonos de diadema para que todos oigan cómo convirtieron la fondita de cremas y chilaquiles  en una nueva forma de conectar con la comida, de crear valor y llegar, en el reino de las fondas, a donde nadie más en el pasado había podido llegar.

Lo dicho: el papá güevón tenía su razón de ser. Empecé a extrañar su anomalía.

Justo después del cambio, al pasar cerca de las ñoras, vi cómo guardaban enormes bolsas de bombones La Rosa en una alacena

—Cuando se les acaben las jericallas las van a necesitar —me explicó una, con sorna, y me aturdió su amarga sabiduría.

No recuerdo en qué parte de este post debía confesar que llevo una quiniela sobre quién se cansará primero de perseguir su sueño, de una larga lista de conocidos que hablan, sonríen e innovan con la candidez del iTriunfo a la Jobs. Supongo que está bien no agregarlo, hay amarguras que no deben exhibirse, en todo caso charlarlas con el psicoanalista que aún no visito.

Lo que sí tengo de pendiente es revisar mi presupuesto, si sigo ayudando a las chavitas a seguir sus sueños o si debo cambiar de fondita. Una donde haya ñoras de mirada hosca y trato amable. De las que no sabes cuándo empezaron a quererte, pero de pronto te sirven mayor ración de arroz.

 

 

Cómo influirá el zodiaco en las elecciones de 2018

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No me preocuparía esto porque creo en las ciencias políticas, la sociología, las encuestas Gea-Isa (jo, el desastre de hace seis años con Ciro y sus encuestas Gea-Isa) y el fraude patriótico, esquemático e institucionalizado, que no nos dará al candidato electo, sino al que no nos quedará de otra. Pero en el periódico Reforma apareció la nota sobre el sorteo para saber quiénes serán los funcionarios de casilla en la jornada electoral del 1 de julio. Tendrán el honor quienes hayan nacido los meses de febrero y marzo.

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Y pues uno como mexicano ya ve moros con tranchetes por todos lados. Y forzando el músculo periodístico atisbé una indagación importante: nacidos en febrero y marzo, los funcionarios de casilla serán Acuario (del 20 de enero al 19 de febrero), Piscis (del 20 de febrero al 20 de marzo) y Aries (del 21 de marzo al 21 de abril).

Sería extenuante revisar las caracterizaciones de estos signos zodiacales para dar un comentario detallado sobre lo que nos espera. Dejo la tarea a algún analista comprometido, quien seguramente hará un mejor trabajo. Pero para efectos didácticos del post, me quedo con la descripción ya clásica de cómo se cambia un foco según cada signo zodiacal. Aunque esquemático, podría servir de orientación:

aries¿Cuántos Aries se necesitan para cambiar un foco?
Sólo uno, pero se necesitarán muchos focos.

1386957828_znak-zodiaka-vodoley.gif¿Cuántos Acuario se necesitan para cambiar un foco?
Van a aparecer cientos de Acuarios, todos compitiendo para ver quién va a ser el único en traer la luz al mundo.

1386957360_znak-zodiaka-ryby¿Cuántos Piscis se necesitan para cambiar un foco?
¿Qué? ¿A poco se fue la luz?

Desde aquí se puede temer el desgarriate que habrá en las casillas el primero de julio.

Ya veo a la presidente Aries revisando colérica cada credencial de elector y sospechando tranzas en la falta de bigote, exceso de barba, maquillaje excesivo o ojeras pronunciadas en los votantes, mientras el secretario Acuario intenta apaciguarla explicándole que uno somos todos y todos somos uno, y que lo más importante es reconocerse no en cada elector, sino en la identidad superior y diáfana del

ELECTORADO

ante el muy justificado recelo de los representantes de los partidos; la presidente Aries apurando a cada votante, truene de dedos porque cruzar el logo del partido es para ahorita, si ya tuvieron seis meses de publicidad por qué tardan tanto. Y entonces el secretario Acuario recordaría: que en su rol al Sayulita Fest se le aparecieron cual Caballeros Jedi: Heberto, el Doctor Nava y Maquío, y le explicaron que un voto es un voto, y que los votos por votos florecen casilla por casilla. El presidente Aries respondería que se dejara de mamadas porque él ya arruinó tres sábanas informativas en su apuro por tener el conteo completo de los votos; el secretario Acuario iluminaría: “respira, visualiza, contabiliza”.

Ahí el escrutador Piscis les preguntaría si no quieren chamoy.

Tal vez Acuario de presidenta y Aries de secretario funcionaría mejor: presidenta Acuario pediría que funcionarios y representantes se tomen de las manos, lancen su mirada al interior y sientan cómo va emergiendo, desde las brumas, en su forma primigenia, la palabra:

DEMOCRACIA

Mientras, el secretario Aries apuraría porque todavía hay que vaciar urnas, contar votos, firmar actas y llevarlas -qué enredado- al Consejo Electoral. Y mostraría cuchillos, macanas y chacos prestos a enfrentar a los agentes del fraude, dos meses de practicar autodefensa para dirimir irregularidades a magullones y puños, en nuestra casilla las chingaderas no se vuelven a hacer.

Entonces se asomaría Piscis: “¿qué están contando? ¿Neta no quieren chamoy?”

Puede haber un escenario más en el que Piscis sea presidente. Y pregunte:

—¿Dónde está la engrapadora?

—¿Cuáles son las actas?

—¿Si nos trajeron de los fólderes bonitos, los que se doblan así? (y le haría “así”).

—¿Quieren chamoy?

Los Aries desesperados, los Acuarios visionarios, los Piscis (¿también estamos los Piscis?) tendrán en sus manos, en cada una de las casillas, el destino de México.

No es para preocupar, sí para tenerlo en cuenta.

—o—

Por cierto, López Obrador es Escorpión (13 de noviembre) y Meade (27 de febrero) y Anaya (25 de febrero) son Piscis.

Piscis.

¿A poco se fue la luz?

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Pero este análisis lo dejo a opinólogos autorizados como Ricardo Alemán, Leo Zuckermann, Pablo Hiriart, Krauze papá y Krauze bebé, Mizada Mohamed y Carlos Marín.

Ellos tienen mejores herramientas.

Ellos sabrán.

 

Prefiero que le den licencia a los malos conductores

Digamos tres cosas sobre la mujer que fue a sacar una licencia sin saber manejar y la sacó en 15 minutos, sin pruebas psicométricas ni estilísticas ni nada.

Antes, el contexto: en los tamlains mexicanos apareció este tuit:

La gente de tuiters llenó de insultos a Ruth, básicamente porque:

a) se llama Ruth

b) tiene 40 años

c) a su edad no ha aprendido a conducir

d) venció la procrastinación y fue por la licencia de manejo mientras muchos lo tenemos como pendiente hasta la eternidad.

e) tenía ganas de hacer exámenes teóricos y prácticos y le dijeron que ño.

f) sacó la licencia en 15 minutos y hay quienes nos hemos pasado la mañana entera en el trámite.

g) Cree en las cosas increíbles que logran volverse legales. Algo así como Tolkien con Alli McBeall.

Los tuiteros somos gente que tomamos café tibio mientras esperamos que algo o alguien nos salve, mientras no ocurre nos entretenemos con todo aquello que nos haga olvidar que seguimos esperando ser salvados.

En esta ocasión nos pusimos a criticar o defender o cuestionar o relativizar el experimento social de Ruth.

Yo quise poner un par de chistes pero no funcionaron, ahí me di cuenta de la gravedad del asunto.

Según entiendo, el conflicto está alrededor de la facilidad con la que el gobierno de la Ciudad de México expide licencias de conducir, que se la acaban dando a gente irresponsable que conduce como el diablo. El tema es que los conductores argumentaron sobre lo lejos que les queda su trabajo, sobre la urgencia de llevar a sus hijos a la escuela, sobre Miguel Ángel Mancera que quiso ser candidato a presidente y no se le hizo, etc.

Ahora sí, tres opiniones:

  1. Los conductores que no saben conducir son adorables. Manejan con el freno y como pidiendo disculpas por tener un auto. El mayor riesgo es que dejen abolladas -besitos, se dice en el argot- a los autos de adelante y atrás cuando intentan estacionarse, o que se lleven algún cono de seguridad porque no se dieron cuenta que ahí estaba jijiji, o que tarden cuarenta minutos a meterse al flujo del Periférico porque todos van rerápido y ellos preferirían llevarse la vida tranquila. Esa torpeza candorosa los hace confiables a los peatones, porque con sus velocidades bajas y sus vacilaciones hacen fácil que uno salte sobre su auto y supere con relativa facilidad el desafío motorizado.
  2. Nadie maneja peor que los mejores conductores. Los que saben ir de primera a tercera en medio segundo. Los que le dan reversa como acrobacia circense y ostentan vueltas espectaculares en las que a veces -malditos peatones- suelen estorbarlos los malditos peatones. Los que aceleran todavía con luz roja porque les gusta soltar el arrancón en chinguiza, creyendo que quienes los ven dirán: Numa, Tás Bien Cabrón, Mereces Que Todos Los Caminos Sean Tuyos.
  3. Ahondemos en la psicología de los Mejores Conductores. Desde que suben a sus autos son Gladiadores De La Selva De Asfalto y todos los que no manejan tan bien cómo el son sus adversarios. Y los peatones se les figuran como incómodos obstáculos del primer nivel de un videojuego que traen en su cabeza, que no pueden matar porque luego salen caros en el Ministerio Público y además se pierde mucho tiempo. El conductor hábil es el rey de un pequeño imperio, el del interior de su auto, y lo que está fuera es un universo inhóspito al que hay que derrotar.
  4. Lo paradójico es que el Mejor Conductor es el que mejor pasaría las pruebas para sacar una licencia. Saben cuál es el carril de alta velocidad y no sé qué putas hace ese imbécil manejando lento y entorpeciendo todo. Conocen la ambigüedad para hacer legal la doble fila y crear una comunidad de doblefileros esperando a sus hijos salir de la escuela. Encuentran el espacio pequeñito para entrometerse con habilidad pasmosa, y cómo chingados no, los frenazos angustiados de los otros son homenajes ante su fantástica faena de esquives y rebases. El Mejor Conductor es cretino porque le gusta serlo: alguien debe ganar en la batalla vial, y si no lo es él, no tiene caso que existan las vías y las calles.

Mi conflicto con la experiencia antropológica de Ruth Tengo 40 Años es a qué horas fue a hacer el trámite de la licencia, porque la última vez que lo intenté había unas filas tremendas y mejor lo dejé para otra ocasión. Igual, no tengo auto, entonces no urge. Pero sí me dejó pensando que el encono contra ella no fue por la ética vial (“la ética es respetar a quien sabe qué hacer con el volante”, podría sugerir el conductor habilidoso), sino por la rapidez de un trámite que cuando lo he hecho me ha llevado mis tres que cuatro horitas.

Aunque es cierto: tampoco he hecho examen.

 

La forma del agua: espectadores desde el estanque

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Casi al final de La forma del agua, cuando se enfrentan el Hombre Anfibio con el coronel Richard Strickland, entendí dónde no había terminado de cuajarme la película, y dónde, también, está su enganche con el público. Y es que el Hombre Anfibio nunca me dio miedo, y de hecho nunca atemorizó a ninguno de los personajes.

Quizá ya tenemos muy arraigada la presencia de héroes y villanos de látex (la creación de Guillermo Del Toro  remite a la Mystique de Jennifer Lawrence en la saga de X Men), o quizá hubo demasiados cortos y spoilers que nos acostumbraron a la criatura, o capaz ya se ha leído y admirado la capacidad de Doug Jones para personificar al monstruo, el caso es que el Hombre Anfibio parece más un prodigio del maquillaje y los efectos especiales, del trabajo corporal, y también un fuerte candidato a las Nalgas Masculinas de la Década (en competencia cerrada con Jon No Sabes Nada Snow); el caso es que no hubo susto, repulsión o extrañeza, pero tampoco fascinación ni asombro, a lo que hubiera obligado el manualito de las pelis fantásticas o de espantos.

Llámenme ochentero: extrañé esa fórmula del Spielberg fantástico en la que menciona varias veces a su engendro -tiburón, extraterrestre, dinosaurio- antes de mostrarlo, o lo muestra por detalles y cultiva una emoción que, cuando explota, suele ser apoteósica.

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Aquí, el Hombre Anfibio aparece a los diez minutos dentro de una cápsula, después del discurso desangelado, como de Secretaría de la Reforma Agraria, de Fleming, burócrata promedio, y apenas espanta a Elisa (Sally Hawkins) al azotar sus manos contra el vidrio de la cápsula; alrededor hay científicos, afanadores, hombres de corbata y por supuesto que el villano Strickland, quien hace una aparición más sobresaliente (no mucho más) que el monstruo. La escena, vital en la historia, es desordenada y apenas hace trazos escénicos  para un número musical que ahí no se ejecuta.

Justo como comedia musical está tramada la película: el buen trabajo de Sally Hawkins se logra gracias a sus habilidades de clown, y el resto del elenco, Hombre Anfibio incluido, se subordinan a esta coreografía. De ahí que el inicio del romance entre muda y monstruo (la escena del huevo, que seguro se volverá icónica), la perorata interminable de Zelda (Octavia Spencer) sobre su marido mientras trapea, la torpeza social de Giles (Richard Jeninks) y, por supuesto, el secuestro del monstruo y su instalación precaria en la casa con Elisa y los arrumacos submarinos , son más escenas de Esther Williams que del ascendente al que aspira, el cine B de terror.

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Otro elemento colabora con esta ejecución musical: la cámara constantemente corrige, lo que da una sensación de flotación. En términos audiovisuales, corregir es cuando la cámara hace un ligerísimo ajuste, poco más arriba, poco más abajo, sutiles zoom, para hacer más perfecto el encuadre deseado.

En La forma del agua esta corrección es estilo. Y sus implicaciones rebasan la herramienta: desde la primerísima escena onírica, este vaivén sumerge a los espectadores al interior del estanque.

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Desde esta cámara flotante, Del Toro se deslinda del horror convencional pero también de la aventura. Aquí no hay un extraño ser venido de otro mundo que convoca a unos niños a la épica bicicletera, ni una sirena que enamore a Tom Hanks y lo lleva a rebasar sus límites. En treinta años el punto de vista cambió (Tim Burton ayuda desde su Edward Manos de Tijera) y ahora sitúa en el centro a los raros y su necesidad de inclusión: en vez de contar la historia del ciudadano promedio enfrentado a la maravilla, Del Toro propone el centro del estanque para situar ahí a los espectadores; ahora el acento está en afanadoras mudas o negras, en amigos de homosexualidad augusta, en monstruos de buena nalga que no horrorizan porque somos uno más de ellos. La diversidad es estándar y la anterior normalidad se vuelve antagonismo. El personaje excéntrico ha dejado de sorprender porque ahora es nuestro espejo. Acúñese el hashtag #TodosSomosMonstruos y se obtendrá el código de la película.

Ahí debe ser donde no me cuajó La forma del agua: más que aventura, transita como una suerte de viacrucis romántico (muda y monstruo se conocen, muda y monstruo bailan, muda y monstruo cogen, muda y monstruo se separan, muda y monstruo se salvan), en el ya no es necesario tomar la diferencia como un desafío, sino como una convención.

La forma del agua sumerge y pone en flotación a la normalización del freak, más que a su maravilla. Puede leerse como una fantasía de la imperfección y ahí está su complacencia. Por eso el enganche. Pero por eso, también, no cruza la zona de confort de la emotividad Benetton.

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Agrego porque también hay que decirlo: la línea argumental de los rusos parece una infiltración perniciosa que debería investigar a fondo León Krauze. De otro modo no entiendo para qué existe.

José Antonio Meade: el mismo puto candidato de hace cien putos candidatos

2017 ha sido un año tenebrosamente retro para México. La mejor frase para describirlo fue de Edwin Gost, el amigo de Kevin Miranda, aquel adolescente que grabó el sismo en la Secundaria Técnica 113 con riqueza de léxico y emoción:

“El mismo puto año de hace cien putos años”, El dislate de Edwin cifra el fatídico eterno retorno del país. No sólo se repite el sismo, también las formas arcaicas en que el partido en el poder unge al candidato que cada seis años aspira a la presidencia del país:

El eterno retorno no funciona en círculos cerrados sino en espirales que actualizan el mismo puto ritual de hace cien putos rituales. Según José Elías Romero Apís, el ritual del Tapado inicia, parafernalia completa, con la designación de Adolfo López Mateos por su tocayo Ruiz Cortines.  El dedazo estaba denenantes, cuando Venustiano Carranza eligió para sucesor al insípido ingeniero Ignacio Bonillas, pero Ruiz Cortines inventó el ajedrez de la especulación, cuando a todos les dijo que sí pero no les dijo cuándo, y echó a andar una mitología que se repitió cada sexenio, hasta que llegó al poder el panismo, y que vuelve este año, con el poder de nuevo priista y el presidente en turno con todos los peones, alfiles, caballos y reinas para jugar.

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El Tapado priista sobrepasa la adivinanza: mientras se reconocen y decodifican las señales, los contendientes escenifican la templanza, la disciplina, la moderación del entusiasmo o del rencor, según les va en la feria. El libro La herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México de Jorge Castañeda es ilustrativo y chismoso del tema. Entrevista a los presidentes mexicanos desde Echeverría hasta Salinas de Gortari, para saber cómo eligieron y cómo fueron elegidos, y avienta alguna hipótesis sobre el proceso de sucesión. Habla de destapes anticipados (el Presidente tiene un delfín, lo arropa, lo mima, cuida que no se tateme y lo encauza) y destapes por descarte, en el que el Presidente va desechando aspirantes hasta quedarse con The Ni Modo Pero The One.

El primer caso es el que ejecutó Enrique Peña Nieto con José Antonio Meade. Por algo el ungido hizo fama de chapulín cuando saltó de Relaciones Exteriores a Desarrollo Social a Hacienda.

Los retablos del 27 de marzo parecieron calcar los otoños de 1975, 1981, 1987 0 1993: la renuncia del delfín a su cargo como seña inequívoca de su postulación, la cargada emotiva e irracional, la litúrgica visita de las siete casas —los sindicatos charros de CTM, CNC y CNOP— para recibir avales. “Quiero que me hagan suyo” casi gimió en ansiedad pornopolítica, antes de dejarse mimar por la perrada.

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¿Hay diferencias con destapes anteriores? Al menos una de asombrosa estrategia: el ungido no es militante, sino “simpatizante” del PRI, y la independencia es novedad: el PRI postula a un indie y así se adelanta a las fatigas para conseguir firmas de Margarita Zavala de Calderón, El Bronco, Pedro Ferriz (mi vido) y la zapatista Marichuy. La no militancia de Meade casi lo haría tan millennial y alternativo como Pedro Kumamoto: nomás le falta andar en bici, usar converse y tener un ejército de youtubers listos para hacerlo cagadito en las redes sociales (los están buscando, CalloDeHacha y Chumibebé).

La no militancia de Meade también le da la vuelta al triste Frente Ciudadano de Anaya y las sobras del PRD. Y es que la candidatura de Meade, antes funcionario del panismo, sugiere un nuevo Frente Prianista, al que ya se suman las derechas a las que no les da asquito las concertacesiones.

Pero fuera de ahí: la misma puta cargada de hace cien putas cargadas. Y los mismos putos elogios de hace cien putos elogios. Ricardo Alemán ya lo llamó “el verdadero candidato ciudadano”, Guadalupe Loaeza dijo que le gusta su sonrisa, “una sonrisa fresca, modesta y muy cálida”, León Krauze lo supuso “un adversario intelectualmente formidable” y Pascal Beltrán del Río hizo la onomástica de su apellido y lo encontró casi tataranieto del médico de Isaac Newton.

Casi se extrañaría el descaro oficialista de Jacobo Zabludowsky, tan disciplinada la lambisconería, tan elegante su ejecución.

Tan devastador como el sismo será la nueva y misma marrullería del PRI: cuando venda a Meade como un priista-no priista vegano, orgánico, libre de gluten, ciclista, pet friendly y kawai. Ya se verá cómo los marqueteros rediseñan este producto que las columnas ya lo venden como culto, preparado, fresco; el personaje que queremos ser cuando hacemos los tests de buzzfed.

Nomás no hay que engañarse, y ahí vale recuperar la iluminación del buen Edwin Gost: José Antonio Meade es el mismo puto candidato de hace cien putos candidatos.

Con su destape el año funesto de 2018 acaba de empezar.